Frumentarii y agentes in rebus, los servicios secretos del Imperio Romano

Frumentarii durante la recolección de trigo, tal como aparecen en la Columna Trajana/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Si traspasásemos a James Bond al Imperio Romano, además de tener licentia occidendi (licencia para matar) también debería ejercer funciones complementarias a las de espía, caso de intendente, correo y policía político. Su jefe no sería M sino un princeps peregrinorum y la sede del servicio estaría a orillas del Tíber en vez del Támesis, en el Castra Peregrina de la colina Celio. No sabemos si habría una Moneypenny ni parecen probables los inventos de Q, pero él sería el agente frumentarius VII (sin doble cero, guarismo que los romanos no usaban) o el agens in rebus VII, dependiendo del período en que le tocase vivir.

Frumentarius es una palabra latina que deriva de frumentum, que significa «grano», por lo que sería literalmente el granero, entendiendo como tal el encargado de vigilar la recolección del cereal que, desde tiempos inmemoriales, constituye la base del alimento al emplearse para hacer el pan. En concreto, los frumentarii (en plural) eran los soldados designados en cada legión romana para esa misión. También se los llamaba mensores triciti, o sea agrimensores del trigo, ya que se trataba de una de las competencias extra del mensor, un oficial cuyo cometido consistía en medir mediante pasos el terreno elegido para montar un campamento, siendo dispuesto del trazado final por el metator o gromático. Equivaldrían a los topógrafos actuales.

En suma, los frumentarios eran intendentes, legionarios que formaban parte de una categoría denominada inmunes, integrada por un puñado de ellos especializados en una tarea concreta. Acceder a dicha categoría era una aspiración general porque eso les proporcionaba mejor salario en algunos casos y, sobre todo, les eximía de labores tediosas -como cavar zanjas- o peligrosas -como vigilar murallas-. El paso de un estatus a otro se llevaba a cabo bien por promoción, bien por selección, basándose en la habilidad que el aspirante mostrase para una tarea concreta.

Al metator se le llama gromático por emplear la groma, una plomada de medición/Imagen: MatthiasKabel en Wikimedia Commons

Pero un inmune debía haber sido antes, durante varios años, munifex o miles gregarius; o sea, soldado común, ganándose el nuevo puesto tras superar un adiestramiento específico, durante el cual tenía un nivel intermedio denominado discens. Había bastante diversidad en posibilidades de especialización y, así, encontramos discens signiferorum (aprendiz de portaestandarte), discens scapsariorum (aprendiz de médico), discens bucinatorem (aprendiz de trompetero), discens architecti (aprendiz de arquitecto), etc. Algunas eran estrictamente administrativas, como la de librarius legionis o la de beneficiarius.

Esta última estaba constituida por milites principales (suboficiales), a veces adscritos a un legado o alguno de sus tribunos, pero sobre todo a los gobernadores provinciales, ejerciendo desde tiempos de Vespasiano la función de policías en las calles y de escolta para notables. También eran principales los speculatores y exploratores, unidades de observación y exploración respectivamente que, con el tiempo, ampliaron sus competencias a guardaespaldas de emperadores y mandos, verdugos e incluso espías; de hecho, los frumentarii, asimismo pertenecientes a los milites principales, solían proceder de sus filas.

Un recreador histórico en el papel de speculator/Imagen: David Friel en Wikimedia Commons

Cada legión disponía aproximadamente de cuatrocientos ochenta principales, todos por encima de los inmunes en la jerarquía pero por debajo de los centuriones. Cobraban una vez y media o incluso dos el salario de un legionario, de ahí que se los conociera como duplicarii (caso del optio, aquilifer, signifer, imaginifer, vexiliarius, cornicularius y campidoctor) y sesquiplicarii (cornicen, bucinator, tubicen, tesserarius y beneficiarius). Los frumentarios recibían también el doble que un soldado, lo que significa que se trataba de duplicarii.

No se sabe el momento exacto en que se creó ese cuerpo, estimándose que ya había en tiempos republicanos, integrados algunos efectivos en cada legión en un numerus (destacamento) a cuyo mando estaba un centurio frumentarii o un praefectus frumentarium. Inicialmente dependían del prefecto del pretorio (el comandante de la Guardia Pretoriana) y si estaban en Roma, se alojaban en el Castra Praetoria, el cuartel de los pretorianos que, según Suetonio, había mandado construir Lucio Elio Sejano (la mano derecha de Tiberio) en las afueras, en el año 23; sus paredes se incorporaron luego a la Muralla Aureliana.

En tiempos de Augusto pasarían a tener una sede fija en Roma, según se deduce de la técnica arquitectónica empleada (el ladrillo, típico augustano) en el mencionado Castra Peregrina de la colina Celio que reseñábamos al comienzo del artículo. Los restos de ese cuartel se pueden ver hoy entre el templo de Claudio y el Macellum Magnum, al sureste de la basílica Santo Stefano Rotondo, mezclados con los de un convento y un hospital posteriores. Sin embargo, la primera mención documental a los peregrini (concretamente a un princeps peregrinorum o comandante) no aparece hasta el período de Trajano.

Ubicación del Castra Peregrina (justo debajo del nombre Mons Caelius, en la parte inferior derecha)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como indica su nombre, las instalaciones servían para alojar a los peregrini, que por su nombre se pensó durante mucho tiempo que eran soldados de provincias separados para tareas especiales, aunque actualmente se cree que no fueron ellos los que dieron el apelativo al lugar sino a la inversa. De hecho, es probable que desde Roma fueran distribuidos por las legiones provinciales, a tenor de algunos barcos de piedra votivos ofrecidos por los soldados a los dioses en agradecimiento por protegerles en los viajes y encontrados en el puerto de Ostia.

Las ruinas del Castra Peregrina corresponden a la reforma realizada por Septimio Severo a principios del siglo III. En su interior hay un altar en su honor y en el de su sobrina Julia Mamea (madre del emperador Alejandro Severo), dedicado a Júpiter y decorado con la figura de un centurio frumentari. Asimismo, se conservan numerosas inscripciones dedicadas al genio del cuartel, lo que sugiere que los frumentarios disfrutaban de un considerable estatus social y moral. Porque parece fácil deducir que la mayoría de esos peregrini eran frumentarii; llegarían a sumar unos docientos efectivos.

Epitafio de un frumentarius llamado Claudio Victor, destinado en Hispania en la Legio VII Gemina en tiempos de Septimio Severo/Imagen: Mediatus en Wikimedia Commons

En origen, los frumentarii estaban dedicados a proporcionar suministros a la ciudad y recaudar impuestos, aunque luego pasaron a ser correos militares, manteniendo en contacto las provincias con el gobierno central. Otra competencia adquirida fue la de ser agentes de inteligencia, momento en el que empezó a conocérselos popularmente como vulpes (zorros). No era nuevo lo del espionaje, seguramente uno de los oficios más antiguos de la Historia (Tito Livio narra algunos ejemplos en las guerras contra los etruscos y los cartagineses), pero es diferente cuando hablamos de una actividad profesionalizada.

Si Julio César utilizó sistemas típicos de ese mundillo, como los mensajes encriptados, y Augusto recurrió al uso de delatores, o sea, informadores encargados de prevenir complots contra él, no fue hasta que se asentó el cursus publicus (servicio postal) que a los frumentarios se les empezó a cambiar de deberes. Lo hicieron para aprovechar aquella movilidad que tenían por todo el imperio, fruto de sus recorridos en pos de grano, tributos y entrega de mensajes, que llevó a que recibieran otro apodo más, nomadis (nómadas), para protegerlos cuando se hallaban en territorio poco amistoso y tenían que mantener contacto con gentes locales.

Pero se cree que eso habría sido relativamente tarde en la historia imperial, bajo Domiciano, hijo de Vespasiano, hermano de Tito y último emperador de la dinastía Flavia, cuyo mandato se extendió desde el año 51 al 96. Hablamos en condicional porque se trata de mera hipótesis, puesto que, como decíamos antes, los frumentarii no aparecen documentados hasta Trajano, ya en el siglo II, siendo este gobernante quien decidió su destino permanente en Roma al convertirlos en suboficiales de las cohortes pretorianas con funciones principalmente policiales.

El Imperio Romano durante la tetrarquía de Diocleciano/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Entre él y Adriano fueron dando forma a un servicio de inteligencia multidisciplinar, que lo mismo recababa información en terreno hostil que supervisaba las explotaciones mineras, espiaba a los personajes sospechosos de deslealtad en cualquier ámbito social e incluso, si se consideraba necesario, mataba en nombre del Estado. Cuenta una anécdota que una mujer reprochó por carta a su marido que la dejara sola en casa por una excesiva afición a baños y placeres; un frumentario informó a Adriano, que recriminó al esposo su frivolidad y éste, asombrado, creyó que su mujer había enviado la misma carta al emperador.

Ese servicio de información se organizaba mediante un escalafón encabezado por el princeps pregrinorum, equivalente a un centurión mayor, que teóricamente estaba a las órdenes del prefecto pretoriano pero que a menudo rendía cuentas directamente al emperador. Como ayudante tenía a un subprinceps y después venían una serie de grados similares a los de las legiones: optio peregrinorum (en el ejército romano, cada centurión tenía un optio como lugarteniente), canaliclarius y aedilis castrorum. Por tanto se conservaba el esquema militar, lo que favoreció que a los frumentarios también se les asignasen la vigilancia de presos y la custodia de arsenales.

Representación de frumentari en un naipe antiguo | foto n0cturbulous en Flickr

Pero lo que primaba en ellos era la faceta de la seguridad del Estado, lo que les llevó a infiltrarse en amplios sectores de la población y, consecuentemente, a ganarse el odio popular cuando sus actuaciones devinieron en detenciones, a menudo por motivos arbitrarios o incluso falsos, asimilando su imagen a la del abuso de autoridad que tendía a imponerse en la época. Al fin y al cabo, salvo cuando desempeñaban una misión secreta, no actuaban de incógnito sino de uniforme, de modo que quedase claro que el emperador estaba siempre atento.

Eran, pues, fácilmente identificables y mandatarios como Didio Juliano, Caracalla o Cómodo recurrieron a ellos para quitar de en medio amantes o rivales políticos. Las quejas sobre sus abusos menudearon tanto que finalmente las reformas emprendidas por Diocleciano pusieron fin a los frumentarii a finales del siglo III. Por supuesto, eso no significó el final de un servicio tan útil, sólo una refundación con otro nombre y naturaleza: los agentes in rebus, que ya no estaban vinculados al ejército sino a la esfera civil, quedando bajo el mando del magister officiorum (una especie de superintendente general que también dirigía la guardia imperial, el servicio postal y el día a día del palacio).

La primera referencia a los agentes in rebus es del año 319 y, como sus predecesores, inicialmente eran mensajeros del cursus publicus o cursus vehicularis (correos), creado por Augusto basándose en el modelo persa. Luego pasaron a ser también supervisores (de carreteras, aduanas, obras públicas y burocracia) y terminaron ejerciendo funciones análogas a los frumentarii (escolta, arrestos de altos cargos, embajadores), con el nombre de curiosi (inspectores) y parecida mala fama. Se formaban en una schola palaciega y su promoción se basaba en la antigüedad, salvo dos oficiales que podía nombrar el emperador.

Restos del Castra Praetoria en Roma | foto Gustavo La Pizza en Wikimedia Commons

Al ser civiles, sus miembros procedían de los curiales (clase media). Como al terminar los preceptivos veinte años de servicio quedaban exentos del pago de impuestos, muchos elegían ser agens in rebus con ese fin, pues una vez conseguido el puesto y dado el escaso sueldo que percibían, solían desatender sus funciones para dedicarse a otras actividades; a menudo incluso aceptaban sobornos directamente, ya que colaboraban con los jueces en los procesos, todo lo cual obligaba a purgar la plantilla periódicamente y a delimitar con exactitud sus competencias, como reflejaron las constituciones de Teodosio, Arcadio y Honorio.

Un documento del Imperio romano de Oriente, datado en el 430, explica que los mil doscientos cuarenta y ocho agentes existentes (a los que se llamaba magistrianoi, en alusión a su superior, el magister officiorum), se dividían en cinco rangos: ducenarii, centenarii, biarchi, circitores y equites. En Occidente se fue reduciendo su número al revelarse como un problema más que una ayuda, especialmente a partir del año 355. Constantino el Grande trató de recortar sus poderes, Constancio II prescindió de un buen número de ellos y Juliano el Apóstata suprimió el cuerpo de facto, dejando únicamente a diecisiete agentes y asignando el grueso del trabajo de espionaje a los esclavos.

En Oriente pervivieron hasta finales de siglo VII, cuando las funciones del magister pasaron a manos del logotetas tou dromou (logoteta postal). La última noticia sobre un agente aparece en la crónica que escribió Teófanes el Confesor, donde se registra que a un magistrianos llamado Pablo se le envió de embajada en el año 678. Por la naturaleza de la misión, parece probable que Pablo disfrutara de ésta; eso sí, nunca probó el Martini con vodka -agitado, no mezclado- y debió de conformarse con un vaso de posca.


Fuentes

Flavio Vegecio Renato, El arte de la guerra romana | Adrian Goldsworthy, El ejército romano | Matthew Bunson, A dictionary of the Roman Empire | Christopher J. Fuhrmann, Policing the Roman Empire. Soldiers, administration, and public order | Oliver Nicholson, The Oxford Dictionary of Late Antiquity | Juan Antonio Arias Bonet, Los «agentes in rebus». Contribución al estudio de la policía en el Bajo Imperio romano | Wikipedia