El 322 a.C. fue uno de los años más infaustos de la historia de Atenas, si no el peor. Dos de sus más ilustres hijos, los filósofos Demóstenes e Hipérides, murieron en el plazo de una semana y miles de atenienses les siguieron en ese triste destino al sufrir una atroz hambruna. A otros once mil se les privó de la ciudadanía, la ciudad perdió parte de sus posesiones territoriales y algunas industrias locales como la del mármol y el metal se extinguieron. Todo ello fue el catastrófico resultado de la derrota sufrida en la Guerra Lamíaca contra el dominio macedonio, cuyo peor efecto fue, probablemente, la humillación de que Atenas nunca más volviera a ser independiente.

La Guerra Lamíaca, también conocida como Guerra Helénica, fue un conflicto que sacudió Grecia como consecuencia de la muerte de Alejandro Magno. Como sabemos, la ausencia aglutinadora del carismático personaje supuso la descomposición y reparto entre sus generales del imperio que él mismo había forjado. Una fracción de su extensión total, la correspondiente al territorio griego, la había heredado de su padre Filipo II, pero aquellas ciudades-estado que antaño eran las más representativas y quedaron sometidas, encontraron ahora la ocasión que esperaban para recuperar su estatus.

Paradójicamente, la etapa de sumisión a Macedonia no había implicado una decadencia para Atenas sino todo lo contrario; su economía y su vida cultural siguieron siendo un faro para el mundo y sentaron las bases de lo que pronto iba a ser una nueva y brillante fase artística, el Período Helenístico. Sin embargo, los atenienses no estaban cómodos integrando aquella especie de confederación por cuanto habían perdido algo que consideraban tan importante o más que lo reseñado positivamente: su independencia política.

Itinerario e imperio de Alejandro Magno
Itinerario e imperio de Alejandro Magno. Crédito: Mircalla22 / Wikimedia Commons

En ausencia de Alejandro, Grecia quedó gobernada por el general macedonio Antípatro, a quien la madre del célebre héroe denunció como sospechoso de deslealtad. Fue llamado a Babilonia para responder de ese cargo ante el tesorero Hárpalo, pero no compareció, enviando sólo a dos de sus hijos. Alejandro decidió sustituirlo por otro de sus militares de confianza, Crátero, pero la muerte le alcanzó antes de poder dar la orden y, mientras los diádocos se repartían el imperio, Hárpalo, que también estaba cuestionado por sus excesos, huyó con cinco mil talentos (una fortuna), seis mil mercenarios y una treintena de barcos.

El fugitivo se refugió en Atenas, donde instó a sus habitantes a rebelarse contra Antípatro. No logró su propósito y fue encarcelado, aunque pudo huir a Creta, donde acabó asesinado. El verdadero problema radicó en que los atenienses tampoco quisieron atender la exigencia de Antípatro de que le entregasen al turbulento tesorero, ya que únicamente estaban dispuestos a dar explicaciones a Alejandro. Entretanto, para calmar las cosas, mandaron a prisión al citado Demóstenes como cabeza de turco, ya que, siempre hostil a los macedonios, había recomendado escuchar a Hárpalo.

Pese a que el filósofo también escapó, la llegada de la noticia del óbito de Alejandro fue casi como una revelación para Atenas: si el único que mantenía unido a todos los griegos ya no estaba y no tenía un sucesor claro, era el momento de volver a volar por cuenta propia, tal como insistían el strategos Leóstenes y el orador Hipérides, para solventar el problema generado por un decreto alejandrino que obligaba a las urbes a permitir el regreso de sus ciudadanos exiliados, que amenazaba el control ateniense de Samos, logrado mediante colonización precisamente tras expulsar a muchas de sus gentes.

Regiones de Grecia central
Regiones de Grecia central. Crédito: MinisterForBadTimes / Wikimedia Commons

Consecuentemente, la ciudad se unió a otras del centro que formaban la Liga Etolia, también agraviada porque había conquistado y repoblado con los suyos la vecina Eníade, exigiéndole el mandato de Alejandro la retirada so pena de intervención. Fueron pocos los que se opusieron a la guerra; de los más destacados, el demagogo Démades y el militar Foción, ambos representantes de la facción aristocrática, que vivía bien bajo el dominio macedonio. El primero cayó en desgracia porque aún se recordaba su propuesta de divinizar a Alejandro; el segundo, en cambio, fue nombrado strategos junto a Leóstenes.

Otro que sufrió los efectos de la nueva orientación política fue Aristóteles, a quien no se perdonaba su maestrazgo sobre Alejandro, siendo acusado de impiedad y forzado a exiliarse en Calcis, en la isla de Eubea, donde moriría al año siguiente. En contraste, Demóstenes aprovechó las circunstancias para un regreso triunfal. Sonaban tambores de guerra y la contienda se perfilaba como inevitable, toda vez que Leóstenes se había asegurado de hacerse con los servicios de ocho mil mercenarios de Alejandro, engrosando todavía más el ya de por sí cuantioso ejército aliado.

Y es que, salvo contadas excepciones de ciudades concretas, contra Macedonia se alzaron unidas las regiones y urbes de Tesalia, Ftiótide, Mélide, Dórida, Lócrida, Fócida, Enianes, Alicea, Dolopia, Atamania, Molosia, tribus de Iliria y Tracia… Posteriormente incluso se sumaron a la coalición algunas partes del Pelonopeso, como Argos, Sición, Epidauro, Trecén, Fliunte, Élide y Mesenia. Esparta se negó porque estaba debilitada por la Guerra de Agis III, porque desconfiaba del liderazgo ateniense (que no la había apoyado en dicha contienda) y porque varios aliados eran enemigos ancestrales suyos, caso de argivos y mesenios.

Busto de Demóstenes
Busto de Demóstenes. Crédito: Eric Gaba (Sting) / Wikimedia Commons

La Grecia insular también tendió a mantenerse neutral, en solidaridad con Samos (recordemos, usurpada por Atenas) y sólo rompieron esa postura a favor de los rebeldes Rodas, Léucade y la ciudad eubea de Caristo. Eran una minoría, no obstante, pues Macedonia apenas contó con la lealtad de Beocia, Acarnania y la Liga Eubea, más las guarniciones que mantenía en las ciudadelas de Cadmea (en Tebas) y Acrocorinto (Corinto). Con el final de la diplomacia, empeñada más en la búsqueda de aliados que de la paz, los dados estaban echados y llegaba el momento de las armas.

Las operaciones comenzaron una vez que Foción solventó las dudas que quedaban sobre él -era remiso a combatir porque opinaba que Atenas no podría sostener una guerra larga- y superó las protestas surgidas de su orden de alistar a todos los atenienses menores de sesenta años -Foción mismo las acalló recordándoles que él era octogenario-. El primer frente fue en Eubea, donde el general Fedro destruyó la ciudad de Estira, posiblemente una exigencia de la vecina Caristo, mandando así un mensaje de advertencia a las demás.

Pero el episodio más importante de esa fase bélica tuvo como escenario Lamía, una ciudad de Ftiótide que, a la postre, sería la que diera nombre histórico al conflicto. El protagonismo corrió a cargo de Leóstenes, que había sumado siete mil etolios a sus mercenarios y luego recibió la incorporación del ejército ateniense, compuesto por otros dos mil mercenarios más cinco mil hoplitas y medio millar de jinetes. Con ellos derrotó a la guarnición de Cadmea y convenció a los que todavía permanecían dubitativos, de modo que sus fuerzas llegaron a ser de treinta mil hombres.

Foción con su esposa, obra de Franz Caucig
Foción con su esposa, obra de Franz Caucig. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

Contra esa amenaza marchaba Antípatro al frente de trece mil hoplitas y seiscientos jinetes, a los que mantenía bien aprovisionados por mar gracias a una escuadra de ciento diez trirremes que navegaba paralela a la costa. Su caballería se volvió muy poderosa cuando reclutó a otros dos mil tesalios, pero resultó mal: los recién incorporados le tendieron una trampa y aniquilaron a los jinetes macedonios, dejándolo sin tropas de a caballo y obligándolo a atrincherarse en Lamía. No obstante, la que fue la primera derrota macedonia en Grecia en tres décadas no tuvo demasiada trascendencia porque desde allí se podía cerrar el paso del enemigo hacia el norte -estaban a pocos kilómetros del paso de las Termópilas- y recibir auxilio por mar.

Efectivamente, aunque los aliados pusieron sitio a la ciudad, ésta no sólo resistió varios meses sino que uno de sus honderos, en una de las salidas que hicieron por sorpresa, logró matar a Leóstenes. Finalmente, Antípatro recibió el auxilio que había solicitado: veinte mil infantes y mil quinientos jinetes al mando de Leonato, uno de los siete somatophylakes (guardia personal de Alejandro), que no actuaba sólo por estrategia militar sino porque quería casarse con Cleopatra, la hermana del fallecido héroe macedonio, tras una oferta en ese sentido que le hizo llegar Olimpia porque ésta no soportaba a Antípatro.

En otras palabras, Leonato aspiraba al trono de Macedonia y quizá Antípatro lo sospechaba, por eso antes le había ofrecido a su hija Eurídice (aunque lo mismo hizo a Crátero con su otra hija, Fila). También fue requerida la ayuda de otro diádoco, Lisímaco, quien no pudo acudir al enfrentarse a una revuelta en Tracia, así que el único que respondió a la llamada fue Leonato. Los barcos que transportaron a sus tropas desde Frigia pudieron cruzar el Helesponto sin problemas gracias al dominio sobre el mar que había logrado la armada macedonia, sobreponiéndose a la inferioridad numérica que sufría de partida.

La acrópolis de Lamía en la actualidad
La acrópolis de Lamía en la actualidad. Crédito: Chabe01 / Wikimedia Commons

Pese a que era inferior numéricamente a la enemiga, con las ciento diez naves que había dejado Hárpalo más doscientas cuarenta aportadas por el namarca Clito el Blanco (de una serie de mil que estaba construyendo Alejandro cuando falleció) frente a cuatro centenares de los atenienses, éstos no disponían de tripulaciones más que para la mitad de sus unidades y su almirante, Euetión, fue vencido por Clito en dos batallas; la primera, en Abido (cerca de las islas Equínadas), no fue decisiva y Atenas conservó la mayor parte de su flota, pero, como decíamos, sin remeros para atenderla adecuadamente; la segunda, en Amorgos (en las Cícladas) fue un contundente triunfo macedonio.

Algunos autores invierten el orden cronológico de esos combates y algunos apuntan la posibilidad de que se produjera un tercero en el Heslesponto, aunque en este caso no tanto por controlar el Egeo como para impedir a Atenas la importación de trigo. Sea como fuere, la única acción exitosa de los aliados la llevó a cabo Foción al repeler un desembarco en Ramnunte, así que la llegada de Leonato a Lamía obligó a levantar el sitio de la ciudad. Su alegría no duró mucho: una falta de coordinación con Antípatro le llevó a caer en la primera batalla que se produjo, con lo cual nunca llegó a casarse con Eurídice (el marido de ésta acabaría siendo Ptolomeo para arreglar una alianza contra Pérdicas en el 321 a.C.).

Esa batalla fue la de Melitea, en la que trataba de impedir que los aliados griegos, al mando ahora de Antífilo, alcanzaran dicha urbe después de abandonar el asedio de Lamía: la falange macedonia pudo resistir, pero su caballería cedió ante la superioridad de la tesalia -dos mil jinetes- que lideraba Menón de Farsalia, forzando a Antípatro, que apareció al día siguiente, a evitar el choque y optar por una retirada. Irónicamente, el monarca macedonio sacaba triple provecho de la situación, al romperse el cerco al que estaba sometido, librarse de un rival al trono y quedarse con el ejército de éste.

Ruinas de Termo, capital de la Liga Etolia
Ruinas de Termo, capital de la Liga Etolia. Crédito: Κώστας Κουκούλης / Wikimedia Commons

El panorama mejoró aún más cuando se le unió Crátero por fin. Venía desde Cilicia con diez mil hoplitas, mil quinientos jinetes y un millar de arqueros/honderos, lo que engrosó las fuerzas de Antípatro hasta los cuarenta mil efectivos de infantería, cinco mil de caballería y tres mil arqueros/honderos. Cifras que duplicaban las de Antífilo, que contaba sólo con veinticinco mil hombres a pie y tres mil quinientos a caballo. Los macedonios forzaron el encuentro y tuvo lugar en Cranón, en la región tesalia de Pelasgiótide, en agosto del año 322 a.C.

La superioridad numérica de la caballería tesalia se impuso a la infantería griega, que tuvo que retirarse a unas colinas cercanas para disponer de una mejor posición defensiva. Lamentablemente, eso hizo creer a sus jinetes que se retiraban y éstos hicieron otro tanto, inclinando la balanza definitivamente hacia el bando macedonio. No hubo muchas bajas, medio millar para los de Antífilo y un tercio menos para los otros, pero fue un resultado lo suficientemente significativo como para que Antípatro rechazara firmar un armisticio con sus adversarios en conjunto, exigiendo hacerlo con cada uno por separado.

La sucesiva caída en sus manos de varias ciudades provocó el desmoronamiento de la alianza, cuyos integrantes se rindieron en busca de una negociación lo más favorable posible. Atenas y Etolia quedaron solas y no tuvieron más remedio que pedir la paz sin condiciones, siendo éstas extremadamente duras pese a que los delegados encargados de acordarlas eran los que se habían mostrado contrarios a la guerra: Démades y Foción, a los que se sumó Jenócrates de Calcedonia (el director de la Academia fundada por Platón).

La muerte de Foción, obra de Joseph Denis Odevaere
La muerte de Foción, obra de Joseph Denis Odevaere. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

En primer lugar, los líderes de la insurrección deberían ser ajusticiados, como pasó en todas la ciudades capturadas; ya vimos cuál fue el final de Demóstenes e Hipérides. Eso llevaba implícita una reforma política, propuesta por Démades y Foción, en la que la característica democracia ateniense era sustituida por un sistema oligárquico, para lo cual se cambió la constitución limitando la ciudadanía a quienes tuvieran rentas superiores a dos mil dracmas; el número de ciudadanos pasó de veintiún mil a nueve mil (entre ellos no estaba Jenócrates, que se negó a aceptar esa disposición aduciendo que Antípatro los había tratado muy bien como esclavos pero como hombres libres no).

Atenas dejó de ser una potencia talasocrática porque no sólo tuvo que entregar Oropo, Anfiareo y Samos, sino que además se vio obligada a acoger una guarnición macedonia permanente en Muniquia, una colina fortificada desde la que se podían controlar los puertos de Falero y El Pireo. Claro que, además, se le impuso el pago de los costes de la guerra y una enorme indemnización que, junto con la supresión de las industrias manufactureras locales (mármol, metal), hundieron su economía -sus puertos perdieron la hegemonía en favor de Rodas, Alejandría y Delos- y puso fin a su estatus y a su independencia, conservando únicamente su aura cultural. En la práctica, la época de las ciudades-estado había terminado en Grecia.

A manera de epílogo cabe añadir que Atenas no renunció fácilmente a su antiguo protagonismo y todavía jugó un papel en la turbulenta sucesión de Macedonia, que se enredó más con las guerras de los diádocos. En el 319 a.C., al morir Antípatro, no quiso dejar como sucesor a su hijo Casandro, designando en su lugar al general Poliperconte. El vástago, disconforme, consiguió el apoyo de la facción aristocrática ateniense que lideraba Foción, frente a la popular que prefería a Poliperconte por haber restablecido las libertades. Cuando Foción se negó a obedecer la orden de la Asamblea para apoyar a Poliperconte, el pueblo se sublevó contra él, siendo procesado y obligado a tomar cicuta. Démades ya había sido ejecutado por Antípatro un par de años antes al considerarlo, irónicamente, sospechoso de traición por conspirar a favor de Pérdicas.


Fuentes

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica | Plutarco, Vidas paralelas | Peter Green, Alexander to Actium. The historical evolution of the Hellenistic Age | John Keane, Vida y muerte de la democracia | Pierre Grimal, El mundo mediterráneo en la Edad Antigua. El helenismo y el auge de Roma | Claude Mossé, Historia de una democracia: Atenas | Wikipedia


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