La Expedición Filantrópica, los niños que llevaron la vacuna de la viruela en sus cuerpos a América y Filipinas

La corbeta María Pita zarpando de La Coruña en 1803/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 30 de noviembre de 1803 zarpaba del puerto español de La Coruña un navío de tres palos, mandado por el teniente de fragata de la Real Armada Pedro del Barco, que llevaba a bordo un singular pasaje: veintiún niños huérfanos bajo el cuidado de una mujer, personal médico y dos millares de ejemplares del libro Tratado histórico y práctico de la vacuna. El destino eran los territorios americanos de la Corona, donde se iba a llevar a cabo una inédita campaña de vacunaciones contra la viruela entre la población nativa. Se bautizó como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna y Humboldt la definió como «la más memorable en los anales de la Historia».

Como sabemos, a partir de la llegada de Colón a América, más concretamente en su segundo viaje, la viruela se abatió sobre el Nuevo Mundo desangrándolo demográficamente y matando al noventa por ciento de los contagiados cuando saltó de las islas al continente, presuntamente llevada por las tropas de Pánfilo de Narváez. Conocida como la gran lepra, por el impactante efecto físico que causaba en los afectados en forma de erupciones cutáneas, llagas y pústulas, fue la primera de una larga lista de enfermedades (sarampión, gripe, tifus, peste neumónica…) que causarían estragos entre una población hasta entonces aislada. Pero sin duda se trató de la más importante porque resultó decisiva en la etapa de conquista, que se extendió aproximadamente hasta los años setenta del siglo XVI.

Indígenas afectados de viruela en el Códice Florentino/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La viruela está provocada por el Variola, un virus de doble cadena de ADN que se replica en el citoplasma celular usando una polimerasa y que tiene la particularidad de afectar exclusivamente al ser humano. Se descubrió en 1940 y a partir de 1980 se consideró oficialmente erradicada la enfermedad que producía, secuenciándose su ADN una década después. En la mayor de las dos formas que presentaba ese mal, históricamente resultaba fatal en un 30% de los casos; y, si bien la más frecuente era la viruela común, más leve, otras variantes como la lisa o la hemorrágica solían ser mortales.

Hablamos en pasado pero entendiendo como tal no sólo la etapa americana, ya que la viruela está identificada desde hace diez mil años y la misma gravedad que presentaría en el Nuevo Mundo a partir del siglo XV la tuvo antes en Asia y Europa. De hecho, en el Viejo Continente no sólo siguió existiendo, matando o desfigurando a decenas de millones de personas sino que a partir del siglo XVIII experimentó un rebrote especialmente grave que llevó a los investigadores a centrar su atención en la búsqueda de un remedio. Los médicos sabían de casos en los que la inoculación preventiva había dado buen resultado. Los chinos la practicaban ya en el siglo X y una aristócrata británica, Mary Montagu, introdujo esa medida en su país al regresar de un viaje por el Imperio Otomano -donde su marido era embajador- y demostrar su eficacia en sus propios hijos.

Sin embargo, el mundo académico no superó su reticencia hasta que en 1796 el médico rural inglés Edward Jenner tuvo la idea de sustituir las inoculaciones habituales, procedentes de enfermos supervivientes (que, sin embargo, no siempre funcionaban) por otras de afectados por viruela de vaca (cowpox), que parecía ser más leve a tenor de lo observado en las ordeñadoras: se infectaban pero superaban la enfermedad. Probó con dos niños y aunque los resultados fueron positivos, se encontró con el rechazo de la Royal Society; había numerosos prejuicios sobre el tema, sin contar la superstición popular de que inyectar materia bovina a una persona podía llevar a ésta a desarrollar apéndices animales. No obstante, Jenner publicó los resultados por su cuenta y fue cuestión de tiempo que la ciencia se impusiera.

Jenner aplicando la primera vacuna al niño James Phipps/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El Parlamento le distinguió en 1802 y a partir de ahí su remedio se hizo común: en 1805 Napoleón ordenó vacunar (término que precisamente deriva de vaca) a todos los soldados de su ejército y poco después, la nobleza británica hacía otro tanto con sus hijos dando ejemplo al resto del pueblo (la Dama Negra, el Ángel Exterminador o el Herodes de los Niños, como se conocía a la viruela, mataba por igual a unos que a otros). Ahora bien, antes de esto Jenner obtuvo un reconocimiento temprano en España, de la mano primero del doctor Francesc Piguillem y Verdacer. Luego sería otro, Francisco Javier Balmis y Berenguer, un médico militar nacido en Alicante en 1753, quien tradujo del francés un libro donde se explicaba el procedimiento de vacunación, el Tratado histórico y práctico de la vacuna de Louis-Jacques Moreau de la Sarthe (este título es el que se llevó a América en la bodega del barco).

Fue el propio Balmis, cirujano real y médico personal del rey Carlos IV, quien le propuso a éste la idea de una expedición a los virreinatos de ultramar que llevase el remedio de Jenner y organizase in situ unas juntas de vacunación. El monarca estaba especialmente sensibilizado con el tema porque su hija María Teresa había fallecido de viruela en 1794, sin llegar a cumplir cuatro años, por lo que dio el visto bueno. Balmis, tras participar como sanitario en el sitio de Gibraltar y la toma de Pensacola, había estado destinado en La Habana y en Ciudad de México, donde se especializó en el tratamiento de enfermedades venéreas y en botánica e incluso escribió una obra al respecto que publicó en 1794: Tratado de las virtudes del agave y la begonia. Ahora, con la ayuda de otro médico y cirujano militar llamado José Salvany y Lleopart, se puso manos a la obra.

Francisco Javier Balmis/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Dado que resultaba imposible transportar a través del Atlántico vacunas in vitro, puesto que al no existir las neveras no se conservaban más de doce días, se optó por una técnica más rudimentaria y costosa pero para la que no había alternativa: el brazo a brazo, consistente en inocular a alguien para que se inmunice e ir pasando de un individuo a otro los anticuerpos formando una especie de cadena humana. Para ello se eligió a veintidós niños procedentes de varios orfanatos: seis de la Casa de Desamparados de Madrid, once del Hospital de la Caridad de La Coruña y otros cinco de Santiago de Compostela, todos ellos bajo el cuidado de Isabel Zendal Gómez, rectora de la Casa de Expósitos coruñesa, que además era enfermera y aportó a su hijo.

El barco destinado a la misión, el María Pita, era una pequeña corbeta mercante de tres palos y doscientas toneladas, elegida porque lo que se necesitaba ante todo era velocidad, debido a la técnica a desarrollar: se practicaba una incisión en el brazo a dos de los niños para inocularles el virus; enfermaban pero levemente, lo que permitía transmitir la vacuna por contacto entre heridas a otros dos (siempre por parejas por si uno moría) cada diez días aproximadamente, que es lo que tardaban en aparecer los síntomas. Así se cubrían las semanas necesarias para la singladura. Por supuesto, los niños seleccionados, cuyas edades oscilaban entre tres y nueve años y a los que se catalogaba de «vacuníferos», no podían haber estado enfermos de viruela con anterioridad.

A bordo de la María Pita también iban Salvany, otro médico, dos prácticos, tres enfermeras y veintisiete marineros. Hicieron un alto en Tenerife, donde estuvieron un mes vacunando a la población, y reanudaron viaje para arribar a Puerto Rico treinta y cuatro días después, el 9 de febrero de 1804. Durante el trayecto murió uno de los niños pero con los otros se siguió el protocolo establecido, que exigía serían «bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición». De hecho, a cada uno se le entregó un hatillo con ropa, calzado y útiles, tanto de aseo como para comer, con los que dada su pobre condición probablemente nunca hubieran soñado.

Monumento a Isabel Zendal y los niños en La Coruña/Foto: Caronium en Wikimedia Commons

En Puerto Rico Balmis se llevó una sorpresa. No necesitaban quedarse porque el cirujano del Hospital Real, Francisco Oller Ferrer, había introducido en 1792 una vacuna desde la isla de Santo Tomás, así que, tras discutir con él (Balmis tenía un carácter difícil), continuaron hasta La Guaira (Capitanía General de Venezuela), de donde fueron a Caracas para establecer la Junta Central de la Vacuna, de cuya dirección se encargó al doctor local José Domingo Díaz. Fue en esos días cuando el poeta Andrés Bello, que al contrario que el anterior sería devoto de Bolívar (fue su maestro), escribió su Oda a la vacuna:

Y a tí, Balmis, a tí que, abandonando
el clima patrio, vienes como genio
tutelar de salud, sobre tus pasos,
una vital semilla difundiendo…

La expedición se dividió dos grupos, uno encabezado por Balmis y el otro por Salvany. Éste desempeñó su misión por los virreinatos de Nueva Granada (Colombia) y Perú (que agrupaba los actuales Ecuador, Perú, Chile y Bolivia) a lo largo de siete años. La muerte le sorprendió en Cochabamba en 1810, pues ya antes de partir de España estaba enfermo de tuberculosis y en América contrajo también malaria. Tenía treinta y cuatro años y se calcula que vacunó en torno a un millón de personas a despecho del difícil contexto, pues los nativos se mostraban reacios a ellos -hostiles incluso- por miedo y además en 1809 empezaron los movimientos independentistas.

Recorridos de la expedición/Imagen: Wikimedia Commons

En cuanto a Balmis, primero partió hacia Puerto Cabello y después a La Habana para encontrarse con una situación parecida a la de Puerto Rico: el doctor Tomás Romay Chacón ya estaba desarrollando una campaña de vacunación a partir de material de la isla vecina, así que, tras crear una junta y ante la imposibilidad de conseguir niños huérfanos para las inoculaciones brazo a brazo, compró tres esclavos negros y «reclutó» a un joven tamborilero del Regimiento de Cuba que había solicitado destino en el continente, embarcándose para Nueva España (México). Pese a la actitud remisa del virrey Iturragaray, con el que hubo choques constantes, esta vez Balmis sí pudo contar con niños, veinticinco, con los que pensaba repetir experiencia viajando a Filipinas. Isabel Zendal se sumó otra vez junto con su hijo y el 8 de febrero de 1805 zarparon de Acapulco a bordo del navío Magallanes, llegando a Manila dos meses más tarde tras una travesía en infames condiciones.

El archipiélago estaba ocupado fundamentalmente por encomiendas religiosas que colaboraron con el médico, frente a lo que se suele decir. La campaña duró varios meses, tras los cuales Isabel y su vástago retornaron a México, instalándose en Puebla; Balmis dejó escrito sobre ella que «con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día, ha derramado todas las ternuras de la más sensible Madre sobre los 26 angelitos que tiene a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde La Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades”.

Rutas de la expedición por Filipinas/Imagen: Wikimedia Commons

En cuanto a él mismo, aún se quedaría un tiempo en Asia porque desde Filipinas saltó a Macao y Cantón, ciudades portuguesas en China, para aplicar allí las vacunaciones. Faltó poco para que fracasara, pues la fragata Diligencia en la que viajaba con tres niños se hundió por un tifón y él logró salvarse con los pequeños al ser recogido por un junco. No está claro si tuvo éxito en aquel destino; parece ser que las autoridades no pusieron mucho de su parte. Al término del trabajo, emprendió el regreso a España a bordo del Bom Jesus de Alem, doblando el Cabo de Buena Esperanza y haciendo un alto en Santa Elena, la desolada isla atlántica donde sería confinado Napoleón tras su caída definitiva, en la que también obtuvo permiso para vacunar.

El 7 de septiembre de 1806 Balmis se presentó en el Palacio de La Granja ante Carlos IV para informarle de su misión, pasando a escribir una obra titulada Instrucción sobre la introducción y conservación de la vacuna. Luego fue de los que se negaron a prestar fidelidad a José Bonaparte, refugiándose en Sevilla. En 1810 la Junta Suprema le envió otra vez a Nueva España para supervisar el sistema de vacunación pero al llegar se encontró al país en estado efervescente por el independentismo y él tomó partido por la causa realista, lo que le supuso enfrentamientos que le llevaron a dejar América para siempre. Regresó a finales de 1812 para retomar su puesto como Cirujano de la Real Cámara.

Páginas ilustradas del tratado de Balmis sobre la vacuna/Imagen: Universitat de Valencia

Falleció en Madrid en 1819 y sus restos mortales, enterrados en el cementerio de la iglesia de San Martín, se perdieron al cerrarse el camposanto, juntándose con los de los otros difuntos. También se ignora que fue del centenar de niños que participaron en la empresa, salvo que seguramente nunca regresaron a España, aunque se sabe que Balmis procuró que se les alojara en una residencia digna en vez de en hospicios. Por lo demás, el mismísimo Jenner describió aquella expedición con sentidas palabras: «No me imagino que los anales de la historia contengan un ejemplo de filantropía tan noble y extenso como éste».

Fuentes: La vuelta al mundo de la expedición de la vacuna (1803-1810) (Gonzalo Díaz de Yraola)/Españoles excesivos (Julián Moreiro)/En el nombre de los niños. Real Expedición Filantrópica de la Vacuna 1803-1806 (Emilio Balaguer Perigüell y Rosa Ballester Añón)/Ángeles custodios (Almudena De Arteaga Del Alcázar)/Anales de la Real Academia de Medicina (Tomo XIX, cuaderno 1º)/Wikipedia