Tirabuzones del Diablo, las estructuras que llevaron al descubrimiento de un mamífero extinto

Tirabuzones del Diablo en Nebraska / foto James St.John en Flickr

A mediados del siglo XIX ganaderos del condado de Sioux en Nebraska comenzaron a desenterrar en sus ranchos extrañas estructuras espirales que parecían hechas de roca. Estaban enterradas en posición vertical y algunas eran tan altas o más que un hombre adulto. Sin saber lo que eran, las llamaron tirabuzones del diablo.

En 1891 la Universidad de Nebraska contrató, como jefe del departamento de Gelogía, al paleontólogo y geólogo Erwin Hinckley Barbour, que había destacado por su trabajo en el Servicio Geológico de los Estados Unidos. Ese mismo año, mientras investigaba los restos de un especimen encontrado por un ganadero local, le fueron mostrados los misteriosos tirabuzones.

Barbour examinó aquellas largas espirales que se insertaban en la tierra hasta unos 3 metros de profundidad, constatando que estaban hechas de tierra endurecida y no de roca, y rellenas de arena. Inmediatamente comprendió que debían ser fósiles, pero no tenía ni idea de a que especie vegetal o animal podían corresponder. Las denominó Daemonelix, que es el nombre latinizado para el término que utilizaban los lugareños.

Panel informativo in situ / foto Experiencing Life Trips en Flickr

Tras estudiar las estructuras llegó a la conclusión de que debían ser los restos fosilizados de algún tipo de esponja gigante de agua dulce, que una vez habría vivido en los lagos prehistóricos que debieron cubrir la región en tiempos pasados.

Otros se mostraron escépticos, pero aun así las teorías que se proponían implicaban un origen vegetal. Sobre todo cuando se puso de manifiesto tras analizar el territorio que allí nunca había habido grandes masas de agua.

En 1893 se encontraron, en el interior de una de las espirales, huesos de roedores, lo que llevó a Edward Cope y Theodor Fuchs a proponer que los tirabuzones habían sido excavados por éstos, aunque se desconocía a que animal correspondían. Aun así, Barbour continuó defendiendo su hipótesis vegetal, ya que las espirales eran demasiado perfectas como para ser obra de un animal.

Tirabuzón en el National Museum of Natural History / foto inazakira en Flickr

Pero tuvo que darse por vencido cuando se descubrieron marcas de arañazos en el interior de los tirabuzones, señal inequívoca de que habían sido excavados y no tenían un origen natural.

Finalmente, en 1905 se identificaron los restos de sus constructores, una especie de castor ya extinguida a la que se dio el nombre de Paleocastor y que habitó las tierras baldías norteamericanas durante el Oligoceno inferior, hace entre 28 y 23 millones de años.

No obstante todavía quedaría una sorpresa más, pues las marcas, que en un primer momento se identificaron como marcas de garras, eran en realidad de dientes. Y es que los paleocastores, al contrario que sus parientes modernos, excavaban con sus dientes incisivos en lugar de con las garras.

Posible aspecto de un paleocastor / foto Nobu Tamara en Wikimedia Commons

Tenían un tamaño parecido al de las actuales marmotas y un aspecto similar a los topos, pero con garras muy largas y dientes inusualmente largos que crecían rápidamente para compensar el desgaste. El hecho de excavar sus madrigueras en espiral se debe, probablemente, a la protección que proporcionaban contra los depredadores, que habrían tenido más difícil el acceso que si la madriguera fuera recta.

Fuentes: North Dakota Geological Survey / Earth Archives / Natural History Magazine / Wikipedia.