La leyenda de Deganawida, Gran Pacificador y creador de la Confederación Iroquesa

Hace tiempo hablamos aquí de la Guerra de los Castores, una de las contiendas más sangrientas de la historia de Norteamérica si no la que más, y veíamos que en ella se enfrentaron los franceses y la Confederación Iroquesa. Ésta consistía en una coalición de pueblos indios (mohawk, oneida, seneca, cayuga y onondaga) que habían alcanzado el poder en la región expulsando a los aliados de Francia, algonquinos, hurones e innus. Ahora bien ¿cómo nació tan curiosa unión? Pues gracias a una figura que se encuentra a caballo entre la historia y el mito, como suele suceder en estos casos: Deganawida, el Gran Pacificador.

Al tratarse de pueblos de tradición oral, sin escritura, lo poco que se conoce sobre él procede de leyendas, unas de imposible corroboración, otras directamente fantasiosas. Y es que se trata de una figura semi-mítica, envuelta en providencialismo hasta el punto de que era frecuente -y lo sigue siendo- que muchos iroqueses no pronunciaran su nombre por respeto, de manera análoga a los que pasaba con Dios en la tradición judeocristiana, con la que tiene, como veremos, más puntos de contacto; al fin y al cabo, además, se trataba de un profeta. Deganawida significa Dos corrientes fluviales fluyendo juntas, lo que supone una referencia evidente a su labor.

Tribus del estado de Nueva york (en rosa, iroqueses; en crema, algonquinos)/Imagen: dominio público en wikimedia Commons

Se ignora asimismo su origen. Unas versiones dicen que era un hurón, tribu también llamada wyandot que vivía en poblados fortificados de un millar de habitantes practicando la agricultura en la zona de Ontario (hoy aún tiene una reserva en Quebec). Otras le sitúan como nacido entre los onondaga (que residían en el entorno del lago homónimo, en el actual estado de Nueva York) pero adoptado por los mohawk, pues al fin y al cabo ambas naciones formarían, junto las cayuga, oneida y seneca (la tuscarora se incorporó más tarde, en el siglo XVIII), la Haudenosaunee o Confederación Iroquesa.

Cabe resaltar, como dato curioso, insistir en el carácter casi mesiánico en que estaba envuelto Deganawida que comentábamos, pues se trataba de un profeta y además se le suponía hijo de una virgen. El milagro como envoltura de un personaje de dimensión mítica se explica porque habría llevado a los iroqueses la Gayanashagowa o Gran Ley de la Paz, una especie de constitución que pasaría de generación en generación transmitido a través del wampum, un sistema de pseudoescritura similar al quipu andino, basado en la plasmación de un mensaje mediante la fijación de abalorios en un cinturón.

Un wampum iroqués/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La Gayanashagowa constaba de ciento diecisiete artículos y otorgaba igualdad a las seis tribus, tomando como elemento totémico de aquel pacto el llamado Gran Árbol de Paz, un pino blanco típico de la zona (Pinus strobus) bajo el que se enterraban las armas. Algunos historiadores consideran que Benjamin Franklin, James Madison y otros padres fundadores de los actuales EEUU se inspiraron en parte en la Gran Ley de Paz para la redacción de la Constitución, tal como reconoció oficialmente el Congreso de EEUU en 1988. Durante el congreso de Albany (1754), el propio Franklin había declarado que “sería una cosa extraña que seis naciones de salvajes ignorantes fueran capaces de formar tal unión, y sin embargo ha subsistido durante siglos y parece indisoluble, y todavía no lo han puesto en práctica diez o doce colonias inglesas”.

Efectivamente, aquella normativa indígena era abiertamente democrática, funcionando con consejos de representantes del pueblo en los clanes de cada tribu, para cuya composición se procuraba mantener un equilibrio entre los dos sexos, hombres y mujeres adultos, permitiéndoseles votar en igualdad. Un método asambleísta de democracia directa del que salían elegidos sachems o jefes, de los que se escogía a un sachem supremo (un primus inter pares, más bien, vitalicio pero sometido a control y destituíble), con el visto bueno de su fratría (hermandad, los clanes se agrupaban en ellas). Con el tiempo, los cargos tendieron a hacerse hereditarios, lo que provocó enfrentamientos con el consejo.

George Washington preside la firma de la Constitución de EEUU durante la Convención de Filadelfia (Howard Chandler Chrsity)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

También se elegía a los caudillos militares, cuya autoridad se limitaba a la esfera bélica. Aparte, se establecieron consejos consultivos de ancianas, que debían dar su aprobación por mayoría para ir a la guerra o vetar el fin de ésta, por ejemplo, aunque esa institución no era vista con buenos ojos por los varones, que consideraban que cada sexo tenía su papel en la sociedad y el de la mujer no estaba en la política. Sin embargo, las féminas eran fundamentales en el gobierno de cada tribu (que era independiente del de la confederación), al ser las que proponían a los candidatos a las jefaturas y los temas a tratar.

En el consejo central sólo votaban los sachems de cada tribu. Había un total de cincuenta, repartidos según la importancia de cada nación, pues a los mohawk, seneca y onondaga se los consideraba hermanos mayores y tenían derecho a treinta y un representantes, mientras que oneida y cayuga eran hermanos menores y tenían diecinueve, También había un consejo femenino que hacía de contrapoder (las decisiones se debían tomar con la aprobación de mambas partes por un mínimo de tres cuartos de los votos), si bien las gantowisa, como se llamaba a sus integrantes, no podían ser elegidas para el cargo de sachem.

Los sachems de las seis naciones iroquesas, ataviados con sus característicos gorros de astas de ciervo, y la gran cabaña comunal de la confederación (John Kahionhes Fadden)/Imagen: community.weber

La Gran Ley de la Paz puso fin a las continuas discordias entre las tribus y con ello proscribió el canibalismo, una práctica ritual asociada a la guerra, como atestiguaron posteriormente misioneros jesuitas en otras regiones vecinas donde la costumbre pervivió. Además del citado árbol, otro símbolo de la Confederación Iroquesa era una gran cabaña alargada cuya puerta oriental estaba vigilada por los mokawk mientras que de la occidental se encargaban los seneca, situándose la capital en Onondaga, pues sus miembros eran los custodios del fuego sagrado.

¿Cuándo empezó todo esto exactamente? Tampoco se sabe. Los investigadores creen que Denagawida vivió en la segunda mitad del siglo XV y habría creado la Confederación Iroquesa antes de la llegada de Colón a América. Pero no hay consenso al respecto y otros historiadores retrasan la fecha de fundación casi un siglo, situándola en torno a 1535 (año en que Jacques Cartier hace las primeras reseñas de los iroqueses) y 1570. Al respecto, consideran que las dataciones anteriores se hacen por exaltación indigenista.

Reunión de la Confederación Iroquesa bajo el Árbol de la Paz; al fondo, la cabaña comunal/Imagen: Web.pdx

Y es que hay una teoría que remonta la fecha de la Confederación Iroquesa al año 1142 porque fue entonces cuando se produjo un eclipse que refrendaría la leyenda seminal. Cuenta ésta que los seneca, los últimos en unirse a la Haudenosaunee antes de los tuscarora, estaban en medio de un conflicto civil cuando el sol se detuvo a causa de la violencia desatada, oscureciéndose el día para convertirse en noche. Ahora bien, ha habido otros eclipses solares y uno de ellos tuvo lugar precisamente en 1451, ajustándose más a la fecha que apoya la mayoría.

En ese sentido, hay que puntualizar que el registro arqueológico y los análisis de carbono 14 indican que los pueblos nativos dedicados a la agricultura de Ontario aparecieron entre los años 1000 d.C. y 1200 d.C. La cuestión es cuánto tardaron en organizarse confederalmente. Y hay que advertir que aunque Deganawida es quien se llevó el protagonismo, no lo hizo solo sino con la ayuda de otros dos personajes: Jigonhsasee y Hiawatha. Retomemos la leyenda para ir a la infancia del que luego sería Gran Pacificador.

Tipos iroqueses/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Antes le describíamos como profeta. Lo fue y además precoz porque la visión que iba a cambiar aquella parte de América, inspirada por el Gran Espíritu, la tuvo ya en su infancia. Según explicó, había visto que una serpiente blanca llegaría a esas tierras estableciendo amistad con su pueblo, pero se trataba de una amistad falsa. Más tarde vendría una serpiente roja y ambas se enfrentarían mientras un niño recibía un gran poder que le llevaba a hablar con las hojas, que eran el pueblo que habitaba el país y que le eligieron líder.

El pequeño no intervino en la guerra entre reptiles, manteniéndose neutral. Entonces apareció una tercera serpiente de color negro que se enfrentó a las otras derrotándolas. Pero cuando la gente se volviera humilde y se reuniera bajo un gran árbol, generaría una potente luz, más brillante que el sol, que cegaría a los ofidios. Deganawida explicó que él sería esa luz y aceptaría a la serpiente blanca como un hermano perdido tiempo atrás pero recuperado.

La bandera iroquesa, diseñada en 1980, se basa en el cinturón wampum de Hiawatha. Muestra a las cinco naciones unidas con el Gran Árbol de la Paz como nexo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De acuerdo con todo esto, la primera persona que se ofreció a ayudarle fue Jigonhsasee, llamada la Madre de las Naciones. Su nombre significa Nueva Cara (en el sentido de Nueva Mentalidad) pero también La que vive en el sendero de la guerra porque su casa estaba a medio camino entre varias aldeas; por tanto en un potencial campo de batalla pero también un punto de encuentro para miembros de tribus diversas a quienes atendía sin importar su procedencia. Por esa razón Jigonhsasee tenía el respeto unánime y se la consideraba una mediadora en los conflictos.

Consecuentemente, Deganawida la visitó para plantearle su proyecto y pedirle que convocara a los jefes para celebrar una reunión de paz. Uno de los que acudieron fue el onondaga Hiawatha, pero tras varias reuniones tuvo que dejar su pueblo debido al asesinato de su familia por un brujo llamado Tadodaho, que se negaba a aceptar la prohibición la costumbre de que debía matarse a alguien de la tribu cada vez que moría alguien de una familia. Hiawatha se refugió entre los mohawk y allí conoció en persona a Deganawida, del que seguramente había oído hablar a causa del aura mistérica que rodeó su singular nacimiento: su madre quedó encinta de él en medio del bosque al que se había retirado con su abuela después de que así se lo anunciase el Creador.

Dos jefes mohawk con Tadodaho, a quien la iconografía tradicional representa con el cabello formado por serpientes/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Éste profetizó además que el niño traería una nueva era de paz, por lo que inevitablemente entabló amistad con Hiawatha, que sería quien pondría en práctica el corpus teórico concebido por su compañero. Tras aquellas primeras reuniones en casa de Jigonhsasee, viajaron de aldea en aldea predicando sus ideas y poco a poco fueron convenciendo a todos para formar la confederación. No fue fácil y si bien los oneida y cayuga aceptaron pronto, los seneca, onondaga y mohawk se resistieron. Los primeros cedieron después de que los representantes de la Haudenosaunee entraran en su poblado cantando un himno de paz; los segundos lo hicieron cuando Jigonhsasee dio unas hierbas al brujo Tadodaho para hacerle perder su maldad, que era fruto de una maldición.

En cuanto a los mohawk, dice la leyenda que Deganawida tuvo que demostrarles su pureza y poder espiritual trepando a un árbol cuyas ramas quedaban encima de las Cataratas Cohoe y mandando a continuación que lo cortaran. El árbol cayó por las turbulentas aguas arrastrándole y todos creyeron que había muerto pero al día siguiente lo encontraron tranquilamente sentado junto a una hoguera. Considerándolo un milagro, la nación mohawk aceptó sumarse a la Confederación Iroquesa, que oficializó su nacimiento con las tribus plantando el mencionado Árbol de la Paz y asumiendo la Gayanashagowa.

Deganawida y Hiawatha bajo el Árbol de la Paz con la Gayanashagowa/Imagen: Pinsdaddy

Sin embargo, La Confederación Iroquesa sólo encontraría paz interna. Hacia afuera, la expulsión de los algonquinos, hurones e innus llevó a éstos a aliarse con Francia e iniciar la Guerra de los Castores que citábamos al principio. El conflicto se fue alargando década tras década hasta durar casi un siglo porque se complicó con la llegada de británicos y holandeses, además de la difusión de la viruela, que acabó con el noventa por ciento de la población india de la costa Este.

Fuentes: Pieles rojas. Encuentros con el hombre blanco (Victoria Oliver)/The great mystery. Myths of native America (Neil Philip)/Native America from Prehistory to first ontact/Deganawida, the Peacemaker (Christopher Buck en American Writers)/La Liga de las Seis Naciones iroquesas y el debate sobre su aporte al sistema político estadounidense (Sebastián Masana)/The Great Law and the Longhouse. A political history of the Iroquois Confederacy (William Nelson Fenton)/Wikipedia