¿Por qué la Confederación Iroquesa declaró la guerra a Alemania en 1942?

Angus Horn, un mohawk de Kahnawake, leyendo la declaración de guerra en 1942/Imagen: Mohawk Nation News

Quizá la cosa no pasó del mero anecdotario para Hitler pero en 1942 la Confederación Iroquesa le declaró la guerra a Alemania, al margen de la que hizo el gobierno de Washington. Una muestra de la autonomía con que funciona esa ya añeja entidad, antaño llamada también Liga de las Seis Naciones, y que hoy en día, con cerca de cuarenta y nueve mil integrantes (más otros cinco mil en Canadá), incluso emite sus propios pasaportes, distintos a los estadounidenses, que usan sus políticos y deportistas.

La Confederación Iroquesa fue la unión de cinco pueblos que habitaban el noreste de EEUU: los mohawk, oneida, onondaga, cayuga y seneca, a los que en 1722 se sumaron los tuscarora, sumando en total algo menos de seis millares de personas. El nombre iroqués no es autóctono sino que se lo pusieron los colonos blancos -en concreto el francés Samuel Champlain- aunque utilizando la palabra algonquina irok-ois. O eso dice una de las teorías porque hay otras y ninguna corroborada de forma efectiva. En la actualidad tiende a quedar en desuso por considerarse que era un término despectivo.

Distribución de las tribus del estado de Nueva York antes de la llegada de los europeos (rosa: iroqueses-crema: algonquinos)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

También ellos se llamaban a sí mismos de dos maneras: Nadowa y Haudenosaunee (o Hodinonhsioni), que significa “pueblo de la casa grande”, en alusión a la gran cabaña alargada situada en su capital, Onondaga (en el actual estado de Nueva York), que tenía una puerta en cada extremo, cada una guardada por un miembro de una tribu distinta (un mohawk la oriental, un tuscarora la occidental) y donde debatían las decisiones; en ese sentido, tenían un tercer apelativo, Ongwanonhsioni, o sea, “constructores de grandes casas”.

No se sabe exactamente cuándo se creó la confederación. En el artículo que dedicamos a su fundador, Deganawida, vimos que posiblemente en la segunda mitad del siglo XV, aunque algunos autores retrasan la fecha a 1535 (porque es ese año cuando Cartier anota las primeras referencias a los iroqueses) o incluso más tarde, a 1570, mientras que no faltan los indigenistas que hacen a la inversa y la adelantan exageradamente, al año 1142, para hacerla coincidir con un eclipse que auguraba la unión, según la leyenda (aunque también hubo uno en 1451).

Un grupo de iroqueses/Imagen: Pinterest

Vamos con esa leyenda. Cuenta que Deganawida, nacido milagrosamente, tuvo una visión mística que le incitó a proponer una gran unión de todas las tribus. Consiguió llevarla a cabo con la ayuda de Jigonhsasee y Hiawatha, que creían que aquella iniciativa acabaría con las constantes guerras que lastraban el progreso de sus gentes. Costó convencerlas pero finalmente se logró merced a una resurrección milagrosa de Deganawida (de quien no se sabe a ciencia cierta de qué pueblo era originario).

Deganawida dictó entonces la Gran Ley de la Paz, una especie de norma fundamental escrita mediante un wampum (un cinturón de abalorios) y que constaba de ciento diecisiete artículos, otorgando igualdad jurídica y política para las cinco tribus. Se dice que la Constitución de EEUU se inspira en ella y el caso es que establecía consejos de representantes de ambos sexos con derecho equitativo de voto, quienes elegían jefes o sachem para formar un consejo central, un protoparlamento.

Ellos tomaban las decisiones finales votando y de entre ellos se seleccionaba un sachem supremo pero controlado por los consejos y destituible. Asimismo, se elegían caudillos de guerra y un consejo de ancianas, que eran las que proponían los temas a tratar y los candidatos, al igual que se creó un consejo femenino como contrapoder (aunque el sachem debía ser siempre un hombre). Todo esto trajo la paz entre esas cinco-seis naciones y Deganawida fue apodado entonces el Gran Pacificador.

Deganawida, Hiawatha y el malvado Todadaho/Imagen: Pinterest

Pero esa paz fue relativa porque la Confederación Iroquesa no tenía problema en hacer la guerra a otras, como experimentaron en sus carnes los algonquinos, hurones e innus, que terminaron aliándose con los franceses y eso desembocó en la Guerra de los Castores, a la que también dedicamos un artículo. En cualquier caso aquel sistema constituía una curiosa y particular forma de democracia asamblearia que fue la referencia para la declaración de guerra a Alemania el 13 de junio de 1942, leída al día siguiente en la escalinata del Capitolio de Washington:

“Representamos a la democracia más antigua, aunque la más pequeña, del mundo de hoy. Es un sentimiento unánime entre la gente india que las atrocidades de las naciones del Eje son violentamente repulsivas a todos los sentidos de justicia de nuestro pueblo y que esta matanza despiadada de la humanidad no puede ser tolerada. Ahora resolvemos que es el sentimiento de este consejo que las Seis Naciones de Indios declaran que existe un estado de guerra entre nuestra Confederación de las Seis Naciones por una parte y Alemania, Italia, Japón y sus aliados, contra quienes Estados Unidos tiene guerra declarada, por otra parte”.

Esta declaración era independiente, como la que podría hacer cualquier estado soberano, y se basaba, como vemos, en criterios éticos y de justicia. Algo especialmente interesante porque venía a reproducir una situación que ya se había dado cuando estalló la Revolución Americana. La Confederación Iroquesa fue invitada por el Imperio Británico a unírsele, reactivando así la antigua alianza contra Francia. Sin embargo, había un desacuerdo interno al respecto: los mohawk y seneca estaban a favor pero oneidas y tuscaroras preferían apoyar a los colonos mientras que cayugas y onondagas se inclinaban por mantener la neutralidad.

Todo un dilema, dado que la Gran Ley de Paz exigía que hubiera unanimidad a la hora de tomar decisiones. Y fue imposible alcanzarla, lo que supuso un doble problema. Por un lado, la tensión interna; por otro, la desconfianza que tenían los colonos recordando que los mohawk habían luchado antes al lado de la corona. Así que en 1779 George Washington decidió no arriesgar la seguridad del noreste y envió al general John Sullivan para llevar a cabo un ataque preventivo contra la Confederación.

Un wampum con la bandera de la Confederación Iroquesa/Imagen: The Strange Continent

Los poblados fueron arrasados uno tras otro, lográndose el objetivo estratégico: inutilizar a los iroqueses como fuerza guerrera. Al proclamarse la independencia se indemnizó a las tribus que habían manifestado estar de parte de los patriotas (oneidas y tuscaroras), concediéndoseles extensos territorios y privilegios. El resto fue obligado a ceder sus tierras y la mayoría de sus integrantes emigraron a Canadá (que era colonia británica), por eso más tarde se organizó allí una segunda confederación que coexistió con la otra.

Para cuando estalló la Segunda Guerra Mundial las cosas se habían suavizado y cambiado mucho: por un lado, Canadá se había convertido en un país independiente; por otro, EEUU y Reino Unido eran firmes aliados. Los iroqueses se consideraron hermanos de todos ellos y en 1941, cuando Roosevelt leyó su alocución al país tras el ataque a Pearl Harbor, decidieron estar junto a ellos para hacer frente a la ignominia nazi. Fue entonces cuando surgió la chispa que llevó a la Confederación Iroquesa a hacer una declaración bélica por su cuenta, tal cual habían realizado ya en 1918, durante la contienda anterior.

Noticia de la declaración de guerra india de 1918/Imagen: michaelleroyoberg.com

En cierta forma, era una reacción airada a la sentencia del tribunal de apelaciones que, con el título Ex parte Green, confirmaba la Nationality Act de 1940, según la cual las tribus americanas estaban sujetas a la ley federal a pesar de que un tratado las había declarado soberanas históricamente. En teoría, los tratados que firmaban los indios y el gobierno eran perpetuos pero normalmente se referían a cuestiones relacionadas con la propiedad de la tierra, los derechos tribales y cuestiones, en suma, relativas a su modo de vida. En este caso había una iniciativa puramente política de por medio.

El 16 de septiembre de 1940, la Selective Training and Service Act (Ley de Servicio y Entrenamiento Selectivo, también conocida como Ley Burke-Wadsworth), había creado el primer servicio militar obligatorio de la historia de EEUU, que obligaba a inscribirse a todos los varones con edades comprendidas entre los veintiuno y treinta y seis años (al entrar en la guerra se aumentaría el segmento entre los dieciocho y los cuarenta y cinco). Ello incluía a los nativos americanos y eso no gustó a los iroqueses.

Entrega al embajador soviético del tocado de plumas que identificaba a Stalin como jefe honorario de la Confederación Iroquesa/Imagen: Mohawk Nation News

Uno de ellos llamado Warren Eldreth Green (de ahí el título de la sentencia) presentó una impugnación de la Nationality Act pero, como decíamos, el tribunal sentenció que se trataba de un ciudadano incluso sin su consentimiento, basándose en una ley del Congreso de 1924 que había concedido la ciudadanía a todos los indígenas. Consecuentemente, la Confederación Iroquesa no era, en la práctica, la nación independiente que sus integrantes creían, algo que les resultó insultante.

Para evitar someterse a la Selective Training and Service Act, que consideraban hecha sin su consentimiento, los iroqueses resolvieron hacer su propia declaración de guerra y autorizar a los suyos a alistarse en los ejércitos aliados para luchar contra el Eje, reclamando ser considerada una nación aliada más (y, como anécdota, decir que nombraron jefe honorario a Stalin). O sea, el resultado era el mismo pero porque querían.

Fuentes: The Iroquois Declaration of War on Germany, 1942 (James Wm. Chichetto en Combat)/Iroquois confederacy (Loretta Hall en Countries And Their Cultures)/La Liga de las Seis Naciones iroquesas y el debate sobre su aporte al sistema político estadounidense (Sebastián Masana)/Voices of the American Indian Experience (Steven A. Littleton)/The Iroquois Struggle for Survival: World War II to Red Power (Laurence M. Hauptman)/Deganawida, the Peacemaker (Christopher Buck en American Writers)/The Great Law and the Longhouse: A Political History of the Iroquois Confederacy (William Nelson Fenton)/Pieles rojas. Encuentros con el hombre blanco (Victoria Oliver)