Secessio plebis, el antecedente romano de la huelga general en la que el pueblo abandonaba la ciudad

Aunque el derecho a la huelga no fue regulado hasta el siglo XX, se hacían paros laborales por motivos diversos ya desde la Antigüedad, siendo el primer caso documentado el de los trabajadores de Set Maat (hoy Deir el-Medina, Egipto) durante el reinado de Ramsés III. Lo sabemos gracias al llamado Papiro de la Huelga, que se conserva en Turín y está refrendado por varios ostraca repartidos por diversos museos del mundo. Pero aquello fue un movimiento improvisado. Para encontrar el antecedente de las huelgas como figuras institucionales seguramente tendríamos que mirar hacia la Roma del período republicano, a la secessio plebis.

En el caso egipcio hablamos del año 1166 a.C. Se trataba de una protesta enviada al faraón por las condiciones de trabajo, con los obreros mal alimentados y vestidos, además de una denuncia de desvío de fondos. En la referencia romana la fecha es un poco más cercana, desde el siglo V a.C., pero la secessio plebis se ajusta un poco mejor al concepto de huelga desde un punto de vista jurídico, aunque tampoco fuera tal exactamente.

Deir el-Medina, el lugar donde se registró la primera huelga/Imagen: Steve F-E Cameron en Wikimedia Commons

Se trataba de una herramienta de clase para defenderse de los abusos. Algo más cercano a un plante durante el cual las clases bajas, que eran las beneficiarias de ese derecho, se iban de la ciudad dejándola completamente inoperativa al constituir la mayoría de la fuerza productiva. Así, los talleres paraban, las tiendas cerraban y, en consecuencia, el comercio dejaba de funcionar, provocando un desabastecimiento que perjudicaba directamente al estamento más elevado.

Hablamos, claro está, de plebeyos y patricios respectivamente, los dos niveles sociales de la República Romana junto con los esclavos y los extranjeros carentes de ciudadanía. Los primeros, la ordo plebeius (orden plebeyo, plebe), eran aquellos que no tenían gens; es decir, los que no podían acreditar un linaje vinculado a la fundación de Roma. Básicamente agricultores y artesanos, tenían que trabajar para poder comer; en eso no se diferenciaban demasiado de los patricios, que salvo los más ricos, que vivían de las rentas, también trabajaban. Pero había otros aspectos de su estamento que sí marcaban distancias.

Las diferencias de clase en la Roma republicana/Imagen: Eloy Rogel en SlidePlayer

Los patricios descendían de las familias ilustres que formaron las treinta curias originales fundadoras de Roma (de hecho, patricio viene de pater, padre), por eso ostentaban todos los derechos de gobierno y representación. Copaban el Senado y aportaban los dos cónsules anuales preceptivos (que sustituyeron al poder monárquico), al igual que monopolizaban el acceso al sacerdocio y, en suma, todas las magistraturas. Incluso estaba prohibido el matrimonio entre miembros de ambas clases.

Con el tiempo las cosas cambiaron un poco y se abrió el cursus honorum para los plebeyos, aunque en un primer momento restringido a determinados cargos (cuestura, tribunado de la plebe) hasta la apertura total. Pero eso sería más tarde y como resultado del conflicto. Porque, como cabía esperar, había una situación de descontento susceptible de explotar en cuanto llegara una crisis económica en ausencia del poder moderador de antaño, el monárquico. Y llegó en el año 494 a.C.

Instituciones de la República Romana posteriores (Luis A. Ortega Ruiz)/Imagen: Proyecto Clío

Las constantes guerras con los pueblos limítrofes (Roma aún no era tan poderosa como sería), que obligaban a dejar los campos abandonados mientras durasen las campañas, unidas a una sucesión de malas cosechas, produjeron el empobrecimiento general del ordo plebeius, obligando a muchos de sus integrantes arruinados a solicitar préstamos que no siempre se podían devolver. En tales casos, el destino del moroso era acabar pagando con su libertad, convertido en esclavo, una doble humillación para un romano.

Pese a la amenaza que suponían los sabinos, los plebeyos se negaron a incorporarse al ejército si no se cambiaba la ley que les abocaba a la pobreza o la esclavitud. Los patricios aceptaron el compromiso pero una vez superado el peligro de invasión no cumplieron su promesa; el Senado se negó a cualquier reforma, provocando la indignación de los otros. La chispa definitiva se encendió, según cuenta Tito Livio, en el Foro, en un estallido espontáneo de rabia.

Expansión territorial de Roma/Imagen: Roma Antiga en Wikimedia Commons

Un demacrado veterano del ejército contó a la multitud cómo mientras combatía a los sabinos, éstos arrasaron su finca robando todo lo que tenía. Se vio obligado a pedir un préstamo por un interés usurero que le impidió devolverlo, teniendo que entregar la granja de su abuelo como pago y aún así no alcanzó, por lo que sufrió prisión y latigazos. La gente, enardecida, empezó a bramar ante los cónsules y éstos solicitaron al Senado que tomara medidas apaciguadoras. Dos senadores, Apio y Servilio, se enfrentaron: uno exigiendo reprimir las protestas, otro proponiendo hacer alguna concesión.

Llegaron entonces noticias de que ecuos y volscos, pueblos itálicos que habitaban al noreste y sur del Lacio, y a los que se consideraba los enemigos ancestrales, habían entrado en el Lacio. Servilio prometió inmunidad para los ciudadanos romanos y garantizó la seguridad de sus bienes mientras estuvieran en filas, liberando a los condenados por deudas. Ello calmó los ánimos, se procedió al reclutamiento y los volscos fueron vencidos, al igual que los auruncos, que también se habían lanzado a la guerra.

Territorio volscio/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero, como decíamos, al regresar todas aquellas promesas se diluyeron. Servilio fue denostado por ambos bandos y empezaron de nuevo las detenciones de deudores. Una de ellas, llevada a cabo en pleno foro, soliviantó a los presentes, que liberaron al acusado por la fuerza. No era de extrañar que cuando se supo que los sabinos también intentaban pescar en río revuelto, nadie se alistara. Apio envió a los líctores a arrestar al cabecilla de esa revuelta pero no lo lograron y llegó el momento de elegir nuevos cónsules.

La situación era muy tensa, con reuniones conspiratorias que los cónsules entrantes no querían impedir para no agravarla a las que el Senado exigió poner fin. Al final se decidió proceder a un reclutamiento obligatorio; fue un fracaso porque nadie respondía al ser leído su nombre y cuando los líctores trataban de arrestar a alguien la multitud se lo impedía. No faltaron senadores que pidieron una dictadura y el elegido para ello fue Manio Valerio Máximo, hermano de Publio Valerio, un prestigioso cónsul que había instituido la asamblea popular tras el derrocamiento de la monarquía por lo que se ganó el cognomen de Publicola (amigo del pueblo).

Publio Valerio Publícola dirigiéndose a la plebe/Imagen: Fine Art America

El dictador logró convencer a la gente para defender Roma del ataque de sabinos, volscos y ecuos, formando diez legiones que obtuvieron una victoria total. Pero al regresar se reprodujo el problema interno: pese a la mediación de Manio Valerio, los senadores siguieron negándose a conceder nada a la plebe y, cuando el dictador renunció, exigieron que el ejército saliera de la ciudad. En ese contexto surgió el personaje que iba a cambiarlo todo: Lucio Sicinio Veluto, el plebeyo que tuvo la idea de la secessio plebis.

Veluto propuso que todos los de su clase acompañaran a los soldados fuera de Roma, cosa que se llevó a cabo masivamente. La urbe se vació, pues los patricios eran una minoría, mientras el grueso de los romanos establecían un campamento con empalizada y foso en el monte Sacro, una montaña sagrada situada al otro lado del río Anio, a algo menos de cinco kilómetros. Como decíamos, todo un problema para Roma, que no sólo quedó desprotegida sino también paralizada en el plano econonómico y con el temor de que los plebeyos fundaran su propia urbe.

El Puente Nomentano con el monte Sacro al fondo (Giuseppe Vasi)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Al Senado no le quedó más remedio que negociar, enviando como delegado al ex-cónsul Agripa Menenio Lanato porque, dice Tito Livio, su familia era de origen plebeyo. Menenio consiguió un acuerdo entre ambas partes cuya principal novedad, aparte de la condonación de parte de las deudas, fue la creación de una nueva magistratura, la de los tribunos de la plebe, funcionarios elegibles entre los miembros del ordo plebeius y cuya misión consistía en defender los intereses de éste ante los cónsules patricios. Habría dos (que a su vez elegirían otros tres) y serían inviolables, equivaliendo a los posteriores pretores.

También se aceptó la institución de un concilium plebis (asamblea de plebeyos), que había empezado a funcionar en el monte Sacro junto con dos ediles (predecesores de los futuros cuestores). No todo se solucionó porque aquellos problemas habían durado un par de años y durante ese tiempo los campos quedaron descuidados, así que en el 492 a.C. se abatió sobre el Lacio una hambruna que obligó a importar grano de Etruria y Sicilia, además de traer nuevas discusiones. Algunas se solventaron recurriendo otra vez a secessio plebis; de hecho, se registraron cuatro más, la primera de ellas en el 449 a.C., a causa de la forma de interpretar las leyes.

Enemigos de Roma: 1-Arquero etrusco (500 – 400 a.C), 2-Guerrero volsco (495 a.C), 3-Guerrero samnita (321 a.C), 4- Oficial epirota (280 a.C) (Giorgio Albertini)/Imagen: Weapons and Warfare

En el año 450 se había instaurado otra magistratura, el decenvirato, compuesto por diez magistrados que sobreponían su autoridad a la de los cónsules. La tradición jurídica hasta entonces era oral, lo que significaba que los decenviros interpretaban la ley subjetivamente y, en los conflictos entre patricios y plebeyos, solían fallar a favor de los primeros, al fin y al cabo el estamento al que pertenecían. Sus actuaciones caprichosas, que incluyeron la ejecución de un ex-tribuno de la plebe, terminaron enervando a la gente.

Se reprodujeron los disturbios callejeros y se suspendió la vigencia del tribunado por lo que, al igual que antaño, la gente irritada recurrió a la secessio: los plebeyos dejaron Roma y se unieron a las legiones acampadas en el Aventino, marchando todos a continuación al monte Sacro. El Senado reprendió a los decenviros y mandó dos representantes a negociar, obteniendo éxito: los plebeyos regresarían pero a cambio había que reinstaurar a sus tribunos y el derecho de apelación, además de cambiar el sistema de interpretación de la ley.

La muerte de Virginia (Camillo Miola), uno de los episodios que encolerizaron a la plebe/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así, se dejó la tradición oral en favor de la escrita. Era algo que se había planeado antes, cuando se instituyó el decenvirato, y que ahora se concretó en la Ley de las XII Tablas (llamada así porque se plasmó en tablas de madera, posteriormente de bronce), fuente del Derecho Romano aunque inspirada en la legislación de Solón (de hecho, se envió una comisión a Grecia para estudiarla). Los dos nuevos cónsules, Lucio Valerio y Marco Horacio​, que eran los que negociaron entre ambas partes, ordenaron su colocación en el Foro, a la vista pública.

El objetivo de aquel corpus legislativo, completado con las llamadas Leges Valeria Horatiae, era la igualdad jurídica de todos los ciudadanos romanos, ya fueran patricios o plebeyos, si bien el Senado conservaba el derecho de veto. Por supuesto, se trató de un proceso largo y complejo en el que se daban pasos adelante pero también hacia atrás (los patricios llegaron a asesinar a uno de los suyos al que consideraron demasiado contemporizador, Espurio Casio Vecelino). Y cuando ocurría esto último la plebe contaba con la secessio.

Las doce tablas de leyes, expuestas públicamente/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las hubo de menor importancia en los años 445 y 342 a.C., como resultado de las cuales el ordo plebeius obtuvo más concesiones: entrada en el tribunado militar consular, admisión del matrimonio con miembros del patriciado, acceso a la cuestura e incluso la posibilidad de que un plebeyo fuera nombrado cónsul y/o pontífice. Eso sí, siempre con matices y limitaciones.

La última secessio plebis propiamente dicha tuvo lugar en el 267 a.C. cuando los plebeyos marcharon al Janícolo (una colina) por las reticencias senatoriales a aceptar las decisiones que tomaba la plebis scitum (una asamblea legislativa) y, más concretamente, la Lex Hortensia (nombre derivado de su impulsor, el dictador plebeyo Quinto Hortensio). Era ésta una iniciativa que obligaba a los comicios centuriados (las asambleas) a votar la celebración de plebiscitos, así como a acatar sus resultados por parte de todo el pueblo.

Recreación del Senado en la serie televisiva Roma/Imagen: DVDInfo

Aunque los plebiscitos no eran nuevos, lo que los plebeyos lograron vía secessio fue que sus resultados tuvieran fuerza de ley y así se plasmaran, obligando también a los patricios y al margen de la opinión del Senado (aunque recomendaban su consulta). El caso es que plebeyos y patricios quedaron igualados en derechos, tanto civiles como políticos, y los primeros obtuvieron acceso pleno a todas las magistraturas, Senado incluido. Asimismo, el problema agrario perdió importancia gracias a las extensiones de tierra ganadas en la conquista de Italia y la otra gran cuestión, la de los deudores, se solventó eliminando la posibilidad de su esclavización. De esa manera aquel largo conflicto entre clases sociales llegó a su fin.

Fuentes: Historia de Roma desde su fundación (Tito Livio)/Historia de Roma (Sergei Ivanovich Kovaliov)/Perils of Empire. The Roman Republic and the American Republic (Monte L. Pearson)/Historia de Roma (José Manuel Roldán Hervás)/Mentira y poder político. Seudología VII (Miguel Catalán)/Wikipedia