Roca Tarpeya, el lugar desde donde se despeñaba a los traidores a Roma

Una praecipitatio en la Roca Tarpeya/Imagen: Pinterest

Probablemente la Plaza del Capitolio sea uno de los rincones más turísticos de Roma. En ese elegante lugar, diseñado por Miguel Ángel por encargo del papa Pablo III que quería impresionar al emperador Carlos V durante la visita de éste en 1538, se ubican los Museos Capitolinos cuyas sedes, los palacios Conservatori y Nuovo, determinan los espacios y albergan algunas de las piezas de arte más atractivas para el visitante, desde el Discóbolo a la Venus Capitolina, pasando por el Gálata moribundo o, sobre todo, la Loba Capitolina y la estatua ecuestre de Marco Aurelio (aunque son copias porque los originales se trasladaron por motivos de conservación). Pero hay una razón más para subir hasta esa pequeña colina, una de las siete originales de Roma: la siniestra Roca Tarpeya.

El Capitolinus Mons no supera el medio centenar de metros de alto, por lo que únicamente el Aventino presenta una cota menor. Sin embargo, su cara sur, orientada al Foro y conocida como Rupes Tarpeia o Saxum Tarpeium, estaba casi cortada a pico y tenía un desnivel suficiente para que allí se situara el punto donde se llevaban a cabo ejecuciones de reos cuyos delitos fueran de gravedad extrema, caso de perjurio, asesinato o traición, durante el período republicano: se los despeñaba en una caída mortal de veinticinco metros en la llamada praecipitatio.

Disposición de las siete colinas de la Roma original/Imagen: Renata 3 en Wikimedia Commons

La Roca Tarpeya presenta hoy un aspecto diferente a entonces, pues la reforma renacentista mencionada supuso la incorporación de algunas estructuras arquitectónicas como la Cordonata (una rampa de acceso que permitía subir a caballo). Ya en la Edad Media se había cambiado bastante la fisionomía del monte al perder éste el carácter sagrado que tenía en tiempos paganos; de hecho, incluso se situó allí el Senado en el siglo XII y doscientos años más tarde el sitio ejerció de ciudadela defensiva durante la etapa de la república de Cola di Rienzo.

Lo cierto es que, en 1905, el historiador y epigrafista italiano Ettore Pais, que fue director del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles y dirigió una campaña de excavaciones en Pompeya, propuso la teoría de que la Roca Tarpeya no se ubicaba en esa ladera sur del Capitolium sino en la otra cima del monte, la llamada Arx. Hoy está ocupada por la basílica de Santa María de Aracoeli pero los trabajos arqueológicos le dieron la razón, con lo cual el sitio ya no tiene las características físicas de la Antigüedad al haber sido nivelado.

Vista actual de la Roca Tarpeya/Imagen: Lalupa en Wikimedia Commons

No obstante, entrecerrando los ojos se puede hacer un ejercicio de imaginación y visualizar a alguno de los ilustres condenados que tuvieron el deshonor de ser arrojados desde la cima por los quaestores parricidii, es decir los cuestores o jueces que, en un primer momento, se ocupaban sólo de acusaciones de perduellio (traición) o insurrección armada, y que más tarde ampliaron sus funciones a otro tipo de cargos y delitos, como los económicos o los criminales. Posteriormente les sucederían los tribunos de la plebe.

Entre los personajes más importantes que murieron en la Roca Tarpeya podríamos citar a Espurio Casio Vecelino (ex-cónsul acusado de querer proclamarse rey), Marco Manlio Capitolino (un héroe patricio, también ex-cónsul, que paradójicamente lideró una revuelta plebeya), Lucio Cornelio Crisógono (un liberto griego que había pertenecido a Sila y fue acusado de corrupción por Cicerón), Simón bar Giora (líder idumeo de la rebelión judía que terminaron sofocando Vespasiano y Tito), etc.

La ejecución de Espurio Casio en un grabado decimonónico/Imagen: All Posters

Decíamos deshonor porque esa forma de pena capital implicaba un estigma de vergüenza para el que lo sufría, algo que en el contexto de la Antigua Roma podía ser peor aún que la muerte. Las ejecuciones normales solían ser mediante estrangulación en el Tullianum, una prisión situada muy cerca de la Roca Tarpeya, en la parte noroeste del Capitolio que en la Edad Media pasó a llamarse Cárcel Mamertina. En realidad, el Tullianum era un encierro temporal (publica custodia) porque los romanos no condenaban a reclusión.

Por esa razón cuando los acusados eran de alcurnia no resultaba acorde a su posición ser esclavizados o enviados a trabajos forzados, de ahí que se les diera la opción de suicidarse, costumbre heredada de Grecia y considerada más honrosa. No pocos romanos ilustres se quitaron la vida así, unos con su pugio (Calpurnio Pisón, Nerón), otros con veneno o abriéndose las venas (Séneca)… Ahora bien, si el delito estaba entre los citados antes podían acabar despeñados; «Arx tarpeia Capitoli proxima» decía un aforismo que se puede traducir por La Roca Tarpeya está cerca del Capitolio y que alude a la idea de que cuanto más arriba se sube desde más alto se puede caer.

Cámara inferior de la cárcel Mamertina, antiguo Tullianum y hoy lugar de culto católico/Imagen: Chris 73 en Wikimedia Commons

¿Cuándo y cómo empezó esa funesta tradición? Como pasa con tantas cosas en la historia de Roma, mitología y realidad se funden de forma confusa. Hay que remontarse al célebre rapto de las sabinas, episodio del siglo VIII a.C. según el cual los romanos de los primeros tiempos, estando escasos de mujeres, tuvieron la idea de organizar unos juegos en honor de Neptuno para solucionarlo y varios pueblos vecinos fueron invitados. De todos los que asistieron, los sabinos, habitantes de Sabinia (una región del noroeste del Lacio), acudieron con sus esposas e hijos.

El evento resultó ser una trampa urdida por Rómulo, el legendario fundador de Roma, a cuya señal cada romano secuestró una sabina para a continuación expulsar a los hombres de la ciudad. Ante los hechos consumados, ellas sólo pudieron aceptar contraer matrimonio con sus raptores, aunque pusieron como condición no desempeñar más trabajo doméstico que tejer. Por lo demás, se casaron con aquellos que se consideraban ya un pueblo elegido; eso sí, como cabía esperar, los sabinos no quedaron muy contentos y años después organizaron un ataque demoledor contra Roma, cuyos habitantes tuvieron que atrincherarse en el Capitolio.

El rapto de las sabinas (Francisco Pradilla)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tarpeya, una vestal hija del gobernador de la ciudadela capitolina, Espurio Tarpeio (las mujeres romanas no tenían prenomen y usaban sólo el nomen, numerándose si había más de una en la familia), traicionó a los suyos abriendo la puerta al enemigo a cambio de lo que llevaban en sus brazos, en alusión a los brazaletes y anillos que solían ostentar los sabinos. Éstos aceptaron y tuvieron paso franco pero cumplieron su palabra de manera sui generis: en vez de pagarle con joyas la aplastaron con sus escudos, que al fin y al cabo también llevaban en sus brazos y luego la arrojaron por el precipicio «para que la ciudadela pareciera haber sido tomada por asalto o para que su ejemplo quedase como advertencia de que ninguna confianza debe guardarse con los traidores», cuenta Tito Livio en su obra Ab urbe condita.

Calpurnio Pisón dejó otra versión, según la cual Tarpeya no sería una infame sino todo lo contrario, ya que habría intentado engañar a los sabinos para que entrasen en la ciudadela y allí exigirles lo que llevaban en sus brazos, o sea, sus escudos, de forma que quedasen indefensos y los romanos pudieran despacharlos. Y todavía hay otra más, escrita por Propercio, que pone la causa de todo en un enamoramiento de la vestal del rey sabino, Tito Tacio, al que exigiría que la llevase como esposa. Fuera cual fuese la razón, si es que el episodio no es puro mito, el final para ella es el mismo siempre.

Los sabinos matan a Tarpeya con sus escudos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las sabinas terminaron interponiéndose entre los ejércitos contendientes instándoles a no combatir porque, sigue narrando Livio, «somos nosotras la causa de la guerra, somos nosotras las que han herido y matado a nuestros maridos y padres. Mejor será para nosotras morir antes que vivir sin el uno o el otro, como viudas o huérfanas». Así fue cómo Tito Tacio, rey de Sabinia, y Rómulo, gobernante romano, formaron una diarquía. Y el sitio donde Tarpeya pagó con la vida su acción fue destinado a patíbulo natural.

Tres siglos más tarde, hacia el año 500 a.C. aproximadamente, reinaba el monarca Lucio Tarquinio Prisco, alias el Soberbio, bajo cuyo mandato Roma experimentó una expansión militar (él introdujo la costumbre de celebrar triunfos) que permitió embellecerla arquitectónicamente. Tarquinio construyó la Cloaca Máxima y el Circo Máximo, mandó sustituir las cabañas habituales por viviendas de ladrillo y fue quien mandó demoler el altar construido por los sabinos en el Intermontium (el collado entre las dos cimas de la colina) para levantar en su lugar un templo dedicado a Júpiter, al que más tarde se sumaría otro en honor de Saturno para albergar el tesoro de Roma.

Lucio Tarquinio en un retrato renacentista (Guillaume Rouille)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

¿Cuánta gente murió ejecutada en la Roca Tarpeya? Es imposible saberlo pero mucha más de la que cabría imaginar a priori, ya que el concepto del delito de traición era en Roma mucho más amplio que ahora. No sólo se consideraba traidor a quien tratara con el enemigo, como Tarpeya, sino también quien desertara del ejército, fuera un opositor político demasiado radical, alterase la inviolabilidad de un magistrado o incluso quien robara o mintiera (en caso de ser plebeyo), tal como indicaba la Ley de las Doce Tablas.

Pocos reos de los probablemente miles que fueron condenados a la praecipitatio lograron sobrevivir. No obstante, alguno lo consiguió, bien por evadirse a tiempo, como Cayo Marcio Coriolano (condenado por desobedecer a los tribunos), bien porque la caída no resultó mortal (el historiador Rufo Festo cita en su Breviarium rerum gestarum populi Romani a un tal Lucio Terencio, que finalmente fue indultado), librándose así no sólo del óbito sino también del macabro ceremonial posterior que consistía en exhibir el cadáver destrozado en unas escaleras que estaban bajo el Arx denominadas Gemoniae.

Fuentes: Ab urbe condita (Tito Livio)/Los suplicios capitales en Grecia y Roma. Orígenes y funciones de la pena de muerte en la Antigüedad Clásica (Eva Cantarella)/Historia de Roma (Francisco Javier Lomas Salmonte y Pedro López Barja de Quiroga)/Mitos romanos (Jane F. Gardner)