Año 29, segundo mes de la Inundación, día 10. Hoy el escuadrón de trabajo traspasó los muros de la necrópolis [el puesto de control] gritando: “¡Tenemos hambre!”. Van dieciocho días de este mes que [los hombres] se sientan detrás del templo funerario de Tutmosis III

Este párrafo corresponde al bautizado como Papiro de la Huelga, conservado en el Museo Egipcio de Turín. Se trata de un documento de 40 x 5 x 95 centímetros que contiene la descripción de lo que, como indica su nombre, puede considerarse la primera huelga de la Historia; o, al menos, la más antigua de la que tenemos noticia, puesto que parece razonable imaginar que debió haber alguna situación similar con anterioridad, tanto en Egipto como en Mesopotamia. Recordemos que, por ejemplo, la tablilla acadia de Ea-Nasir da fe de la primera reclamación mercantil a finales del cuarto milenio.

El papiro egipcio es posterior, datado en torno al 1170 a.C. Fue redactado en escritura hierática por un escriba llamado Amenenjat para informar a las autoridades de las protestas que, a lo largo de varios días, estaban llevando a cabo los trabajadores de Deir el-Medina debido al retraso en la entrega de sus provisiones. De hecho, Amenenjat plasma lo desesperado de la situación de aquella gente reproduciendo sus angustiosas palabras:

Si hemos llegado a este punto es por culpa del hambre y la sed; no hay ropa, no hay ungüentos, no hay pescado, no hay verduras… Escribe al faraón nuestro perfecto señor, toma nota de nuestras palabras y escribe al visir, nuestro superior, porque necesitamos nuestras provisiones

¿Cómo se había llegado a esos extremos? Para entenderlo hay que retroceder un poco en el tiempo. Desde el comienzo histórico de su civilización, la economía egipcia se cataloga como la de un imperio agrario cuyo modo de producción no es esclavista -algo más característico de las épocas posteriores griega y romana- sino que suele definirse como asiático o despotismo hidráulico. Se basaba éste en la explotación de los campos que se sucedían por el valle del Nilo, pero quedándose el estado con el excedente, que pasaba a formar parte de unas reservas previstas para momentos críticos.

Parte fundamental de ese sistema era el empleo de la gente en prestación personal para una serie de obras de grandes infraestructuras, dedicando a ello el tiempo libre que dejaba el ciclo fluvial: durante la crecida anual, el agua anegaba las parcelas; cuando se retiraba dejaba una tierra fangosa pero enriquecida con los minerales que arrastraba a lo largo de su curso, lista para sembrar, pero mientras los campos permanecían inundados la gente ociosa constituía un peligro, así que se la mantenía ocupada trabajando para el faraón. No era mano de obra gratuita sino asalariada, cobrando en especie porque en el Antiguo Egipto no se acuñó moneda hasta la dinastía XXX, ya en época ptolemaica (siglo IV a.C.).

Como pasó en casi todos los aspectos de la civilización egipcia (el arte, la organización estatal, la religión…), esa organización laboral tuvo una enorme duración a lo largo de siglos y milenios; se encuentra desde el Imperio Antiguo, con la construcción de las pirámides como ejemplo más obvio, pero también en el Nuevo, dos mil años más tarde. La huelga de la que estamos hablando tuvo lugar durante el reinado de Ramsés III (segundo faraón de la dinastía XX, que empezó el 1184 a.C. y terminó el 1153 a.C. aproximadamente), según los textos en el año veintinueve de dicho mandato.

Usermaatra-Meriamón Ramsés-Heqaiunu, nombre completo de Ramsés III, era hijo de Sethnajt, quien seguramente descendía de algún hijo de Ramsés II y apenas reinó tres años. Se le considera el último gobernante poderoso de Egipto, fundamentalmente por haber conseguido rechazar el intento de invasión de los libios primero y los Pueblos del Mar después. Sin embargo, pese a la victoria, esas guerras provocaron una crisis económica en el país al agotar las arcas del estado. Fue un momento crítico de la Historia, contextualizado en el paso del Bronce Final a la Edad del Hierro, que como vamos a ver tuvo su repercusión social en Set Maat.

Set Maat («Lugar de la Verdad»), más conocido por su nombre árabe de Deir el-Medina («Monasterio de la Verdad»), era un poblado fundado por Tutmosis I a la entrada del Valle de las Reinas, algo apartado de Luxor por su función. Y es que estaba habitado por obreros y artesanos (a los que se denominaba «Siervos en el Lugar de la Verdad») asentados allí para trabajar en la construcción de la tumba de ese faraón, quien ante los continuos saqueos de las necrópolis decidió cambiar el modelo de mastaba por el de hipogeo (sepulcro excavado en la ladera de una colina). Cerca quedaba también el Valle de los Reyes, donde los mandatarios se hicieron enterrar en lo sucesivo.

El poblado empezó con unas decenas de casas rodeadas por una muralla perimetral, pero fue creciendo y creciendo hasta doblar su tamaño. Los edificios eran sencillos, hechos de adobe y con una sola planta, distribuyéndose a cada lado de una avenida principal que atravesaba diametralmente el complejo. Lo que fue el basurero local ha proporcionado numerosas ostracas (plaquitas de barro usadas para escribir por incisión) que dan a los egiptólogos valiosa información sobre la vida cotidiana, la jerarquía social, etc. Había cierta autonomía, como demuestra que los propios obreros formaban tribunales de justicia para las causas graves (las faltas leves eran competencia de los capataces).

Sabemos que los trabajadores firmaban un contrato que fijaba el tiempo del servicio y el salario. Dicho pago, que podía llegar a ser el triple de lo que obtenían en el campo, se hacía en forma de raciones de grano para cada familia, según su aportación a la obra, aunque también se les cedían en usufructo parcelas para cultivar y animales para criar (una vaca y un burro, más varias cabras y ovejas). Los obreros excavaban la roca en cuadrillas dirigidas por un capataz y su ayudante, que a su vez estaban a las órdenes del visir. Otros asalariados eran los artesanos (canteros, pintores…), los médicos que debían vigilar la salud del personal, el personal auxiliar (aguadores, yeseros, leñadores, guardias…) y los escribas que registraban el progreso del proyecto y reflejaban en sus informes las incidencias.

La jornada duraba ocho horas -divididas en dos turnos de cuatro- y se trabajaba ocho días seguidos, pernoctando la gente en chozas levantadas in situ y volviendo a Set Maat para descansar otros dos antes de reiniciar el ciclo (los meses egipcios duraban treinta días, dividiéndose en tres semanas de diez cada uno). Las herramientas eran propiedad del contratista, el estado, que ejercía tal papel periódicamente porque cada faraón empezaba a construir su tumba al poco de acceder al trono. No obstante, algunos eran especialmente activos en eso y Ramsés III quiso emular a su tocayo Ramsés II, ampliando los templos de Luxor y Karnak, reerigiendo el de Jonsu -también en Karnak- y concluyendo el de Medinet Habu, con lo que la oferta pública de empleo era continuada.

En el caso de su hipogeo, localizable en el Valle de los Reyes con el código KV11, en realidad había sido empezada por su padre, Sethnajt, de quien ya dijimos que su mandato duró muy poco, por lo que prácticamente estaban recien iniciados los trabajos; su hijo decidió aprovecharlos para sí, quedando el progenitor enterrado en otra tumba, la KV14, usurpada a su odiada predecesora de la dinastía anterior, la reina Tausert. Actualmente la KV11 está abierta al público por la buena conservación de su decoración pictórica y además en ella se encontró la momia de su ocupante, trasladada al Museo Egipcio de El Cairo.

Retomemos el hilo del que hablábamos más atrás. El faraón derrotó a los libios en el quinto y undécimo años de su reinado, y obtuvo dos sonados triunfos ante los Pueblos del Mar, que venían de arrasar Hatti, Micenas, Chipre y Ugarit, en las batallas de Djahy (en Canaán, actual Líbano) y el Delta del Nilo entre los años 1178 a.C. y 1175 a.C. El mencionado templo de Medinet Habu está cubierto de relieves enalteciendo la victoria, pero la posguerra resultó dura también para el ganador. el tesoro egipcio se consumió, afectando a la capacidad estatal para afrontar gastos públicos. A ello se sumaron otros factores que provocaron carestía.

En primer lugar, el insaciable clero de Amón seguía acumulando tierras, aumentando su poder y debilitando la integridad del estado centralizado. Por otra parte, un fenómeno natural que parece coincidir con la erupción del volcán islandés Hekla 3 generó un invierno volcánico que impidió el paso de los rayos solares, enfrió las temperaturas en el hemisferio norte y arruinó las cosechas. Eso hizo caer una sombra sobre los últimos años del reinado de Ramsés III, en los que empezaron a brotar conspiraciones. El faraón logró sobrevivir a una urdida por su visir, Atribis, pero no a otra dirigida por una de sus tres esposas, Tiyi, quien buscaba entronizar a su hijo Pentawere, apartado de la línea sucesoria.

El Papiro Judicial de Turín y los últimos análisis practicados a la momia revelan que el complot tuvo éxito parcial: el faraón murió degollado, aunque el heredero legítimo, Ramsés IV, pudo reconducir la situación y ejecutar a los muchos implicados (su hermanastro fue obligado a quitarse la vida, ignorándose el final de la madre). Ahora bien, antes de ese funesto episodio final la crisis también acercó a la muerte a los trabajadores de Ser Maat, en su caso por causas naturales, ya que el reseñado desastre agrario disparó el precio del cereal dificultando todavía más que el estado pudiera pagarles sus salarios.

Un pago correcto y a tiempo, generalmente el vigésimo octavo día del mes para el siguiente, formaba parte del principio egipcio de Maat, concepto abstracto de justicia universal, equilibrio y armonía cósmicos. El retraso no debía ser inhabitual -lo atestiguan algunas ostracas-, pero nunca había llegado a aquel extremo de dieciocho días que llevó a la gente a pedir al escriba Amenenjat que remitiera su queja al visir, mientras ellos se negaban a seguir trabajando sin atender las buenas palabras con las que las autoridades del pueblo intentaban reconducir la situación. Una situación desesperada que les obligó a que ellos mismos tuvieran que comprar el trigo para alimentarse.

Normalmente, las raciones se sacaban de los silos reales previa autorización del visir. Consistían en una combinación de escanda (un cereal derivado del trigo) y cebada, la primera para hacer harina (de la que salía una decena de hogazas de pan) y la segunda para elaborar cerveza (dos jarras y media), que constituían la comida y bebidas básicas, aunque también podían incluirse verduras, pescado y agua (no hay manantiales en Deir el-Medina); ocasionalmente, dátiles, pasteles y cerveza ya hecha, siendo menos frecuentes -en períodos festivos- carne, aceite, sal y natrón. Todos estos productos servían tanto para el autoconsumo familiar como para el comercio en trueque.

Amenenjat cuenta que la primera protesta, contenida, razonablemente tranquila, fue al octavo día de retraso. La segunda llegó con la veintena, coincidiendo con que Ramsés III estaba preparando su jubileo. Al parecer, el gobernador de Tebas había retenido el suministro y Amenenjat tuvo que negociar personalmente con los funcionarios la entrega de cuarenta y seis sacos de trigo que sólo constituían una parte de lo debido, pero sirvieron para que los manifestantes retomaran el trabajo. Como el problema continuó sin resolverse y la necesidad empezaba a ahogar, al decimoctavo día del segundo mes los trabajadores dejaron sus herramientas y empezaron lo que puede considerarse la primera huelga de la Historia.

Agrupados, marcharon hacia el templo de Medinet Habu exigiendo que se informase al faraón de la anomalía en el Maat. Al parecer, no todos sufrían la misma necesidad, ya que los pagos se realizaban jerárquicamente (primero a los de mayor nivel en el escalafón y luego a los que tenían familia que mantener) y serían los auxiliares los principales damnificados, teniendo en cuenta que quienes llevaban la voz cantante eran los meyday, es decir, los propios guardias (si bien los demás les secundaron). «Salid fuera, recoged vuestras herramientas, cerrad vuestras puertas, tomad a vuestras esposas y vuestros hijos, y yo iré delante de vosotros» le exhortó el jefe meyday.

Hubo que improvisar un nuevo reparto para calmar los ánimos, pero semanas después todo volvió a estar igual. Esta vez el tono fue más agrio y se exigieron responsabilidades, excusándose el visir Ta con que los silos apenas estaban a medias de su capacidad. Esta vez el reparto sobre la marcha no bastó; obreros y asalariados se unieron a los auxiliares plenamente y salieron del pueblo mientras el asunto se enredaba con la acusación de corrupción de algunos funcionarios hacia Amenenjat y los trabajadores hacían algo parecido con el sumo sacerdote de Amón. A Ta no le quedó otra que ceder otra vez y distribuir sacos de cereal.

En suma, Deir el-Medina se vio sacudida por tres huelgas sucesivas, durante las cuales la gente perdió una quinta parte de sus sueldos, subiendo el porcentaje a un tercio al año siguiente. ¿Qué pasó después? No se sabe qué pasó con el visir, que desapareció sin más de la Historia, lo que induce a pensar que estuvo implicado en el magnicidio de Ramsés III. Tampoco hay noticias del escriba Amenenjat. En cuanto a las cuadrillas de trabajadores, sus problemas de cobro se volvieron perennes con los siguientes faraones: Ramsés IV sufrió su primera huelga al mes de coronarse y las últimas de las que hay noticia ocurrieron en el reinado de Ramsés IX -, dejando patente la decadencia imparable del imperio.


Fuentes

Alfonso Martínez, La primera gran huelga de la historia (en Boletín Informativo de Amigos de la Egiptología) | José Miguel Parra Ortiz, La primera huelga de la historia, en el Egipto de Rameses III (en Historia y Vida) | José Carlos Castañeda Reyes, Sociedad antigua y respuesta popular. Movimientos sociales en Egipto antiguo | Jean-Christophe Antoine, The delay of the Grain Ration and its social consequences at Deir El-Medîna in the Twentieth Dynasty: A stadistical analysis (en The Journal of Egiptian Archeology) | A. Rosalie Davies, The pyramid builders of Ancient Egypt . A modern investigation of Pharaoh’s workforce | Leonard H. Lesko, Pharaoh’s workers. The villagers of Deir El Medina | Il cosiddetto “Sciopero Papiro” scritto da Amunnakht (en Museo Egizio) | Wikipedia


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