Las estatuas parlantes de Roma

Las estatuas no hablan, evidentemente, ni lo han hecho nunca salvo cuando algún sacerdote avispado de la Antigüedad aprovechaba una oquedad en la piedra para lanzar el mensaje que le interesaba. Pero no es el caso que vamos a tratar hoy con las statue parlanti o estatuas parlantes porque éstas se expresaban por escrito. Son una serie de figuras repartidas por Roma que usaba el pueblo a partir del siglo XVI para colocar las llamadas pasquinatas, es decir, epigramas. Hay seis y, curiosamente, la mayoría son de época clásica.

Pasquinata es un término que se emplea en italiano para referirse a un poema satírico, generalmente de protesta y/o burla, que pronto se generalizó hasta el punto de que los ingleses lo adoptaron como pasquinade y los españoles lo sintetizaron en pasquín, que la RAE define hoy como “escrito anónimo, de carácter satírico y contenido político, que se fija en sitio público”, incluyendo en la definición el propio soporte (o sea, el papel).

La estatua de Pasquino en 1582/Imagen: Nicolas Beatrizet en Wikimedia Commons

Las pasquinatas -y sus versiones extranjeras- se hicieron frecuentes en los siglos XVI y XVII. No es que luego dejaran de existir sino que con la generalización de la imprenta y la aparición de la prensa tendieron a publicarse y difundirse de otra manera, a mayor escala y distribuidas de mano en mano o lanzadas al aire, aunque nunca faltaron ejemplos a la antigua, en notas dejadas en determinados sitios con nocturnidad, como en las citadas estatuas romanas.

En cualquier caso, el origen del nombre está claro; procede de una de esas esculturas romanas y, más concretamente, a la que se bautizó como Pasquino. Es una pieza helenística que probablemente formaba parte de un conjunto mayor y se suele datar en el siglo III a.C. Nadie sabe por qué la empezaron a llamar Pasquino, así que hay multitud de teorías al respecto: unos apuntan a su parecido con un maestro que trabajaba en la plaza donde se ubica y cuyos alumnos empezaron a dejar versos al respecto en la estatua, aunque otros creen que se trataba de un barbero muy chismoso (sastre, en otra versión); hay quien apunta al personaje homónimo del Decamerón de Bocaccio y quien habla de un gladiador muy popular al que se habría retratado en piedra.

Los dos cuerpos que forman la escultura/Imagen: Sailko en Wikimedia Commons

En realidad los expertos creen que el personaje representado es un guerrero griego, acaso de La Ilíada: ¿quizá el rey espartano Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo o quizá Áyax haciendo otro tanto con Aquiles? También hay quien apunta al mismísimo Hércules luchando contra los centauros. Fuera quien fuese, tras la caída de Roma la estatua, que apareció durante las excavaciones de cimentación de la Piazza Navona, estaba tan deteriorada que no interesó a nadie (aunque Bernini la consideraba la más bella de Roma y Miguel Ángel decía que era digna de estar en el Vaticano junto al Laocoonte) y se dejó en la esquina sudoeste, en una pequeña plaza hoy conocida como Piazza Pasquino.

Y fue en esa nueva ubicación cuando, a partir del año 1501 pero sobre todo tras el famoso Saco de Roma (1527), la gente empezó a usarla como si de un tablón de anuncios se tratase (en ese sentido, se dice que habla porque es la voz del pueblo), colgando de ella las sátiras que empezaron a menudear en aquella época contra gobernantes, cardenales y papas. Según la tradición, la primera consistió en una invectiva contra Urbano VIII, debido a que mandó fundir varias estatuas de bronce para hacer cañones con que equipar a los ejércitos pontificios. De hecho, los prelados siempre se sintieron incómodos con aquella improvisada tribuna que les denigraba.

Ubicación de las estatuas parlantes en Roma/Imagen: Er San Pietrino

También en torno a eso surgieron leyendas. Una de ellas cuenta que cuando Adriano VI quiso arrojar la escultura al Tíber le persuadieron de ello argumentando que eso incrementaría las habladurías. Otra relata que se ofreció una recompensa a los autores de los epigramas y uno que se presentó ingenuamente recibió como premio que le amputaran las manos. Más probable parece la noticia de que, hartas de aquellas burlas, las autoridades pusieron vigilancia junto a Pasquino; pero el pueblo no se dejó amilanar y lo que hizo fue empezar a utilizar otras estatuas.

Madama Lucrezia/Imagen: Lalupa en Wikimedia Commons

Y es que, como decíamos antes, hay otras cinco que adquirieron el mismo peculiar uso. Todas con divertido nombre propio. Por ejemplo, Madama Lucrezia, un busto romano colosal (tres metros de altura) que está en la plaza homónima, entre el Palazzeto Venezia y la Iglesia de San Marcos, y cuya característica túnica parece indicar que representa a la diosa egipcia Isis o alguna de sus sacerdotisas (el culto a Isis estaba bastante extendido en Roma). Su apelativo se debe a que Lucrezia d’Alagno, amante del rey Alfonso II de Nápoles, se instaló en la ciudad Eterna al fallecer él; para ser exactos, en el mismo lugar donde se exhibe la obra.

Otro nombre curioso sería el de Marforio, una figura yacente que algunos identifican con Neptuno y otros con el río Tíber (guarda cierto parecido estético con el llamado Grupo del Nilo). Se trata de un mármol romano del siglo I d.C. que fue bautizado así porque lo desenterraron del Foro de Marte (una parte del Foro de Augusto). Inocencio X mandó colocarlo en el patio del Palazzo dei Conservatori (una de las sedes de los Museos Capitolinos, sita en la Plaza del Capitolio).

Marforio/Imagen: José Luis Bernardes Ribeiro en Wikimedia Commons

Una estatua clásica más es la del Abate Luigi, tardorromana, que a lo largo de los siglos ha ido cambiando una y otra vez de emplazamiento hasta que en 1924 parece que llegó al definitivo (precisamente el original): adosada al muro lateral de la Basílica de San Andrés, en la Plaza Vidoni. Representa a un alto magistrado pero el gracejo popular la identificó con el sacristán de una iglesia cercana. De su uso satírico da testimonio la inscripción posterior que se le añadió a la basa y que traducida dice así:

“Fui de la antigua Roma ciudadano.
Ahora Abate Luigi se me llama.
Conquisté con Marforio y con Pasquino
en las sátiras urbanas eterna fama.
Tuve ofensas, desgracias y sepultura
pero aquí nueva vida y al fin segura”.

El Abate Luigi/Imagen: Lalupa en Wikimedia Commons

Esos versos servirían también para Il Babuino, que al igual que el Marforio es una antigua figura yacente pero en este caso correspondiente a un sileno (por extensión un sátiro, aunque en sentido estricto uno en concreto: el padre adoptivo de Dionisos, el dios del vino). La gente lo apodó Babuino por su aspecto animal, similar a un primate, algo que intensifica el tipo de piedra empleado para hacer el cuerpo, la toba volcánica (la cabeza es un añadido posterior).

Curiosamente, algún cardenal despistado solía quitarse el sombrero al pasar por delante, pensando que se trataba de San Jerónimo. Desde que lo ordenó el papa Pío V en 1571, adorna la fuente homónima, que en 1957, tras diversos avatares, fue trasladada a su sitio primigenio junto a la iglesia de San Atanasio dei Greci.

Il Babuino/Imagen: sonofgroucho en Wikimedia Commons

No todas las statue parlanti son tan antiguas como las reseñadas. La que se conoce como Il Facchino también embellece una fuente (la Fontana di Facchino) que está en una pared del Banco de Roma pero es renacentista, de 1590, como se aprecia claramente por el tipo de ropa que viste la figura. Ésta muestra a un hombre portando un barril, lo que le identifica probablemente con un aguador, aunque popularmente se decía que era Lutero a causa de la gorra que lleva, típica de la época; también se reconocía en él a Abbondo Rizzio, un portero que falleció mientras transportaba un barril (facchino significa precisamente portero).

Il Facchino/Imagen: Lalupa en Wikimedia Commons

A lo largo de los siglos, todas estas estatuas aparecían periódicamente recubiertas de papeles con epigramas tan mordaces como hirientes para sus destinatarios. Ahora bien, Roma no fue el único sitio donde se produjo ese curioso fenómeno, pues podríamos citar otros como Milán, donde, bajo los pórticos del Corso Vittorio Emanuele, se halla un mediorrelieve romano (siglo III d.C, aunque la cabeza se añadió en el Medievo) que representa a un hombre togado y al que oficialmente se llama Scior Carrera pero que es más conocido por el mote de Omm de Preja (Hombre de Piedra).

Scior Carrera (Omm de Preja)/Imagen: Wikimedia Commons

Como los anteriores, se usó para exhibir pasquinatas pero en fechas muy posteriores, durante la ocupación austríaca. Cambiaba la forma quizá, pero no el fondo: todas eran statue parlanti. O, como también se les dice, congrega degli arguti (congregación de ingeniosos). Tal cual.

Fuentes:
Roma, andar y ver (José Antonio Rios González)/Articulate Objects: Voice, Sculpture and Performance (Aura Satz y Jon Wood)/Curiosità e segreti di Roma (Gabriella Serio)/Wikipedia