La Ceremonia del Fuego Nuevo que practicaban los mexicas para impedir el fin del mundo

La ceremonia del Fuego Nuevo/Imagen: Pinterest

Desprenderse de lo viejo para entrar en el año nuevo es una metafórica costumbre que está bastante arraigada en algunos rincones de Italia, México, Perú o Venezuela. En el país transalpino, y más concretamente en sitios como Nápoles, Calabria o Sicilia, se arrojan por la ventana objetos de todo tipo (incluso muebles, por lo que hay unas horas establecidas ad hoc), mientras que en determinadas regiones de los países latinoamericanos citados se suele quemar un muñeco de trapo relleno de petardos. El caso mexicano resulta especialmente interesante porque recuerda una antigua tradición azteca: la Ceremonia del Fuego Nuevo.

En realidad, ese ritual no se realizaba cada año sino cada 52, que era cuando terminaba un ciclo en el calendario. En el mundo nahua prehispano el cómputo del tiempo se llevaba a cabo mediante un sistema doble. Por un lado estaba el Xiuhpohualli, un calendario solar que contaba 360 días divididos en 18 metztli o meses de 20 jornadas cada uno (por eso los españoles los denominaron veintenas), a los que al final se sumaban los nemontemi, cinco días extra considerados aciagos. Los mayas empleaban algo parecido que llamaban Haab.

El Xiuhmolpilli o Rueda Calendárica azteca en un libro dieciochesco/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por otro lado estaba el Tonalpohualli, dividido en 20 trecenas o semanas de 13 días cada una que sumaban un total de 260 jornadas. Si el anterior era un calendario cronológico, éste tenía un carácter religioso, no basado en la astronomía, de ahí que cada día simbolizara un concepto existencial: Principio, Consistencia, Decisión, Concreción, Realización, Introspección, Inquietud, Desarrollo, Búsqueda, Equilibrio, Reposo, Claridad y Conocimiento. A su vez, cada trecena se asociaba a una divinidad y a un punto cardinal. Como en el caso anterior, los mayas tenían su versión, el Tzolkin.

Lo interesante, aparte del hecho de que el Xiuhpohualli era unas horas más exacto que el calendario gregoriano europeo, está en que uno y otro interactuaban como un engranaje formando lo que se conoce en náhuatl como Xiuhmolpilli o Rueda Calendárica (se desconoce el nombre maya). Esa rueda completaba su giro cada 52 años solares y 73 rituales formando un ciclo. Al término de éste y para evitar confusiones, en el Período Clásico (entre nuestros siglos IV y X) los mayas añadieron una periodización de mayor alcance en la que se enmarcaba la Rueda Calendárica: el Baktún o Cuenta Larga, que equivalía a 394 años y empezaba a contar desde el 13 de agosto del 3114 a.C. para terminar el 20 de diciembre de 2012 (ésa fue la razón por la que ese año hubo aquella fiebre milenarista).

El calendario maya y la Cuenta Larga/Imagen: Navelegante en Wikimedia Commons

Sin embargo, los mexicas no adoptaron la Cuenta Larga y, en consecuencia, en lugar de temer el fin del mundo en 2012 lo esperaban cada vez que acababa un ciclo de 52 años. La casualidad quiso que los españoles llegaran precisamente en uno de ellos pero ésa es otra historia. Lo que nos interesa hoy aquí es saber cómo afrontaban la terrible perspectiva de asistir al final de la existencia cada poco y qué hacían para evitarla. Y la respuesta es la Ceremonia del Fuego Nuevo, con la que intentaban restablecer el equilibrio en el universo.

La cosmogonía mexica consistía en un complejo andamiaje de conceptos orientados al mantenimiento del orden universal a través de la interactuación del Hombre con los dioses y la naturaleza. Puesto que el calendario se basaba en la observación del sol y éste se identificaba con Huitzilopóchtli durante el día, para salir cada mañana era necesario alimentarlo; además, para mantener esa armonía era necesario devolver a las deidades una parte de lo que ellas habían ofrecido para facilitar la existencia humana, su propia sangre, por lo que los sacrificios humanos que se les hacían tenían ese sentido retributivo.

El dios Huitzilopochtli representado en el Códice Borbónico/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero cada 52 años se acababa ese orden y ello implicaba actuar en consecuencia. Primero se apagaban todos los fuegos, de manera que las ciudades quedaban en la oscuridad total para favorecer la ceremonia que vendría a continuación. El clero, ataviado con ropajes de divinidades y caminando solemnemente, iniciaba al atardecer una procesión a un cerro denominado Huixachtecatl, que se encontraba en Iztapalapa (antigua ciudad culhua de la parte meridional del lago Texcoco), en cuya cima estaba el santuario indicado para celebrar el evento; de hecho, Huixachtecatl significa Cerro de la Estrella porque esa noche la atención se fijaba en el firmamento, ya que se pensaba que si Yohualtecuhtli (Aldebarán) no pasaba el cénit terminaría la era del Quinto Sol y con ella el mundo.

La procesión de los sacerdotes (Felipe Dávalos)/Imagen: Mexicolore

Durante el trayecto hacia Iztapalapa se hacían esporádicos altos para encender pequeñas fogatas a manera de prueba. Entretanto, el pueblo esperaba en las azoteas de sus casas, expectante y practicando sus propios ritos, como ayunar desde cinco días antes (sólo se comía tzohuatl -amaranto con miel- y no se bebía nada hasta el mediodía), poner máscaras de magüey a las embarazadas para impedir que en las tinieblas se transformaran en tzitzimime (unas deidades menores con aspecto de esqueleto que eran caníbales y solían aparecer en momentos críticos como terremotos u otros desastres; los españoles las consideraron demonios) o mantener despiertos a los niños -también enmascarados- para que no se convirtieran en ratones.

Una embarazada y un bebé con máscaras de magüey (Felipe Dávalos)/Imagen: Mexicolore

La procesión hasta lo alto de Huixachtecatl duraba unas seis horas. Entonces, cuando las Tianquiztli (Pléyades) estaban en la posición idónea -aproximadamente a media noche-, un sacerdote designado ex profeso encendía una hoguera de grandes dimensiones en la terraza del teocalli; para ello usaba la técnica prehistórica de frotar dos palos sobre otro con un agujero lleno de yesca, con la particularidad de que lo hacía sobre el torso abierto a obsidiana de una víctima sacrificial.

Si las llamas se mantenían, como siempre pasaba, quedaba asegurado el mundo. Al tener la pira un tamaño tan grande y estar a oscuras el valle del Anáhuac por entero, la luz resultaba visible a mucha distancia y todos se enteraban de que estaban a salvo, sabiendo que la ceremonia había salido bien. Entonces el miedo pasaba a ser felicidad. No era para menos, pues aquella experiencia únicamente se pasaba una vez en la vida y por eso es posible que el patolli, un antiquísimo juego de mesa con raíces ya en las anteriores culturas teotihuacana, tolteca y maya, guardase relación con el rito y con el Xiuhmolpilli, ya que viene a ser una especie de juego de la oca.

Sacerdote encendiendo el fuego (Felipe Dávalos)/Imagen: Mexicolore

El caso es que antes de celebrar el comienzo de un nuevo ciclo era necesario mostrar penitencia por el acabado y, si en Huixachtecatl la citada víctima era incinerada, todo el pueblo hacía otro tanto pinchándose las orejas con espinas de cacto -niños y bebés incluidos- hasta sangrar, salpicando en dirección a la lejana lumbre. Llegaba entonces el momento de desprenderse de los bienes materiales para renovarse completamente: ropa, enseres domésticos, herramientas…

Todo se destruía, hasta las estatuillas de dioses, como también hacían los sacerdotes en los templos con las grandes para sustituirlas por otras nuevas. Y lo que no se podía quemar, que era la forma idónea para deshacerse de las cosas, se arrojaba a las acequias o al fondo de los lagos, en torno a los cuales se ubicaban la mayoría de los pueblos y ciudades.

Desprendiéndose de lo viejo (Felipe Dávalos)/Imagen: Mexicolore

Los sacerdotes encendían antorchas con el Fuego Nuevo y se las daban a heraldos, cuya misión era llevarlas a los templos de Huitzilopochtli de cada localidad, donde ya había preparada leña para hacer otras y que todos los vecinos pudieran coger teas encendidas con que iluminar sus viviendas. Así, sucesivamente, se iba recuperando la luz en todas partes. La tristeza y el miedo daban paso a la alegría, el baile y la música. Se había superado el momento crítico y quedaban por delante otros 52 años.

Al menos en teoría, ya que esto se repetía en una versión reducida y menos dramática cada cambio de año, para superar los nemontemi o días nefastos que lo cerraban. Por cierto, tampoco están claras la fecha exacta ni la hora. Esta última se suele suponer la medianoche por el testimonio dejado por Bernardino de Sahagún, aunque lo cierto es que hoy desconocemos si los aztecas tenían alguna forma de llevar el cómputo de las horas.

Encendiendo las antorchas en una ilustración del Códice Borbónico/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Asimismo, el día cambia según versiones; primero, porque una estrella puede verse en su cénit varias noches seguidas; segundo, porque al parecer se asimiló el Fuego Nuevo al Panquetzaliztli, una fiesta en honor de Huitzilopochtli que tenía lugar unos días más tarde pero también cada 52 años. Duraba veinte días, desde el 30 de noviembre hasta el 18 de diciembre, y en tal ocasión se reedificaba el Templo Mayor añadiéndole una nueva estructura que le ampliaba el tamaño. También era el momento de realizar una serie de sacrificios a gran escala, aunque como eso sólo ocurría desde que los aztecas se independizaron de los tepanecas en 1428, probablemente sólo hubo un gran holocausto (el famoso de las largas colas de víctimas que se perdían de vista) en la inauguración de 1487.

Esquema de las siete etapas constructivas superpuestas del Templo Mayor de Tenochtitlán/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sí parece que la ceremonia caía en lo que es nuestro otoño, entre noviembre y diciembre. En la actualidad, por ejemplo, algunos grupos que quieren recuperar viejas tradiciones han elegido el 19 de noviembre; se debe tener en cuenta que desde el siglo XVI hasta ahora el cenit de las Pléyades ha cambiado, retrasándose trece días. Es una buena muestra de la dificultad que hay para establecer con exactitud, no sólo en eso sino la misma frecuencia cíclica de la ceremonia. La razón está en la escasez de fuentes, pues el huey tlatoani Itzcóatl ordenó destruir todos los libros y documentos referentes al pasado mexica para favorecer una nueva mitología fundacional, acorde con el nuevo carácter de potencia dominante que había alcanzado su pueblo.

El cronista novohispano Domingo Francisco Chimalpahin Quauhtlehuanitzin, un noble chalca que escribió en náhuatl una obra titulada Relaciones, de carácter histórico, dice que la primera Ceremonia del Fuego Nuevo de la que se tenía constancia se llevó a cabo en el año 1091. Sin embargo, los códices dan otras fechas. Por eso sólo se aceptan con seguridad las cuatro últimas, celebradas en 1351, 1403, 1455 y 1507. Algunos incluso reducen la cuenta a las de 1455 y 1507: la siguiente hubiera sido en 1559 pero para entonces México ya era territorio español y, por tanto, cristiano.

Fuentes: Stories Told by the Aztecs (Carleton Beals en Mexicolore)/Historia general de las cosas de Nueva España (Fray Bernardino de Sahagún)/El Fuego Nuevo: interpretación de una «ofrenda contada» tlapaneca (Guerrero, México) (Danièle Dehouve en Journal de la Société des Américanistes)/Archaeological Deposits from the Aztec New Fire Ceremony (Christina M. Elson y Michael E. Smith)/De hombres y dioses (Xavier Noguez y Alfredo López Austin)/Historia antigua de México (Linda Manzanilla y Leonardo López Luján)/Wikipedia