El 28 de enero de 1948 dos reos fueron fusilados en Yuhuatai, un distrito urbano de la ciudad china de Nankín. Se llamaban Tsuyoshi Noda y Toshiaki Mukai, ambos eran japoneses, tenían la misma edad -treinta y seis años- y fueron condenados por la misma razón: crímenes de guerra y contra la Humanidad cometidos durante la famosa Masacre de Nankín, en la que en menos de dos meses el Ejército Imperial Japonés asesinó a una cantidad incierta de víctimas que se calculan entre cien mil y trescientas mil. En el caso concreto de Noda y Mukai, lo que les llevó ante el pelotón fue el llamado Hyakunin-giri kyōsō, un macabro concurso por ver quién mataba antes con su espada a cien personas.

El ejército nipón, que había conquistado Shanghái en octubre de 1937, marchó sobre Nankín rápidamente obligando a huir al gobierno chino del Kuomintang que encabezaba Chiang Kai-shek. Los japoneses entraron en la ciudad el 13 de diciembre y desataron toda suerte de atrocidades entre saqueos, violaciones e incendios. También matanzas, por supuesto, que se llevaron a cabo con la excusa de eliminar a los resistentes y no excluyeron a mujeres, niños ni ancianos. Fueron seis semanas escalofriantes, que alcanzaron el punto de paroxismo con el citado Hyakunin-giri kyōsō.

Como decíamos, los protagonistas de ese episodio tan infame como controvertido fueron Tsuyoshi Noda y Toshiaki Mukai. El primero, nacido en 1912 en Tashiro (prefectura de Kagoshima) y graduado en la 49ª promoción de la Academia Militar, participó como subteniente de la 16 ª División en la Guerra Sino-Japonesa mandando un pelotón artillero de Infantería; fue entonces cuando protagonizó los hechos que, a la postre, le iban a costar la vida. Después intervino en la campaña de Guandong y en la Segunda Guerra Mundial, durante la cual estuvo destinado en Birmania; al final de la contienda regresó a Japón con aureola de héroe, como veremos.

En el verano de 1947 fue detenido bajo la acusación de crímenes de guerra debido a su paso por Nankín, basándose en una serie de artículos periodísticos de una década antes que informaban del infame concurso que mantuvo con Mukai. Éste, que también había nacido en 1912 pero en la prefectura de Yamaguchi, tenía el mismo cargo que el otro y además en la misma división. En julio de 1946 le interrogó el fiscal estadounidense del Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente con el objetivo de aclarar lo que decían los periodistas, pero Mukai aseguró que se trataba de un bulo y le liberaron.

Ahora bien, el 2 de septiembre fue detenido de nuevo y enviado a Nankín para ser sometido a juicio. Allí coincidió con su compañero, que al contrario de lo que se había dicho no había caído en combate (estaba en Japón, como vimos); uno de los periódicos, el Tōkyō Nichi Nichi Shinbun, había informado de que la noticia de la muerte de Noda impulsó a Mukai a incrementar el número de gente a matar hasta medio millar, en su honor. La cosa se enrevesaba cada vez más porque, básicamente, todo el asunto se conoció por la prensa.

El Tōkyō Nichi Nichi Shinbun era un diario fundado en la capital nipona en 1872, por el escritor y empresario Jōno Saigiku, ayudado por el ilustrador Utagawa Yoshiiku. Se lo consideraba un medio ofiacialista que en 1912 se fusionó con el Osaka Mainichi Shinbun para formar el periódico Mainichi Shimbun, aunque siguieron publicando cada uno de forma independiente hasta 1943. En la primera mitad de diciembre de 1937 dos de sus periodistas, Asami Kazuo y Suzuki Jiro, escribieron cuatro reportajes sobre el demencial concurso que enfrentaba a Noda y Mukai.

El impactante titular Increíble récord por decapitar a 100 personas informaba de la sana rivalidad que ambos subtenientes mantenían por obtener el mayor número de cabezas en menos tiempo a golpe de katana, actualizándose las cifras que acumulaban cada pocos días. Los propios protagonistas eran entrevistados regularmente para que lo contasen todo en primera persona y valorasen sus posibilidades de ganar, siempre de forma distendida. Decía uno de los artículos que, al empatar, subieron la apuesta a ciento cincuenta:

En la agitada batalla por capturar el monte Shikin el día 10, hicieron un récord de dieciséis y quince, y el día 10, ambos subtenientes debatieron en un tono coloquial, espada en mano. Noda: ‘Oye, tengo ciento cinco, ¿y tú?‘ Mukai: ‘¡Tengo ciento seis!’… Ambos tenientes rieron: ‘Ja, ja, ja’. Al final, no fue así. No importa quién alcanzó primero las cien personas. ‘Hagámoslo, pero ¿qué tal si intentamos ciento cincuenta hombres?’ De repente llegaron a un acuerdo y la matanza de ciento cincuenta hombres comenzó el día 11.

Sin embargo, esos reportajes no supusieron un escándalo, ni mucho menos; al contrario. Al margen del limitado alcance que tuvieron, aquella competencia fue vista casi como algo heroico debido a que, según los periodistas, lo que hacían los dos militares japoneses era matar a sus víctimas luchando con ellas cuerpo a cuerpo en las escaramuzas que se sucedían en campaña. Lamentablemente, es probable que la realidad fuera más prosaica; militares e historiadores consideran muy difíciles tales cifras en combate y opinan que sus récords se deberían más bien a matanzas a sangre fría.

El propio Noda lo habría reconocido cuando regresó a su ciudad natal, en declaraciones al periodista Katsuichi Honda, que las publicó en el capítulo Nankin e no Michi (El camino a Nankín), dedicado a la masacre homónima, de su afamado libro Chūgoku no Tabi (Viajes por China):

En realidad, no maté a más de cuatro o cinco personas en combate cuerpo a cuerpo … Nos enfrentábamos a una trinchera enemiga que habíamos capturado, y cuando gritábamos ‘¡Ni, Lai-Lai!’ (¡Tú, ven aquí!), los soldados chinos eran tan estúpidos que corrían hacia nosotros todos a la vez. Luego los alineábamos y ensartábamos, de un extremo de la línea al otro. Me elogiaron por haber matado a cien personas, pero en realidad, casi todas murieron de esta manera. Los dos hicimos un concurso, pero después. A menudo me preguntaban si era un gran problema y dije que no era gran cosa…

El caso es que, en su momento, el comportamiento de los dos subtenientes fue considerado ejemplar, hasta el punto de que en el material pedagógico que usaba la Escuela Primaria Kusamuta, región natal de Noda, se describía su hazaña como «una historia conmovedora llena de sangre y carne», y él mismo hizo una gira por muchos colegios dando charlas y conferencias para explicar la cuestión de lo que se denominaba los «100-nin-kiri». En 1945, al llegar la paz, se les dio de baja en el ejército hasta que dos años más tarde aquel episodio volvió a salir a la superficie, esta vez bajo una óptica muy diferente.

Los Aliados habían establecido el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, cuya misión debía ser juzgar crímenes de guerra y contra la Humanidad, genocidios y complots ocurridos durante la contienda, aunque se amplió su ámbito de actuación a la Masacre de Nankín. Cada país Aliado aportaba jueces y letrados con el correspondiente personal auxiliar; pues bien, el fiscal chino Ziang Zhejun tenía como traductor al historiador y abogado Gao Wenbin, encargado de recopilar información de la Guerra Sino-Japonesa. Fue él quien, ejerciendo esa actividad, descubrió accidentalmente un informe en los archivos militares japoneses.

Noda y Mukai fueron recluidos en la Prisión de Sugamo, en Tokio, construida en 1895 y dedicada desde los años treinta a la cautividad de presos políticos, pasando tras la contienda a albergar a los reclusos acusados de crímenes de guerra (entre otros muchos ilustres huéspedes figuraron el ex-primer ministro Hideki Tojo, el de Asuntos Exteriores Yosuke Matsueoka y el almirante Osami Nagano). Desde allí se los extraditó a China, al Centro de Detención de Crímenes de Guerra de Nankín, donde pronto se les unió el capitán Gunkichi Tanaka, responsable de tres centenares de ejecuciones de presos militares y civiles chinos que realizaba personalmente con su espada.

Aunque en principio sus procesos serían por separado, resultaba patente que todo el ejército japonés quedaba cuestionado por su brutal comportamiento, de ahí que se instalaran altavoces fuera del edificio, de manera que los curiosos pudieran seguirlos. Presidió el juez Miyu Seki, que admitió como prueba principal una versión en inglés (Murder Race, de Harold J. Timperley) de los artículos periodísticos del Tōkyō Nichi Nichi Shinbun y del Osaka Mainichi Shinbun. No se presentaron testigos ni se autorizó la solicitud de los encausados de interrogar a los periodistas y sus editores, al aducir que no decían la verdad.

Tal como cabía esperar, Noda y Mukai fueron declarados culpables y sentenciados a muerte -al igual que Tanaka-, siendo fusilados en las montañas de Yuhuatai en enero de 1948. Mukai había solicitado un nuevo juicio porque consiguió certificados de los periodistas admitiendo inexactitudes en sus relatos, pero fue en vano. El veredicto del tribunal, leído el el 4 de diciembre de 1947, decía así:

Los acusados ​​Toshiaki Mukai y Takeshi Noda fueron cómplices de la masacre de Nanjing. Según los acusados, continuaron masacrando a prisioneros y no combatientes, lo que violaba las Reglas de La Haya sobre Guerra Terrestre y la Convención sobre el Tratamiento de los Prisioneros en Tiempos de Guerra, y deberían constituir crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad. Mataron a civiles por deporte y utilizaron el asesinato para competir y entretener. Fue algo extremadamente cruel e incomparable en su brutalidad. En realidad eran ladrones de humanidad y enemigos de la civilización. A menos que sean severamente castigados según la ley, ¿cómo podría mantenerse la disciplina y defender la justicia?

Tsuyoshi Noda tuvo tiempo de redactar una carta en la que negaba la existencia real del hyakunin-giri kyōsō, lamentaba los desastres de la guerra y animaba a un entendimiento entre hermanos orientales:

Soy Tsuyoshi Noda, de quien se dice que una vez compitió en un periódico con Toshiaki Mukai en un concurso para matar 100 hombres. Admito que me avergüenzo de mí mismo, pero me disculpo sinceramente por bromear y engañar al mundo con falsas historias de heroísmo (…) Nunca he masacrado a cien personas en Nankín. Pido que el pueblo japonés me crea en este punto (…) Dios le enseñó a Japón a través de su derrota que las armas no eran instrumentos de paz. Si Japón quiere avanzar en el camino hacia la paz mundial, debe descubrir y buscar un camino distinto a la guerra. Ésta es la principal cuestión que le queda al Japón en el futuro. Qué es eso. El espíritu fundamental se basa en el «amor» y la «sinceridad». Me gustaría ofrecer estas dos palabras como disculpa y despedida al pueblo japonés.

Justo antes de su ejecución escribió una segunda nota manifestando no guardar rencor al tribunal e incidiendo de nuevo sobre una voluntad de hermanamiento con China. Toshiaki Mukai también dejó un escrito en el mismo sentido y con prosa igualmente florida:

He jurado a los dioses del cielo y de la tierra que nunca maté a ningún residente cautivo. No fui responsable de crímenes como la masacre de Nankín (…) Espero que con mi muerte desaparezcan los rencores de los ocho años de amarga resistencia contra China y que éste sea un punto de inflexión en la causa de la buena voluntad entre Japón y China y la paz en el Este (…) Larga vida a China. Larga vida a Japón. Larga vida al emperador. Muero y me convierto en un demonio que protege al país.

Sus muertes no supusieron el final del asunto; sólo permanecieron olvidadas dos décadas. En 1967 el historiador Tomio Hora, profesor de la Universidad de Waseda, lo rescató para un trabajo titulado Kindai senshi no nazo («Acertijos de la historia de la guerra moderna»), con el que trataba de colaborar en rebatir el negacionismo sobre la Masacre de Nankín. El debate sobre este incómodo episodio había permanecido silenciado en la enseñanza hasta que la Guerra del Vietnam estimuló a recuperar su memoria, originando una auténtica controversia. Ya vimos que el mencionado Katsuichi Honda lo relató en su Chūgoku no Tabi (Viajes por China), que fue publicando por entregas en el periódico Asahi Shimbun dando voz a supervivientes chinos a los que entrevistó personalmente.

Hora utilizó su propio trabajo como base para Nankin Jiken, un libro que publicó en 1972, en plena polémica desde que un año antes Honda hubiera rescatado de la amnesia colectiva el asunto del hyakunin-giri kyōsō. Todo ello dio lugar a una oleada de revisionistas -algunos muy exaltados-, que cuestionaban la veracidad de la Masacre de Nankín, bien de forma integral bien parcial. De ellos, la figura más visible fue un veterano de guerra llamado Shichihei Yamamoto, que afeó a Honda que hablase del concurso de los cien muertos sin citar nombres (originalmente había usado las expresiones «subteniente A» y «subteniente B»), consiguiendo que finalmente los hiciera públicos.

Lo que nos interesa aquí es el grado de exactitud histórica del relato sobre el concurso, que algunos consideran exagerado. Katsuichi Honda recogió el testimonio autobiográfico de un militar llamado Shintaro Uno, quien afirmaba haber decapitado a nueve prisioneros con su katana y consideraba imposible que Noda y Mukai hubieran hecho lo mismo con un centenar cada uno. En cualquier caso, ese militar insinuaba que aquello fue algo bastante generalizado y vinculado a las circunstancias bélicas. No hubo forma de aclarar las cosas, por lo que la polémica perduró a lo largo de lo que quedaba de siglo XX… y todavía continuaría en las primeras décadas del XXI.

En el año 2000 el Journal of Japanese Studies publicó un nuevo estudio sobre la Masacre de Nankín. Lo firmaba el historiador Bob T. Wakabayashi con el título The Nanking 100-Man Killing Contest Debate: War Guilt Amid Fabricated Illusions, 1971–75, quien a pesar de que definía la Guerra Sino-Japonesa como una agresión de carácter imperialista opinaba que el concurso parecía una invención y citaba al sinólogo canadiense Joshua A. Fogel diciendo que aceptar sin más el relato de un periódico «como verdadero y exacto requiere un acto de fe que ningún historiador equilibrado puede hacer«. Otros escritores coetáneos, como Yoshimi Usui, Ken Kaiko o Minoru Oda, también descalificaron la autenticidad de unos hechos basados en la prensa.

De hecho, tres años más tarde, los familiares de Tsuyoshi Noda y Toshiaki Mukai presentaron una demanda por difamación contra los diarios Asahi Shimbun y Mainichi Shimbun, así como contra Katsuichi Honda, exigiendo una retractación y una indemnización de treinta y seis mil yenes por difamar a sus parientes. Los argumentos eran diversos, desde la baja calidad de las katanas -cuyas hojas se doblaban con dos o tres usos y apenas servían más que como elemento honorario, como demostró un ingeniero contratado ex profeso– al hecho de que los periodistas escribieron de oídas sin haber presenciado nunca una ejecución, pasando por que en aquella época Mukai estaba en un hospital de campaña, convaleciente de una herida recibida en la batalla de Danyo.

Frente a ellos, los demandados opusieron otros argumentos, como el testimonio de un soldado llamado Gosaburo Mochizuki, que afirmó haber visto a Noda decapitar a un granjero y luego le oyó decir que competiría con Mukai (Mochizuki escribió un relato sobre ello titulado Mi incidente en China). También el de Akira Shishime, natural de la misma aldea que Noda, a quien recordaba dando una conferencia en la escuela durante la que aseguró que su misión en Nankín era matar prisioneros.

Finalmente Akio Doi, juez del Tribunal de Distrito de Tokio, desestimó la demanda argumentando que los artículos se publicaron en 1937 y ya había prescrito la posible obligación de corregirlos o retractarse; además, al haber fallecido ya los dos subtenientes, no se podía considerar que se atentase contra su honor. Asimismo, consideró que no se había demostrado la falsedad de la información y únicamente admitía que podía contener errores o inexactitudes en algunos elementos, como en el número de víctimas. Descartaba que se hubiera tratado de una simple broma entre militares, como se insinuó.

Los demandantes apelaron, pero en febrero de 2006 y tras una única audiencia, el Tribunal Supremo confirmó la sentencia y hasta tuvo sus más y sus menos con ellos, después de que intentaran recusar a uno de los jueces. Una segunda apelación, también desestimada, cerró el caso en diciembre.


Fuentes

Katsuichi Honda, The Nanjing Massacre: A Japanese journalist confronts Japan’s national shame | Bob Tadashi Wakabayashi, The Nanking Atrocity, 1937-1938. Complicating the picture | Barak Kusher, Men to devils, devils to men. Japanese war crimes and Chinese justice | Suping Lu, The 1937–1938 Nanjing Atrocities | Asami Kazuo y Suzuki Jiro, Artículos de los periódicos Tōkyō Nichi Nichi Shinbun y Osaka Mainichi Shinbun | Wikipedia


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