La alianza entre la Alemania nazi y China en los años treinta

Puede sorprender el hecho de que China y Alemania fueran países aliados durante los años treinta, especialmente si se tiene en cuenta que el gobierno nazi y el japonés tenían ideologías afines y formaron parte del mismo bando, el Eje, durante la Segunda Guerra Mundial. Pero es que antes de ese pacto, los germanos mantenían una intensa relación con los chinos que fue más allá de lo meramente diplomático o comercial, entrando de lleno también en lo militar.

En realidad, era algo que venía desde antes de la subida al poder de Hitler; desde el final de la Primera Guerra Mundial, conflicto en el que China había apoyado a los aliados contra la Alemania imperial, si bien nunca llegó a haber un enfrentamiento directo en el campo de batalla. Al terminar las hostilidades, ambas naciones restituyeron sus relaciones, el gobierno de Weimar renunció a sus posesiones en territorio asiático y en 1921 se estableció un cauce comercial recíproco, con los chinos ofreciendo materias primas fundamentales para la reconstrucción germana (sobre todo tungsteno y antimonio) a cambio de armamento moderno e instrucción militar.

Y es que los aires eran tempestuosos en Oriente. En 1911, la Revolución China había derrocado al emperador para establecer una república y pocos años depués, en plena guerra mundial, ocurría lo mismo en Rusia. En 1927 los nacionalistas de Chiang Kai-Sek, agriupados bajo la denominación Kuomintang, se enfrentaron a los comunistas en una guerra civil que duraría décadas y no terminaría hasta la victoria de Mao en 1950. Ese contexto se volvió aún más complejo en 1931 con la invasión japonesa de Manchuria y la creación del estado títere de Manchukuo, a cuyo frente pusieron a Pu-Yi, el último emperador. Seis años más tarde, la invasión se amplió a gran escala sin que China, muy inferior tecnológica y logísticamente, pudiera hacer frente a aquel Imperio Japonés altamente industrializado.

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Hacía falta ayuda y uno de los países que la ofrecieron fue Alemania, que no quería perder las materias primas que recibía de los chinos y mantenía buenas relaciones con el Kuomintang, considerado un muro de contención frente al comunismo. La ausencia de intereses políticos teutones en Asia (al contrario que Rusia, Gran Bretaña o Francia) era un aliciente más para estrechar la relación mutua, Y así, aunque los germanos tenían prohibida la participación en aventuras militares por el Tratado de Versalles, fueron llegando a China una veintena de soldados de fortuna, la mayoría oficiales con experiencia en la Primera Guerra Mundial y furibundos anticomunistas.

Ellos fueron los principales asesores de la Academia Militar de Whampoa, la versión local de West Point o Sandhurst, y se les unió otro tipo de personal industrial para impulsar la fabricación de armamento in situ, ya que los envíos desde Europa tenían que ser clandestinos por la citada prohibición. En 1933, cuando las elecciones abrieron el acceso al poder a Hitler, se terminaron los tapujos: el prestigioso general Hans von Seeckt viajó a China como asesor oficial con la misión de organizar un ejército moderno, móvil y bien equipado, tomando como modelo el sistema organizativo de la Wëhrmacht. Así previó ocho divisiones, que sumarían ochenta mil hombres bien entrenados, destinadas a enfrentarse al Ejército Imperial Japonés en la defensa de Shangai.

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Otro importante militar destinado al país asiático fue Alexander von Falkenhausen, director de la Escuela de Infantería de Dresde, que se encargó de llevar a la práctica el plan de von Seeckt y adaptarlo a la cruda realidad china, donde la obsolescencia era norma. Redujo las expectativas y optó por una pequeña fuerza móvil, especializada en acciones limitadas con armamento individual e inspirada en los Sturmgruppen que se infiltraban en las líneas enemigas durante la pasada Guerra Mundial. Asimismo, aceleró la modernización del armamento: el arsenal de Hanyang pasaría a fabricar ametralladoras Maxim y el fusil llamdo Chiang Kai-Sek Rifle (una versión del Mauser MI924), mientras que abrió fábricas nuevas que proporcionasen otros equipos, desde los icónicos cascos M35 a pistolas Mauser C96, pasando por los MG34. El resto se importaría de Alemania, caso de artillería o carros de combate.

El consejo de Falkenhausen a Ching fue librar una guerra de desgaste, estableciendo la línea de defensa en el Río Amarillo y enviando guerrillas para dificultar el avance del enemigo. La estrategia fue exitosa y los japoneses tuvieron que levantar el pie del pedal durante varios meses, permitiendo a los chinos trasladar su industria bélica al interior, a Sichuan. Pese a que los nipones finalmente consiguieron conquistar Shanghai y la capital Nankín, la heroica resistencia durante 76 días más las victorias chinas en Tai’erzhuang (1938) y Suixian-Zaoyang (1939) llenó de moral a aquel ejército recién nacido.

Dos fotos de Wei Kuo, hijo adoptivo de Chiang Kai-Sek, con uniforme alemán
Dos fotos de Wei Kuo, hijo adoptivo de Chiang Kai-Sek, con uniforme alemán

Tanto que Chiang abrió una embajada en Berlín e incluso envió a Alemania a su propio hijo adoptivo, Wei-Kuo, para que se formara en la Wëhrmacht. Eran tiempos en los que el mismo Führer declaraba que nunca había considerado inferiores a los chinos (ni a los japoneses, por supuesto) y, de hecho, cuando la coyuntura llevó al gobierno germano a firmar el pacto con Tokio haciendo regresar a los asesores militares, se prometió que no se revelaría información a los nuevos aliados. Alemania, pues, trataba de cortar lazos con China que, sin embargo, no quedó sola porque se impusieron los intereses geoestratégicos y, así, Estados Unidos, la Unión Soviética y otros intervinieron a su favor. El ataque a Pearl Harbour fue la gota que colmó el vaso y los chinos le declararon la guerra a las potencias del Eje.

Pese a todo, Von Falkenhausen mantuvo su palabra y, mediante frecuente correspondencia, continuó su amistad con Chiang. El hijo de éste, por cierto, alcanzó el grado de teniente y estuvo al mando de un panzer durante el Anchluss, antes de volver a su país.