Fue una estrella de la ópera pero también hacía exhibiciones de esgrima, enamoró a una jovencita cuyos padres tuvieron que esconderla en un convento, robó cadáveres, se batió en varios duelos, acumuló un puñado de amantes, tuvo que huir de la justicia y su folletinesca vida terminó glosada por el escritor parnasianista Teófilo Gautier, en la que fue su primera novela, que tituló con el propio nombre del personaje en que se inspiraba: Mademoiselle de Maupin. Porque, en efecto, todas esas peripecias las llevó a cabo una mujer.

Una mujer poco común, eso sí, especialmente para la época en la que le tocó vivir, la Francia a caballo entre el último cuarto del siglo XVII y los primeros años del XVIII. Gautier escribió su obra mucho después, ya en el XIX, publicándola exactamente en 1835. Y aunque ya era autor de cuentos y poesía, Mademoiselle de Maupin le consagró en el mundo literario, no sólo por su estilo sino también por el atrevido planteamiento que ya dejó claro en el prólogo, redactado por él mismo desafiando el corsé moralista y utilitarista del romanticismo decimonónico en favor de la idea del arte por el arte.

El concepto que Gautier plasma de la protagonista de su novela es el de una mujer atrevida y escasa de prejuicios, ansiosa de aventuras galantes, para lo cual no duda en asumir la identidad de un hombre adoptando el nombre de Théodore de Sérannes, vistiendo ropa masculina, manejando magistralmente la espada, manteniendo amores efímeros con individuos de ambos sexos, etc. Todo ello narrado en forma epistolar por un enamorado de ella llamado Albert, buscador de la belleza perfecta en el sentido platónico de la palabra.

Teófilo Gautier en 1857/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El problema es que, pese a basarse en hechos reales, Mademosielle de Maupin no deja de ser una novela, es decir una obra de ficción, lo que implica que parte de su trama recoja también la multitud de leyendas que corrieron sobre la tumultuosa vida del personaje y de las que no hay forma de constatar su dudosa veracidad. Otros pasajes, como el del travestismo o el presunto lesbianismo, fueron exagerados por el autor francés… consiguiendo que el libro fuera censurado en algunos sitios. Por tanto, aun cuando Gautier fue quien inmortalizó al personaje, lo que vamos a contar a continuación debe leerse bajo ese condicionante.

Pese a que Gautier le da Madeleine como nombre de pila, en realidad Mademoiselle de Maupin se llamaba Julie d’Aubigny y nació en París entre 1670 y 1763. Era hija única de Gaston d’Aubigny, a la sazón secretario de Luis de Lorena-Guisa, conde de Armagnac, y Grand Écuyer (Maestre de los Establos Reales) del rey Luis XIV. Por este último puesto tenía a su cargo la educación de los pajes de la corte e incluyó a su hija en esa formación; por eso Julie no sólo adquirió una cultura poco común en las chicas de su tiempo sino que además aprendió el arte de la esgrima, convirtiéndose en una magnífica tiradora que superaba a sus compañeros varones desde niña.

Esa precocidad se hizo extensiva a su vida afectiva, pues con apenas catorce años se convirtió en la amante del conde de Armagnac. Sin embargo, éste prefirió salvar las apariencias arreglándole un matrimonio con el señor de Maupin, en Saint-Germain-en-Laye (una comuna situada a una veintena de kilómetros de París), del que tomó su apellido en lo sucesivo para ser conocida como Mademoiselle de Maupin, más tarde y siguiendo la costumbre francesa para las cantantes, La Maupin a secas. El marido fue enviado poco después a un puesto administrativo del sur de Francia y su esposa quedó sola, disponible para continuar su relación con el conde.

Ilustración de Mademoiselle de Maupin, por Aubrey Breadsley (1897) | foto dominio público en Wikimedia Commons

Pero no era suficiente para una Julie ya ávida de emociones más fuertes. Corría el año 1687, el mismo de su boda, cuando inició un romance con un tal Séranne, ayudante de su maestro de esgrima (cuyo apellido inspiró a Gautier, obviamente, para dárselo a su protagonista). El oficio de Séranne le abocaba a verse envuelto en duelos con cierta frecuencia, pese a que habían sido prohibidos, y en uno de ellos mató a su oponente. Tuvo que escapar de los guardias que envió a arrestarle (el famoso teniente general de la policía nombrado por el ministro Colbert para profesionalizar las fuerzas del orden, labor que completaría más tarde Vidocq) y llevó consigo a Julie.

Pusieron rumbo a Marsella y para vivir durante el camino lo mismo organizaban exhibiciones de esgrima (en las que ella se batía con él vistiendo ropas de hombre aunque sin ocultar su condición de mujer), que cantaban en tabernas y ferias, pues resultó que Julie tenía una bella voz de contralto, la más grave de las femeninas, grado medio entre tiple y tenor. Cuando llegaron a su destino, esa insospechada cualidad artística le abrió las puertas de la compañía municipal de ópera que dirigía Gaultier de Marseille (al que no hay que confundir con el laudista y compositor Pierre Gautier, un poco anterior).

Julie, que actuaba con su nombre de soltera, llamó la atención de la joven hija de un comerciante local y se enamoraron, quedando Séranne atrás como otra etapa quemada. Al enterarse del romance, y para evitar un escándalo mayúsculo, los padres de la espectadora -cuyo nombre no ha trascendido- la internaron en un convento de Aviñón, posiblemente el de las Salesas. Pero la intrépida Julie se presentó en el cenobio e ingresó como postulante (categoría inmediatamente anterior a la de novicia), trazando un plan para fugarse con su amada. Un plan tan imaginativo como atrevido.

Mademoiselle de Maupin en otra ilustración decimonónica del libro de Gautier/Imagen: Wikimedia Commons

Consistía en exhumar de la cripta conventual el cuerpo de una monja recién fallecida y colocarlo en la cama de la chica para, a continuación, prender fuego a la celda y simular con los restos carbonizados que su ocupante había muerto, mientras ambas corrían hacia la libertad sin levantar sospechas ni tener perseguidores. Era algo tan osado que tuvo éxito; eso sí, la relación fue vista y no vista: no duró más de tres meses, al término de los cuales Julie regresó sola a París para evitar las previsibles acusaciones que iban a caer sobre su persona, a saber, secuestro, robo de cadáveres e incendio intencionado.

Dadas las limitaciones en las comunicaciones que había en el siglo XVII, ser prófuga de la justicia a casi ochocientos kilómetros de distancia no resultaba especialmente preocupante, así que es probable que ni se enterase de que la habían juzgado y condenado a muerte in absentia. Pero es que encima lo hicieron tomándola por un hombre y en la capital ella había recuperado su anterior identidad de Mademoiselle de Maupin. Por tanto, estaba a salvo y pudo continuar con las actividades que tan bien se le daban: cantar y practicar la esgrima.

Bien es cierto que la segunda le pudo costar la vida, pues se batió en duelo -real, no de exhibición- con el joven conde de Albert, al que conoció en una taberna de Villeperdue y que tras confundirla con un hombre la desafió. Ella venció, hiriéndole y cuidando de él hasta su restablecimiento mientras pasaban a ser amantes. Pero tampoco duró mucho esa relación, aunque a cambio conservaron su amistad para siempre. El hueco en el corazón lo ocupó entonces Gabriel-Vincent Thévenard, célebre barítono junto al que marchó otra vez a la capital.

Gabriel-Vincent Thévenard en un grabado de Georg Friedrich Schmidt/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Él supo valorar su voz y la introdujo en la Ópera parisina, ya que poco antes, en Potiers, Julie había recibido además clases de canto de otro prestigioso intérprete llamado Maréchal. Así que, con diecisiete años cumplidos, la joven inició una carrera profesional en el mundo operístico, si bien no lo tuvo fácil al principio porque, pese a las insistentes recomendaciones que hicieron Thévenard y un amigo, un viejo cantante llamado Bouvard, el director Jean-Nicolas de Francine se mostraba reticente a hacerle un contrato.

Por fin, en 1690 debutó interpretando el papel de la diosa griega Palas Atenea en la obra Cadmus et Hermione (Cadmo y Harmonía), una tragedia musical compuesta por Jean-Baptiste Lully -a la sazón suegro de Francine- y con libreto del poeta Philippe Quinault, asistente del músico. Curiosamente, en las primeras obras Julie cantó como soprano; luego se percataron de que su tono era de contralto y la reasignaron. Cuatro años duró aquella etapa, siendo alabada por la crítica la belleza de su voz y recibiendo un perdón real de aquella condena pendiente gracias a la mediación de su primer amante, el conde de Armagnac.

Para entonces ya estaba asentada como Mademoiselle de Maupin, tratamiento habitual para las divas del bel canto, y hasta dio el salto internacional, actuando en la Opéra du Quai au Foin de Bruselas (el primer teatro público de la ciudad, inaugurado en 1682 pero reinaugurado en 1694 bajo la dirección conjunta de Gio Paolo Bombarda y Pietro Antonio Fiocco, y donde Lully había estrenado varias de sus obras). Algunas fuentes dicen que Julie permaneció en aquella ciudad ocho meses, interpretando otras obras del dúo Lully-Quinault, como Amadís, Armida y Teseo.

Fanchon Moreau en un grabado de Mattheus Seütter/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La razón de esa larga estancia hay que buscarla en un intento de hacer olvidar los altercados que originaba su tormentoso carácter, pues alternaba su delicadeza en la música con una retahila de duelos (uno de ellos con tres nobles en una misma noche, después de una discusión por el beso de una joven en un baile de disfraces en el que vestía de hombre), amenazó de muerte a la duquesa de Luxemburgo, agredió a su casero, intercambió insultos con otras cantantes y tuvo una disputa con Louis Gaulard Dumesny, un tenor controvertido porque no sabía leer partituras -se las aprendía de memoria- y además era un libertino que solía molestar a las mujeres; en ella dio con la horma de su zapato.

Sentimentalmente tampoco encontraba tranquilidad ni estabilidad. Por ejemplo, antes de refugiarse en Bruselas se enamoró de Fanchon Moreau, una bella cantante que rechazó sus proposiciones porque era amante del Delfín de Francia. Julie no encajó bien la negativa y pensó en suicidarse, aunque finalmente siguió adelante con su vida y llegaron entonces el episodio de los nobles retados y otro igualmente jugoso en el que retomó la tentación de quitarse la vida, ocurrido ya en Bruselas, lo que demostraba que no le resultaba fácil escapar a su propia idiosincrasia.

La causa esta vez la tuvo su empeño en mantener una relación con Maximiliano II Emanuel de Baviera, príncipe elector del Sacro imperio Romano Germánico y mecenas de las artes. Su rechazo la llevó a apuñalarse con una daga auténtica, no de atrezzo, aprovechando la representación de una escena de suicidio de la obra Énée (Eneas) de Johan Wolfgang Franck. Él, abrumado por aquel exaltado comportamiento, le ofreció cuarenta mil francos para que le dejara en paz; Julie se fue, pero no sin antes arrojarle el dinero al suelo.

Grabado decimonónico mostrando la imagen típica de Mademoiselle de Maupin con ropas masculinas y espada/Imagen: Wikimedia Commons

Tras abandonar Bruselas viajó a Madrid, trabajando como sirvienta de la condesa Marino. No se llevaban bien y Julie decidió poner fin a su contrato con una combinación de desfachatez y diversión: colocando algunos rábanos en el pelo de su señora cuando la ayudaba a vestirse para un evento social, de modo que cualquiera menos la propia condesa pudiera verlos. Para cuando la humillada aristócrata se percató de la burla, Julie ya estaba camino de su país; era el verano de 1698.

Llegó a la Ópera parisina justo a tiempo, pues fue la designada para reemplazar a Marthe le Rochois, que pese a un tardío debut ha pasado a la historia como la primera gran cantante francesa y que acababa de jubilarse con una generosa pensión real. Le Rochois había sido descubierta por Lully y se consagró cantando Armida, así que Julie parecía perfecta para la sustitución, aunque la muerte del compositor el año anterior hizo que ampliase su repertorio a las nuevas obras que estrenaba la nueva generación de músicos: Pascal Collase, André Cardinal Destouches y André Campra.

Fue este último el que escribió específicamente para ella el personaje de Clorinde en Tancrède, ópera trágica estrenada en 1702 con un libreto de Antoine Danchet basado en el poema épico Jerusalén liberada, del renacentista Torquato Tasso. Era el primer papel para una contralto en la música francesa (los expertos dicen que hoy se ajustaría más al rango de mezzosoprano, pero en aquella época se empleaba un tono más bajo) y constituyó un éxito tal que Julie recibió una invitación para cantar en la corte de Versalles, ante Luis XIV, repitiendo actuación varias veces. En 1701 incluso reapareció en su vida Maupin, su marido, si bien se mantuvo en un segundo plano.

Mademoiselle de Maupin en plena actuación operística. Grabado anónimo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Su última interpretación fue en 1705, como Isabelle en una comedia-ballet compuesta por Michel de La Barre y escrita por Houdar de La Motte, La Vénitienne. Ese retiro fue motivado por la depresión que sufrió al fallecer su pareja, la marquesa de Florensac, a la que se consideraba la mujer más hermosa de Francia (tanto que también había tenido que irse a Bruselas, huyendo de los requiebros del Delfín). Julie no sólo se apartó de los escenarios sino también del mundo, ingresando en un convento -probablemente en la Provenza- y pasando allí los dos años que le quedaron de vida.

Se ignoran tanto la causa de su óbito -temprano, sólo tenía treinta y tres años- como el lugar donde fue enterrada -algunas biografías cuentan que el cuerpo fue arrojado a un montón de basura-, pero resulta demasiado tentador terminar sin citar en su memoria un definitorio párrafo de la novela de Gautier que pone en boca -o en pluma, pues se trata de una carta a Albert- de la protagonista:

«Esta existencia, aunque la haya aceptado en apariencia, no está hecha para mí, o al menos se parece muy poco a la que sueño y que creo adecuada (…) Conoces el poderoso atractivo que tienen para mí las aventuras extrañas, cómo adoro todo lo que es singular, excesivo y peligroso, y con qué avidez devoro novelas e historias de viajes. Quizá no haya en la Tierra fantasía más alocada y más vagabunda que la mía (…) Se pinta al Amor con una venda sobre los ojos; es al Destino a quien habría que pintar así.»



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