Hace un tiempo, cerca de mi casa, frente a la Estación del Norte de Oviedo, colocaron el primero de los doscientos stolpersteine que hay en Asturias. Está dedicado a Luis Montero Álvarez, un comunista que fue capitán en la Guerra Civil Española, combatió luego contra los nazis en la Resistencia Francesa y terminó recluido en el campo de concentración de Mauthausen, al que sobrevivió, regresando a España como guerrillero donde, apresado por la Guardia Civil, obtuvo la libertad delatando bajo tortura a sus compañeros; terminó ejecutado por los suyos, acusado de traición. Ahora bien, al margen del personaje ¿qué son los stolpersteine?

Stolperstein es una palabra compuesta alemana que se traduce como piedra-obstáculo, aquella con las que alguien puede tropezar en el camino. El término ha sido elegido para dar nombre a unas pequeñas placas doradas que se colocan en el suelo de las ciudades en memoria de las personas deportadas y asesinadas por el nazismo.

Se trata de una iniciativa del artista germano Gunter Demnig, un berlinés nacido en 1947 que ha conseguido con ello lo que se considera uno de los mayores proyectos de conmemoración descentralizada que hay en el mundo, con más de cien mil instalaciones de ese tipo en veintiséis países.

Gunter Demnig preparando al colocación de varios stolpersteine/Imagen: F. Erbache en Wikimedia Commons

Estos auténticos memoriales en miniatura, cubos de hormigón de diez centímetros de lado cuya superficie está cubierta por una placa de latón con una inscripción que testimonia la identidad de algún perseguido para que no caiga en el olvido, pueden verse en el pavimento de muchas ciudades europeas, especialmente las que sufrieron la persecución nazi.

Fabricados en el taller del escultor Michael Friedichs-Friedlaender, destacan por su brillo sobre el suelo para provocar que el viandante se tropiece con ellos -tropezar en sentido de encuentrárselos-, haciendo honor a su nombre. Recuerdo haberlos visto por primera vez durante mi visita a Praga, lugar de doloroso recuerdo para la comunidad judía, pero cuatro centenares de urbes alemanas también las tienen y además luego se extendió la cosa a otros países europeos.

Todo empezó en 1992, cuando se cumplía medio siglo desde que Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, firmase el Auschwitz-Erlass (Decreto de Auschwitz) que ordenaba la deportación de gitanos y judíos a los campos de exterminio. Aprovechando que en esos momentos había un debate nacional sobre la posibilidad de conceder asilo a los gitanos que huían de la guerra de Yugoslavia, Dremning quiso recordar la efeméride y para ello fabricó una rueda con la que pintó un camino desde el centro urbano de Colonia -donde vivía- hasta la estación ferroviaria. A continuación colocó un stolperstein, el primero, frente al ayuntamiento; en su placa estaban inscritas las líneas iniciales del decreto.

El primer stolperstein, con el texto del Decreto de Auschwitz, colocado ante el Ayuntamiento de Colonia el 16 de diciembre de 1992/Imagen: Willy Horsch en Wikimedia Commons

Se había abierto la puerta, ya que el proyecto se amplió a los judíos y, en general, a todos los que hubieran sido perseguidos por el régimen hitleriano, incluyendo disidentes políticos, discapacitados, objetores de conciencia, testigos de Jehová, homosexuales, soldados Aliados, etc.

De ese modo todos quedaban reunidos bajo el mismo concepto, el cual toma su nombre de una expresión antisemita de la Alemania de los años treinta (la que llevaba a la gente a decir «Deberían enterrar a un judío aquí» cada vez que tropezaban con una piedra), y que evoca asimismo la profanación de los cementerios judíos de entonces, cuyas lápidas se usaron como pavimento para que fueran pisadas.

Es curioso que algunos supervivientes del Holocausto asimilaran eso último al proyecto de Demnig y considerasen que poner placas en la acera tendría el mismo efecto, razón por la que se oponen a su instalación. Eso provocó que el Ayuntamiento de Múnich -entre otros como los de Krefels o Amberes, o el Instituto Polaco de Memoria Nacional- haya rechazado colocar stolpersteine, prefiriendo otro tipo de memoriales (placas en muros, monumentos…). Claro que eso afecta sólo al suelo público y por eso sí los hay en las propiedades privadas.

Todo preparado para la colocación de un stolperstein en Londres/Imagen: Christian michelides en Wikimedia Commons

En dos años Demning consiguió que las aceras de Colonia contaran con doscientos cincuenta stolpersteine y la idea dio el salto a otros sitios, de manera que en 2010 las ciudades y pueblos que tenían instalaciones de ese tipo sumaban casi medio millar; no sólo de Alemania, pues los stolpersteine habían dado el salto internacional a los países invadidos o anexionados durante la Segunda Guerra Mundial: Austria, Países Bajos, Hungría, Italia, Bélgica, República Checa, Ucrania, Noruega, Francia, Grecia… Durante los años siguientes siguieron brotando placas y en 2023 Núremberg recibió la número cien mil, dedicada a un bombero represaliado llamado Johann Wild.

Cada stolperstein se ubica frente a la última vivienda en la que la víctima residía en libertad; si el edificio ya no existe, cosa frecuente a causa de la guerra, se instala en el nuevo inmueble. Lógicamente, es necesario realizar una investigación previa, tarea de la que se encargan los niños de las escuelas y sus maestros, los familiares de las víctimas u organizaciones locales de historia. Para encontrar nombres y direcciones resultan cruciales la base de datos Yad Vashem (el centro oficial de memoria del Holocausto, con sede en Jerusalén) y el Volkszählung (Censo de Minorías alemán) de 1939.

En la placa, que empieza siempre con la expresión Hier wohnte… (‘Aquí vivió…’), se graban la identidad de la víctima con sus fechas y lugares de nacimiento, deportación y muerte. Después, se inserta el stolperstein entre los demás adoquines del suelo para llamar la atención del transeúnte. Todo se hace a mano para evitar que el proceso se industrialice y para contrastar con el exterminio mecánico del Holocausto, algo que provoca que haya que esperar meses, pues sólo hay capacidad para producir unos cuatrocientos cuarenta al mes. A veces también se hacen stolpersteine para los supervivientes, si éstos lo solicitan.

El stolperschwelle de Tesalónica, con inscripción en tres idiomas/Imagen: Christian Micheleides en Wikimedia Commons

Asimismo están los stolperschwellen («umbrales de tropiezo»), que son placas más grandes -un metro de largas por diez centímeros de anchas- dedicadas a comunidades enteras en vez de a individualidades. Como es deducible, los stolperschwellen se colocan en los sitios donde había demasiadas personas para recordar una por una.

Por citar un par de ejemplos, hay uno en la estación de Stralsund, desde donde unos mil doscientos enfermos mentales de Pomerania fueron trasladados a Wielka Piasnica y sometidos a «eutanasia» siguiendo la orden Aktion T4 de 1939, por razones de eugenesia, higiene racial y ahorro económico. Y otro está frente a la casa de Tesalónica (Grecia) en la que Alois Brunner y Adolf Eichmann planearon el exterminio de la población judía local.

¿Cómo se financia todo esto? El dinero procede de diversas fuentes, desde donaciones individuales a fondos comunitarios, pasando por recaudaciones populares y patrocinadores, todo ello derivado del correspondiente aviso previo a la instalación en cada sitio, invitando a todos a participar voluntariamente y colaborar en su colocación y mantenimiento (algo necesario para mantener cierto ritmo). Una fundación sin ánimo de lucro con seis empleados gestiona el proceso. El coste original de un stolperstein era de noventa y cinco euros, precio que se mantuvo hasta 2012, cuando fue inevitable incrementarlo a ciento veinte euros.

Un stolperstein colocado en Madrid/Imagen: Florenciac en Wikimedia Commons

Los únicos países europeos que no tienen stolpersteine son Albania, Bosnia, Bulgaria, Estonia, Islandia, Macedonia, Montenegro y Portugal. No todos, pero la mayoría por ser neutrales durante la Segunda Guerra Mundial o, al menos, no haber sufrido invasión teutona. Algunos como Suiza, Suecia y Reino Unido, que no sufrieron invasión -los británicos incluso siendo beligerantes- sí los han incorporado; en su caso están dedicados a ciudadanos de esas nacionalidades detenidos en otros sitios por ser judíos, contrabandistas de libros y propaganda y otras causas.

España merece una curiosa mención especial porque en torno a siete mil republicanos que tuvieron que partir al exilio al perder la Guerra Civil acabaron detenidos por la Gestapo en Francia y repartidos por diversos campos de concentración, condenados a trabajos forzados. La mitad de ellos fallecieron y como el resto fueron privados de su nacionalidad por el régimen franquista, se quedaron sin patria y sin reconocimiento.

Para compensar ese agujero, Demnig en persona vino en 2015 a colocar stolpersteine en suelo español; la primera fue en Navás (Barcelona), siendo Córdoba la provincia que más tiene. Tres años más tarde, Demnig amplió el abanico de stolpersteine a las víctimas directas del franquismo.


FUENTES:

Silvia Ribelles de la Vega, Luis Montero Álvarez «Sabugo»: en los abismos de la historia. Vida y muerte de un comunista | Aniko Schusterius, 10 fakten über stolpersteine (en Goethe Institut) | Stolpersteine (web oficial) | Wikipedia


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