Quienes pasean por el Quartier de l’Horloge en París se sorprenderán al encontrar, a la altura del número 8 de la calle Bernard de Clairvaux, con una enorme y extraña escultura supendida en la pared de una de las casas. Es el Defensor del Tiempo, un autómata de cuatro metros de altura y aproximadamente una tonelada de peso.

Diseñado por el escultor Jacques Monestier, fue inaugurado por el entonces alcalde Jacques Chirac en octubre de 1979 como parte de los trabajos de transformación de la manzana que se halla al norte del Centro Georges Pompidou. La intención era convertirlo en el reloj público oficial de la capital francesa.

El autómata es una escultura formada por un grupo de figuras alegóricas que representan al tiempo, defendido por un personaje antropomorfo del trío de bestias fantásticas que lo amenazan por tierra (dragón), aire (ave) y mar (crustáceo).

Foto zoetnet en Wikimedia Commons

El defensor se sitúa sobre una roca armado con una espada y un escudo. Y a su izquierda se halla una enorme esfera metálica que hace las veces de reloj propiamente dicho.

A cada una le tocaba atacar al azar entre las 9 y las 22 horas, y los tres animales atacaban juntos tres veces al día, a las 12, 18 y 22 horas. La lucha era anunciada con tres campanadas, y mientras ésta se desarrollaba se podía escuchar el rugido de las olas, el crujido de la tierra o el silbido del viento, dependiendo del animal que atacase.

Para no molestar el sueño de los vecinos el reloj solo funcionaba durante el día. En origen estaba controlado por una placa electrónica de cuarzo con seis temporizadores, y los sonidos procedían de cinco cintas magnéticas, que en 1995 se sustituyeron por un reproductor de discos compactos.

Lamentablemente desde 2003 ya no funciona, en parte por falta de fondos para su mantenimiento, pero quizá también debido a las quejas de los vecinos, que se veían sobresaltados por el crepitar de la batalla varias veces al día.

En enero de 2014 una asociación cultural parisina comenzó a recaudar donaciones para volver a ponerlo en marcha, aunque parece que no tuvo mucho éxito. Así que el Defensor sigue ahí, olvidado e inmóvil, esperando que el tiempo vuelva a ponerse en marcha algún día.


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