La isla de Elba


La gente suele armarse un pequeño lío con el exilio de Napoleón. Casi todos saben que fue derrotado y recluído en una isla pero la mayoría ignora que eso ocurrió dos veces: en abril de 1814 y en julio del año siguiente. La segunda fue la definitiva, en Santa Elena, un pedazo de tierra agreste y desolado perdido en medio del Atlántico sur. La primera, en cambio, había sido en Elba, un sitio mucho más apacible en el Mediterráneo, donde al Emperador se le permitió tener su propio principado; apenas aguantó once meses y escapó a Francia para retomar el poder, pero ésa es otra historia.

Elba está situada al oeste de Italia, país al que pertenece. Es una islita de origen volcánico y sólo 225 kilómetros cuadrados (a pesar de lo cual es la tercera más grande de Italia) que forma parte del archipiélago Toscano, protegido como reserva natural. Rodeada de arrecifes que afloran sobre la superficie azul del mar Tirreno y atraen a numerosos aficionados al submarinismo, su superficie es bastante agreste para su tamaño, contando incluso con un monte que supera el millar de metros de altitud.

Lo mejor, como suele pasar, es la leyenda sobre su formación. Elba habría nacido de una de las perlas de la corona de Venus Tirrénica, rota al salir de entre las olas. Las otras perlas originaron el resto de islas del archipiélago, que son Giglio, Capraia, Giannutri, Gorgona, Montecristo y Pianosa. La tradición también sitúa a Elba como una de las escalas que hicieron los Argonautas: ya saben, los héroes reunidos por Jasón para ir en busca del Vellocino de Oro y poder así reclamar el trono de Iolcos a su taimado tío, el rey Pelías.

El caso es que por allí pasaron las civilizaciones mediterráneas más importantes, empezando por los griegos, siguiendo por los etruscos y cartagineses, y terminando con los romanos. En el Quattrocento formó parte del Principado de Piombino y luego la ocuparon los españoles hasta el siglo XVIII, que la equiparon con el puerto Longón.

Ya en el XIX, la expansión del imperio napoleónico fagocitó Elba, de ahí que fuera elegida para el mencionado destierro de Bonaparte. En aquel año escaso en que gobernó sobre ella, construyó las villas de Mulini y San Martino, esta última reconvertida actualmente en museo. También se fomentó el cultivo de la vid para hacer vino, que aún sigue siendo una importante industria local. Con la unificación italiana pasó a manos de ese país y durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes la convirtieron en una base militar, lo que hizo que la isla fuerra arrasada por los bombardeos.

Hoy en día, buena parte de sus aproximadamente 30.000 habitantes vive sobre todo del turismo, pues hay una amplia oferta de actividades y deportes al aire libre (senderismo, submarinismo, ciclismo), un teleférico y alguna que otra playa interesante (Cavoli, Badiola o Topinetti, por ejemplo) en la costa oeste, así como patrimonio monumental (ruinas romanas, castillos, ermitas…).

Los visitantes pueden elegir entre dos vías para llegar: un aeropuerto en Marina di Campo o un ferry que sale de Piombino y arriba a tres ciudades, Portoferrato, Rio Marina o Porto Azzurro.

Foto: Mjobling en Wikimedia