Christiania, una isla en la UE

Christiania, una isla en la Unión Europea

Christiania suena a nombre de alguno de esos reinos cristianos míticos, perdidos en tierras exóticas, que tanto abundaban en las leyendas medievales. Sin embargo se trata de algo radicalmente opuesto: ni está en mundos lejanos ni es tan antigua. Se halla en Dinamarca y nació en 1971.

Hace cuarenta años un grupo de okupas y artistas aprovechó unas viejas instalaciones militares a las afueras de Copenhague para establecer una comuna a la que declararon zona franca, al margen de la ley danesa, y bautizaron como Christiania porque el barrio donde se ubicaba se llamaba Christianshaven. Hoy en día es un enclave de 84 hectáreas y 900 habitantes, ya de tercera generación, cuyo acceso está indicado por un letrero que dice «Está usted saliendo de la Unión Europea». Y es que en la que probablemente sea la comuna más grande y duradera de la historia tienen su propia bandera (tres círculos amarillos cobre fondo rojo) y una moneda exclusiva.

Artistas, okupas, hippies, anarquistas, feministas… Todos los grupos que en los años setenta daban la espalda a la sociedad tal como estaba formada hasta entonces, eligieron asentarse en aquella nueva y utópica villa donde había libertad para casi todo, se carecía de propiedad privada y no se obedecía la legislación del resto del país. No había coches, abundaban las melenas, se vendían alimentos macrobióticos, se traía bisutería del Tercer mundo y, sobre todo, olía a hachís por todas partes.

De hecho, junto con los coloridos grafittis que decoran casi todos los muros, ésa era una de las señas de identidad de Christiania: el consumo generalizado de hierba sin miedo a acabar en un calabozo, hasta el punto de que en Pusher Street, la avenida principal, se puso un mercado de drogas. Algo que parecía condenar al lugar a medio plazo, no sólo por la intervención de las autoridades sino por la previsible llegada de los representantes del lado oscuro de la sociedad, que terminarían arruinando el proyecto.

Pero no fue así. A pesar de las dificultades de luchar contra la autoridad, que reclamaba cuestiones relacionadas con la propiedad del terrno y la fiscalidad, finalmente Christiania fue considerada un «experimento social» oficialmente y dejada en paz gracias a un acuerdo: en 2012 se vendieron las tierras a los residentes a un precio muy por debajo del mercado y con préstamos garantizados; como no creían en la propiedad privada pero deseaban llegar a un acuerdo que les otorgrara tranquilidad, los habitantes crearon una fundación que se encargó de gestionarlo en nombre del colectivo.

Así que cuatro décadas después, y a pesar de las críticas de algunos irreductibles que creen que todo se ha vendido al sistema porque ahora tienen casas y pensiones, Christiania sigue existiendo y mejor que nunca. Se han restaurado edificios, instalado viviendas, adecentado calles y abierto cafeterías, además de contar ya con otros equipamientos como galerías de arte,una biblioteca, un museo, una sala de conciertos, un centro de reciclaje, un parque con pista de skateboard e incluso un estudio de grabación (dentro de un contenedor).

Casi un millón de personas la visita cada año, convirtiéndola en el segundo destino turístico más popular de Copenhague. Hasta van excursiones escolares; y eso que Pusher Street está jalonada por decenas de tiendas 24 horas que dispensan diferentes marcas de hachís.

Porque la droga blanda siendo una de las enseñas del lugar aún cuando el cannabis es ilegal en Dinamarca, después de que el Ministerio de Justicia tumbara la iniciativa municipal de legalizarla. Pero es que, según la policía, el volumen de negocio ronda los 150 millones de euros anuales y los vendedores ya no son inofensivos hippies sino otros grupos menos recomendables que han roto el buen rollo. Otro reto para que aquello no se convierta en el paraíso perdido.

Vía: Vanity Fair

Foto: christiania.org