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La Puerta de Brandemburgo, el icono de los espías


La mayoría lo ven hoy como un simple monumento turístico pero a mí la silueta inconfundible de la Puerta de Brandemburgo siempre me trae imágenes de la Guerra Fría, de frontera entre la Alemania del Este y la del Oeste, de punto de cita entre ambos bandos para intercambiar espías. Y si es de noche, con niebla y el suelo mojado, mejor que mejor. En blanco y negro, por supuesto.

El caso es que la Brandenburger Tor, como se llama en alemán, era uno de las 18 accesos a la ciudad de Berlín. Y al igual que pasó en Madrid con Carlos III y la Puerta de Alcalá, fue un rey, en este caso Federico Guillermo de Prusia, quien la mandó erigir para engrandecer la entrada. Se la encargó al arquitecto Carl Gotthard Langhans, quien la diseñó siguiendo el modelo de los Propileos de la Acrópolis ateniense. Al fin y al cabo, en aquel año 1788 empezaba a ponerse de moda el neoclásico como estilo artístico.

Construida en arenisca, mide 26 metros de alto, 65,5 de ancho y 11 de largo, presentando 5 arcos -de los que el central es más ancho, originalmente reservado a la Familia Real y grandes personalidades- sostenidos por columnas dóricas que soportan un cuerpo adintelado con relieves., triglifos y metopas. Encima se colocó la Cuádriga, una escultura de cobre de 5 metros de altura que representa a la diosa Victoria sobre un carro y que fue realizada por el artista Johann Gottfried Schadow.

Foto: Stephan Czuratis en Wikimedia

La Puerta de Brandemburgo ya no es tal, claro; el crecimiento urbano la ha dejado en pleno centro, en la Pariser Platz (Plaza de París), al final de la avenida Unter den Linden. Lo que muchos no saben es que no siempre estuvo decorada por la Victoria porque, tras aplastar a los prusianos en la batalla de Jena, Napoleón mandó desmontarla y trasladarla a Francia. Cuando cayó el Emperador en 1814 retornó a Berlín y se le añadieron el águila y la cruz de hierro que hoy enarbola la figura.

Los nazis no desaprovecharon la ocasión de desfilar bajo sus arcos al ascender Hitler al poder, aunque habitualmente hicieron sus demostraciones de masas en otros sitios más amplios. Pero el monumento terminó medio derruido tras la Segunda Guerra Mundial y tuvo que ser reconstruido en una de las pocas cosas en que colaborarían las dos Alemanias, aunque de ahí surgieron las leyendas urbanas sobre la colocación de la Cuádriga: como sólo quedó la cabeza de un caballo (hoy exhibida en el Berliner Märkischen Museum), la RDA decidió hacer una copia de la que se decía que le habian quitado los símbolos militaristas prusianos (lo cual era verdad) y que la habían puesto mirando hacia el Este (lo cual es falso).

Era el año 1957; cuatro más tarde se levantó el Muro y la Puerta quedó constituida como frontera. Después, al caer el Muro, se restauró y protagonizó al grandioso aniversario de la reunificación como centro de la fiesta. En 2002 se cerró al tráfico para realzar su carácter simbólico y evitar deterioros por la contaminación. Hoy vuelve a ser el icono más reconocible de la capital.

Pero sin espías.