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El Caribe también habla holandés


Aunque el Caribe tiene un indudable sabor hispano, hay algunas motas esporádicas de raíz diferente. Algunas anglosajonas, como Jamaica y Belice; otras francesas, caso de Haití o la parte norte de Saint Martin. Pero probablemente las más singulares sean las de pasado holandés, que antaño formaban el archipiélago de las Antillas Holandesas pero que desde 2010 se fueron independizando. Aún así, continúan formando parte del Reino de los Países Bajos y sus ciudadanos tienen los mismos derechos que los de la Unión Europea.

Desde el punto de vista turístico, las más atractivas son dos que tienen nombre de discoteca y licor, Aruba y Curazao respectivamente; la tercera en discordia es Bonaire (aunque hay otras dos, Saba y St. Eustatius, son mucho más pequeñas), de ahí que, atendiendo a las iniciales de los nombres, a este trío se le conozca como ABC. Cada una aporta algo a una hipotética estancia, desde las magníficas playas paradisíacas de la primera a la ciudad de arquitectura colonial de la segunda, pasando por los fondos submarinos de la tercera.

Y la gran baza de conjunto es el estar muy cerca unas de otras y todas frente a la costa venezolana, lejos por tanto de la zona de huracanes caribeña. Otro punto de interés es el hecho de que, pese a que todo los días fondean cruceros, no están tan explotadas turísticamente como otras islas o países del entorno, ya que parte de su economía queda cubierta con las refinerías de petróleo que Shell mantiene en el archipiélago.

Una visita a esa parte del Caribe podría incluir un circuito por cada isla, aunque en realidad lo que hay en una lo hay en las demás sólo que potenciado. Quizá la excepción sea Willemstad, la capital de Curazao, la única ciudad propiamente dicha y con la particularidad de que asemeja una versión policromática de Amsterdam, con típicas casas imitando a las de los canales. También hay que destacar los ochenta centros de submarinismo que se pueden encontrar en Bonaire, rincón que parece diseñado para los deportes.

Hay más cosas, claro: el Parque Nacional de Arikok, en Aruba, con formaciones rocosas de origen volcánico; o el de Shete Boka, en Curazao, donde el mar se interna en tierra a través de grutas; o la Cueva Hato, en esa misma isla, donde hay una curiosa estalagmita con la forma de la Virgen. También en Curazao está uno de los mejores acuarios marinos del Caribe.

Capítulo final para la gastronomía. Como en toda Centroamérica, es fácil encontrar platos a base de pollo, a menudo acompañado de queso. Pero claro, con la presencia tan importante del mar habría que hacer un hueco para los pescados y los mariscos que se pueden degustar no sólo en la costa sino en el interior, en los landhuizen, antiguas mansiones de plantaciones reconvertidas en hoteles y restaurantes.

Foto: Roger Wollstadt en Flickr