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Tempest, primeras impresiones


Ayer se puso a la venta Tempest, el último álbum de Dylan que ya habíamos podido escuchar en streaming desde la semana pasada. Pero he querido esperar a una escucha más reposada y tranquila para hacer una primera valoración de impresiones. En todos los medios se considera a Tempest un buen disco, un álbum correcto, con algún que otro destello de genialidad, como por ejemplo Pay In Blood, mi tema favorito (aunque eso puede cambiar con el tiempo…).

También se comenta mucho que Dylan haya querido hacer un disco religioso, y que en vez de eso le haya salido un álbum oscuro lleno de murder-ballads y donde, creo que por primera vez en su carrera, la música no tiene tanta importancia como la voz y las letras. Eso a pesar de que escuchar a Dylan hoy en día es una labor difícil, casi tanto como lo es escuchar a Tom Waits. Pero volviendo al tema religioso, vayan ustedes a saber lo que Dylan considera hoy que lo sea. Es posible que para él sea un álbum religioso y que no lleguemos a captar el mensaje. De igual modo que el desconcierto reina en sus últimos conciertos, donde incluso baila. Nico Franks lo expresa muy bien: ‘o es feliz o ha perdido el juicio’.

Pero volviendo a la música, como decía me parece un buen disco si lo comparamos con los últimos años. Se nota la autoproducción en la práctica uniformidad de los temas en cuanto a ritmo, con excepción de Duquesne Whistle y quizá Tempest. Esta última, la que cuenta la historia del Titanic desde el particular imaginario dylaniano, se alarga demasiado para mi gusto (no es un Sad-Eye Lady of the Lowlands) y termina perdiéndose como un fade-out lejano, haciéndonos desear que termine de una vez.

Una de las cosas que me llaman la atencion es el empeño de Dylan en convertirse en un clásico, como si nada hubiera ocurrido en la historia de la música desde hace cincuenta años, puenteando incluso su propia herencia musical. Esto viene siendo así ya desde hace una década, concretamente desde Oh Mercy, su último álbum moderno.

No obstante, con todo, Tempest es una muestra de que Dylan sigue siendo Dylan, imprevisible y críptico, como siempre nos ha gustado, y de que lo seguirá siendo hasta que las fuerzas le abandonen. Por eso y por todo lo que nos ha dado debemos estar agradecidos.

En cuanto al artwork, que decir. Dylan nunca se ha caracterizado por hacer maravillas en ese sentido, pero ya la portada de Tempest es ciertamente mala, por no decir otra cosa. Y el interior del libreto, escueto y poco generoso, a no ser que te compres la versión deluxe. Un signo más de que la música digital está acabando con el soporte físico.