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El Monte Testaccio de Roma, creado por la acumulación de ánforas durante tres siglos


A las 7 colinas de Roma se podría añadir una octava muy peculiar. El Monte Testaccio es un pequeño cerro situado en el barrio homónimo de la capital italiana, cerca de la Pirámide de Cayo Cestio, a los pies de otro monte más famoso, el Aventino. Es fácil pasar al lado sin percatarse.

Feo, cubierto de vegetación y con un entorno poco turístico, este promontorio es, sin embargo, una de las fuentes de documentación más importantes para los arqueólogos que estudian las relaciones comerciales de la Antigua Roma, dado que se trata de un monte artificial creado por acumulación de restos de ánforas.

Foto Tyler Bell en Flickr

Se necesitan muchas ánforas, pensará cualquiera, para formar una elevación de 22.000 metros cuadrados, 50 de altura y 1.490 de perímetro (aunque hoy hay que rebajarle un poco esas medidas). Pues sí. Se calcula que allí hay restos de 26 millones de aquellos recipientes, que llegaban al puerto de Puteoli (Puzzoli) y otros posteriores llenos de aceite de regiones como la Tripolitania (Libia), la Galia (Francia) y, sobre todo, la Bética (Sur de España).

Al parecer no compensaba limpiar y devolver las ánforas, por lo que una vez vaciadas de su precioso contenido se enviaban al Aventino, se rompían en pedazos y se colocaban en el montículo. Y digo colocar en vez de tirar porque el sitio contaba con una estructura interior de plataformas y muros de contención; no era un simple vertedero. Después se echaba cal por encima para eliminar el olor. Así durante tres siglos (del I al III d.C).

Foto Dominio público en Wikimedia Commons

Lo bueno es que durante la fabricación de las ánforas, antes de meterse en el horno, se les hacían unas inscripciones: el sello del propietario, la numeración y la fecha. Una vez cocidas se añadía con pintura el nombre del comerciante y el peso. Unos datos valiosísimos para la Arqueología, de ahí que se esté excavando poco a poco el lugar.