Si combinásemos el planteamiento de las películas Match point y Destino final el resultado muy bien podría llamarse Yuri Yudin. Es el nombre de un joven soviético al que, paradójicamente, una serie de achaques de salud salvaron la vida en 1959, al verse obligado a abandonar una expedición que iba a costarle la vida al resto de sus componentes. Aquellos compañeros fallecieron en circunstancias tan dramáticas y extrañas que durante mucho tiempo circularon montones de hipótesis sobre lo que pasó, algunas bastante disparatadas. Es lo que se conoció como el Incidente del Paso Diátlov y su resolución se debió, en buena medida, a otra película: Frozen.

Yuri Yudin, que viviría hasta 2013, tenía entonces veintiún años y era estudiante de ingeniería en la Universidad Técnica Estatal de los Urales, que está situada en la ciudad de Ekaterimburgo (la capital del óblast de Sverdlobsk, en el centro-oeste de la actual Rusia, por entonces Unión Soviética) y es un importante centro industrial, de ahí la ubicación de esa institución educativa. El 23 de enero de 1959 se reunió con otros compañeros, ocho chicos y dos chicas, todos estudiantes o graduados de diversas ramas de ingeniería (al igual que le pasó a Yuri, había un undécimo joven, Nikolái Popov, que finalmente también se quedó fuera) para un emocionante proyecto.

Consistía en realizar una travesía de esquí por los montes Urales, entre la zona septentrional del óblast y la República Socialista Soviética de Komi, siguiendo el curso superior del río Lozva. ¿El objetivo? Alcanzar Gorá Otorten, una montaña situada a una decena de kilómetros de donde terminaron perdiendo la vida. Se trataba de una ruta catalogada con el grado III, el máximo nivel de dificultad técnica (por encima de trescientos kilómetros de recorrido) y a su término todos los integrantes de aquella aventura recibirían la cualificación acreditativa de dicho nivel, siendo poseedores hasta entonces del grado II.

Ubicación del Paso de Diátlov en la montaña Otorten (actual Rusia)/Imagen: Google Maps

El plan había sido diseñado por Igor Diátlov, un estudiante de ingeniería de telecomunicaciones de veintitrés años (que, a la postre dio nombre al lugar del suceso), con motivo del XXI Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética que se iba a celebrar en Moscú entre el 27 de enero y el 5 de febrero de 1959. Este evento ha pasado a la historia por su carácter extaordinario, debido a que se convocó para que Krushev pudiera afianzarse en el poder tras el intento de desalojarle que llevó a cabo dos años antes el Grupo Antipartido, que formaron Molotov, Malenkov y Kaganóvich intentando frenar el proceso de desestalinización.

Los documentos encontrados en el lugar del siniestro indican que, en efecto, ése fue el contexto. Además Igor Diátlov contó con el apoyo de la sección local del Komsomol (la Unión Comunista Leninista de la Juventud de la Unión, es decir, la organización juvenil del PCUS), siendo autorizado el itinerario por el Comité de Cultura Física y Deportes de la ciudad de Sverdlovsk (hoy Ekaterimburgo). Esta institución entregó a Diátlov -que era el jefe de la expedición- el libro de ruta el mismo día en que el grupo se puso en marcha, el reseñado 23 de enero.

Los diez aventureros, aparte del líder y del citado Yuri Yudin, eran Aleksandr Kolevátov, Rustem Slobodín, Yuri Krivoníschenko, Yuri Doroshenko, Nikolái Thibeaux-Brignolles, Liudmila Dubínina y Zinaída Kolmogórov, todos con edades comprendidas entre veintiún y veinticuatro años excepto el último en incorporarse, que lo hizo a última hora procedente de otro proyecto parecido, la Expedición Solgrin: Semión Zolotaryov, guía e instructor de montaña, estudiante de Ingeniería Militar y veterano de la Segunda Guerra Mundial, que era el mayor con treinta y ocho años. Todos estaban considerados expertos montañeros y esquiadores.

Fotografías de las nueve víctimas en su tumba común del cementerio de Ekaterimburgo/Imagen: Dmitri Nikishin en Wikimedia Commons

El grupo se trasladó en tren hasta Ívdel, desde donde viajaron en camión a Visa (o Vizhái), que era la última localidad habitada y base habitual de partida para alpinistas (de hecho, el pueblo había nacido a partir de unas cabañas construidas por varios de ellos), donde compraron provisiones. Y así, el 27 de enero comenzaron su travesía hacia el monte Otorten. Apenas había transcurrido una jornada cuando surgió el primer obstáculo: una lumbalgia -resultante de una lesión de espalda previa-, combinada con reumatismo, empezó a provocar fuertes dolores en las articulaciones a Yuri Yudin, impidiéndole caminar. Más tarde se descubrió que padecía también una cardiopatía congénita.

Yuri no pudo continuar y regresó a Visa dejando atrás a sus nueve compañeros; ni él ni nadie volvería a verlos con vida, por lo que la imaginable frustración que debió sentir no fue nada comparada con el hecho de que aquella inesperada jugada del destino no iba a ser tan amarga como pensaba en el momento. Todo lo que ocurrió a continuación se basa únicamente en los documentos escritos y gráficos rescatados posteriormente, que revelaron que, de momento, el viaje siguió sin problemas y, de hecho, en las fotos todos aparecen sonrientes.

De acuerdo con los diarios, el grupo llegó a una zona montañosa el 31 de enero. En un valle boscoso dejaron víveres y equipo para el viaje de vuelta, prevista por el mismo camino, y el 1 de febrero emprendieron la marcha para atravesar las montañas y pernoctar al otro lado. Sin embargo, las malas condiciones meteorológicas devinieron en un temporal de nieve que les impidió la visibilidad y, desorientados, se desviaron varios grados hacia el oeste ascendiendo por la ladera del Jólat Siájl, una elevación de no mucha altitud (1.096 metros), pero cuyo nombre en mansi (lengua ugrofinesa de los antaño conocidos como vogulos, una etnia urálica indígena) significa Montaña de los Muertos.

Localización del Jólat Siájl en el extremo septentrional del óblast de Sverdlovsk/Imagen: Nzeemin en Wikimedia Commons

Esa denominación resultaría siniestramente profética, puesto que según la leyenda mansi se debió a que nueve cazadores de esa etnia se perdieron allí durante una tormenta y fueron encontrados sin vida unos días más tarde. El caso es que los expedicionarios, imposibilitados para moverse a ciegas, decidieron acampar en ese mismo sitio; Yuri manifestaría después su extrañeza por el hecho de que no descendieran un poco para ponerse al abrigo de los árboles, especulando que quizá querían ahorrarse el esfuerzo de volver a subir al día siguiente. Al final no harían ni lo uno ni lo otro porque fueron su últimas horas vivos.

Pasaron un par de semanas. Nadie se había preocupado por ellos debido a que en las instrucciones dejadas por Diátlov figuraba el enviar un telegrama a su club deportivo cuando regresaran a Visa, siendo la fecha prevista el 12 de febrero. Cuando ésta se cumplió, Yuri les concedió el margen de retraso previsible por el mal tiempo que se iban a encontrar en pleno invierno. Pero cuando siguieron pasando los días y llegó el 20 sin noticias los familiares exigieron a las autoridades hacer algo, organizándose una expedición de rescate compuesta por alumnos y profesores universitarios voluntarios.

Sin embargo, tras una búsqueda de tres días no dieron con ellos y entonces se sumaron la Militsiya (policía) y el ejército, con aviones y helicópteros. Por fin, el 16 de febrero se descubrieron los restos del campamento en el Jólat Siajl, en un estado raro y desconcertante. El primero en llegar, un estudiante llamado Mijaíl Sharavin, declaró que «la tienda estaba medio derribada y cubierta de nieve. Se hallaba vacía y todas las pertenencias y calzado del grupo habían quedado atrás». La tela de la tienda había sido rasgada desde dentro con varios cortes y un rastro de nueve conjuntos de huellas, unas de pies con calcetines, otros calzadas con una sola bota y algunas descalzas, descendía hacia el bosque.

Localización de las víctimas halladas en el entorno del bosque (el pino y el barranco)/Imagen: Merikanto en Wikimedia Commons

Siguiendo ese rastro, aunque a partir de quinientos metros se difuminaba por la nieve, los rescatadores llegaron al pie de un gran pino siberiano, donde vieron restos de una hoguera y dos cadáveres. Se trataba de Yuri Krivoníschenko y Yuri Doroshenko, que estaban descalzos y vestidos únicamente con ropa interior. Las abrasiones que mostraban sus brazos y las ramas rotas del árbol con sangre llevaron a deducir que habían intentado trepar por él, quizá para escapar de algo, quizá para otear. Era el inicio de otros funestos hallazgos, pues a a distancias de 300, 480 y 630 metros del pino aparecieron los cuerpos de Ígor Diátlov, Zinaída Kolmogórova y Rustem Slobodin.

Según las fotos de la autopsia, el primero yacía de espaldas con los brazos sobre el pecho (luego corrió el rumor no confirmado de que agarraba una rama de abedul, como si quisiera defenderse). Zinaída, que tenía heridas en cara y manos, estaba de lado, medio congelada. Y a Slobodin lo encontraron boca abajo, con lesiones en el rostro y una brecha en la frente. Los tres estaban descalzos, aunque más vestidos que los otros, y la muerte parecía haberles sobrevenido cuando regresaban a la tienda. Pero todavía faltaban cuatro expedicionarios ¿Qué había sido de ellos?

Fue necesario un par meses más de rastreo, hasta el 4 de mayo, para encontrar a dos. Aunque resultaron estar a menos de un centenar de metros del pino, se hallaban enterrados bajo cuatro metros de nieve; en el arroyo de un barranco y cerca de un refugio que habían improvisado. Lyudmila Dubínina apareció de rodillas, con el pecho apoyado sobre una roca, sin ojos ni lengua ni parte de los labios; Semión Zolotariov, también con las cuencas oculares vacías; a continuación se encontró a Aleksandr Kolevátor y Nikolái Thibeaux-Brignolle, abrazados. Todos llevaban más ropa que los anteriores, algunos incluso calzados, al habérsela quitado a los muertos para abrigarse.

Reconstrucción del incidente con la localización de los muertos y sus movimientos/Imagen: Merikanto en Wikimedia Commons

Las autopsias de los cinco primeros cadáveres concluyeron muerte por hipotermia, descartando que sus abrasiones fueran importantes. Pero los análisis de los cuatro siguientes cambiaron el panorama y sembraron la incertidumbre; sus politraumatismos eran comparables a los de un accidente automovilístico grave y por tanto mortales, aunque sin heridas externas: traumatismos craneales graves, rotura de costillas… Según dijeron sus familiares, además presentaban un enigmático tono marrón en la piel que algunos relacionaron con un detalle insólito: se registraron trazas de radiactividad en la ropa de una víctima.

La pérdida de órganos y tejidos blandos se consideraron ocurridos post mortem y se atribuyeron a animales, habida cuenta que la cabeza de Lyudmila, principal afectada, estaba semisumergida en el agua. Yuri Yudin dejó una emotiva frase para la posteridad, «Si yo tuviera la oportunidad de hacerle a Dios una sola pregunta sería, ¿Qué pasó realmente con mis amigos esa noche?», y, por supuesto, se abrió una investigación para intentar aclarar los hechos. En primer lugar se interrogó a los mansi, suponiendo que quizá habían asesinado al grupo por alguna razón; la ausencia de más huellas en el escenario que las de los fallecidos descartó esa posibilidad.

Siguiendo la hipótesis de un crimen, fueron sucediéndose otros candidatos a la autoría, a cada cual más imaginativo y descabellado: presos evadidos de un gulag, una operación secreta de la KGB para liquidar a unos estudiantes que en realidad serían espías, la explosión de algún misil u otro arma en pruebas por la zona (en concreto, minas lanzadas con paracaídas)… Otra dramática posibilidad apuntada fue la de una violenta discusión por celos románticos entre algunos de los expedicionarios, acaso agravada por el consumo de setas alucinógenas o alcohol, lo que explicaría la desnudez.

Portada original de la causa penal abierta por el Incidente del Paso de Diátlov/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las hipótesis más locas proponían el ataque de una versión siberiana del yeti, un fallido experimento de teletransporte o una intervención extraterrestre, esto último basándose en el avistamiento aquellos días de una serie de esferas anaranjadas en la región. Otras ideas eran más científicas, desde una tormenta eléctrica a una fluctuación gravitacional súbita, pasando por una calle de vórtices de Von Karman (generadores de un infrasonido que desataría el pánico) o la simple intoxicación a causa del humo del hornillo, que habría obligado a salir precipitadamente de la tienda.

Todos estos intentos de explicación resultaban insuficientes y los que no fallaban en una cosa lo hacían en otra. Las armas radiactivas no hubieran afectado sólo a uno, la discusión interna quedaba en evidencia al no constar relaciones sentimentales entre ellos y no haberse encontrado restos de drogas o alcohol (por no hablar de la fuerza que hubiera sido necesaria para provocar aquellos traumatismos), etc. La clave parecía estar más bien en las terribles condiciones meteorológicas -llegaron a registrarse hasta 30º bajo cero- y el terreno irregular. No obstante, ante la ausencia de una teoría definitiva, la investigación quedó cerrada ese mismo año.

Toda la documentación del caso se remitió a un archivo secreto, siguiendo la costumbre secretista soviética, hasta que el paso del tiempo y la caída del comunismo propiciaron un panorama distinto y nuevo. Lev Nikitich Ivanov, oficial de policía encargado del caso en la época, escribió en 1990 que no tenían ni idea de qué podía haber pasado y encima recibieron órdenes superiores de no divulgar el asunto de las esferas volantes. En el 2000, una televisión regional estrenó un documental que dio origen a un libro que compilaba todos los datos y testimonios del caso; pese a estar a medio camino entre el reportaje y la ficción, constituyó una fuente importante para todos los trabajos posteriores.

La última fotografía realizada por el equipo, rescatada más tarde, muestra a los expedicionarios al atardecer, cortando la pendiente de nieve para instalar la tienda de campaña/Imagen: The Dyatlov Memorial Foundation

La desclasificación de los archivos también ayudó. Los diarios del grupo de expedicionarios pasaron a ser públicos en 2009, reabriendo el interés por el misterioso caso. Entre 2015 y 2019 el Comité de Investigación de la Federación de Rusia decidió revisar las pruebas a petición de las familias, identificando una serie de factores objetivos que se juntaron aquella fatídica noche del 1 de febrero y no se conocían en 1959 porque los equipos rescatadores operaron con buen tiempo: tormenta de nieve, vientos de 20 a 30 metros por segundo (equiparables a un huracán) y temperaturas de -30º.

Con todo ello, establecieron una secuencia de los hechos en la que el grupo acampó en una ladera sin barreras naturales (árboles). Al excavar la nieve en la pendiente, debilitaron la base tope de nieve acumulada, provocando que poco después empezara a deslizarse lentamente hacia abajo, hacia la tienda, llevándosela por delante. Los ocupantes se despertaron y, al no poder salir por la puerta, que estaba tapada por el blanco manto, rasgaron la tela para salir fuera y correr hacia el bosque, buscando el amparo de los árboles, sin preocuparse de vestirse antes.

En medio de la oscuridad, los que llevaban menos ropa se las arreglaron para encender una fogata que no bastó para impedir su muerte por hipotermia. Otros tres decidieron volver a la tienda (la luz de una linterna que quedó prendida les indicaba su posición en la oscuridad), seguramente en busca de prendas de abrigo o sacos de dormir, pero lo que llevaban puesto resultó insufiente contra el frío y perecieron braceando entre los metros de nieve acumulada, exhaustos. Los cuatro restantes hubieran podido sobrevivir dentro del bosque al estar mejor abrigados; sin embargo, tuvieron mala suerte y cayeron por una hendidura oculta bajo la nieve, estrellándose contra el fondo del barranco.

Cómo se genera el viento catabático en la Antártida/Imagen: Hannes Grobe en Wikimedia Commons

En el año 2021, un equipo de ingenieros y físicos dirigido por los suizos Alexander Puzrin y Johan Gaume publicó en Communications Earth & Environment un modelo de simulación por ordenador en el que demostraban la teoría de una pequeña avalancha de placa (o avalancha de losa, en la que la nieve se desprende en forma de bloque) con efecto retardado; antes se había descartado por la escasa pendiente del sitio, pero resultó que dicha escasez era sólo aparente, debida al manto blanco que la cubría, habiendo debajo un desnivel de 30º (el mínimo necesario para los aludes) y, lo que es peor, con una capa interna de nieve sin cuajar, muy rebaladiza.

Por otra parte, el diario de Diátlov dice que había un viento muy fuerte. Los expertos creen que se trataba del llamado viento catabático, gélido, habitual en los polos, cuya característica es que parte de una cota elevada para descender arrasando el terreno debido al enfriamiento del suelo por la emisión de radiación infrarroja y la falta de luz solar (suele darse en horario nocturno). Dado que la noche del 1 de febrero no nevó, ese viento habría sido el responsable de empujar la nieve hacia abajo, sepultando la tienda, como pasaría en 1978 con otra expedición en la montaña sueca de Anaris.

La tienda quedó bajo metro y medio de nieve, lo que no puede interpretarse sino como una pésima suerte porque se calcula que el frente de la avalancha no debía de extenderse más de cuatro metros; poco para poder apreciar sus restos a simple vista, de ahí que en 1959 no se detectase ningún signo de ello y las dudas que ha habido hasta hace poco hacia esa hipótesis. Pero es que desde ese año se ha avanzado mucho en simulaciones digitales y en este caso concreto intervino algo muy curioso: la película Frozen.

Esquema del incidente con la acción de la avalancha de placa y el viento catabático/Imagen: Johan Gaume y Alexander M. Puzrin en Mechanisms of slab avalanche release and impact in the Dyatlov Pass incident in 1959

Johan Gaume, a la sazón director del SLAB (Laboratorio de Simulación de Nieve y Avalanchas) había visto el fim de Disney, quedando impresionado con lo bien que se recreaban los aludes de nieve. Por tanto, contactó con los encargados de la animación y gracias a sus indicaciones pudo reproducir en su modelo el comportamiento exacto de la nieve en una avalancha de placa y su efecto al chocar contra el cuerpo humano, combinándolo con los resultados de unos experimentos sobre lo mismo en accidentes automovilísticos realizados por General Motors en los años setenta.

La conclusión fue que el fuerte viento catabático desatado horas después de la tormenta y el corte vertical hecho en la nieve para acampar provocaron una pequeña avalancha de placa que se encontró con la tienda en su deslizamiento, como un tren que se topa con un coche en la via férrea. Y como tal, también pudo causar las lesiones que presentaban los nueve expedicionarios, al empujarlos violentamente contra los esquíes sobre los que dormían y que hicieron un efecto de yunque. De hecho, pese a que se desconocía el dato, resulta que en esa zona se han registrado recientemente varios aludes de ese tipo.

Una serie de factores circunstanciales colaboraron en enrevesar el caso, como la detección de radiactividad (atribuida al torio de las linternas), la escasez de ropa (en parte por las prisas y en parte, quizá, por el fenómeno conocido como desnudo paradójico, en el que la hipotermia induce a un sesgo cognitivo que altera la percepción de la temperatura, generando una sensación de mucho calor), las mutilaciones externas (a buen seguro, obra de fauna carroñera), el proverbial secretismo de las autoridades de entonces, etc.

Una placa conmemorativa señala el lugar del suceso | foto irinabal18 en depositphotos.com

La gran paradoja de todo está en que los miembros del grupo hicieron lo correcto. Su experiencia y titulación les hizo reaccionar adecuadamente, siguiendo el protocolo previsto para una avalancha normal: salir de la tienda rápidamente, refugiarse entre árboles que frenasen el alud, tratar de vivaquear… Lamentablemente, era una avalancha pequeña en la que todo aquello no hacía falta; si se hubieran quedado junto a la tienda posiblemente hubieran sobrevivido. Pero el destino dijo no y sólo eximió a Yuri Yudin.


Fuentes

Johan Gaume y Alexander M. Puzrin, Mechanisms of slab avalanche release and impact in the Dyatlov Pass Incident in 1959 | Keith McCloskey, Mountain fo the Dead. The Dyadlov Pass Incident | Igor Pavlov y Teodora Hadjyska, 1079, The overwhelming force of Dyatlov Pass | Robin George Andrews, Los misterios de las muertes en el paso Dyatlov, la ciencia responde (en National Geographic) | Héctor Rodríguez, Ciencia para resolver el caso del Incidente del Paso Dyatlov (en National Geographic) | Wikipedia


  • Comparte este artículo:

Loading...

Something went wrong. Please refresh the page and/or try again.