Las maravillas de El Tajín, la ciudad del trueno

La pirámide de los nichos / foto Jan Harenburg en Wikimedia Commons

Generalmente, cuando se habla de civilizaciones precolombinas que existieron en lo que hoy es México casi todo el mundo piensa exclusivamente en los aztecas o lo mayas. Sin embargo, hubo muchos pueblos más, como se puede comprobar fácilmente viendo los restos monumentales que dejaron. Uno de ellos fueron los totonacas, que vivieron en la costa del Golfo, en la zona que actualmente abarca el estado de Veracruz.

Totonacapán eran una confederación de señoríos independientes, como ocurría con casi todos los demás vecinos y no hay mejor ejemplo de ello que su propio nombre, que significa Tres corazones, en referencia a los tres centros principales: El Tajín, Papantla y Cempoala, esta última la primera ciudad que encontraron los españoles al llegar a México y la pionera también en aliarse con Hernán Cortés contra los odiados aztecas. Aunque menguado, aún se conserva el idioma que hablaban.

El templo azul / foto Alejandro Linares García en Wikimedia Commons

Como sería excesivo pretender hablar aquí de todo el imperio totonaca, que duró algo menos de un millar de años, desde su emigración desde el centro del país a la costa en el 800 d.C. hasta la llegada española en 1521, pasando por el apogeo en torno al 1200, limitémonos a repasar sólo El Tajín, que quizá sea lo más espectacular por la presencia inconfundible de la Pirámide de los Nichos.

El Tajín está aun cuarto de hora de Papantla y aunque su capitalidad de Totonacapán está discutida, lo cierto es que se trataba de una ciudad formidable, con la citada pirámide como centro pero también con otras estructuras monumentales, casas y palacios decorados con grecas llenas de bajorrelieves y canchas de juego de pelota. Estos campos deportivos, que en realidad no constituían sólo el recinto de un entretenimiento sino también de un ritual religioso (el ganador era sacrificado) son importantes porque se cree que fueron los totonacas los creadores del juego, luego extendido a toda Mesoamérica.

Cancha de juego de pelota / foto Alejandro Linares Garcia en Wikimedia Commons

El nombre del lugar significa el Trueno o Relámpago y se le puso en honor del dios homónimo, porque era una ciudad administrativa pero también ceremonial, llegando a su esplendor al mismo tiempo que Teotihuacán. Luego decayó y cuando llegó Cortés la urbe ya había sido abandonada. Por tanto continuó olvidada y no se redescubrió hasta el siglo XVIII, empezando a excavarse arqueológicamente en los años treinta del siglo XX. Como en 1997 fue incluida en el Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, cuenta con instalaciones modernas (accesos, taquillas, restaurante, tienda…).

La Pirámide de los Nichos, decía antes, es fácil de reconocer. No sólo por sus dimensiones (25 metros de altura por 35 de ancho, base cuadrada y 7 pisos) sino también, y sobre todo, por los nichos que la horadan: son 365 cámaras mortuorias cuadrangulares, una por cada día del año. En su época estaban recubiertos de estuco y pintados de brillantes colores, otorgándole al conjunto un aspecto imponente.

Danza de los voladores / foto Luisalvaz en Wikimedia Commons

Además, hacia el norte está el Tajín Chico, que bien merece un viaje de última hora con una búsqueda rápida en Expedia, una ciudadela donde resalta el conocido como Edificio de las Columnas; era la residencia de los gobernantes y debe su nombre a los fustes estriados que soportan el piso superior, que aún conserva restos de pintura.

La visita no puede terminar sin contemplar el espectáculo de la Danza de los Voladores, una invocación a los cuatro rumbos del universo a cargo de cuatro bailarines intérpretes que cuelgan de un mástil por los pies, girando a su alrededor y en cuya parte más alta está el caporal tocando la música con flauta y tambor. Tiene lugar en el recinto todos los domingos y está protegida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.