Pese al nombre, no tiene nada que asuste a los niños; al contrario, pues cuarenta kilómetros de playa se presentan como un paraíso para una infancia que goza especialmente del verano entre castillos de arena y baños en el mar. Claro que ese concepto paradisíaco se hace extensible a todas las edades, ya sean amantes de sestear al sol, practicar windsurf, jugar al golf, pasear en velero o bucear, entre otras muchas posibilidades. Hablamos de la Costa del Coco, el extremo sudoriental de la República Dominicana.

El escenario es típicamente caribeño, a pesar de situarse ya asomado al océano Atlántico: larguísimas extensiones de blancos arenales y cristalinas aguas de color turquesa separadas del interior por una línea de cocoteros que, además de dar nombre al lugar, le proporcionan una imagen propia, casi exclusiva, formando un decorado tan perfecto y modélico que hasta levantaría sospechas de impostura… de no ser por el testimonio de los millones de visitantes que llevan años disfrutándolo.

Y es que, desde que la Costa del Coco se convirtiera en un destino vacacional de referencia en los años ochenta, que fue cuando empezaron a brotar resorts, complejos hoteleros y parques temáticos dinamizando la economía de la región, son muchos los que lo eligen para unos días de asueto estival. A quien no le suene, seguro que es porque tienen más renombre sus rincones concretos; si decimos Punta Cana o Playa Bávaro, resultarán más familiares.

Punta Cana, localidad de la provincia de Altagracia, nació casi de casualidad para los catálogos turísticos. Fue en 1969, cuando inversores estadounidenses adquirieron miles de kilómetros cuadrados en estado salvaje para la industria maderera y arenera, pero las cabañas construidas para los operarios y la pista de aterrizaje descubrieron una alternativa mucho más jugosa. En la década siguiente se levantaron los primeros hoteles y en 1984 el nuevo aeropuerto se convirtió en la puerta de entrada para varios millones de personas al año.

Uno de los establecimientos de referencia que podríamos poner como ejemplo es el Lopesan Costa Bávaro Resort, Spa. Se trata de un resort con tres áreas diferenciadas, con más de cien mil metros cuadrados, equipado con siete piscinas (una de ellas de casi tres mil metros cuadrados), diez restaurantes, dieciséis bares, un parque acuático, spa y casino. Como en los demás, uno puede darse un chapuzón entre las olas sin necesidad de salir del recinto porque está en primera línea de playa ¿Cuál? Una de resonancia germánica: Playa Bávaro.

Playa Bávaro está considerada una de las mejores de la República Dominicana, un país que ya de por sí tiene varias entre las mejores del mundo y, de hecho, sólo en la Costa del Coco se pueden contar decenas de ellas similares, igualmente idílicas: Punta Cana, Cabeza de Toro, Lavacama, Macao, Limón, Arena Gorda… Resultaría difícil elegir una sobre las demás, aunque la UNESCO lo ha hecho por nosotros y ya incluyó a Playa Bávaro entre los tres primeros puestos del pódium global.

Asimismo, está entre las más asequibles si tenemos que ajustar el presupuesto y quizá por eso o porque buena parte de su oferta hotelera es de capital español, son muchos los que se deciden a cruzar el charco desde España. Y son de lo más variado, desde familias a parejas, pasando por viajes de estudios o viajeros individuales. Al fin y al cabo, tienen asegurada la satisfacción porque hay oferta para todos los gustos.

Unos aprovecharán para tirar de esnórquel y contemplar el fantástico arrecife de coral gracias a la transparencia y tranquilidad de las aguas; otros disfrutarán de éstas en superficie, recurriendo al alquiler de un catamarán, lancha o kayak; habrá quien se zambulla de otra manera, en la música y el baile de sus fiestas nocturnas, o quien prefiera explorar la costa en buggy, o sobrevolar los cocoteros en helicóptero, o visitar algún pueblo del entorno, o relajarse en una sesión de spa, o tratar de mejorar el hándicap, o ir con los niños al cercano Manatí Park…

Otro posible plan es embarcarse allí mismo hacia Isla Saona, un pedazo de tierra de ciento diez kilómetros cuadrados ubicado algo más al sur, en la provincia de La Romana, donde se encuentra el Parque Nacional Cotubanamá, en el que es posible contemplar desovar a las tortugas marinas y otros representantes de la fauna local, como iguanas, manatíes, delfines, corales… También hay una piscina natural, un par de pintorescos pueblos pesqueros y yacimientos arqueológicos taínos.

En resumen, Costa del Coco -o como se prefiera llamar- está al otro lado del Atlántico, ejerciendo de espléndido acceso al Caribe, con los brazos abiertos. ¿Quién se puede resistir a esa seducción?


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