Es casi seguro que ningún lector sabrá qué animal es un camelopardo. En sentido estricto, ninguno; pero, si lo decimos en latín, se trata de la denominación científica de una especie: Giraffa camelopardalis, que así llamaron los romanos a la jirafa, al considerarla un híbrido de camello y leopardo, cuando Julio César exhibió una por primera vez. Ese episodio histórico dio pie a que, quince siglos más tarde, otro ejemplar entrase en la historia con nombre propio y además ilustre: la conocida como Jirafa Médici. Veamos cómo fue.
Corría el año 46 a.C. cuando Julio César decidió celebrar su victoria ante Pompeyo con un desfile triunfal que incorporase fauna autóctona de los lugares que acababa de anexionarse al derrotar a su enemigo, de Egipto y Asia Menor. De ese modo, entre estandartes, carros de guerra, prisioneros y otros elementos fruto del botín, por las calles de Roma se exhibieron también leones, babuinos, avestruces, sabuesos persas y otros animales. Pero el que más llamó la atención del público fue uno enorme, de larguísimo cuello y gráciles movimientos, que nadie había visto hasta la fecha.
Su cabeza recordó a los romanos la de un camello y el pelaje al de un leopardo, así que lo bautizaron camelopardalis. Hoy ese nombre ha quedado para una constelación descubierta en 1624 y un siglo después de esa fecha Linneo lo combinó con el italiano giraffa -que a su vez deriva del árabe zurāfah– para su taxonomía de los seres vivos; nosotros lo llamamos con el castellanizado jirafa. En cualquier caso, el ejemplar cesariano no duró mucho porque su dueño decidió enfatizar el nuevo poder que acababa de adquirir al eliminar a su enemigo sacrificándolo y lo destinó a ser devorado por leones en una venatio.

Los ludi venationes eran combates con o entre animales. Durante mucho tiempo constituyeron uno de los entretenimientos favoritos del pueblo -y de algunos emperadores en particular-, hasta que empezaron a decaer por la crisis del siglo III d.C. y la consiguiente dificultad para importarlos.
No obstante, continuaron ofreciéndose a los romanos durante tres siglos más, incluso cuando el cristianismo proscribió las luchas de gladiadores, aunque a finales del imperio la religión tendió a proscribirlos también por su excesiva cercanía con el paganismo. Ello no impidió que siguieran organizándose eventuales eventos de ese tipo a menor escala.
César nunca imaginó que aquella peculiar forma de autoenaltecimiento serviría de ejemplo en otra época, milenio y medio más tarde, para otro prestigioso personaje: Lorenzo de Médici. Apodado el Magnífico, fue un estadista, mecenas, banquero, poeta que simbolizó como pocos la parte política del Renacimiento italiano al convertirse en el gobernante de facto de la República de Florencia en 1469. El problema estaba en que ese estado se lo disputaba otra ilustre familia, la de los Pazzi, que en 1478 urdió una conspiración para hacerse con el poder, fruto de la cual corrió la sangre.

Murió Giuliano, el hermano menor de Lorenzo, y él mismo resultó herido. Su venganza consistió en arrestar y ahorcar a todos los implicados, entre ellos Francesco Salvati, arzobispo de Pisa y enviado papal, lo que enfureció a Sixto VI. El sumo pontífice excomulgó a los Médici y declaró la guerra a Florencia aliado con Nápoles, Siena, Lucca y Urbino. La contienda duró dos años, solucionada en parte por hacer un frente común contra los turcos de Mehmet II, que conquistaron Otranto en 1480. El Papa tuvo que dar marcha atrás en su excomunión y Lorenzo no hizo sino ganar más prestigio.
El fallecimiento de Sixto VI en 1484 y la elección de Inocencio VIII, simpatizante de Lorenzo -se pactó el matrimonio de su hija Maddalena con el vástago ilegítimo del pontífice, Franceschetto Cibo-, así como la expansión de las fronteras florentinas a costa de ancestrales enemigas como Génova y Siena, y el permiso concedido para la reconstrucción de otra rival aplastada tiempo atrás, Pisa, aseguraron aún más la posición de los Médici. Fue entonces, en pleno apogeo, cuando al Magnífico se le ocurrió emular a Julio César gracias, probablemente, a la lectura de la Historia romana de Dión Casio y la Historia natural de Plinio el Viejo, que reseñaban lo de la jirafa.
Su abuelo había hecho algo parecido. En la primavera de 1459 Cosme de Médici, señor de Florencia entre 1434 y 1464, había recibido las visitas del papa Pío II y el duque de Milán, Galeazzo Maria Sforza, organizando una serie de espectáculos que imitaban las antiguas venationes romanas. Él pagó de su bolsillo un jabalí, dos caballos, cuatro toros, dos búfalos, varias cabras, una vaca y un ternero que tendrían que enfrentarse a las que sin duda debían ser las estrellas de los fastos: veintiséis leones que corrieron a cuenta de las arcas públicas de Florencia porque, al fin y al cabo, esa fiera era el símbolo de la ciudad.

Lamentablemente para Cosme, lo que debía ser un show epatante quedó deslucido, ya que los leones estaban sobrealimentados y apenas mostraron interés en las presas que se les ofrecieron. Intentando evitar que aquella inesperada mansedumbre mermase su reputación, el Médici tuvo una idea estrambótica: mando construir rápidamente en madera una especie de caballo de Troya pero con forma de jirafa, en cuyo interior ocultó un puñado de guerreros que teóricamente incitarían a los leones a mostrar su ferocidad. Pero el truco no resultó y las fieras siguieron dormitando abúlicamente, arruinando la fiesta.
Lorenzo no estaba dispuesto a cometer el mismo error y, tras visitar el zoo de su abuelo y contemplar la grotesca jirafa troyana, decidió contar con una jirafa de verdad para mostrar al público e incorporarla a su colección, aunque la idea que tenía era regalársela luego a Ana de Francia, regente de ese país entre 1483 y 1491 debido a la muerte de Luis XI y la minoría de edad de su hermano, futuro Carlos VIII, en agradecimiento por la visita de estado que ella había hecho recientemente a Florencia y con un fin político que enseguida explicaremos. Puede parecer un obsequio un tanto raro, pero hay que tener en cuenta que las jirafas eran prácticamente desconocidas en Europa.
Hay noticias de que habrían poseído ejemplares, en sus zoos privados, Alfonso II de Aragón -duque de Calabria y posteriormente rey de Nápoles-, Hércules de Este -duque de Ferrara- y Fernando I de Nápoles. También Federico II de Sicilia tuvo una que le envió en 1261 el sultán de Egipto a cambio de un oso. Se supone que fue otro mandatario egipcio el encargado de suministrar el pedido a Lorenzo, pues sabemos que era dueño de varias jirafas. No tenemos certeza absoluta, pero es una deducción realizada del contexto de la época, ya que el gobierno florentino había firmado en 1422 un acuerdo comercial con él e iba a ampliarlo en breve.

Si bien ese tratado no se tradujo en un flujo mercantil importante, la rivalidad de Florencia con Venecia animó a la primera a buscar vías económicas al margen de la Serenísima, intermediaria habitual en el Mediterráneo, por eso en 1485 los florentinos enviaron a Paolo da Colle como embajador a El Cairo.
Allí tenía su corte el sultán mameluco Quaitbey, decimoséptimo de la dinastía buryí, un antiguo esclavo circasiano al que el sultán Jaqmaq liberó al descubrir que era descendiente de un emir ayubí de Damasco, además de nombrarlo secretario; algo que no era extraño en el sistema esclavista musulmán.
Quaitbey fue subiendo en la jerarquía hasta alcanzar el grado de atabak (jefe del ejército) y de ahí a ser elegido sultán en 1468, tras un golpe de estado que derrocó al titular, Timurbhuga. En 1485 un Imperio Otomano en plena expansión, empezó a realizar incursiones en la frontera egipcia, lo que llevó al sultán a firmar una serie de alianzas para protegerse; entre ellas figuró Fernando II de Aragón, que le ofreció una flota de medio centenar de carabelas a cambio de trigo. Al final, el otomano Bayezid II no llegó a atacar Egipto porque se vio envuelto en una disputa dinástica con su hermano Cem. Éste viajó a Europa en busca de ayuda, pero sólo consiguió ser hecho prisionero en Francia.

Inocencio VIII solicitó su entrega con la idea de concederle el mando de un ejército y enviarlo a Egipto para, reforzado por tropas mamelucas, enfrentarse a Bayezid II; pero los franceses se mostraron reticentes y para convencerlos el pontífice recurrió a Lorenzo de Médici, con quien estaba negociando un capelo cardenalicio a su hijo Giovanni. La misión diplomática de Paolo da Colle formaba parte de esa operación, pues Quaitbey también pedía al gobierno florentino la mediación con Venecia para que cesara la venta de armas que hacían a los otomanos desoyendo la prohibición del Papa. Lorenzo pidió como pago una jirafa.
Pensaba regalársela a la regente Ana si cedía al prisionero y, por tanto, se supone que fue Quaitbey quien envió el animal a Florencia junto a otras muestras de fauna exótica. Llegó el 11 de noviembre de 1487 y, como cabía esperar, levantó gran expectación. Algunos de los mejores pintores del momento, como Giorgio Vasari, Francesco Botticini, Piero de Cossimo, Domenico Ghirlandaio, Andrea del Sarto y Francesco Bacchiacca, entre otros, la inmortalizaron con sus pinceles. Además, el humanista Angelo Poliziano dejó constancia escrita del asombro que sintió ante sus curnicula (cuernos), ya que las descripciones de los clásicos no daban cuenta de ello, y el poeta Antonio Costanzo describió sus paseos callejeros:
También he visto levantar su cabeza hacia aquellos espectadores que se ofrecen a ella desde sus ventanas, porque su cabeza es tan alta como once pies, pensando por ello los que la ven desde lejos que están mirando una torre más que un animal. Parece gustar de la multitud, es siempre apacible y sin miedo, incluso parece observar con placer a las personas que vienen a mirarla.
Ana de Francia cedió y Cem fue finalmente trasladado a Roma en 1489, pero moriría en 1495, en Capua, sin haber tenido necesidad de marchar a Egipto debido a que mamelucos y otomanos firmaron la paz en 1491. Pese a todo, la regente se llevó una considerable decepción al ver que Lorenzo no cumplía su promesa de regalarle la jirafa. El florentino decidió quedarse aquel símbolo de su poder y mandó construir unos establos especiales para albergar y proteger al animal de la humedad y el frío invernales, no se sabe si en su villa de Poggio a Caiano o en la de la Vía della Scala. Sin embargo, no fue el tiempo el que produjo un final trágico e inesperado.
Y es que la jirafa falleció el 2 de enero de 1488 al romperse el cuello, después de que su cabeza quedase atrapada entre unas vigas y, presa del pánico, se sacudiera violentamente intentando liberarse. Eso sí, cumplió póstumamente su cometido, no sólo por la referida entrega de Cem sino también porque el enlace entre Maddalena y Franceschetto salió adelante y el hijo de Lorenzo fue nombrado cardenal pese a tener sólo trece años (fue el futuro papa León X). De ese modo, las jirafas se perfilaron como una curiosa herramienta diplomática, pues se sabe de casos parecidos.
Por ejemplo, en 1414 Bengala envió una a China en calidad de tributo, algo que repitió siete años despueś la ciudad africana de Melinda (en la actual Kenia). En cambio, no volvió a verse una jirafa en Europa hasta 1827, cuando el valí de Egipto Mehmet Alí regaló tres traídas desde Nubia: una al rey británico Jorge IV, otra al emperador austríaco Francisco II y una tercera a Carlos X de Francia. Las primeras murieron en apenas dos años, pero la tercera sobrevivió dieciocho; se llamaba Zarafa. La última que hubo en Florencia fue en los años treinta del siglo XX, cuando el virrey de Egipto envió una al gran duque Leopoldo II; duró un año y medio.
A la florentina se la conoce hoy como Jirafa Médici y su recuerdo pervive como uno de los equipos participantes en la prueba hípica del Palio de Siena: la Imperiale Contrada della Giraffa.
FUENTES
Marina Belozerskaya, The Medici Giraffe and Other Tales of Exotic Animals and Power
Erik Ringmar, Audience for a Giraffe: European Expansionism and the Quest for the Exotic
Christiane L. Joost-Gaugier, Lorenzo the Magnificent and the Giraffe as a Symbol of Power
Ralph S. Hattox, Qaytbay’s Diplomatic Dilemma: Concerning the Flight of Cem Sultan (1481–82)
Wikipedia, Jirafa Médici
