Devşirme, el reclutamiento de niños cristianos por parte del Imperio Otomano para convertirlos en soldados y funcionarios

Devsirme / foto dominio público en Wikimedia Commons

El Imperio Otomano fue una de las principales potencias de los siglos XV y XVI. Sus colosales dimensiones le garantizaban un remanente de efectivos militares que le permitía reponerse de cualquier derrota en muy poco tiempo, como pasó en Lepanto, y acometer campañas en distintos frentes simultáneos, caso de Asia o Europa. Pero, a la vez, esa enorme extensión multiplicaba su diversidad étnica y hacía que muchos sátrapas resultaran de lealtad dudosa, de modo que se hizo necesaria la creación de un cuerpo de fidelidad absoluta, el de los famosos jenízaros. La forma que se aplicó para su reclutamiento fue tan original como dolorosa: la Devşirme o tributo de sangre.

El ejército otomano se dividía en dos unidades básicas, la caballería y la infantería (más tarde se crearía un cuerpo de artillería y otro de zapadores, si bien no muy abundantes de efectivos). La primera, denominada Kapıkulu Süvari (Caballería de los Sirvientes de la Sublime Puerta), era una tropa de élite estructurada en seis divisiones e integrada por los sipahi (palabra derivada del persa sepâhi y adaptada al español como cipayos), equivalentes a los caballeros europeos. Es decir, nobles titulares de un timar (feudo) que, en una pervivencia conceptual medieval, les había concedido el sultán a cambio de una prestación militar. En ocasiones no cumplían ese deber, especialmente en las satrapías lejanas.

La infantería se dividía en cuatro cuerpos: los Yeni Çeri (nuevos cuerpos), es decir, los mencionados jenízaros, creados por Orhan I en 1330, probablemente inspirándose en los mamelucos y para disponer de una fuerza estable que no dependiera de las levas, en las que, como dijimos antes, no siempre se podía confiar; los başıbozuk (irregulares, mercenarios), necesarios para controlar las ingentes fronteras del imperio; los yerlica, jenízaros destinados a guarniciones urbanas, en cuya vida política y cotidiana solían integrarse; y los kapikulu, la élite de la élite.

Inicialmente, la cantera de los jenízaros eran los prisioneros de guerra y los esclavos. Por tanto, hombres adultos cuya maleabilidad ideológica o religiosa no resultaba fácil a gran escala. Por eso en el último cuarto del siglo XIV se decidió introducir una novedad en la devşirme. Este término, que puede traducirse por «recolectar» o «reunir», es muy descriptivo porque en eso se basaba: la exigencia a los territorios cristianos sometidos de enviar niños para su educación en el Islam y el correspondiente entrenamiento en el oficio de las armas.

Jenízaros en una ilustración decimonónica / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las edades debían estar comprendidas entre los ocho y los catorce años más o menos, dependiendo de la disponibilidad y las necesidades del imperio, aunque estaba prohibido reclutar a menores de esa edad como los beççe y şirhor, palabras que designaban a los niños y los bebés. Es curioso porque en teoría la prohibición debería haber sido total, ya que la Sharia o ley islámica protegía a los dhimmi o Gentes del Libro: practicantes de religiones abrámicas, como los cristianos o los judíos, que cuando vivían en territorio musulmán tenían derecho a cierta libertad a cambio del pago de la yizia (un impuesto por cada adulto) o el jarach (impuesto sobre la renta de la tierra). Al parecer, la cuestión se solventaba considerando que la devşirme no era una forma de kul (esclavitud), pese a proceder de ella en origen, y por tanto resultaba legítima.

En general, la procedencia de los chicos eran las regiones de Anatolia donde aún había comunidades cristianas, Europa oriental y los Balcanes, es decir, aquellas que estaban bajo dominio otomano; se les castigaba así su resistencia a la par que se preveía la futura, pues tendrían que combatir contra sus propias familias. La devşirme no se hacía todos los años, por supuesto, pues demográficamente hubiera resultado insostenible, sino cada cuatro o cinco y, a partir de 1568, esporádicamente. Pero se completaba de forma periódica con los niños que eran capturados en las razias berberiscas, que se extendían a sitios más lejanos como el sur de Francia, la península itálica, la Ibérica, norte de África, Canarias e incluso llegó a establecerse una factoría de reunión de esclavos en la isla irlandesa de Lundy, a donde se llevaban los apresados en correrías por Islandia e Inglaterra.

Combate entre barcos ingleses y berberiscos (Willem van der Welde) / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los niños se reunían en grupos de cien aproximadamente y se les vestía de rojo para reconocerlos con facilidad si intentaban escapar en el trayecto hacia Estambul (aunque no faltaban casos, sobre todo en el mundo rural más pobre, en que sus padres los entregaban voluntariamente o incluso sobornaban para ello al reclutador, dado que al pequeño le esperaba una vida de mayor calidad). Al llegar eran circuncidados y la gran mayoría debería seguir viaje hasta Anatolia para someterse a un proceso de aculturación durante el que trabajaban con dureza en el campo y recibían adiestramiento militar básico. Los más destacados volvían a Estambul, repartiéndose por siete enderûn (escuelas) de las que se nutrían los jenízaros.

Una vez en Estambul todos pasaban por un período de formación bastante completo que incluía aprender a leer y escribir, nociones de teología y derecho, ciencias, poesía, tres idiomas, adiestramiento físico y combate cuerpo a cuerpo. El sistema de enseñanza era similar al de otras grandes escuelas de entonces, a base de premios y castigos. Ya en la adolescencia o poco después, se daba por terminada esa etapa con una ceremonia llamada çıkma (salida, retiro) y se les consideraba listos para iniciar su servicio, de acuerdo con aquella faceta para la que hubieran demostrado más habilidad.

Un devşirme ağayeri, oficial de reclutamiento de niños cristianos / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No tenían por qué ser destinados exclusivamente al ejército, pues la devşirme también nutría de personal a toda prueba a las instituciones burocráticas (Kalemiyye) e incluso a las religiosas (İlmiyye), aunque los más brillantes se reservaban para entrar al servicio del sultán, bien en palacio, bien en una provincia; algunos hasta llegaron a ocupar el puesto de gran visir, equivalente al de primer ministro. Muchos fueron asignados a la administración con el objetivo de reducir el número de funcionarios de origen noble, contrarrestando así el poder que ese estamento había llegado a alcanzar; irónicamente, ellos mismos terminarían formando el suyo.

Los musulmanes estaban exentos de la devşirme pero no eran los únicos, pues las exenciones alcanzaban a los huérfanos, los hijos únicos y los que tuvieran algún defecto físico, por ejemplo. También los vástagos de los artesanos, ya que se suponía que continuarían el oficio de sus padres y desde un punto de vista económico no era aconsejable privar de ellos a una comunidad. Asimismo, quedaban excluidos los judíos, los gitanos y los habitantes de las ciudades más importantes. Hasta hace poco se pensaba lo mismo sobre los armenios pero los colofones (anotaciones manuales al final de un texto) encontrados en manuscritos de época revelan que no era así. En cambio, los musulmanes bosnios eran reclutados y enviados directamente a la elitista Enderûn Mektebi (Escuela de Palacio), fundada por Murat II y perfeccionada por su heredero Mehmet II, donde se unían a los otros sobresalientes.

Jenízaros practicando con armas de fuego. El gorro cónico indica que son aprendices todavía / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que, según algunos historiadores, los devşirme en general y los jenízaros en particular se comportaban casi como una orden religiosa, con un alto grado de corporativismo que les otorgaba el compartir una serie de cosas, aparte de la pertenencia al cuerpo: su relación filial con el sultán, tener una procedencia común, haber recibido la misma educación y practicar ciertas costumbres de motu propio, como el llevar bigote (una tradición de cuando tenían prohibido dejarse barba en la enderûn para diferenciarse de los musulmanes libres) o el celibato, que en realidad había sido obligatorio durante su instrucción pero tras la çıkma ya no.

En los siglos XV y XVI constituyeron una formidable fuerza de combate, punta de lanza de un imperio que dominó el Mediterráneo y avanzó por Europa central hasta Viena, por lo que se entiende el poder que llegaron a tener. Tanto que, en tiempos de Selim I y por descontento, protagonizaron un motín que incendió Estambul y llegó a poner en un brete al propio sultán. Paradójicamente, sus triunfos les hicieron ganar muchas riquezas entre pagas, recompensas y botines, con lo que su disciplina tendió a relajarse. Para entonces ya funcionaban como un lobby capaz de chantajear al sultán (que tenía un cuerpo de jenízaros como guardia personal, los Beyliks), participando activamente en todo tipo de intrigas políticas.

Expansión del Imperio Otomano desde principios del siglo XIV a finales del XVII / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Su número resultaba lo suficientemente importante para permitirlo. No está claro cuántos eran porque dependía de la época, de las guerras y de la catalogación como jenízaros de muchos que no eran tales (simulaban serlo para beneficiarse de sus privilegios, entre ellos no pagar impuestos), por lo que de los cien mil que antaño se reseñaban sólo serían jenízaros de verdad un tercio, al menos en tiempos de Solimán el Magnífico. Historiadores turcos actuales calculan en torno a doscientos mil el número total de niños entregados a la devşirme. Uno de ellos fue Skanderberg, el famoso héroe albanés; otro, el aún más célebre Vlad el Empalador que, como el anterior, pudo liberarse, no así su hermano Radu, convertido en jenízaro leal.

Al perder los otomanos el control de muchos territorios y entrar en declive, la devşirme se vio afectada y fue necesario recurrir al alistamiento de voluntarios, con lo que en las filas de jenízaros tuvieron que entrar musulmanes de nacimiento. Al fin y al cabo, era un destino ansiado por su prestigio y su nivel de vida. Pero en 1632 organizaron una nueva insurrección contra Murad IV, demostrando que se habían convertido en el equivalente otomano de los pretorianos romanos.

Un agha o comandante en jefe de jenízaros / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La imposición de un juramento de fidelidad no fue disuasoria y continuaron las intrigas, de manera que en 1648 se puso fin a la devşirme. Aún daría algunos coletazos eventuales pero ya reuniendo sólo unos cientos de niños y Ahmed III la abolió definitivamente en el primer cuarto del siglo XVIII. Los jenízaros no desaparecieron por ello; siguieron existiendo, al renovar sus filas mediante el sistema de pasar los cargos de padres a hijos. Pero eso repercutió en su eficacia militar en lo que ya era un cuerpo obsoleto, con lo que únicamente constituían un problema y Mahmud II les puso fin en 1826.

Fuentes: Breve historia del Imperio otomano (Eladio Romero García e Iván Romero Catalán)/Constantinopla 1453. mitos y realidades (VVAA)/The Sultan’s renegades. Christian-European converts to Islam and the making of the ottoman elite (1575-1610) (Tobias P. Graf)/History of the Ottoman Empire and Modern Turkey (Stanford J. Shaw)/Race and slavery in the Middle East. An historical enquiry (Bernard Lewis)/Conflict and conquest in the islamic world. A historical encyclopedia (Alexander Mikaberidze)/Conversion to Islam in the Balkans: Kisve Bahas ̧petitions and Ottoman. Kiscv Bahasi petitions and social life (1610-1730) (Anton Minkov)/Ottoman Empire and Islamic Tradition (Norman Itzkowitz)/Wikipedia