Las insólitas iglesias rupestres del norte de España

Ermita de San Bernabé en Merindad de Sotoscueva | foto Luis Rogelio HM en Wikimedia Commons

Creo que todos sabemos de la existencia de pinturas rupestres, casas trogloditas e incluso ciudades subterráneas, pero más raro es haber oído hablar de iglesias excavadas en la roca. Sin embargo, las hay; y, en el caso del norte de España, unas cuantas, hasta el punto de que incluso se puede hacer una ruta turística visitándolas. Ese itinerario de templos, santuarios y eremitorios rupestres se concentra en tres provincias (Palencia, Burgos y Cantabria) y alcanza su máxima expresión en el Valle de Valderredible.

Tampoco debería resultar tan raro. Horadar la roca para habilitar un espacio, bien con fines de vivienda, bien de culto o bien de enterramiento, es algo que se remonta a la Antigüedad; las catacumbas de Roma (San Calisto, Domitila…), los hipogeos y hemispeos egipcios (tumbas del Valle de los Reyes, templos de Abu Simbel), las cuevas de la India (Ajanta, Ellora y otras) y China (Longmen) o las urbes trogloditas de Capadocia (Derinkuyu, Kaymakli, etc) y Jordania (Petra) son algunos de los ejemplos más célebres, de muchos de los cuales ya hablamos aquí en artículos anteriores.

Lo realmente curioso es el hecho de que, si los hogares rupestres suelen localizarse en el sur por obvias razones climáticas (sobre todo en municipios de Granada y Murcia, pero también de Valencia, Madrid y Almería), las iglesias, con alguna que otra excepción (por ejemplo la mozárabe de Bobastro, en Málaga), se encuentran sobre todo repartidas por enclaves cántabros, burgaleses y palentinos (aunque también hay en Álava y Galicia), ubicándose la mayoría en un área relativamente pequeña. Algo que facilita su visita en apenas un par de etapas y permite, si se desea, ampliar la escapada a otros ámbitos; por ejemplo, a la playa de Ubiarco, donde la ermita de Santa Justa ofrece todo un espectáculo, semiexcavada en el anticlinal de un pliegue geológico.

La ermita de Santa Justa, en Ubiarco/Imagen: Pablo en Wikimedia Commons

Buena parte de esos insólitos templos se construyeron en la Edad Media, en el contexto de la invasión musulmana y el posterior proceso conocido como reconquista, lo que explica por qué la mayoría están en la cornisa cantábrica: el dominio islámico de la península ibérica fue menor allí y, por contra, se convirtió en refugio de cristianos.

Esa singularidad fronteriza, aislada e inestable, dificultaba la construcción de edificios, ya fueran defensivos, ya para asentamientos, ya para liturgia, tanto por la escasez de medios como por el hecho de resultar destruidos en las incursiones, de ahí que acondicionar grutas naturales fuera una solución rápida, barata, discreta y perdurable.

Zona de paso más tarde para los repobladores, además había que sumarle el carácter de eremitorio que tienen varios de esos templos, pues ermitaños y anacoretas elegían a menudo cuevas para su existencia contemplativa, y habitarlas requería un mínimo de adecuación.

Los restos de la iglesia de San Vicente, en Cervera de Pisuerga/Imagen: Valdavia en Wikimedia Commons

Y dado que no sólo vivían de lo que les ofrecía la naturaleza sino también de la caridad de las gentes, éstas terminaban acudiendo a esos lugares como lo que eran de facto: rincones de oración. Con el tiempo, no pocos de esos sitios tendieron a derivar en establecimiento de comunidades monásticas, especialmente durante la Alta Edad Media.

Eremitorio de San Vicente

Aproximadamente a un kilómetro de Cervera de Pisuerga, municipio palentino cercano a Aguilar de Campoo, se encuentra uno de esos eremitorios, el de San Vicente. Datado entre finales del siglo IX y principios del X, es un santuario excavado sobre un altozano de caliza -muy erosionado, dado el tipo de roca- y rodeado de una necrópolis con una veintena de tumbas, también horadadas en la piedra.

Iglesia de los santos Justo y Pastor

Iglesia de los santos Justo y Pastor/Imagen: Rodelar en Wikimedia Commons

A media docena de kilómetros, en Ollera de Pisuerga, se perfila el monte Cildá, en una de cuyas laderas -en este caso de arenisca- está la iglesia de los Santos Justo y Pastor, que se empezó a construir en el siglo VII, aunque tuvo muchos añadidos posteriores. Cuenta con un campanario y una espadaña que facilitan verla, mientras su interior -en el que aún se ofician misas- se articula en estilo románico; también hay una necrópolis.

Ermita de San Pelayo

La siguiente parada, a cinco kilómetros, debería ser Villacibio, donde se puede visitar la ermita de San Pelayo (probablemente del siglo X). Excavada en un promontorio en torno al siglo X, ya sirvió para acoger eremitas cientos de años antes, tiene un aspecto más arcaico que las demás, con su nave única y su exterior natural (salvo la reja de cierre). A ochocientos metros, un conjunto de tumbas antropomórficas podrían estar relacionadas con el lugar.

Ermita de San Pelayo/Imagen: Valdavia en Wikimedia Commons

Iglesia de San Martín

Más adelante, Villarén de Valdivia ofrece la iglesia de San Martín (muy deteriorada por haberse usado como cuadra) y su necrópolis, ambas quizá del siglo XI. Había otros dos templos rupestres cerca, los de La Rebolleda y Pomar de Valdivia, pero fueron dinamitados a mediados del siglo XX para que no ocultaran a bandidos y maquis.

A todo lo reseñado, en Palencia se pueden añadir las ermitas de la Virgen Soterraña, San Vicente de Vado o San Martín y Ormita Peña (en Villarén de Valdivia), aparte de más de una veintena de necrópolis.

Iglesia de Santa María de Valverde

Ahí termina el recorrido por Palencia y se pasa a Cantabria, donde hallamos el conjunto rupestre de Valderredible, el mayor de España, con cerca de medio centenar de sitios (no en vano se lo apoda la Capadocia Ibérica) gracias a la facilidad de trabajo de su abundante roca arenisca.

Interior de la iglesia de Santa María de Valverde/Imagen: Yildori en Wikimedia Commons

Probablemente haya que considerar la estrella a la iglesia de Santa María de Valverde, que también es la más grande. de fecha incierta y catalogada como Bien de Interés Cultural (anexo, tiene un centro de interpretación), está tapada por una techumbre (para protegerla de la lluvia), rematada por espadaña y asociada a sepulcros altomedievales. En sus dos naves abovedadas todavía se ofician misas.

Oratorio de Santa Eulalia de Campo de Ebro

Es un sencillo oratorio de una nave con ábside situado junto a la parroquia y que, por fuera, con sus sillares y su ventana enrejada, aparenta más un calabozo que otra cosa. Cerca, en La Puente del Valle hay otro igualmente modesto: el de San Pantaleón.

Oratorio de Cadalso

El oratorio de Cadalso/Imagen: P.B. Obregón en Wikimedia Commons

Si el anterior parecía una mazmorra, éste asemeja un búnker: pequeña pero maciza, con minúsculos vanos, de planta rectangular con una sola nave cubierta por bóveda de cañón y un ábside más alto. Exteriormente, sólo la espadaña lateral (y, si acaso, un par de tumbas altomedievales) indica su carácter religioso.

Iglesia de Arroyuelos

Es otra de las iglesias destacadas por las dos plantas de estilo mozárabe, comunicadas mediante una escalera interna tallada directamente en la piedra. Seguramente el piso superior se prolongaba mediante una tribuna de madera para acoger más fieles. En cualquier caso, los cuidados detalles del interior (arco de herradura, contraábside, pilar cuadrangular) contrastan con el tosco aspecto exterior, en el que a primera vista pasa desapercibida la mano del Hombre.

La iglesia de Arroyuelos/Imagen: Yildori en Wikimedia Commons

Cantabria también dispone de una gran riqueza patrimonial de ese tipo que sumar a lo ya enunciado: las iglesias de Arredondo, Campo de Ebro, Santo Toribio de Liébana, Cambarco y Ubiarco; los eremitorios del Tobazo (Villaescusa del Ebro), Cuevatón (San Andrés de Valdelomar), Peña Castrejón y Peña Horacada (San Martín de Valdelomar); y el conjunto eremítico de Los Ventanos (Villamoñico).

Ermita de San Miguel de Bricia

Cambiemos otra vez de comunidad autónoma para entrar en tierras burgalesas. Muy poco después de Arroyuelos, encontramos el pueblo de Presillas de Bricia. Allí, rodeada por un robledal y excavada en un peñón de arenisca, se alza una ermita dedicada a San Miguel que, pese al efecto de la erosión y su estado de abandono, también está entre las más vistosas.

Ello se debe a que tiene dos plantas, la inferior estructurada en tres naves separadas por dos arcos de medio punto sostenidos por columnas, más los correspondientes ábsides, altares y hornacinas, todo ello pétreo. Al piso de arriba se sube mediante una escalera, también labrada in situ.

Ermita de San Bernabé

Desviándose hacia el este, en el límite nororiental de la provincia, llegamos a Ojo Guareña, un complejo kárstico con más de un centenar de kilómetros de galerías declarado Monumento Natural y habitado desde la prehistoria. Allí está Merindad de Sotocueva donde, aprovechando un abrigo natural de roca envolvente, se construyó, parte excavando la pared, parte exenta, la hermosa ermita de San Bernabé.

La iglesia de San Bernabé, en Merindad de Sotoscueva/Imagen: Luis Rogelio HM en Wikimedia Commons

Los monumentos reseñados son, acaso, los más representativos y próximos entre sí. Pero hay muchísimos más. En Burgos concretamente están los complejos eremíticos de Covarrubias, Las Gobas, Herrán y Castrillo de la Reina; los eremitorios de San Pedro de Argés, Valpeñoso, La Gallega, San Andrés, Cueva de los Moros, Santa María de Garoña, Tartarés de Cilla y Ombenite; las ermitas de Santa Ana, San Sebastián y Nuestra Señora de la Peña; a todo ello hay que sumarle decenas de necrópolis y cuevas.