Las palomas migratorias, conocidas científicamente como Ectopistes migratorius, fueron una vez las aves más abundantes de América del Norte, y posiblemente del mundo. Su nombre, derivado del francés passager que significa «pasajero», refleja sus hábitos migratorios.

Estas aves viajaban en enormes bandadas que, según los relatos históricos, oscurecían el cielo durante su paso, y su aleteo producía un estruendoso ruido acompañado de viento.

Ese asombroso espectáculo ya no puede ser contemplado, pues las palomas migratorias se extinguieron hace más de un siglo. La última paloma migratoria salvaje fue tristemente abatida a tiros por un niño en Ohio en el año 1900.

Caza de palomas migratorias en Iowa, fotografía publicada en un periódico de 1867
Caza de palomas migratorias en Iowa, fotografía publicada en un periódico de 1867. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

Pero antes de eso, durante su apogeo, se estima que la población de palomas migratorias oscilaba entre 3 mil millones y 5 mil millones de individuos.

Su peso oscilaba entre 260 y 340 gramos, y los machos podían alcanzar los 41 centímetros de largo. Tenían la cabeza, nuca y cuello gris azulado con plumas iridiscentes que varíaban en color según la luz. La parte superior de las alas y el dorso era gris pálido o pizarra con tonos marrón oliva.

Las alas tenían manchas negras y bordes blancos, con las plumas centrales de la cola gris parduzco y el resto blancas. Las hembras eran más pequeñas y tenían colores más apagados.

Macho y hembra de paloma migratoria, disecados en la colección de la Universidad Laval
Macho y hembra de paloma migratoria, disecados en la colección de la Universidad Laval. Crédito: Cephas / Wikimedia Commons

El ornitólogo y naturalista John James Audubon contempló y describió en 1813 una migración en la que las aves pasaban en multitudes tan densas que cubrían el cielo por completo y la luz del día se oscurecía.

En 1866, una bandada avistada en el sur de Ontario fue descrita como de 1,5 kilómetros de ancho y 500 kilómetros de largo, una espectacular e inquietante columna de aves que tardó 14 horas en pasar y que podría haber contenido hasta 3,5 mil millones de aves.

Las palomas migratorias eran aves muy sociales, no solo en su comportamiento de vuelo, sino también en su alimentación y reproducción. Formaban grandes colonias donde se alimentaban de frutos, semillas y bellotas, y se reproducían en nidos comunales que abarrotaban las copas de los árboles en los bosques caducifolios de América del Norte.

Martha, la última paloma migratoria, en el Museo Nacional de Historia Natural
Martha, la última paloma migratoria, en el Museo Nacional de Historia Natural. Crédito: Ph0705 / Wikimedia Commons

Su comportamiento migratorio era constante y nomádico, siempre en busca de alimentos y lugares de anidación adecuados. Durante el invierno, su rango se extendía desde Arkansas y Carolina del Norte hasta Texas y la costa del Golfo, aunque en ocasiones se aventuraban más al norte hasta Pensilvania y Connecticut. Las palomas migratorias preferían los grandes pantanos con árboles de aliso para pernoctar, y en ausencia de estos, se asentaban en áreas forestales densas con pinos.

Eran capaces de volar a velocidades de hasta 100 kilómetros por hora, moviéndose con rapidez tanto a través de bosques como en espacios abiertos. Las bandadas estaban altamente coordinadas, siendo capaces de cambiar de dirección en masa para evitar depredadores, lo que les permitía una impresionante maniobrabilidad en el aire.

La relación de las palomas migratorias con los humanos comenzó de manera relativamente benigna, con la caza por parte de los nativos americanos para obtener alimento. Sin embargo, con la llegada de los colonos europeos se intensificó significativamente, convirtiéndose en una fuente de alimento barata y accesible, lo que llevó a una caza indiscriminada y a gran escala a lo largo del siglo XIX.

Caza de palomas migratorias en Luisiana, ilustración de un periódico en 1875
Caza de palomas migratorias en Luisiana, ilustración de un periódico en 1875. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

La deforestación masiva también jugó un papel crucial en su declive. La destrucción de los grandes bosques que servían como su hábitat principal y sitios de anidación redujo drásticamente las áreas disponibles para estas aves. Entre 1800 y 1870, la población de palomas migratorias comenzó un lento declive, seguido de una rápida disminución entre 1870 y 1890.

Para 1900, la última paloma migratoria salvaje fue abatida en el sur de Ohio, aunque la extinción no sería definitiva hasta 1914 con la muerte de Martha, la última paloma migratoria conocida, en el zoológico de Cincinnati.

El caso de las palomas migratorias se ha convertido en un ejemplo paradigmático de la extinción inducida por el hombre. Sirve como un recordatorio de la fragilidad de los ecosistemas y la rapidez con la que una especie, por muy abundante que sea, puede ser llevada a la extinción a través de la explotación y la destrucción del hábitat.



  • Comparte este artículo:

Something went wrong. Please refresh the page and/or try again.