Aunque estamos acostumbrados a leer acerca de reyes y grandes faraones egipcios, de gigantescos monumentos como las pirámides y las mastabas, la civilización egipcia no surgió de la nada sino que se desarrolló a partir de culturas prehistóricas en torno al delta del Nilo.

La más antigua, y quizá una de las más enigmáticas, que está considerada como el origen de la posterior civilización egipcia, es la cultura Merimdense que floreció aproximadamente desde el final del sexto milenio a.C. hasta principios del cuarto milenio a.C.

Su nombre proviene del sitio arqueológico de Merimde, situado cerca del pueblo de Benisalame a unos 45 kilómetros al noroeste del actual El Cairo, descubierto por el arqueólogo Hermann Junker en 1928.

Yacimiento de Merimde
Yacimiento de Merimde. Crédito: Giulio Lucarini / Egypt Exploration Society

Junker excavó el yacimiento hasta 1939, sin embargo los resultados nunca se publicaron porque toda la documentación se perdió durante la Segunda Guerra Mundial. Hubo que esperar a las excavaciones del Instituto Arqueológico Alemán entre 1977 y 1982 para obtener los primeros estudios sistemáticos.

Según Joanne M. Rowland, el asentamiento neolítico de Merimde es único, ya que proporciona las pruebas más antiguas de un asentamiento neolítico construido en el norte de África. Estaba formado por pequeñas cabañas de zarzo y caña al principio y de adobe después, de planta redonda o elíptica, y sus habitantes se dedicaban a la agricultura y la ganadería, sin que parezca haber existido una diferenciación social entre ellos.

Guardaban el grano en grandes vasijas de 2,4 metros diámetro enterradas en el suelo y distribuidas por toda la aldea, y complementaban su dieta con la caza y la pesca. Desde el principio, el ganado vacuno era predominante y su número aumentó con el tiempo. La pesca se convirtió en una actividad crucial, con evidencias de caza de hipopótamos, cocodrilos y tortugas, y el consumo de moluscos de río. Esta orientación hacia los recursos acuáticos destaca la adaptación de los merimdenses a su entorno y su habilidad para explotar los recursos del Nilo.

Otra vista de la cabeza de ídolo de Merimde
Otra vista de la cabeza de ídolo de Merimde. Crédito: Prof. Mortel / Wikimedia Commons / Flickr

Fabricaban tazones y cuencos de cerámica sorprendentemente creados sin aditivos para endurecer la arcilla, una técnica avanzada para su tiempo. Entre los pequeños artefactos que creaban se encuentran ídolos humanos, figurillas de toros, joyas hechas de conchas de agua dulce y perlas de huevo de avestruz. Estos objetos indican una red de intercambio extendida hasta el Mar Rojo, ya que muchas de las especies de conchas encontradas no son nativas de la región.

Uno de los hallazgos más intrigantes de la cultura Merimdense es la falta de cementerios. En su lugar, los muertos eran enterrados frente a sus antiguas casas, en fosas ovaladas y en posición fetal y mirando hacia la entrada, sin ningún tipo de ajuar ni ofrendas. Los niños, probablemente no considerados todavía miembros de pleno derecho de la comunidad, eran simplemente arrojados a las fosas de desechos del asentamiento.

La mayoría de los esqueletos enterrados de esta manera y encontrados durante las excavaciones eran dolicocéfalos, es decir, su cráneo era más largo de lo normal en relación con el ancho, algo habitual en las culturas predinásticas de Egipto.

Otra de las cabezas de Merimde
Otra de las cabezas de Merimde. Crédito: Prof. Mortel / Wikimedia Commons / Flickr

La cultura Merimdense muestra una interesante transición de influencias culturales. Inicialmente vinculada con el suroeste asiático, sus conexiones se desplazaron hacia el ámbito africano hasta consolidarse como una cultura neolítica autóctona del Bajo Egipto, influenciando a culturas neolíticas posteriores como la Fayum-A y la Maadi.

Son características del arte merimdense las figurillas de terracota, como la conocida cabeza del ídolo datada en el IV milenio a.C. que constituye la primera representación humana encontrada en Egipto. Tallada con apenas cinco huecos esquemáticos que representan los ojos, la nariz y la boca en un bloque ovalado, probablemente se utilizaba en rituales religiosos sobre algún soporte.

Algunos investigadores creen que la cabeza, que mide unos 12 centímetros, se complementaba con pelo y barba hechos de plumas que se insertaban en los pequeños agujeros que hay alrededor de la cara. Otras de estas cabezas o caras, se asemejan más a máscaras, pero todas parecen haber tenido un uso ritual y son, según Carlos Blanco, de difícil interpretación debido a su aspecto grotesco.


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