Valiente hasta caer en la temeridad, especialmente en lo tocante a exponer excesivamente su propia integridad física durante los combates, Cares de Atenas fue un general que, sin embargo, nunca gozó de prestigio ni de favor popular. La razón hay que buscarla en su turbia personalidad: no sólo no ocultaba sino que presumía de su comportamiento libertino, carecía de escrúpulos, no trataba bien a sus subordinados y aprovechaba sin dudar cualquier ocasión que pudiera enriquecerle, fuera lícita o no. Y, encima, pese a que Plutarco le consideraba el mejor general de Atenas, nunca ganó una batalla realmente importante.

Respecto a ese dudoso currículum cabe decir que le tocó vivir una época difícil, el siglo IV a.C., en el que coincidió nada más y nada menos que con Filipo de Macedonia, el hombre que forjó las bases del imperio que luego heredaría y ampliaría su hijo, Alejandro Magno. Y sí, Cares de Atenas se enfrentó varias veces al macedonio, consiguiendo triunfos en escaramuzas menores pero cayendo estrepitosamente en los choques de mayor entidad, del que el más señalado fue la famosa batalla de Queronea.

Los datos biográficos que tenemos sobre Cares provienen de fuentes clásicas, unas coetáneas y otras posteriores: las Helénicas de Jenofonte, la Biblioteca histórica de Diodoro de Sicilia, la Anábasis de Alejandro Magno de Flavio Arriano, el Foción de Plutarco o algunos discursos de Demóstenes. Ninguna de ellas concreta nada sobre su vida personal, centrándose en la militar, por eso ignoramos las fechas y lugares de su nacimiento y muerte. De hecho, no aparece en los registros históricos hasta el año 367 a.C., en el que fue enviado al frente de una fuerza a socorrer a la ciudad de Fliunte.

Grecia en la segunda mitad del siglo IV a.C.
Grecia en la segunda mitad del siglo IV a.C. Crédito: Marsyas / Kordas / Wikimedia Commons

Fliunte, a la que a veces también se llama Fliasia, era una polis de la Argólida. Ancestralmente aliada de Esparta, fue una de las que enviaron un contingente de guerreros para ayudar a Leónidas en las Termópilas y participó también en la batalla de Platea, incorporándose luego a la Liga del Peloponeso. En el siglo IV experimentó una aguda polarización sociopolítica entre demócratas y oligarcas que aprovecharon los vecinos argivos y arcadios para sitiarla. En ello estaban cuando llegó Cares y forzó a los atacantes a retirarse, en una campaña de renombre por la participación del famoso orador Esquines.

A continuación, se le encomendó a Cares la recuperación del puerto de Oropo, en la región de Ática, que había caído en manos de los sicionios, de la que nuevamente salió victorioso. Entonces se produce un salto cronológico hasta el 361 a.C.: nombrado estratego en relevo de Leóstenes, que acababa de ser vencido por Alejandro de Feras, tirano de Tesalia, viajó hasta la isla de Corcira (actual Corfú), donde ayudó a los oligarcas a dar un golpe de estado contra la facción democrática; un alzamiento sangriento que provocó antipatía hacia Atenas, pero lo malo fue que Cares tampoco mantuvo buena relación con la oligarquía y tres años más tarde, al estallar la Guerra Social, los atenienses perdieron el control de la isla.

El año anterior Cares había recibido una nueva misión: designado plenipotenciario, debía obligar al general Caridemo de Eubea a ratificar un tratado firmado con Atenodoro que suponía el traspaso del Quersoneso a manos atenienses. Cumplido el encargo empezó la mencionada contienda y se le asignó la comandancia de la flota a las órdenes del afamado estratego Cabrias. Como éste murió en una expedición punitiva a Quíos, el mando recayó en Cares, aunque compartido con Ifícrates y Timoteo. Esa tricefalia no iba a resultar bien.

Integrantes de la Segunda Liga Ateniense, alianza liderada por Atenas para defenderse primero de Esparta y luego del Imperio Persa
Integrantes de la Segunda Liga Ateniense, alianza liderada por Atenas para defenderse primero de Esparta y luego del Imperio Persa. Crédito: Costas78 / Wikimedia Commons

Y es que él se empeñó en librar una batalla haciendo caso omiso de la amenaza que suponía una fuerte tormenta y a despecho de la decisión de sus dos compañeros de no combatir en tales circunstancias, lo que devino en derrota. Considerando que esa omisión había sido la causa del desastre final, Cares los llevó a juicio en Atenas; algo bastante osado, teniendo en cuenta que Ifícrates y Timoteo habían prestado valiosos servicios militares a la ciudad y, por tanto, contaban con la simpatía de los atenienses.

Ifícrates, entre otras novedades, había llevado a cabo una reforma del ejército dando mayor importancia a los peltastas (infantería ligera), para lo que les trocó el pesado escudo tipo aspis por un ligero pelta que les daba nombre (una especie de adarga de mimbre), sustituyó las corazas de bronce por las más livianas de lino, dotó a los soldados de unas sandalias más fáciles de poner y alargó la longitud de lanzas y espadas. Todo ello le permitió vencer más de una vez a los temidos espartanos, al igual que Timoteo los había batido repetidamente en la mar con su flota.

Aunque Ifícrates y Timoteo habían tenido enfrentamientos personales en el pasado, para el 365 a.C. se habían congraciado y hasta emparentado, al casarse un hijo del primero, Menesteo, con la hija del segundo (Menesteo, por cierto, también formaba parte del mando en la batalla que ahora llevaba a juicio a su progenitor). Durante el proceso Cares contó con la ayuda de Aristófonte de Acenia, un legislador muy popular por haber promulgado leyes beneficiosas y que había superado hasta setenta y cinco acusaciones en su contra sin haber perdido ninguna.

Un peltasta agriano en una ilustración de Johnny Shumate
Un peltasta agriano en una ilustración de Johnny Shumate. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

El juicio terminó con la absolución parcial de los acusados, pero se les impusieron sendas multas de cien talentos, una cantidad enorme que Timoteo no pudo pagar y se vio obligado a marchar al exilio, pues además fue depuesto de su cargo de estratego al descubrirse que había sido sobornado por Quíos y Rodas. Al final, en atención a su hoja de servicios, los atenienses aportaron nueve décimas partes del dinero y la última la pagó otro de sus hijos, Conón, sufragando las obras de reparación de la muralla ateniense.

Consecuentemente, Cares quedó como único estratego en el mando. Dado que necesitaba fondos, decidió trabajar como mercenario para Artabazo II, sátrapa de la Frigia Helespóntica que se había rebelado contra la autoridad del rey aqueménida Artajerjes III cuando éste ordenó su destitución por desconfiar del ejército que había reunido. Cares y Artabazo derrotaron a las fuerzas persas y se adentraron en la región de la Gran Frigia, saqueándola. Como se les unió el general tebano Pamenes con cinco mil hombres más, Artejerjes se encontró en peligro y presionó a Atenas para que ordenase la vuelta de su estratego.

Los atenienses habían visto con buenos ojos la aventura de Cares porque les evitaba el desembolso monetario necesario para pagar a sus tropas, pero ahora el monarca persa les amenazaba con apoyar contra ellos a sus enemigos de otras partes de Grecia. Por mediación de dos políticos del partido demócrata, el tesorero Eubulo y el logógrafo Isócrates, se ordenó a Cares que pusiera fin a la campaña y regresara. Ayudaron las desavenencias surgidas entre Artabazo y Pamenes, que terminaron con la detención de éste y la huida del sátrapa, que se refugió en Macedonia, acogido por Filipo.

El rey aqueménida Artejerjes III en un relieve de Persépolis
El rey aqueménida Artejerjes III en un relieve de Persépolis. Crédito: AR VLD / Wikimedia Commons

El rey macedonio iba a convertirse pronto en un enconado antagonista de Cares. Después de que éste llevara a cabo en el 353 a.C. una expedición punitiva contra Sesto y Cardio, dos polis del Quersoneso tracio insumisas a la autoridad de Atenas, masacrando a la población masculina y vendiendo como esclavos a mujeres y niños -lo que le hizo ganarse fama de cruel-, tuvo ocasión de medirse por primera vez a Filipo. Fue en el 348 a.C., durante la Guerra Olíntica, llamada así porque la causa de su estallido fue la ciudad calcídica de Olinto (de ahí viene también el título de la obra de Demóstenes, Olínticas, tres discursos probélicos).

Un año antes, Filipo la había atacado como parte de su iniciativa para acabar con la Liga Calcídica y la polis pidió ayuda a Atenas, pese a que antaño habían sido enemigas y además estaban bastante distantes geográficamente. Los atenienses se percataron del peligro que suponía el macedonio después de que conquistara nada menos que treinta y dos ciudades de la Liga, así que enviaron un ejército dirigido por Cares, al que poco después relevaba el general Caridemo para, no mucho más tarde, recuperar el mando ante las críticas que suscitó el otro.

Fue durante esa segunda campaña cuando Cares obtuvo algunos triunfos sobre las tropas mercenarias de Filipo, algo que celebró de una forma que pudo costarle cara: organizando una fiesta que sufragó con el tesoro del santuario de Delfos. Lo había saqueado sin escrúpulos, algo que se consideró un sacrilegio y de ello fue acusado en la euthyne (el examen público) que en el 347 a.C. abrió contra él Cefisodoto, un general y orador ateniense veterano de las guerras contra Esparta y de la lucha contra los piratas (el líder de éstos, por cierto, había sido un antiguo amigo devenido en enemigo: el citado Caridemo).

El Quersoneso tracio
El Quersoneso tracio. Crédito: Rowanwindwhistler / Wikimedia Commons

Cares desapareció de la escena y los atenienses tuvieron que buscarlo desesperadamente para que retomara el mando de sus fuerzas en Tracia, ya que Filipo continuaba su expansión y ahora amenazaba a Cersobleptes, rey de los tracios odrisios. Es probable que Cares aprovechase la precaria paz previa firmada entre Macedonia y Atenas para realizar alguna razia privada con la que lucrarse personalmente. Sea como fuere, atenienses y macedonios solventaron la crisis por la vía diplomática para desgracia de Cersobleptes, que en el 341 a.C. acabó vencido y sustituido en el trono por un rey títere que designó Filipo, Seutes III.

Durante los años siguientes vuelve a caer un velo de silencio sobre Cares. El historiador quionio Teopompo asegura que coincidió con él en Sigeo, una ciudad griega del noroeste de Anatolia, lo que entra un poco en contradicción con un discurso de Demóstenes, titulado Sobre los asuntos del Quersoneso, en el que testimonia que intervenía en los consejos de Atenas y se cree que hasta defendió -con éxito- a un estratego llamado Diopites (padre del poeta Menandro), cuando éste tuvo que comparecer ante la asamblea ateniense acusado por Filipo de romper la paz.

Quizá la residencia de Cares era de ida y vuelta, pues un año más tarde se le encomendó acudir en ayuda de Bizancio ante la amenaza del monarca macedonio. Los bizantinos, sin embargo, recelaban de su mala fama y no quisieron recibirlo; con razón, pues durante la campaña se dedicó a saquear a sus propios aliados y terminó siendo sustituido por Foción, quien gozaba de gran prestigio y se había formado militarmente al lado de Cabrias, llegando a ostentar el récord de nombramientos como estratego (cuarenta y cinco veces). Hombre austero, solía ser objeto de burlas por parte de alguien tan frívolo como Cares.

Esquema de la batalla de Queronea
Esquema de la batalla de Queronea. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

Foción realizó un buen trabajo frente al enemigo, pero Filipo se hallaba ya a punto de abrir una nueva época y en el 338 a.C. derrotó a Cares en Anfisa (una polis de Fócida) y Queronea (en Beocia), esta última muy conocida porque en ella debutó Alejandro Magno como comandante junto a su padre. Aunque la batalla de Queronea supuso un desastre para Atenas y Tebas, él no fue sometido a juicio; no corrió la misma suerte su colega Lisicles, que acabó condenado a muerte (el estratego tebano, Teágenes, murió combatiendo según Plutarco o se pasó al enemigo según Dinarco).

Como vemos, Alejandro ya empezaba a despuntar y no tardó en ocupar el trono de su progenitor cuando éste falleció asesinado en el 336 a.C. Al año siguiente el joven monarca macedonio ajustó cuentas con todos los que habían intentado aprovechar la habitual confusión sucesoria e inició una campaña imparable en la que se apoderó de las regiones de Iliria y Tracia, reforzó el dominio sobre Tesalia y marchó contra el Ática; por el camino arrasó Tebas, dejando en pie solamente la casa del poeta Píndaro -su preferido- y masacrando a sus defensores con la única excepción de Timoclea, la hermana del reseñado Teágenes.

Atenas, viendo el destino de Tebas, se negó a dejarle entrar. Él propuso hacerlo en solitario, sin el ejército, acompañado únicamente de su escolta de heitaroi. Dejó la decisión en manos de un grupo de generales que él mismo propuso, uno de los cuales era Cares si seguimos el relato de Flavio Arriano, aunque Plutarco no lo menciona. Finalmente el orador Démades consiguió convencer al macedonio de que debía ser sólo uno quien dictaminara y el designado fue Caridemo, que accedió a su entrada en nombre de los atenienses. Alejandro reconocido como hegemón (gobernante de toda Grecia), tal cual había sido Filipo, tuvo entonces su famoso encuentro con Diógenes.

"Apárte de ahí; me tapas el sol". El encuentro entre Alejandro y Diógenes visto por el pintor Paride Pascucci
«Apárte de ahí; me tapas el sol». El encuentro entre Alejandro y Diógenes visto por el pintor Paride Pascucci. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

Pacificado el territorio heleno, el ambicioso soberano macedonio tuvo las manos libres para abordar el gran sueño de conquistar Persia. Su idea era implicar en ello a todos los griegos y, aunque no le faltaron detractores (de los que el recalcitrante Demóstenes era la punta de lanza, metafóricamente hablando), también tenía entusiastas dispuestos a seguirlo. La postura de Cares se quedó a medias. Había retornado a su residencia de Sigeo cuando, en el 334 a.C., recibió la noticia de que Alejandro acababa de cruzar el Helesponto y se dirigía a Troya para honrar la tumba de Aquiles.

Cares, al igual que otros notables de las polis jónicas, acudió a reunirse con él para mostrarle respeto. Sin embargo, no se incorporó a sus filas y permaneció en Sigeo. De hecho, transcurrido un año, el rey aqueménida Darío III le contrató para defender la ciudad de Mitilene; ésta había sido sitiada por otro mercenario, Memnón de Rodas (derrotado en el Gránico por Alejandro) y terminada de conquistar por los almirantes Farnabazo III y Autofradates (Memnón falleció durante el asedio). Pero la flota debía levar anclas para operar en las islas del Egeo y no podía hacerlo dejando la urbe indefensa.

Lamentablemente para Cares, el monarca fue estrepitosamente batido por los macedonios en Issos y Gaugamela, perdiendo su autoridad y su imperio a manos de Alejandro. Cares tuvo que entregar Mitilene y probablemente regresó a su querida Sigeo, desapareciendo definitivamente de la Historia.


FUENTES

Jenofonte, Helénicas

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica

Plutarco, Vidas paralelas

Lucio Flavio Arriano, Anábasis de Alejandro Magno

Demóstenes, Discursos ante la Asamblea

Wikipedia, Cares de Atenas


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