Fue habitual que, a lo largo de los siglos, los reyes tejieran alianzas y relaciones diplomáticas a través de políticas de enlaces matrimoniales. En la historia de España encontramos no pocos ejemplos con reinas consortes procedentes de diversos rincones de Europa, desde Portugal a Francia pasando por Inglaterra, Austria o Italia fundamentalmente. A veces vinieron de lugares menos frecuentes, caso de Grecia o del que vamos a ver a continuación, aunque en su caso no reinó. Y es que corría el siglo XIII cuando el rey de Castilla y León, Alfonso X el Sabio, pactó la boda de su hermano con la princesa escandinava Kristín Hákonardóttir, que ha pasado a la posteridad con el nombre de Cristina (o Kristina) de Noruega.

Todo aquel que pase por la localidad burgalesa de Covarrubias debería hacer una parada para ver su patrimonio monumental, declarado Conjunto Histórico y Bien de Interés Cultural. Están el palacio y el torreón medievales de Fernán González (en el segundo se dice que el titular homónimo mandó emparedar a su hija, la infanta Urraca, por enamorarse de un pastor), la muralla del siglo XVI, la iglesia parroquial de Santo Tomás, la casa tradicional de Doña Sancha (de adobe con entramado de madera), un par de cruceros, un rollo jurisdiccional, la fachada del Archivo del Adelantamiento de Castilla y muchas cosas más.

Una de las más insólitas es la capilla de San Olav, primera ermita construida en España en el siglo XXI y, por tanto, hecha con materiales poco comunes para ese tipo de arquitectura (chapa y madera). Que se haya erigido un templo en honor de ese santo, un rey vikingo que se convirtió al cristianismo en Normandía e introdujo esa fe en Noruega tras acceder al trono que reclamaba como descendiente del fallecido Harald I, se debe al regalo de bodas que pidió la citada princesa Cristina a su esposo, el infante Felipe, al pisar suelo castellano un miércoles de ceniza. Así lo narra el escaldo Sturla Tordarson en su obra Hákonar saga gamla («Saga de Haakon el Viejo«).

La peculiar ermita de San Olav
La peculiar ermita de San Olav. Crédito: Helia.hdh / Wikimedia Commons

Hay que aclarar que aquella promesa no llegó a materializarse hasta ocho siglos más tarde debido al temprano fallecimiento de la joven, que apenas vivió cuatro años en España. Lo cual nos lleva a otro curioso rincón de Covarrubias: la colegiata de San Cosme y San Damián, una iglesia parroquial de estilo gótico tardío que se empezó a construir en 1474, reinando los Reyes Católicos, y que acoge los sepulcros de diversos personajes históricos castellanos como el conde Fernán González, su esposa Sancha de Pamplona y su hija Urraca (a la sazón reina consorte de León, por sus sucesivos matrimonios con Ordoño III y Ordoño IV, y de Pamplona, como esposa en terceras nupcias de Sancho Garcés II).

También allí pero en un sarcófago gótico ubicado en el claustro, descansan los restos mortales de Cristina de Noruega, la citada hija de los reyes Haakon IV y Margarita Skulesdatter, y hermana de Olaf, Haakon el Joven y Magnus VI (el ordinal de éste se debe a que sucedió a su padre en el trono en 1263 al haber fallecido sus hermanos mayores). Durante siglos no se supo lo que había en el interior de dicho sarcófago, pues no se abrió hasta 1958 durante unos trabajos de restauración, hallándose dentro un ataúd de madera que contenía el cuerpo momificado de una mujer envuelta en seda. El análisis de la tela reveló que era del siglo XIII, todo un indicio.

Las conclusiones de los doctores Maximiliano Gutiérrez y Gabriel Escudero en 1958 fueron que se trataba de una persona que tenía entre veintiséis y veintiocho años en el momento del óbito, lo que, combinado con su gran altura para la media de la época (1,72 m.) y el buen estado de su dentadura (sin caries), permitía identificarla con bastante probabilidad con Cristina de Noruega. Algo muy oportuno, puesto que se cumplían siete siglos desde su boda con el infante Felipe de Castilla. No se partía de cero en el reconocimiento, puesto que un manuscrito datado en 1756 y conservado en el archivo de la colegiata ya indicaba que el cuerpo de la princesa había sido depositado en el claustro.

El sepulcro de Cristina de Noruega en el claustro de la colegiata
El sepulcro de Cristina de Noruega en el claustro de la colegiata. Crédito: Lourdes Cardenal / Wikimedia Commons

Consecuentemente, se colocó ad hoc una lápida identificativa a la que en 1978 se sumó una estatua de bronce frente a la fachada del templo (obra de la artista Brit Sørensen), inaugurándose con presencia de una delegación noruega. Fue ésta la que también impulsó el hermanamiento de Covarrubias con Tønsberg, la creación de una fundación (la Fundación Princesa Kristina de Noruega) que, mano a mano con la embajada de ese país, organiza cada año en el pueblo un mercadillo escandinavo y un festival de música, aparte de impulsar un club de esgrima antigua y la construcción de la reseñada capilla de San Olav en 2011.

La pregunta que más de uno se estará haciendo es cómo acabó Cristina en Castilla, pues era natural de Bergen, donde nació en 1234. La respuesta hay que buscarla en lo que decíamos al principio: una alianza matrimonial pactada entre los reyes Alfonso X el Sabio y Haakon IV. En su Det norske folks historie («Historia del pueblo noruego»), publicada a mediados del siglo XIX, el historiador medievalista noruego Peter Andreas Munch narró esa aventura explicando que fue en 1255 cuando el monarca escandinavo envió una embajada a la corona castellana, que por esa época aunaba ya los reinos de León, Galicia, Jaén, Córdoba, Sevilla, Badajoz y Murcia, dejando patente su progresiva expansión e interés estratégico.

Los recién llegados, que llevaban consigo obsequios como pieles, cueros y halcones, no sólo fueron muy bien recibidos sino que al año siguiente, cuando emprendieron el regreso, lo hicieron acompañados de varios representantes en nombre de Alfonso X. Al frente estaba el consejero real don Fernando y contaba con el asesoramiento de otro, Sira Ferrant, que había estudiado en la universidad parisina de La Sorbona con Petter Hamar, consejero del reino noruego. Su misión era pactar un casamiento entre miembros de ambas dinastías, pues ambos reinos sacarían provecho con una alianza.

Fachada de la colegiata de San Cosme y San Damián, en Covarrubias
Fachada de la colegiata de San Cosme y San Damián, en Covarrubias. Crédito: Rowanwindwhistler / Wikimedia Commons

Noruega, donde la agricultura estaba muy limitada por el clima, tendría facilidad comercial para importar el abundante trigo que producía Castilla, mientras que Alfonso X planeaba un ambicioso objetivo: conseguir el apoyo político y militar de Haakon IV -cuyo reino también estaba en pleno crecimiento- para su candidatura a un Sacro Imperio Romano Germánico en el que el trono estaba vacante desde la muerte de Federico II Hohenstaufen; ya hablamos de este emperador al que se denominaba Stupor Mundi en otro artículo, por lo que sólo vamos a añadir que el monarca castellano era nieto de una prima suya, de ahí sus aspiraciones.

Cuenta la leyenda que se propuso una boda del propio rey con una hija de su colega noruego dado que su esposa, Violante de Aragón (hija de Jaime I el Conquistador), era infértil. Lo cierto es que Violante tuvo once vástagos, por lo que en realidad el casamiento iba a ser más bien con alguno de los cuatro hermanos del monarca que todavía vivían (Fadrique, Enrique, Felipe, Sancho y Manuel, aparte de Berenguela y cuatro hermanastros). Haakon aceptó con la condición de que la designada, su hija Kristín, pudiera escoger. La princesa zarpó del puerto de Tønsberg en el verano de 1257, acompañada de una comitiva que superaba el centenar de personas, hicieron escala en Yarmmouth (Inglaterra), cruzaron el Canal de la Mancha y desembarcaron en Normandía, atravesando Francia a caballo hasta pasar los Pirineos.

Entraron así en Aragón, siendo recibidos en Gerona por Jaime el Conquistador, el suegro de Alfonso X, que compareció con un enorme séquito. Al parecer el monarca quedó prendado de la belleza de la princesa -alta, rubia, ojos azules- y le propuso matrimonio, algo que el embajador noruego Loðinn Leppur, que lideraba la expedición, tuvo que rechazar con mano izquierda por la excesiva diferencia de edad. Pasaron entonces a Castilla y llegaron a Burgos en Nochebuena, alojándose en la abadía de Santa María la Real de las Huelgas. El rey los recibió en Palencia y todos juntos entraron en la corte de Valladolid el 3 de enero de 1258.

La estatua erigida en Covarrubias en memoria de Cristina de Noruega, obra de la artista Britt Sørensen
La estatua erigida en Covarrubias en memoria de Cristina de Noruega, obra de la artista Britt Sørensen. Crédito: Ecelan / Wikimedia Commons

Fue allí donde Cristina conoció por fin a los hermanos de Alfonso X, eligiendo a Felipe, más joven (aunque era tres años mayor que ella), pese a que en principio había sido destinado por su padre a una carrera eclesiástica como obispo de Sevilla (para la que, todo sea dicho, él no tenía vocación y por eso se negaba a continuarla, pasando el día de caza), pero al que Alfonso prefería en esa nueva función. Otra leyenda cuenta que Cristina le escogió porque Federico tenía una cicatriz de guerra que le deformaba la boca, mientras que Fadrique estaba descartado por sublevarse y Sancho quería continuar su carrera como obispo de Toledo.

La boda, fastuosa, se celebró el 31 de marzo de 1258 en Valladolid, en la iglesia de Santa María la Mayor, germen de la futura catedral, y a continuación el śequito noruego regresó a su país salvo dos de sus miembros, los guerreros llamados Ivar y Thorleit, que viajaron a Jerusalén. Los contrayentes se establecieron en Sevilla, no sin que antes Felipe fuera extraordinariamente colmado de honores, mercedes y posesiones por su hermano para compensar la pérdida de los beneficios que le daba hasta entonces la archidiócesis sevillana: señoríos, impuestos, rentas, pechos reales, heredades…

De nuevo aquí surge una leyenda, la que cuenta que Cristina sólo vivió cuatro años más porque falleció a los veintiocho, en 1262, de una combinación de melancolía, a causa de la existencia aburrida que llevaba y la nostalgia de su patria natal. No extraña que haya generado un aura romántica que la hace acreedora a ser probablemente la primera mujer hispana de la realeza en ser calificada como «la de los tristes destinos». En realidad, según la Crónica de Alfonso X, el óbito se debió a alguna enfermedad derivada del intenso calor andaluz, que sufría especialmente por no estar acostumbrada. Por lo demás se ignora si la vida conyugal con su marido fue feliz; el único dato cierto es que no tuvieron hijos y que él no tuvo tiempo de construirle la prometida ermita de San Olav.

La estatua de la princesa Kristina y su entorno en Covarrubias
La estatua de la princesa Kristina y su entorno en Covarrubias. Crédito: TurismoRuralArlanza / Wikimedia Commons

Según la reseñada crónica, Felipe sufrió «grandes estragos morales». Su tristeza le llevó a buscar consuelo inmediato casándose en segundas nupcias con la dama castellana Inés de Guevara, lo que puso fin definitivo a la relación entre Castilla y Noruega, que nunca llegó a tener efectos políticos prácticos porque Alfonso se vio obligado a renunciar a su sueño imperial y, careciendo de la ayuda militar apalabrada, también a su prevista conquista del norte de África.

Cabe añadir que Felipe enviudó de nuevo muy pronto, en 1265, buscando como tercera esposa a Leonor Rodríguez de Castro, cuya familia era enemiga de Alfonso X y eso le hizo perder el favor de su hermano, lo que desembocó en una revuelta en la que perdió la vida.

Cristina es la única integrante de la familia real noruega enterrada fuera de su tierra. Y dado que su efímero paso por Castilla está teñido de un tono legendario es casi inevitable acabar este artículo insistiendo en ello. En 1958, cuando se abrió el sarcófago donde reposaban sus restos, junto a éstos había un pergamino que tenía escritos varios versos y tres recetas contra el mal de oído, lo que ha llevado a suponer que Cristina muriera de una infección de ese tipo.



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