Si preguntásemos a los lectores cuántas mujeres pintoras podrían citar probablemente no saldrían muchos nombres. La mayoría nombraría a Frida Kahlo y Berthe Morisot, llegando alguno más avezado hasta Dora Maar, Yayoi Kusama o Paula Rego; los españoles quizá recordarían a Maruja Mallo y los que vieron las películas correspondientes, a Leonora Carrington y Margaret Keane.

Todas ellas tienen en común el ser contemporáneas; en caso de retroceder en el tiempo a la Edad Moderna, quizá supieran de Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentilleschi y Clara Peeters. Pero hubo artistas femeninas desde la prehistoria y una de las destacadas de la Antigüedad fue la griega Iaia de Cícico.

Cícico era una ciudad helena situada en Misia, la región noroccidental de Anatolia que estaba asomada a la Propóntide, que es como se denominaba antaño al mar de Mármara (el que une el Egeo con el mar Negro a través del Bósforo y los Dardanelos). El nombre de la urbe viene del personaje homónimo que, según las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, era rey de los doliones, aquellos descendientes de Poseidón que habitaban en una isla frigia de esa zona y que fueron liberados de la amenaza de los terrígenos (gigantes de seis brazos) por Heracles, cuando arribó allí como en la nave Argos que capitaneaba Jasón en su búsqueda del vellocino de oro.

Iaia pinta su autorretrato ayudándose de un espejo, obra de Johann Georg Hiltensperger
Iaia pinta su autorretrato ayudándose de un espejo, obra de Johann Georg Hiltensperger Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

En realidad se trataba de una colonia de Mileto disputada entre griegos y persas, rendida a estos últimos después de la revuelta jónica del 499 a.C. y recuperada por los atenienses en el 411 a.C., para pasar a continuación a manos de Esparta.

Tras la muerte de Alejandro Magno quedó vinculada por vía matrimonial a la dinastía Atálida de Pérgamo y permaneció independiente hasta las Guerras Mitridáticas, en las que los romanos la declararon Libera civitas («ciudad libre»), ampliando sus fronteras hasta convertirla en la más importante de aquellas latitudes junto con Nicea y Nicomedia.

Iaia vivió precisamente en tiempos de Roma, concretamente en la última etapa republicana (de hecho, murió en el año 27 a.C., el mismo en que Octavio pasó a ser emperador).

Iaia (en ocasiones llamada Marcia en Roma) practicando la escultura en una ilustración anónima de una edición francesa de 1450 de la obra de Bocaccio De mulieribus claris
Iaia (en ocasiones llamada Marcia en Roma) practicando la escultura en una ilustración anónima de una edición francesa de 1450 de la obra de Bocaccio De mulieribus claris. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

Lo cierto es que no sabemos gran cosa de ella porque en la Antigüedad, y especialmente en el mundo grecorromano, el estatus social de las mujeres era muy bajo y se les prestaba poca atención, sobre todo si no pertenecían a las clases acomodadas. Se supone que nació en torno al 100 a.C. y al alcanzar cierta edad se trasladó a Roma, posiblemente atraída por la demanda de artistas que había en la ciudad.

Por lo tanto, Iaia ya se había iniciado en el arte pictórico y probablemente también el escultórico. Más adelante veremos que, asimismo, practicó la encáustica (técnica sobre marfil), si bien su gran especialidad era la pintura sobre tabla; algo que nos resulta prácticamente desconocido hoy porque apenas se conservan obras en esos soportes de ningún artista griego: ni de Apeles, ni de Parrasio, ni de Zexis, ni de Protógenes, mientras que de Polignoto únicamente ha sobrevivido alguna vasija de cerámica ilustrada. Como se puede deducir, tampoco queda nada hecho por Iaia.

Por tanto, lo que sabemos de su arte es gracias a las fuentes documentales, y aún así tampoco es que haya muchas. La principal es la Historia naturalis de Plinio el Viejo, escrita mucho después de su muerte, en el año 77 d.C.

Otra versión de Iaia (como Marcia) con su autorretrato, en este caso de una edición de De mulieribus claris de 1403 ilustrada por el Maestro de la Coronación de la Virgen
Otra versión de Iaia (como Marcia) con su autorretrato, en este caso de una edición de De mulieribus claris de 1403 ilustrada por el Maestro de la Coronación de la Virgen. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

En ella, el autor romano la cita como una de las seis grandes pintoras de la Antigüedad, junto a Timarete (hija del pintor Miconis, fue la primera conocida de la Historia, allá por el siglo V a.C.), Irene (como la anterior, hija de un pintor -Cratino-, vivió en el siglo I d.C.), Aristarete (que fue adiestrada por su padre, un alfarero llamado Nearco) y Olimpia (de la que sólo sabemos que tuvo un discípulo llamado Autóbulo).

Hemos dicho seis y sólo reseñamos cuatro (cinco, con Iaia). La sexta sería Calipso, pero existen dudas sobre si se trataba de una artista o únicamente era un personaje (la ninfa homónima que retiene a Odiseo en su isla, en la Odisea de Homero) pintado por Iaia, ya que es la única de la que Plinio habla sin acompañar de ningún dato sobre su obra ni parientes. Además, su nombre aparece como Calypso senem, que podría aludir a que pintó la Vejez pero que también puede ser una corrupción del acusativo latino Calypsonem (lo que demostraría su carácter de mero tema ella misma).

En fin, volvamos con Iaia, a la que Bocaccio llama Marcia Severa en su obra De mulieribus claris (publicado en 1362), seguramente confundiéndola con una de las tres vírgenes vestales romanas que fueron procesadas entre el 115 y el 113 a.C. Las acusaron de haber roto sus votos de castidad con Lucilio Veturio y sus amigos, siendo denunciadas por un esclavo al que no concedieron la manumisión prometida por ayudarlas. Las otras dos eran Emilia y Licinia, terminando todas condenadas a pena capital; se las enterró vivas.

Iaia como Marcia Varronis, aparece en esta xilografía alemana que ilustra una edición de 1474 de De mulieribus claris
Iaia como Marcia Varronis, aparece en esta xilografía alemana que ilustra una edición de 1474 de De mulieribus claris. Crédito: kladcat / Wikimedia Commons

Iaia no tenía nada que ver, pues, con Marcia, pese a que Bocaccio también le pone el apellido Varrón porque explica que estuvo en Roma en la época de juventud de Marco Terencio Varrón, el que fue mano derecha de Pompeyo durante la guerra civil y al que Julio César indultó, nombrándolo director de las bibliotecas públicas (luego cayó en desgracia con Marco Antonio, pero fue restituido por Octavio y ya sólo se dedicó a escribir).

Insistiendo en su perpetua virgo (virginidad perpetua, que también destaca la escritora medieval veneciana Christine de Pizán en su libro La cité des dames), acaso porque perteneciera a algún culto o sacerdocio que lo exigiera, añade que nunca pintó hombres y permaneció soltera toda su vida, por lo que no tuvo descendencia.

Lo suyo eran los pinceles, que no sólo manejaba con destreza sino también con rapidez: «Nadie tenía mano más rápida que ella en la pintura» dice Plinio comparándola con el tiempo que se tomaban artistas masculinos como Sopolio o Dionisio, algo que le permitía cobrar más que ellos en los encargos que recibía (sobre todo de mujeres patricias).

Otra versión más de Iaia pintando su autorretrato con un espejo: en una edición del libro de Bocaccio de 1473
Otra versión más de Iaia pintando su autorretrato con un espejo: en una edición del libro de Bocaccio de 1473. Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

El caso es que no sabemos qué pintó exactamente, más allá de las referencias posteriores a una gran tabla que había dejado en Neápolis (Nápoles), un autorretrato hecho usando un espejo (el primero femenino del que hay constancia en la Historia) y una pintura de una anciana.

Plinio y Bocaccio dan testimonio de que Iaia solía usar el cestrum, una especie de buril o espátula con la que practicaba la encáustica, una técnica pictórica que Vitruvio describe por esa misma época («hay que aplicar una capa de cera caliente sobre la pintura y a continuación hay que pulir con unos trapos de lino bien secos»), si bien para entonces se consideraba algo obsoleta.

Los famosos retratos de El-Fayum están realizados así, aunque sobre madera (de hecho se trata de retratos de difuntos en sus propios sarcófagos), mientras que ella lo hacía sobre marfil.

En suma, podemos añadir otra mujer a la lista de artistas que proponíamos al comienzo. Lástima que no se pueda contemplar su obra.


Fuentes

Plinio el Viejo, Historia natural | Giovanni Bocaccio, De las mujeres ilustres en romance | Peter H. O’Brien, Iaia (fl. c. 100 bce) (en encyclopedia.com) | Frances Borzello, Seeing ourselves. Women’s self-portraits | Anthony Corbeil, A new painting of Calypso in Pliny the Elder | Wikipedia


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