Tras la muerte de Julio César, Roma quedó sumida en una guerra civil. Otra. Si la anterior se había debido al pulso por el poder entre el difunto y Pompeyo el Grande, esta vez fue entre los herederos del legado cesariano y los magnicidas. Los primeros, Octavio y Marco Antonio, acordaron una alianza contra los segundos, que tenían como líderes a Casio y Bruto, a los que derrotaron en la batalla de Filipos (Grecia) para repartirse el poder y formar lo que se conoce como Segundo Triunvirato, con Marco Emilio Lépido como tercer integrante. Estaban abocados a enfrentarse entre sí, pero antes tenían que solventar un último problema: el proscrito, que amenazaba con cortar el suministro de trigo a Roma merced a la poderosa flota que mandaba… y que sufrió una decisiva derrota en la batalla naval de Nauloco.

Sexto Pompeyo era el hijo menor que Pompeyo el Grande había tenido con su tercera esposa, Mucia Tercia, en torno al año 75 a.C. Debido a su juventud, no participó en la guerra civil y permaneció en Roma junto a su madrastra, Cornelia. A pesar de ello, cuando su padre fue vencido en la batalla de Farsalia tuvo que huir a Lesbos, donde se reunió la familia para pasar a Egipto. No llegó a pisarlo; desde el barco contempló cómo su progenitor era decapitado para evitar una intervención romana en el país y entonces marchó a Chipre para reunirse con su hermano Cneo.

Ambos lucharon junto a varios senadores contrarios a César desde Hispania y las provincias africanas. Pero uno tras otro fueron cayendo: Metelo Escipión y Catón el Joven se quitaron la vida tras perder la batalla de Tapso; y Tito Labieno fue abatido en la de Munda, la misma de la que inicialmente pudo escapar Cneo antes de ser capturado y ejecutado. Sólo quedó Sexto Pompeyo, que se refugió entre los lacetanos (una tribu íbera del noreste de Hispania) dedicado al pillaje. Consiguió reunir una considerable cantidad de partidarios que le permitió apoderarse de la Bética, siendo proclamado imperator por los locales.

Áureo acuñado en Sicilia con la efigie de Sexto Pompeyo
Áureo acuñado en Sicilia con la efigie de Sexto Pompeyo. Crédito: Siren-Com / Wikimedia Commons

La muerte de César parecía que le daría un respiro y la vuelta a la legalidad, hasta el punto de que contó para ello con el apoyo de Lépido, y el Senado hasta le nombró praefectus classis, es decir, almirante de la flota. Pero los partidarios de César exigían venganza y se vio arrastrado por los acontecimientos subsiguientes, pues como decíamos al comienzo, Octavio y Marco Antonio desataron una persecución política. El gran error de Sexto Pompeyo fue fiarse de la animadversión senatorial hacia el segundo para no acudir a reforzarle en el sitio de Mutina (Módena), en la Galia, contra el pretor rebelde Décimo Junio Bruto Albino.

Con la firma del Segundo Triunvirato, Marco Antonio impuso la inclusión de Sexto Pompeyo en la lista de proscritos que la Lex Pedia (promulgada por Quinto Pedio -de ahí el nombre-, compañero de consulado de su socio Octavio) contra los asesinos de César, a pesar de que no había tomado parte en el magnicidio. Fueron acusados aproximadamente dos centenares de senadores y dos mil équites, cuyas propiedades y riquezas fueron incautadas y se ofrecieron recompensas en metálico por sus cabezas. Por el momento él permaneció a salvo gracias a que dominaba el mar con sus barcos, aunque tenía la contrapartida de no controlar ningún puerto excepto los de Sicilia, a la que sumó la alianza de Quinto Cornificio, gobernador de la provincia de África.

Enclaves estratégicos, por lo demás, ya que eran fundamentales para bloquear el suministro de grano a Roma y, de hecho, la interrupción de ese abastecimiento provocaría una grave hambruna en el año 39 a.C., obligando al Segundo Triunvirato a negociar con Pompeyo. Por lo que se conoce como el Pacto de Miseno, él se comprometía a permitir la llegada de cereal a cambio de reconocérsele el dominio sobre Sicilia, Sardinia (Cerdeña), Corsica (Córcega) y el Peloponeso por un período de cinco años, que era el establecido para la duración del gobierno. Como cabía esperar, ninguno de los dos bandos estaba dispuesto a mantener su compromiso y la sospecha de que al final no respetarían el pacto llevó al praefectus classis a interrumpir de nuevo ese aprovisionamiento.

Reparto de provincias romanas en el Tratado de Miseno: en rosa, Octavio; en verde, Marco antonio; en marrón, Lépido; en morado, Sexto Pompeyo
Reparto de provincias romanas en el Tratado de Miseno: en rosa, Octavio; en verde, Marco antonio; en marrón, Lépido; en morado, Sexto Pompeyo. Crédito: Borsanova / Wikimedia Commons

Rendidos todos a la evidencia, no quedaba más camino que la guerra. El enemigo inmediato iba a ser Octavio, ya que a él le había correspondido la península itálica en el reparto, además de la Galia e Hispania (Marco Antonio se quedó con las ricas provincias de Oriente y Lépido con las africanas). No estaba en una posición fácil debido al descontento que había contra él por dos razones: verse obligado a expropiar tierras y poblaciones enteras para cumplir la promesa de asentar a las decenas de miles de veteranos de la guerra civil licenciados y haber mandado ejecutar a cientos de senadores partidarios de Lucio Antonio, el hermano menor de Marco Antonio, al que se había tenido que enfrentar militarmente por rebelde.

Lo irónico de la situación estaba en que había sido Octavio quien lograse el acuerdo con Sexto Pompeyo al haberse divorciado de su primera esposa, Claudia (cuya madre, Fulvia, tercera esposa de Marco Antonio, se sintió insultada y se unió a la mencionada insurrección de Lucio Antonio), para casarse con Escribonia, hija de Lucio Escribonio Libón, suegro y partidario de Pompeyo, si bien un año más tarde también se divorciaría de ella, el mismo día en que dio a luz a su única hija natural, Julia la Mayor, para contraer terceras nupcias con Livia Drusila. Asimismo, Octavio había prometido a Sexto Pompeyo el consulado para el año 35 a.C.

Sin embargo, se produjeron dos episodios que iban a dar al traste con aquel precario acuerdo: por un lado, el divorcio de Escribonia en el 38 a.C. indignó a la familia de Pompeyo; por otro, el praefectus classis fue traicionado por uno de sus comandantes navales, Menodoro, que entregó el control de Córcega y Cerdeña a Octavio. Y éste, dado que la muerte de Fulvia dejó viudo a Marco Antonio (que no lo sintió demasiado porque para entonces ya estaba conviviendo con Cleopatra), le ofreció a su hermana Octavia como nueva esposa, obteniendo de paso su ayuda para enfrentarse a la flota de Pompeyo y acordando ambos prolongar su mandato hasta el 37 a.C.

Vista de la bahía de Cumas
Vista de la bahía de Cumas. Crédito: Saverio.G / Wikimedia Commons

De ese modo, Octavio recibió ciento veinte barcos y, a cambio, prometió enviar a su socio veinte mil legionarios para su campaña en Partia. Al final fueron muchos menos soldados los que viajaron a Oriente, lo que indignó a Marco Antonio. Pero Octavio pudo contar ya con una fuerza naval acorde a las necesidades y en el 38 a.C., ayudado por Lépido, organizó la invasión de Sicilia… que estuvo a punto de suponerle una catástrofe. Cayo Calvisio Sabino, el almirante de su escuadra, fue contundentemente derrotado cuando las naves de su enemigo, mandadas por Menécrates, le acorralaron contra los acantilados de la bahía de Cumas. No obstante, Menécrates falleció en combate y Sabino pudo escapar.

Sin embargo, Octavio acudió en ayuda de su almirante y también resultó descalabrado al no saber aprovechar un momento de inferioridad numérica del adversario y permitir que le llegaran refuerzos. Como dice Goldsworthy, los planes de invasión estaban llenos de complacencia y falta de respeto hacia la impredicibilidad y poder del mar. Hubo que aplazarlo todo en espera de recibir los buques que le enviaría Marco Antonio pero, sobre todo, de acudir al que hasta entonces había sido su apoyo incondicional e infatigable, un amigo de la infancia sin el que no hubiera podido alcanzar la posición que ocupaba y que además era un genio militar: Marco Vipsanio Agripa.

Agripa nació en el seno de una rica familia ecuestre en el 63 a.C., el mismo que Octavio. Ambos se criaron juntos, apadrinados por Julio César, junto a un tercer amigo seis años mayor, Cayo Mecenas (quien cobraría fama por dar nombre al patrocinio de artistas y escritores), estableciendo una relación tan estrecha que entre sí se consideraban casi hermanos. Agripa no tenía la sibilina astucia política de Octavio, pero en cambio era un hombre muy completo, con formación de arquitecto (a él se debió la conversión de Roma en una ciudad monumental), afición literaria y una extraordinaria capacidad administrativa que se sublimaban con lo que en ese momento más se necesitaba de él: el genio militar.

Busto de Agripa
Busto de Agripa. Crédito: Shakko / Wikimedia Commons

Formado, como su amigo, en las legiones de Iliria, participó en la guerra civil a favor de César demostrando dotes de mando y liderazgo; de hecho, tras la muerte de César fue gracias a su carisma que las legiones de Macedonia se pusieran de parte de Octavio y fue él quien reclutó otras nuevas en Campania para conseguir una posición de fuerza ante Marco Antonio. Tuvo protagonismo en la batalla de Filipos contra los asesinos de César, se encargó de reprimir el alzamiento de Lucio Antonio y frenó los intentos de invasión de Italia de Sexto Pompeyo en el 40 a.C.

Todo eso le convirtió al año siguiente en el general de confianza de Octavio, tomando el testigo del fallecido Quinto Salvideno Rufo, otro miembro de aquel círculo de amistad que sin embargo había intentado pasarse al bando de Marco Antonio y por ello perdió la vida (no se sabe si ejecutado o forzado a ello). Agripa no pudo ayudar a Octavio en su fracasada aventura siciliana porque estaba de gobernador en la Galia Transalpina combatiendo a aquitanos y germanos, pero ahora la situación se había vuelto apurada y recibió el nombramiento de cónsul -pese a no tener la edad mínima habitual de cuarenta y tres años- para que se ocupara de Sexto Pompeyo.

No iba a ser fácil. Ya vimos que Sexto Pompeyo no sólo contaba con comandantes experimentados como Menodoro -hasta su deserción-, Menécrates y Demócares sino que, inicialmente, se había atraído el apoyo de los optimates, deseosos de restaurar la verdadera república, e incluso de muchos esclavos que huían de las villas patricias hacia su bando con la esperanza de ganarse la libertad; una auténtica subversión social que llevó a las vestales de Roma a rezar públicamente para ponerle fin. Por el Pacto de Miseno que firmó con Octavio aceptó renunciar a ello, pero era una muestra del poder de desestabilización que, junto con el bloqueo de cereales, había llegado a alcanzar.

Denario emitido por Sexto Pompeyo para celebrar su victoria sobre Octavio
Denario emitido por Sexto Pompeyo para celebrar su victoria sobre Octavio. Crédito: CNG / Wikimedia Commons

De hecho, ese pacto vino determinado por otra victoria obtenida anteriormente ante la escuadra octaviana del legado Quinto Salvidieno Rufo, desbaratada por el mal tiempo y rematada por las galeras pompeyanas, algo que le hizo ganarse a Pompeyo el apodo de Neptuno filius (Hijo de Neptuno) y permitirle incluso el lujo de acuñar una moneda de plata laudando su triunfo. Su suegro, Lucio Escribonio Libón, fue quien medió con Octavio en aquella ocasión, obteniendo no sólo Sicilia sino también la promesa de pago de una fortuna y la promesa de una boda entre su hija y Marco Marcelo, vástago de Octavia.

Sexto Pompeyo pudo haber cambiado la Historia si desde esa posición de fuerza hubiera desembarcado en una Italia agotada por el hambre y el cansancio bélico, pero no lo hizo y así dio tiempo a Agripa a coger el toro por los cuernos. Aquel verano del 36 a.C. los triunviros disponían de tres flotas: la oriental de Antonio, que estaba en Tarento; la de Lépido, en África; y la de Octavio, anclada en el Portus Iulius, un puerto artificial construido ad hoc por Agripa en un suburbio de Puteoli (hoy Pozzuoli) tras excavar un canal que lo unía con los lagos Lucrino y Averno cortando parte de la Via Herculea.

Aquella infraestructura permitió instalar un astillero en el que construir más barcos y así adiestrar adecuadamente a las nuevas tripulaciones, formadas con unos veinte mil esclavos liberados para ello. Eran naves de mayor tamaño que el usual, pensadas para facilitar el combate sobre sus cubiertas a un número importante de soldados. Se trataba de una de las imaginativas iniciativas de Agripa para la ocasión, siendo la otra el diseño del harpax (o harpago), una especie de catapulta que disparaba garfios de varios brazos con los que sujetar las galeras enemigas e impedirles maniobrar y poder abordarlos; una versión actualizada y mucho más ligera del corvus, podríamos decir.

Partes que componían un harpax
Partes que componían un harpax. Crédito: Ramnavot / Wikimedia Commons

También llegaron ciento veinte barcos enviados por Antonio, cuyo mando entregó a Tito Estatilio Tauro (quien luego jugaría un papel fundamental contra su exjefe al derrotar a sus tropas de tierra mientras él caía en Accio y, más tarde, dirigiría la guerra contra cántabros y astures en Hispania). Sin embargo, Tauro vio cómo su flota era dispersada cerca de Tarento -perdiendo medio centenar de unidades- por una tormenta que también se cebó con la de Octavio a la altura de Palinuro. Consecuentemente, el plan de una triple invasión de Sicilia quedó reducido al desembarco de Lépido en Lilibea.

Lépido quedó aislado en aquella posición y sólo pudo recibir la mitad de los refuerzos que esperaba -dos legiones de cuatro- porque el resto fue interceptado en la mar por la escuadra de Pompeyo. Parecía que la guerra se le ponía de cara, pero también él sufrió un inesperado revés: la citada deserción de Menodoro, que se unió a Octavio durante una patrulla cuando éste navegaba cerca de la isla de Estróngila (la actual Strómboli). Entretanto, Agripa pasó por fin a la acción y forzó un enfrentamiento con Demócares para ponerlo a prueba. Como su comandante únicamente contaba con cuarenta barcos, Pompeyo envió en su ayuda a Apolófanes con otros cuarenta y él mismo se unió con setenta más.

Lo que fue la batalla de Milas (hoy Milazzo) se decantó hacia el lado de Agripa, que supo sacar inmejorable partido de los espolones y el harpax para abordar al adversario y minimizar el hecho de que las naves de éste fueran más ligeras y maniobrables. En el fragor del combate, habiendo perdido ya treinta buques, Pompeyo se percató de que su rival se estaba imponiendo y ordenó retirarse. Según Dion Casio, Agripa renunció a perseguirlo para evitar que su victoria fuera demasiado resonante e hiciera de menos a su amigo Octavio.

Plan de Octavio y Agripa contra Sexto pompeyo en el 36 a.C.
Plan de Octavio y Agripa contra Sexto pompeyo en el 36 a.C. Crédito: ColdEel / Wikimedia Commons

Al recibir éste la noticia creyó que la campaña estaba ganada y, habiendo zarpado de Mesina, navegó hacia la ciudad de Tauromenio (Taormina) con la idea de ocuparla. Como no pudo, avanzó un poco más, desembarcó en Arquegeta y se dispuso a acampar… y de pronto fue sorprendido por la aparición de la flota de Pompeyo. Por suerte para el triunviro, su rival sólo envió la caballería, cuyo ataque tuvo un efecto muy limitado, por lo que pudo levantar el campamento a toda prisa y formar en orden de batalla. Dejando a Quinto Cornificio al mando de las tropas terrestres, Octavio se embarcó para enfrentarse al enemigo en el mar.

Cornificio quedó rodeado en su campamento, defendiéndolo desesperadamente, pero el enfrentamiento naval no resultó mejor. Pompeyo demostró ser superior tácticamente y destruyó buena parte de la flota octaviana; su propio líder recibió una herida en la pierna y se salvó por poco, buscando refugio en Abala ayudado sólo por un guardaespaldas. Desde allí remitió mensajes a Cayo Carrinas, solicitando el auxilio de sus tres legiones para Cornificio.

Al final éste pudo retirarse, pero perseguido de cerca por los jinetes pompeyanos, que ya estaban a punto de exterminar a sus hombres cuando aparecieron las tropas de socorro de Quinto Laronio, enviadas por Agripa.

Nauloco estaba situada cerca de la moderna Spadafora.
Nauloco estaba situada cerca de la moderna Spadafora. Crédito: Scienziatone / Dominio público / Wikimedia Commons

Todo parecía abocado a un último y definitivo choque, posiblemente pactado entre los contendientes, que tuvo lugar entre el promontorio de Milas y la urbe de Nauloco. Las fuerzas estaban igualadas, con unos trescientos barcos en cada bando; como en casos anteriores, los de Pompeyo eran más ligeros y rápidos que los de Agripa, más pesados al estar equipados con el reseñado harpax, que contaba con un fuste recubierto de hierro para que los marineros enemigos no pudieran cortarlo. Este arma se reveló como tremendamente eficaz, permitiendo a los soldados de Agripa inmovilizar las naves enemigas y saltar a sus cubiertas.

Los pompeyanos fueron cediendo poco a poco y Agripa decidió darles un golpe definitivo cortando el intento de retirada que iniciaban algunos. Diecisiete consiguieron escapar pero veintiocho se fueron a pique a golpe de espolón y ciento cincuenta y cinco fueron capturados, dejando patente quién iba a ganar la batalla; de hecho, Agripa no perdió más de tres naves. Como Sexto Pompeyo estaba entre los que huyeron, los que quedaron, sin jefe a quien seguir, aceptaron la rendición.

Se cumplieron así los buenos augurios que había tenido Octavio el día antes, cuando estaba paseando por la playa y un pez saltó del agua a sus pies. Así lo cuenta Suetonio, aunque luego le reprocha haberse dormido profundamente durante la batalla -por agotamiento-, delegando la responsabilidad en Agripa.

La campaña decisiva en el año 36 a.C.
La campaña decisiva en el año 36 a.C. Crédito: Homoatrox / Wikimedia Commons

Sexto Pompeyo logró llegar a Mesina para descubrir que, ante el desastre sufrido, el grueso de sus tropas de tierra también se rindieron; únicamente le quedaban las ocho legiones acantonadas en Lilibea al mando de Lucio Plinio, que se atrincheraron en Mesina y fueron cercadas por Lépido, que entretanto había conquistado Sicilia. Con todo perdido, Pompeyo optó por huir a Oriente y pactar con tracios y partos para aplastar al debilitado Marco Antonio, desoyendo a quienes le recomendaban intentar pactar con él. No pudo hacer ni lo uno ni lo otro porque Antonio le hizo frente y como su flota era muy superior, le obligó a continuar su huida.

Terminó apresándolo en Armenia. Desde allí lo trasladó a Mileto, donde ordenó ejecutarlo vulnerando la integridad que le confería la ciudadanía romana; una irregularidad que luego aprovecharía propagandísticamente Octavio, cuando su relación con Marco Antonio se rompió definitivamente. Antes ya se había desembarazado de Lépido, después de que éste le expulsara de su campamento al ver que su ejército le aclamaba como heredero de Julio César y los legionarios reaccionaran poniéndose en masa de su lado. Lépido acabó depuesto, conservando como única dignidad la de pontifex maximus… en el exilio.

Mientras, Octavio fue recibido en Roma con un triunfo y a Agripa se le concedió la corona naval, una condecoración de oro con forma de proas de barcos, de nueva creación; nadie la había recibido hasta entonces y no se volvería a entregar. El Segundo Triunvirato había llegado a su fin para dar paso al duelo entre los dos líderes que quedaban, Octavio y Marco Antonio, en lo que iba a ser la cuarta guerra civil romana.


Fuentes

Suetonio, Vidas de los doce césares | Apiano, Historia romana | Veleyo Patérculo, Historia romana | Plutarco, Vidas paralelas | Dion Casio, Historia romana | Adrian Goldsworthy, Augusto. De revolucionario a emperador | Pat Southern, Augusto | Sergei I. Kovaliov, Historia de Roma | Pedro López Barja de Quiroga y Francisco Javier Lomas Salmonte, Historia de Roma | Wikipedia


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