1967 fue un año importante para la localidad italiana de Montaner, al producirse un episodio tan extravagante que parecía sacado de una película de Alberto Sordi o Luigoi Comencini; no es difícil imaginarse de protagonista a Totó -o incluso a Fernandel, teniendo en cuenta el tema-, aunque los vecinos no lo vivieron con diversión precisamente. Y es que la renuncia al catolicismo y la consiguiente adopción de la religión ortodoxa oriental por parte de la mayoría, como forma de manifestar su desacuerdo con el obispo por el nombramiento del nuevo párroco del pueblo, llevó a un agrio enfrentamiento entre la gente. Es lo que se conoce como el Scisma di Montaner, es decir, el Cisma de Montaner.

Montaner es una pedanía del municipio de Sarmede, provincia de Treviso, región del Véneto. Como pasa en tantas localidades de Italia, tiene una iglesia medieval (la de Santa Cecilia, del siglo XIII); sin embargo, los monumentos que guardan relación con el cisma son el templo católico de San Pancrazio, decimonónico, y el monasterio della Trasfigurazione del Signore e di Santa Barbara, construido en 1969, primer y único cenobio femenino ortodoxo que hay en el país. Ambos son un testimonio arquitectónico de aquellos excéntricos hechos sesenteros.

Todo empezó cuando terminaba 1966, el 13 de diciembre, fecha en la que falleció el párroco local, don Giuseppe Faè. Tenía ochenta y un años que vivió intensamente, con un historial antifascista que le llevó a enfrentarse con el régimen de Mussolini; de hecho, fue destinado a Montaner en 1927, como forma de confinarlo en un sitio pequeño e intrascendente. Pero Faè era combativo. Había participado en la Primera Guerra Mundial como capellán castrense de los Alpini (las tropas de montaña) y en la Segunda llevó su militancia a la práctica.

Localización de Montaner
Localización de Montaner. Crédito: Google Maps

Tras el Armisticio de Cassibile de 1943 (la rendición del ejército italiano a los Aliados y el compromiso de colaborar con éstos para enfrentarse a Hitler), los alemanes invadieron Italia y ello dio origen a la organización de una resistencia. En marzo de 1944, mano a mano con el partisano Gionbattista Bitto, alias Pagnoca, Faè (que también tenía su apodo, Don Galera), fundó el Gruppo Brigate Garibaldi «Vittorio Veneto», que realizó una campaña guerrillera y de sabotajes cuyo momento más controvertido fue la masacre del Bus de la Lum (es ésta una dolina a la que arrojaban los cadáveres de sus víctimas, generalmente soldados germanos pero también soldados de la República Social Italiana, el régimen colaboracionista con los nazis).

Posteriormente, el Gruppo quedó integrado en las Brigate Garibaldi del PCI (Partido Comunista Italiano), en el que militaban comunistas pero también socialistas, accionistas (del Partito d’Azione, de centro izquierda) e incluso católicos (si bien había pocos democristianos). No obstante continuó operando de forma autónoma, dividido en partidas más pequeñas que llegaron a sumar un millar de hombres, en Cansiglio (una meseta boscosa de los Prealpes de Belluno). Entre agosto y septiembre de 1944 sufrieron una redada masiva que redujo notablemente sus efectivos, quedando sólo el Mando de la ciudad de Vittorio Veneto más dos brigadas, los Cacciatori delle Alpi y la Ciro Menotti.

Don Giuseppe no realizaba acciones armadas, pero sí proporcionaba a los partisanos ropa, víveres y refugio en la casa parroquial, donde además escondía armas. Eso le llevó a ser detenido en la mencionada redada junto a su hermana Giovanna, fruto de una delación. A ambos los condenaron a muerte y de ella nunca más se supo después de que fuera enviada a un campo de exterminio; en cambio, él tuvo más suerte: le indultaron gracias a la mediación del arcipreste (y futuro obispo) Gioacchino Muccin, y pasó el resto de la contienda recluido en el seminario de Vittorio Véneto.

Un grupo de garibaldini, partisanos de las Brigadas Garibaldi
Un grupo de garibaldini, partisanos de las Brigadas Garibaldi. Crédito: TBD / Archivio Privato Jonio Salerno / Wikimedia Commons

El 3 de mayo de 1945 obtuvo la liberación y regresó a Montaner. Entonces empezó una nueva batalla, de corte muy diferente: una continua pelea con las autoridades para conseguir modernizar el pueblo. Gracias a su tesón llegaron el tendido eléctrico, el teléfono y el agua corriente, así como una oficina de correos y una escuela. Eso hizo que fuera muy querido por la gente, que empezó a rumorear sobre sus presuntos poderes taumatúrgicos y la capacidad de hacer milagros, hasta el punto de que muchos le consideraban un santo.

Una de las historias que se contaban decía que una familia de ganaderos acudió a él porque sus animales no crecían normalmente; el sacerdote hizo una bendición y los cerdos empezaron a crecer, a cambio de lo cual pidió el más lustroso, pero el empresario no cumplió su palabra y un día se encontró a toda la piara muerta. Otra habladuría tenía que ver también con la muerte, en este caso la suya: estando ya muy enfermo, el obispo quisó llevárselo y reemplazarlo, pero Faè pidió que le dejaran expirar en Montaner y no le hacían caso; al final logró su propósito debido a que el coche del prelado no funcionó hasta que escucharon su ruego.

A esas circunstancias hay que sumar otra de carácter político. Como deciamos al principio, Montaner es una pedanía del municipio de Sarmede, del que aspiraba a separarse al considerar que recibía de él pocos recursos y servicios municipales pese a tener más habitantes. Todos los partidos del pueblo estaban de acuerdo y formaron una coalición denominada Unione Democratica Montenerese, cuyo ideario principal se centraba en la obtención de trigo para hacer pan. La pobreza atenazaba a los vecinos, muchos de los cuales habían tenido que emigrar. En las elecciones de 1964 consiguieron dieciséis concejales, quedando los cuatro restantes para los democristianos.

Giuseppe Faè
Giuseppe Faè Crédito: ANPI

Gisueppe Faè los apoyó. Por eso y por su labor, cuando por fin le llegó la hora, hubo cierto consenso entre la gente en que su sucesor debía ser el joven capellán que había cuidado de él los últimos tres años y medio. Se llamaba Antonio Botteon y se había ganado el afecto popular al integrarse completamente con los vecinos, especialmente los jóvenes, para los que consiguió un campo de fútbol y fundó un cineclub. En suma, ayudaba a todo el que podía y parecía el sustituto perfecto, al que además habría avalado el difunto párroco.

Por tanto, una comisión se dirigió al obispado de Vittorio Véneto para solicitar que le pusieran a él al frente de la parroquia. Sin embargo el obispo se negó porque, según el canon 523 del Código de Derecho Canónico, los feligreses no podían elegir un párroco (excepto en los antiguos patronatos) y el capellán Botteon no tenía edad suficiente. La alternativa que presentaron, que fuera nombrado vicepárroco -lo que permitiría confirmar su residencia en el pueblo-, también quedó rechazada porque era algo desproporcionado para un pueblo tan pequeño.

Se da la curiosa circunstancia de que aquel prelado era monseñor Albino Luciani, que doce años más tarde sería elegido Papa con el nombre de Juan Pablo I (aunque únicamente duraría un mes, falleciendo el 28 de septiembre de 1978). Su negativa fue asumida por algunos vecinos de Montaner, pero otros no la encajaron bien y la noticia de que el obispo ya había designado para el puesto a un sacerdote llamado Giovanni Gava les resultó indignante. Durante esos días, ambas facciones, apodadas «gatos» y «ratones», discutieron acaloradamente; tanto que en ocasiones llegaron a las manos.

La tensión no sólo no cedió sino que se incrementó, como pudo comprobar el padre Gava cuando llegó y se encontró con que la puerta y ventanas de la iglesia habían sido tapiadas. Una multitud hostil le cerraba el paso y el camión en que viajaba sólo pudo avanzar gracias a un pelotón de carabineros que había acudido ante el rumor de que los vecinos conservaban sus armas de la guerra y estaban dispuestos a desempolvarlas. Por suerte no lo hicieron y la situación se mantuvo dentro de un orden, salvando esporádicos conatos de choque con los carabinieri. Gava no pudo descargar sus enseres.

La iglesia católica de San Pancrazio, en Montaner
La iglesia católica de San Pancrazio, en Montaner Crédito: Vaghestelledellorsa, Paolo Steffan / Wikimedia Commons

Fue necesaria la presencia continua de un retén policial que tenía que intervenir cada vez que se presentaba un candidato del obispado para regentar la parroquia. Al parecer, las mujeres lideraban aquella oposición debido a que, como decíamos antes, sus maridos solían estar ausentes, muchos de ellos trabajando en el extranjero, y eran ellas las que asumían la responsabilidad laboral de mantener a los hijos in situ. Asi que hacían turnos de guardia y vigilaban la iglesia hasta de noche, protegidas del frío por hogueras. No eran pocas; trescientas ochenta y ocho familias de las cuatrocientas tres censadas apoyaban el movimiento de protesta.

Los partidarios del capellán no dieron, pues, su brazo a torcer y en febrero enviaron una delegación a Roma para entrevistarse con el papa Pablo VI. Entretanto, el obispo intentó alcanzar una solución de compromiso nombrando a un fraile para que se ocupara de la parroquia durante seis meses, al término de los cuales ofrecería a los vecinos elegir al párroco de entre un abanico de presbíteros. Entonces envió a Montaner a un sacerdote carmelita, el padre Casimiro, para que mediara entre las dos facciones enfrentadas y asistiera a los fieles que querían los sacramentos.

La labor del cura resultó infructuosa porque los partidarios de Botteon seguían en sus trece y no aceptaron la lista de candidatos. Para ellos sólo contaba el capellán, considerado heredero natural del añorado Giuseppe Faé. El obispo no quiso contemporizar más y, rechazando la oferta de los vecinos de cargar con los costes de mantenimiento de la iglesia parroquial, designó un nuevo y definitivo párroco, Pietro Varnier, que tomó posesión a mediados de septiembre de 1967. La reacción popular fue fulminante; una multitud vociferante asaltó la casa parroquial, encerrando al sacerdote en el ático.

Así transcurrieron varias horas, hasta que le permitieron telefonear al obispo. Éste decidió afrontar la situación personalmente y se desplazó hasta Montaner acompañado del subcomisario de Treviso, llevando una escolta de carabinieri que terminó a golpes con los manifestantes. Irritado por la agresión, Luciani recogió toda la parafernalia de la iglesia y la clausuró oficialmente con un interdicto, una condena del Derecho Canónico que puede plasmarse en la excomunión personal o el veto-ya sea parcial o total- a la celebración del oficio religioso en un lugar.

La iglesia del monasterio ortodoxo de Santa Bárbara , en Montaner
La iglesia del monasterio ortodoxo de Santa Bárbara , en Montaner Crédito: Vaghestelledellorsa, Paolo Steffan / Wikimedia Commons

Este último caso fue el elegido para el pueblo: bajo la amenaza de suspensión a divinis, prevista en el canon 1333, quedaba prohibida a todo sacerdote la impartición de servicios y sacramentos en Montaner. Pero si el obispo pensaba que con eso iba a solucionar el problema, se equivocaba totalmente. Si en el siglo XIV un acto de inaudito empecinamiento individual llevó a que se produjera el llamado cisma de Occidente, con la disputa de la autoridad pontificia por parte de tres papas simultáneos y una nueva sede pontificia en Avignon, ahora era la testarudez comunal la que iba a desembocar en otro caso.

Para ser más exactos, hubiera sido mejor citar el cisma de Oriente, tres siglos anterior al citado, cuando la Iglesia Católica sufrió la escisión de la Ortodoxa: corría el año 1054 y una serie de diferencias teológicas -quizá magnificadas entonces pero que llevaban ya mucho tiempo en el candelero-, combinada con los avatares del contexto histórico-político del Imperio Bizantino en su relación con Roma, desembocaron en la ruptura. Y ése precisamente fue el modelo elegido por los irreductibles «hijos de Montaner», como también se hacían llamar los» gatos» (en oposición a los «ratones», los que se mantuvieron fieles al catolicismo), para escenificar su radical respuesta al obispo.

El 26 de diciembre de 1967, apenas unos días después del aniversario del óbito de Giuseppe Faé, se celebró en el pueblo una misa. No desafiaba el interdicto porque la ofició el padre Evloghios Hessler, un sacerdote ortodoxo milanés, siguiendo el rito greco-bizantino. Desde que estallara el caso, varias confesiones religiosas habían manifestado su interés en establecerse en Montaner, enviando representantes para sondear a los vecinos. Y la facción rebelde de éstos, al parecer, recogió la idea decantándose por la fe ortodoxa, que al fin y al cabo mantiene ciertas similitudes con la católica y no está considerada hereje.

La comunidad más cercana era la asentada en Montalto Dora, una localidad de la provincia de Turín (región del Piamonte) y desde allí, tras aquella misa primigenia, se destinó a Montaner a un joven cura de treinta y un años, el padre Claudio Vettorazzo, que terminaría por instalarse en el pueblo de forma permanente en junio de 1969. Es decir, los ortodoxos habían ido para quedarse y ocupar el hueco dejado por el catolicismo. Nada lo demostraba mejor que la construcción de su propia iglesia, inaugurada en septiembre por el citado padre Evloghios y el exarca del patriarcado de Moscú en Europa, Anthony Bloom.

Bartolomé I, patriarca Ecuménico de Constantinopla, visitando el monasterio ortodoxo de Montaner en 2008
Bartolomé I, patriarca Ecuménico de Constantinopla, visitando el monasterio ortodoxo de Montaner en 2008 Crédito: Pipe360flip / Dominio público / Wikimedia Commons

Los acontecimientos posteriores fueron convulsos. La erección del nuevo templo molestó a los «ratones» católicos, que estuvieron a punto de llegar a las manos. No obstante, los «gatos» se habían vuelto ortodoxos más por resentimiento contra el obispado que por una conversión sincera y además sus representantes religiosos resultaron ser bastante turbios: Vettorazzo, acusado de fraude por la justicia, fue condenado a prisión y, consecuentemente, expulsado de su cargo. Le sustituyó el padre Fanurio Vivan… que, a su vez, terminó detenido en 1994 por posesión y tráfico de estupefacientes, descubriendose luego que también organizaba orgías.

Todo eso desembocó en una etapa de confusión, en la que los vecinos que permanecían fieles a la fe católica reprochaban a los demás caer en una deriva en la que ora adoptaban el rito ruso, ora el polaco, ora el nestoriano. Muchos terminaron por volver a su antiguo credo o renunciar a todos, y sólo a partir de 1998 volvió la estabilidad con el establecimiento definitivo del rito greco-bizantino, permitiendo que perviviera la comunidad ortodoxa. Actualmente, ésta se halla bajo la jurisdicción del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla y a sus oficios acuden también inmigrantes del este de Europa.

El edificio del templo quedó dañado por un incendio en 2013 y se trazó un proyecto para reconstruirlo, dotándolo además de un sistema antisísmico. No muy lejos de su ubicación, hay una estatua dedicada al involuntario causante de todo: el padre Giuseppe Faè, alias Don Galera.


Fuentes

Giuseppe Giordan, Conversion in the age of pluralism | Nicola Scopelliti y Francesco Taffarel, Lo stupore di Dio». Vita di papa Luciani | Lo scisma di Montaner del 1967 su Raitre (en Montaner) | Don Giuseppe Faè (en ANPI, Associazione Nazionale Partigiani d’Italia) | Wikipedia


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