Quien no haya leído la Odisea y la Ilíada, las dos grandes epopeyas griegas atribuidas a Homero que son la base de la literatura occidental, no sabe lo que se pierde. Y a quien sí lo haya hecho se le habrá escapado, a buen seguro, un curioso detalle: pese a la continua intromisión de los dioses en la vida de los personajes, bien para ayudarles, bien para perjudicarles, éstos no parecen ser conscientes de cuáles son exactamente los que intervienen en cada situación y atribuyen esas actuaciones de forma general, siendo el narrador o las propias divinidades quienes se lo aclaran al lector. Es lo que se conoce como Ley de Jørgensen.

Evidentemente, el nombre se debe al erudito que lo descubrió. Se llamaba Ove Jørgensen (al que no hay que confundir con el filósofo Jørgen Jørgensen, creador del Dilema homónimo) y era danés, natural de Copenhague, donde nació en 1877. Hijo de un ilustre profesor de química, realizó estudios universitarios de Arte, mostrando especial predilección por la literatura clásica y graduándose en 1902 con una tesis sobre la llamada cuestión homérica, es decir, el debate sobre la identidad y existencia real de Homero -que se daba ya desde la Antigüedad- y su repercusión en la autoría de los poemas que se le atribuyen.

Jørgensen continuó estudiando al poeta griego, para lo cual viajó a Berlín, Atenas, Constantinopla y Roma, entablando relación con prestigiosos especialistas en el tema y el contexto histórico. Como resultado de esa experiencia, en 1904 publicó un artículo en el que planteaba una teoría basada -como él mismo admitió- en un descubrimiento hecho por el investigador germano en 1835: cuando Odiseo (Ulises), el protagonista de la Odisea, cuenta sus aventuras a los feacios, no menciona en ningún momento las continuas ayudas recibidas de la diosa Atenea.

A lo largo del siglo XIX, otros eruditos teutones como Gregor Wilhelm Nitzsch, Heinrich Düntzer, Wilhelm Hartel y Carl Rothe, encontraron más ejemplos de esa ignorancia por parte del personaje en diversos pasajes de la obra. Al poco de entrar en el XX fue Jørgensen quien sistematizó todo eso proponiendo una explicación en el reseñado artículo para Hermes (una revista alemana dedicada a estudios clásicos); su título era Das Auftreten der Goetter in den Buechern ι–μ der Odyssee («Las apariciones de los dioses en los libros 9-12 de la Odisea«).

¿Era Odiseo un desagradecido? No, evidentemente. Según Kayser, esa omisión se debe a que el rey de Ítaca no sabe quién intervino en su favor para sacarle de las apuradas situaciones vividas, más allá de que era ultraterrenal. ¿Se trataría entonces de un error de Homero? La repetición hace deducir que tampoco, puesto que, de hecho, el personaje admite que ha recibido asistencia desde el Olimpo; simplemente no dice de quién con exactitud o la atribución resulta equivocada, como hace con Zeus y una tormenta que la narración explica previamente que fue causada por Poseidón.

J. Marks, profesor de la Universidad de Florida y autor de un libro titulado Zeus in the Odissey (que considera la trama de la Odisea como resultante de un plan del padre de los dioses), lo sintetiza de forma sencilla y comprensible: «El narrador homérico y los personajes divinos son, por regla general, conscientes del agente divino responsable de cualquier acto o circunstancia determinada en la narración. Los personajes humanos, por el contrario, permanecen ignorantes de las acciones de los dioses específicos a menos que estén informados por un personaje divino o, en el caso de los videntes y cantantes, posean poderes especiales«.

En realidad, esa indefinición causística de la Odisea y la Ilíada no es absoluta, pues excluye a los dioses menores (Circe, Calipso, Proteo, Eidotea, Eolo…), los mayores cuando tienen características propias muy acusadas (las muertes súbitas que se atribuían a Apolo y Artemisa) y las narraciones de segunda mano incluidas en la obra (como las historias legendarias que cuentan algunos personajes; por ejemplo, cuando Helena explica el juicio de Paris). Ello se suma al otro gran motor individual de los personajes homéricos, el thumos (impulso interno, deseo, energía), del que un buen ejemplo es Aquiles y su sentido del honor.

Basándose en un análisis de los libros 9, 10, 11 y 12 de la Odisea (los capítulos que tratan el encuentro con Polifemo, la estancia con Circe, la visita al inframundo, el incidente de las ovejas de Helios y los años con Calipso), Jørgensen destaca que es a la acción de las divinidades mayores a la que hay que aplicar la mencionada indefinición, si bien se pueden encontrar ejemplos en otros. Es el caso del 24, en el que uno de los pretendientes de Penélope, Anfimedonte, atribuye a un κακός δαίμων («un daimon malvado») el regreso de Odiseo a Ítaca; o del 14, donde se pueden contar hasta nueve veces la ley de Jørgensen durante la conversación entre Odiseo y el porquerizo Eumeo, adjudicando la intervención divina unas veces a Zeus y otras a un dios o a los dioses sin concretar.

Ése es el quid de la cuestión. Según la citada ley, los personajes homéricos utilizan una serie de términos genéricos e intercambiables, de los que predominan sobre todo estos tres: θεός («theos», que se traduce como dios o deidad), δαίμων («daimón», el destino o la fatalidad determinados por los dioses) y Ζεύς ( «Zeus», el padre de los dioses y señor del Olimpo). Explica Jørgensen que «en el lenguaje convencional del poeta éstos son cuatro nombres para la misma cosa. Cuando, por ejemplo, a Teucro se le rompe la cuerda del arco, para él fue un daimón quien lo hizo, pero para Áyax fue un dios y para Héctor fue Zeus».

Ahora bien, no todos los estudiosos están de acuerdo en considerar ese canon en términos absolutos y existen críticas o matizaciones respecto a determinados términos de esa tetrarquía conceptual. Así, el profesor estadounidense Erwin F. Cook opina que Zeus aparece sólo vinculado a eventos relacionados con el destino y el clima, algo que remite a deidades prehelénicas del culto a las fuerzas de la naturaleza. También el concepto daimón ha sido discutido; Irene de Jon, catedrática holandesa de griego antiguo, cree que se refiere básicamente -y salvo tres excepciones de la Ilíada– a aspectos negativos.

En cualquier caso, unos y otros se emplean indistintamente, en ocasiones mezclados de forma deliberada, como cuando el bardo Demódoco culpa a Atenea del sufrimiento de los griegos en Troya, pero poco después Telémaco le dice a su madre que hay que responsabilizar a Zeus. Sin embargo, la ley de Jørgensen es algo que Homero aplica únicamente cuando hablan los personajes mortales, los humanos, pues cuando se trata de dioses queda claro quién actúa, al igual que el narrador también distingue a cada uno.

¿Cuál es el porqué de esta peculiaridad? Se trataría de un recurso literario empleado por el poeta para distinguir con especial énfasis entre la voz del narrador, que estaría inspirado por las musas, y la de los personajes, tal como lo ve Jenny Strauss Arcilla, profesora estadounidense de Estudios Clásicos especialista en las obras de Homero. La primera siempre explicita a la divinidad que interviene, informando por tanto al lector, mientras que los otros usan los términos genéricos mencionados. Se da la irónica circunstancia de que la mayor parte de la Odisea está contada por su protagonista, no por una voz en off.


Fuentes

Homero, La Odisea | Homero, La Ilíada | Ove Jørgensen, Das Auftreten der Goetter in den Buechern ι–μ der Odyssee | J. Marks, Zeus in the Odissey | Jenny Strauss Clay, The wrath of Athena: Gods and men in the Odyssey | Irene J. F. de Jong, A narratological commentary on the Odyssey | Erwin F. Cook, The Odyssey in Athens: Myths of Cultural Origins | Wikipedia


  • Comparte este artículo:

Loading...

Something went wrong. Please refresh the page and/or try again.