Čanačʿel zimastutʿiwn ew zxrat, imanal zbans hančaroy (Para adquirir sabiduría y disciplina, para comprender discursos inteligentes…)

Esta cita es del Libro de los Proverbios (1:2), uno de los que componen el Antiguo Testamento y que tradicionalmente se atribuye a Salomón. También se dice que fue la frase elegida por el monje Mesrob Mashtots para traducir la Biblia a la lengua armenia, tal como se reproduce textualmente, usando un alfabeto que él mismo inventó para ello con el objetivo de facilitar la evangelización y la unificación política, cultural y religiosa del Reino de Armenia. Algo que sirvió para asentar la Iglesia allí y, a la postre, le hizo ganarse la canonización.

Todo empezó en Hatsekats, un pueblo situado al noroeste del lago Van (el mayor de la actual Turquía) y enclavado en la provincia de Taron. Pertenecía ésta al Reino de Armenia y además constituía uno de los principales centros religiosos del país, por lo que no es extraño que fuera el escenario de los acontecimientos que vamos a narrar.

Desde el año 66 d.C. hasta el 387 d.C. la antigua Gran Armenia, estado independiente surgido de una satrapía del Imperio Aqueménida, estuvo en manos del Imperio Romano. Luego se dividió en dos, quedándose los bizantinos con la parte occidental y los persas con la oriental; esta última la conquistaron los sasánidas en el 428 d.C.

Mesrob nació en la susodicha aldea hacia el 362 d.C., según algunas fuentes de familia azat (baja nobleza), que según otras sólo sería de campesinos libres aunque lo suficientemente acomodados como para proporcionar a su hijo una educación en la escuela de Taron. Eso significaba aprender griego, la lengua que recordaba el pasado helénico y que unida a su armenio nativo, al persa impuesto y al aprendizaje de algún otro dialecto siríaco, convertían a su usuario en un apreciado políglota. Como todo ello iba acompañado de conocimientos diversos, Mesrob vio cómo se le abrían las puertas de la corte, siendo nombrado secretario del rey Cosroes IV (no confundir con su homónimo persa, tres siglos posterior).

Así pues, se trasladó a la capital, Echmiadzin, donde es probable que recibiera también formación militar y el título correspondiente. Sin embargo, su función principal era la de escriba real, cargo que le permitió adquirir conocimientos de política y religión, que en aquella época estaban estrechamente vinculados y más aún en una Armenia dividida en ambos temas. Sea como fuere, Mesrob tuvo ocasión de aprender sobre las Sagradas Escrituras y la fe cristiana, convirtiéndose a ella entre el 392 y el 393 d.C. De hecho, enseguida decidió dejar el funcionariado y retirarse a un monasterio, donde vivió de forma austera un tiempo.

Como era típico de los ascetas primigenios, al principio eligió una vida de privaciones y aislamiento en una pequeña comunidad: oración, pobreza, ayuno y autodisciplina se alternaban con el estudio de la Biblia y noches durmiendo en el suelo. Pero a partir del 394 recibió la bendición de Isaac (Sahak) I el Grande, que era el catholicós (patriarca) de la Iglesia Apostólica Armenia pero que vivía en el mismo cenobio, para que reorientase su vida hacia el proselitismo. Atendía así una petición del príncipe Shampith, que deseaba la evangelización del distrito de Goght’n (en la provincia de Vaspurakan, junto al río Araxes y lindando ya con lo que hoy es Azerbaiyán). Armenia se había cristanizado tardíamente, a partir del Edicto de Milán (313 d.C.) y aun quedaban amplios sectores de población paganos.

No se trataba únicamente de religión. Ésta se perfilaba como una potencialmente eficaz vía para evitar la disgregación del Reino Armenio y unir a la gente en una misma identidad política, cultural y espiritual, sembrando las bases de un sentimiento nacional para oponerse a la influencia sasánida. Al fin y al cabo, la herencia helénica se hallaba en trance de desaparición ante la postergación del idioma a que la abocaba la imposición del sirio por los persas. Por tanto, había que difundir la fe cristiana y Mesrob iba a ser el encargado de llevar a cabo el trabajo. Ahora bien, se topó con un obstáculo: los armenios carecían de un alfabeto propio, debiendo recurrir normalmente a otros del entorno como el griego, el arameo, el persa y el sirio.

El problema estaba en que ninguno de éstos resultaba adecuado para representar los fonemas del idioma nativo, lo que obligaba a usar una Biblia traducida al sirio que dificultaba mucho su comprensión. Era necesario recurrir a intérpretes, algo que ralentizaba las lecturas y explicaciones durante las prédicas, además de diluir la atención. La misión corría peligro de morir antes de nacer o de hacerse tan larga en el tiempo que terminase por fracasar si los persas daban un paso adelante. La solución pasaba por algo tan inaudito como crear un alfabeto armenio de la nada que permitiera traducir directamente todos los textos litúrgicos, algo para lo que recibió un apoyo tan fundamental como el de Isaac I.

No hay forma de saber cuál fue el grado de implicación directa de ambos, más allá de impulsar la idea. Lo que se hizo fue convocar en la capital un sínodo al que debían acudir todos los obispos armenios y otros expertos seculares para crear un alfabeto, traducir libros religiosos y prescindir de las escrituras siria y parta; también de la griega, poco útil por minoritaria y elitista. Para entonces reinaba Vramshapuh, que algunos consideran hermano de Cosroes IV, ambos de la dinastía arsácida, vasalla de los sasánidas (cuyo representante en ese momento era Bahram IV, que había destronado a Cosroes IV en el 389 d.C.).

Vramshapuh aspiraba a revivir la Gran Armenia unificada, así que no sólo no se opuso al sínodo sino que lo alentó como principal mecenas; a nadie se le escapaba la trascendencia del evento. No obstante, no tenía intención de desatar enfrentamientos y procuró mantener buenas relaciones tanto con los persas como con los bizantinos, ejerciendo de mediador en su rivalidad. Esa estabilidad que aportó le permitió anunciar oficialmente, hacia el 406 d.C., la consumación del alfabeto armenio a partir de letras helenas, sirias y partas, con influencia de la lengua fenicia y, según sugieren algunos, también de la etíope. Constaba de treinta y seis caracteres, de los que siete eran vocales y el resto consonantes; en el siglo XII se añadirían dos más, una O larga y una F.

Para ello partió de las Cartas de Daniel, unos textos escritos en un alfabeto en el que todos creían ver una antigua escritura armenia del siglo V ya olvidada y cuyo nombre se debe a que las llevó el obispo sirio Daniel desde Mesopotamia a instancias del rey Vramshapuh, que estaba allí de visita con motivo de la expulsión de Juan Crisóstomo (un clérigo desterrado por sus incendiarias diatribas contra los judíos y su enfrentamiento con la empreatriz Eudoxia). Sin embargo, las cartas resultaron insuficientes para representar todo el abanico consonántico -y parte del vocálico- del armenio y las dificultades que sugieron al poner en práctica el modelo llevaron a descartarlo finalmente en el 411 d.C.

El primer alfabeto había fracasado, así que se volvió a empezar pero basándose en la misma idea de la existencia de una escritura armenia perdida. Para encontrarla, Mesrob envió agentes a ciudades mesopotámicas septentrionales como Samósata, Amida o Edesa; a esta última, que tenía una importante biblioteca, se desplazó él personalmente para consultar los alfabetos de múltiples idiomas. Tras ardua labor, consiguió dar forma a una escritura que ordenó siguiendo el modelo griego y se trasladó a Samósata para que Rufinus, un escriba y calígrafo heleno, lo revisara. Fue allí donde ambos, ayudados por dos discípulos y los retoques ortográficos de Isaac, empezaron a poner en práctica la nueva herramienta.

Por supuesto, el primer libro traducido fue la Biblia -allá por el 434 d.C.-, en concreto una versión en sirio llamada Peshitta, a la que confrontó con la Septuaginta (una versión en griego) traídas desde Constantinopla y Alejandría, la Hexapla de Orígenes e incluso con una hebrea. Como decíamos antes, Mesrob eligió una frase de los Proverbios por su explícito significado, pero después de terminar con las Sagradas Escrituras continuó con otros textos religiosos, como los surgidos de los últimos concilios (Nicea, Constantinopla y Éfeso), la liturgia nacional (que se adaptó a la de San Basilio) o las obras de los Padres griegos (por ejemplo, las Crónicas de Eusebio de Cesarea).

Al regresar de Mesopotamia, Mesrob fundó el Seminario Vagharshapat, la primera escuela superior de la Armenia cristiana, a la que acudían estudiantes de todo el país y donde se les enseñaba el Trivium (gramática, lógica y retórica) con textos traducidos mediante el nuevo alfabeto nacional. Luego, él y sus discípulos se dispersaron por diversas regiones para predicar y de paso enseñar el alfabeto, apoyados por el rey y Vasak Syuny, el primer mazpán (príncipe) de Iberia y futuro gobernante de Armenia. Esa ebullición cultural se tradujo en lo que se ha dado en llamar la Edad de Oro de la literatura armenia, que se expandió a tierras vecinas.

En ese sentido, Koriun, el alumno y biógrafo de Mesrob, habla de un viaje a Iberia (no la Península Ibérica sino la región central del antiguo reino de Kartli, situada a este y sudeste de la actual Georgia), donde, ayudado por un traductor llamado Jaga y alentado por el rey Bakur, también inventó el alfabeto georgiano. Igualmente, en ese mismo tiempo habría realizado una visita a la Albania Caucásica, que abarcaba la actual República de Daguestán y buena parte de Azerbaiyán. Allí contactó con el monje Benjamín y ambos trabajaron para el rey Arsval en la elaboración de una escritura propia para el país, que a decir de los expertos y pese a tener cincuenta y dos frente caracteres frente a los treinta y tres de la georgiana, es tan similar a ésta y a la armenia que corroboraría esa improbable historia.

Esa etapa de periplos terminó de forma turbulenta, al morir Vramshapuh y prohibirse los libros en griego en la zona persa, lo que obligó a buscarlos en la fuente original. Mesrob viajó hasta Constantinopla para solicitar permiso al emperador Teodosio II el Joven y adquirir volúmenes en griego, además de enviar a varios discípulos a ciudades bizantinas como Atenas, Antioquía, Edesa o Alejandría para que aprendieran la lengua helena y volvieran con clásicos de esa literatura; entre esos personajes figuraban algunos de renombre, caso de Juan de Egheghiatz, Juan Mandakuni, José de Baghin, Eznik de Holp, Moisés de Chorene y Koriún (quien, por cierto, es la principal fuente para conocer la biografía de Mesrob).

Teodosio le negó el permiso a instancias del clero de Cesarea (ciudad de Capadocia), que temía que la escritura armenia suplantase a la griega, y porque había levantado revuelo que no se hubiera consultado a lingüistas bizantinos para crear dicha escritura. Eso retrasó la evangelización en Armenia occidental hasta el 420 d.C., cuando finalmente accedieron el emperador y el arzobispo Ático con la condición de que combatiera a la secta borborita (o fibionita, una escuela cristiana gnóstica practicante del sexo sagrado y considerada herética). Para ello recibió el título de Akimita (Vigilante) y fondos del estado bizantino, cumpliendo el encargo con afán.

Después volvió a Armenia oriental, donde la subida al trono de Ardacher IV, hijo de Vramshapuh y último arsácida, no había sido aceptada por los najarar (nobles) y se habían rebelado. Los persas intervinieron en el 428 d.C., aboliendo el reino, destituyendo a Isaac e iniciando una dura represión. Mesrob quedó solo en su actividad misionera y no se sabe por qué se libró; quizá porque no defendió la legitimidad de Isaac cuando se nombró un sustituto, aunque el afectado no le guardó rencor y al ser liberado nombró a su antiguo compañero locum tenens, o sea obispo interino. Con el tiempo llegaría a ser considerado el catholicós extraoficial, de facto.

Isaac falleció en el 439 d.C. y Mesrob perdió así uno de sus pilares. No obstante, continuó predicando y traduciendo, actividades que combinaba con la escritura de tratados de teología -se le considera fundador de la versión local de la patrística-, discursos sociopolíticos y hasta sharakans, como se denomina a los cánticos litúrgicos y poemas espirituales armenios, de los que se conservan ciento treinta. Así llegó hasta el 440 d.C. (o quizá el 443 d.C., no se sabe con seguridad), cuando una enfermedad puso fin a su vida en Echmiadzin. Fue enterrado con honores en el pueblo de Oshakán y canonizado por la Iglesia Apostólica Armenia; la Católica también lo incorporó al Martirologio Romano.

Su recuerdo perdura en Armenia a través de multitud de calles que llevan su nombre y estatuas, así como una orden civil creada en 1993. Pero resultan más interesantes las leyendas que originó. Una de ellas cuenta que él e Isaac se recluyeron en una cueva de la provincia de Balu para hacer el alfabeto y fueron visitados por un ángel que les iluminó mostrándoles siete letras grabadas en una pared de roca; allí hay una formación rocosa que parece una tumba y los lugareños la identifican con su sepulcro, siendo visitada por muchos devotos. Pero el óbito de Mesrob dio para mucho en la imaginación de la gente.

Otra leyenda refiere cómo, durante su funeral, una piedra que colocaron sobre el ataúd empezó a manar agua y apaciguó la sed de los presentes. También hay una en la que pidió que le pusieran sobre un carro y le inhumaran donde se detuvieran los bueyes; como lo hicieron ante la choza de un campesino muy pobre, lo consideraron indigno y sólo dejaron allí su dedo meñique. Sin embargo, el lugar donde se alzaba esa casa no tardó en pasar a ser objeto de veneración y terminó construyéndose un santuario. Los milagros consecuentes terminaron por hacer santo a aquel monje lingüista y misionero.


Fuentes

Koriun Vardapet, The life of Mashtots | Judith Woodsworth, Los traductores en la historia | Francisco Javier Herranz Fernández, La vuelta al mundo en 80 historias | Mack Chahin, The Kingdom of Armenia. A history | Mesrob (en Catholic Encyclopedia) | Wikipedia


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