18 de junio de 1815. El intento de Napoleón de refundar su imperio, tras escapar de su destierro en la isla de Elba y hacerse de nuevo con las riendas de Francia, termina de forma abrupta y desastrosa junto a un lugar llamado Mont Saint-Jean que ha pasado a la historia con el nombre de Batalla de Waterloo. Durante la retirada, unos soldados prusianos le capturan intentando huir hacia la frontera francesa y se disponen a fusilarlo allí mismo. Pero en el último momento interviene un cirujano militar que les advierte de que no es el emperador sino un colega galo que ciertamente guarda cierto parecido físico: Dominique-Jean Larrey, famoso por haber creado el primer servicio de ambulancias de campaña.

Aún así, Larrey estuvo a punto de acabar mal. Los soldados opinaban que, de todos modos, era un oficial enemigo y no había por qué perdonarle. Pero el doctor insistió y consiguió librarle con un incontestable argumento: en una ocasión, Larrey salvó la vida de Franz Ferdinand Joachim, el hijo del mismísimo Gebhard Leberecht von Blücher, el mariscal prusiano que acababa de obtener la victoria en la batalla ex aquo con Wellington gracias a la frenética marcha que impuso a sus tropas para llegar a Waterloo a tiempo de socorrerle. El vástago de Blücher había resultado gravemente herido cerca de Dresde en 1813 y fue el cirujano francés el que le trató las heridas; ahora se le devolvió el favor, siendo invitado por el mariscal a su mesa y posteriormente liberado con ropa y dinero.

Larrey nació en Beaudéan (una localidad de los Pirineos que todavía conserva su casa familiar, hoy convertida en museo) en 1766. Era hijo de un zapatero que luego se trasladó a Burdeos y falleció prematuramente, dejándole huérfano a la edad de trece años. El joven Dominique-Jean tuvo que ser criado por el párroco Abbot Grasset, quien al opinar que el chico era espabilado lo envió a Toulouse para dejarlo a cargo de su tío Alexis, que era cirujano mayor del Hôpital de Saint-Joseph de La Grave, una institución fundada en la Edad Media para tratar enfermos de peste que posteriormente acogió a enfermos, mendigos y gente sin recursos.

Alexis impartía formación pública y allí se educó su sobrino junto a otros futuros prestigiosos médicos como Jacques-Mathieu Delpech y Jean-Étienne Esquirol, obteniendo el título de Professeur élève y escribiendo una tesis sobre la caries que recibió una distinción local. También por entonces se afilió a la logia masónica de los Écossais fidèles. Seis años más tarde su tío le mandó a París para que estudiara medicina con Pierre-Joseph Desault, ilustre anatomista y cirujano que se encargaría de tratar al hijo de Luis XVI durante su cautividad revolucionaria pero que, de momento, trabajaba en el Hôtel-Dieu Saint-Jacques, donde se ocupaba personalmente de las urgencias.

Después, en 1787, Larrey aceptó el puesto de cirujano naval y se dirigió a Brest para embarcar a bordo de la fragata La Vigilante, siendo el oficial médico más joven de la Marina Real. El barco atravesó el Atlántico, destinado a la protección de Terranova, y, mientras estuvo en América, Larrey se dedicó a estudiar todo lo relacionado con aquella tierra: flora, fauna, mareas, clima, costumbres y demás, todo lo cual plasmaría más tarde en sus memorias. Lo de la tierra hay que interpretarlo literalmente, pues procuraba estar desembarcado todo lo posible debido a que sufría de mal de mer, o sea, mareos.

Mala perspectiva para hacer carrera como médico de un barco, de ahí que al regresar optase por dejar la Marina y trabajar en el Hôtel des Invalides, que, como indica su nombre, era un hospital y residencia para soldados y militares franceses retirados que construyó Luis XIV en 1670 (hoy es un complejo que acoge el Museo Militar, el de la Orden de la Liberación fundada por De Gaulle -que también tiene allí un memorial- y el Mausoleo de Napoleón, entre otros atractivos). En Los Inválidos coincidió con otros cirujanos de prestigio, caso de Raphaël Bienvenu Sabatier (afamado anatomista), Jean-Nicolas Corvisart (que sería médico personal de Napoleón desde 1804) y Xavier Bichat (el padre de la histología moderna, que había sido alumno de Desault).

Larrey ejerció como cirujano ayudante de Sabatier, adquiriendo experiencia. Así llegó 1792, el año en el que la tensión política por la que pasaba el país terminó por desbordarse y desembocó en el estallido de la Revolución Francesa. Para Larrey, que participó activamente organizando una ambulancia encargada de trasladar a los heridos de la Toma de la Bastilla, una idea que recuperaría pronto para otros ámbitos, fue también el año en que conoció a Marie-Élisabeth Charlotte, hija de René Delaville-Leroulx, el ministro de Contribuciones e Ingresos Públicos de Luis XVI.

El movimiento revolucionario tuvo que enfrentarse a la hostilidad del resto de Europa -salvo España, aliada por los Pactos de Familia- y aquel mismo año se formó la Primera Coalición, que le declaró la guerra. Larrey se alistó en la Armée du Rhine (Ejército del Rin) y viajó hasta Maguncia, donde colaboró con Samuel Thomas von Sömmerring, un sabio de su tiempo que aunaba conocimientos de química, física, astronomía, filosofía, antropología y paleontología (más tarde sería inventor de un telégrafo electroquímico y un telescopio, además de describir al pterodáctilo), pero, sobre todo, medicina y neuroanatomía.

Larrey ascendió de asistente del cirujano mayor a cirujano de primera clase y, al contar ya con más competencias, planeó reformar la organización sanitaria militar, que consideraba obsoleta y deficiente. Entendió que los heridos (los propios, se entiende) no podían quedarse tirados en pleno campo de batalla hasta que ésta terminase, como pasaba hasta entonces, porque a menudo eso les suponía la muerte o la gangrena; de hecho, incluso cuando por fin eran evacuados había que llevarlos hasta el hospital de campaña, que solía distar varios kilómetros, y cuando llegaban solía ser demasiado tarde.

Era necesario, pues, idear un sistema que permitiera aplicarles primeros auxilios in situ y a continuación realizar su traslado con rapidez. Una escaramuza cerca de Liburgo le impulsó a solicitar la puesta en práctica de un servicio de ambulancias con varios equipos, cada uno de los cuales estaba al mando de un médico y formado por veinticuatro soldados, un oficial de intendencia, un suboficial y un tambor encargado de llevar el material. Estaban equipados con doce camillas y cuatro pesadas, más una carreta de diseño ad hoc: cerrada, de dos ruedas y tirada por un par de caballos, inspirada en las de la artillería hipomóvil, a la que denominó ambulance volante.

Esa ambulancia y sus servidores deberían seguir a las tropas para atender a los caídos sobre la marcha, antes de recogerlos y enviarlos a la retaguardia, al hospital de campaña. El mariscal Nicolas Luckner le concedió autorización para empezar y se estrenó en la batalla de Landau (Metz), en la que el propio Larrey resultó herido en una pierna, pero recibiendo todo tipo de elogios por su idea. Tantos que, durante su convalecencia en París, se le encargó extender el servicio a todo el ejército. Y, en efecto, en 1793 el intendente general, Jacques-Pierre Orillard de Villemanzy ordenó un concurso nacional para diseñar un prototipo de ambulance volante.

Eso retrasó la cosa un par de años, algo agravado por la deserción de Orillard -que se pasó al otro bando, receloso de la deriva sanguinaria que tomaba la revolución-, pero finalmente todos los ejércitos franceses incorporaron el nuevo sistema sanitario, que incluía otras aportaciones de Larrey: el triaje o método de clasificación de los heridos por su gravedad para priorizar los graves al margen de su rango y la admisión de tratamiento para los enemigos, que hasta entonces eran ignorados o rematados. Todo eso vendría muy bien porque Francia estaba ya inmersa en una vorágine bélica que no se iba a detener en dos décadas el encadenarse la etapa revolucionaria con la napoleónica.

Precisamente conoció a Bonaparte -cuando éste todavía era un simple comandante de artillería, en 1794, en Toulon, puerto desde el que iba a zarpar el contingente encargado de reconquistar Córcega a los británicos y donde creó una escuela de cirugía; fue el mismo año en que contrajo matrimonio con su novia, Marie-Élisabeth. Luego pasó por España y allí enfermó, viéndose obligado a pasar un tiempo de recuperación en un puesto más tranquilo en París, dedicado a la enseñanza de anatomía en el Hôpital d’instruction des armées du Val-de-Grâce. Fue hasta 1797, año en que volvió al servicio activo en la Armée d’Italia.

Comenzaba la campaña italiana de Napoleón, quien consideraba importante disponer de un sistema eficaz para evacuar y sanar a los heridos por la influencia que eso tenía sobre la moral de la tropa. Un año más tarde fue el turno de la campaña de Egipto, en la que Larrey ya ejercía de cirujano jefe. En la batalla de Abukir, entre cañonazos enemigos, evacuó al general Jean Urbai Fugière, que había sido alcanzado en un hombro, creando después una escuela médica militar en El Cairo. No obstante, uno de los mayores problemas que encontró fue el de las oftalmias que sufrían los soldados a causa del reflejo de los intensos rayos solares sobre la arena.

Fue en esas tierras donde organizó un imaginativo transporte de heridos colocando sendos cestos de palmera, alargados y con colchones, uno a cada lado de la joroba de los dromedarios, animales que sustituían a los caballos por su mejor adaptación al clima. También preparó veinticuatro ambulancias para cada división, ya que la campaña se reemprendió en 1799 hacia Siria. Durante el sitio de San Juan de Acre tuvo que amputar un brazo al general Louis Marie de Caffarelli du Falga, aunque la gangrena le mató de todas formas a las tres semanas, lo que le impulsó a intentar una terapia alternativa: poner gusanos en las heridas infectadas para que comieran la carne y las limpiaran. Larrey le practicó una autopsia a Caffarelli y más tarde también él terminó herido.

La experiencia que adquirió el cirujano en Egipto y Siria fue inmensa. Ideó aplicar alimentación por sonda y biberón a un oficial al que tuvo que coser la lengua; aprendió a cerrar heridas torácicas, desoyendo la costumbre de dejarlas abiertas que se remontaba a lo escrito por Ambroise Paré en el siglo XVI e instaurando así un avance quirúrgico; durante el asedio de Alejandría encontró la manera de que la carne de caballo resultase un alimento saludable para los heridos y mandó matar sus propios caballos para este propósito; y en 1800, poco antes de la rendición, embalsamó el cuerpo del general Jean Baptiste Kléber -que había quedado al mando cuando Napoleón volvió a Francia y fue asesinado por un fanático- para poder estudiarlo.

Larrey fue uno de los últimos en dejar Egipto, en octubre de 1801, porque estuvo impartiendo clases en El Cairo hasta el final. En el viaje de vuelta tuvo que atender al general Jacques François de Boussay de la peste que había contraído. Toda esa aventura, que le valió el apodo entre la tropa de la Providencia del soldado, la dejó escrita en su obra Relation historique de l’expédetion de l’armee d’Orient en Égyte et en Syrie, que engrosó en 1803 con la tesis Dissertation sur les amputations des membres à la suite des coups de feu. Para entonces ya había sido nombrado cirujano mayor de la Guardia Consular.

Napoleón se había convertido en Primer Cónsul y le entregó la Legión de Honor con una dedicatoria especial: «Ésta es una recompensa bien merecida«. Luego Bonaparte se autoproclamó emperador y si su guardia pasó a ser Guardia Imperial, Larrey fue nombrado barón del Imperio por su comportamiento en la batalla de Wagram, de nuevo con elogio personal: «Si el ejército alguna vez erigiera un monumento para expresar su gratitud, debería hacerlo en honor a Larrey». Europa ya estaba enfangada en las Guerras Napoleónicas y de hecho, en 1807, el cirujano y Bonaparte habían visto morir entre sus brazos al mariscal Jean Lannes, fatalmente herido en la batalla de Aspern-Essling sin que sirviera de nada la brillante amputación que el primero le hizo de su pierna destrozada.

Cabe decir al respecto que la amputación de miembros era la única manera conocida entonces de evitar la gangrena y/o el tétanos, que sobrevenían a menudo al infectarse las heridas. Ese tipo de operación se hacía sin anestesia -no existía aún-, emborrachando al paciente si se contaba con alguna bebida alcohólica o estando consciente si no la había, en cuyo caso debía apretar entre los dientes un palo o un chicote para aguantar el dolor.

En tales circunstancias era fundamental la rapidez para evitar sufrimientos y Larrey fue sobresaliente en eso (hasta dio nombre a una técnica propia): dicen las crónicas que era capaz de amputar un miembro en menos de dos minutos y que practicó más de doscientas operaciones de ese tipo en las veinticuatro horas siguientes a la batalla de Borodino y doscientas treinta y cuatro tras la de Berezina, si bien la cifra más impresionante la registró en España, en la batalla del Roure (Figueras), con setecientas en cuatro días.

Durante uno de los descansos que dejaban las armas, en 1811, Larrey codirigió en París, junto al doctor Dubois (que era obstetra de la emperatriz María Luisa, segunda esposa de Napoleón), un equipo que practicó una mastectomía sin anestesia a Frances Fanny Burney, una célebre escritora inglesa a la que admiraba Jane Austen, que residía en Francia porque su marido -que era francés- estaba al servicio de Bonaparte. Se sospechaba que Fanny tenía un cáncer de mama y se eligió para tratarlo a los considerados siete mejores médicos del país. Tanto Larrey como ella dejaron por escrito cómo transcurrió la operación.

En 1813, después de tomar parte en la campaña de Rusia, él fue nombrado cirujano jefe del parisino Hospital Militar Gros-Caillou, donde tuvo que demostrar a Napoleón que muchos de los reclutas acusados de automutilarse la mano para evitar el frente en realidad habían recibido heridas en combate. Eso le valió un duro enfrentamiento con el mariscal Soult, al considerar éste que le había desautorizado ante el emperador; el militar jamás le perdonaría tal humillación y se tomaría cumplida venganza décadas más tarde.

Larrey se ofreció a acompañar al emperador al exilio en Elba, pero éste no quiso privar a Francia de sus necesarios servicios. Sí se le unió diez meses más tarde, cuando Bonaparte retornó para el Imperio de los Cien Días y partió hacia Bélgica al frente de su nueva Grande Armée. Hizo su trabajo en Waterloo, siendo herido y apresado, como vimos al principio. En medio del fragor del combate, Wellington le saludó de lejos quitándose el bicornio al ser informado de que el oficial francés que mandaba aquel insólito carro que se movía tan cerca de su primera línea era el del famoso cirujano y estaba recogiendo heridos de mabos bandos para curarlos: «Yo saludo el honor y la lealtad de tal doctor«, dijo el duque antes de ordenar cesar el fuego para facilitarle las cosas.

De vuelta en Francia y con Napoleón lejos, en Santa Helena, la lealtad que le había mostrado Larrey (veinticinco campañas, sesenta grandes batallas y cuatrocientas menores) no estaba bien vista y estuvo marginado socialmente un tiempo. Sin embargo, Luis XVIII terminó por avalar su rehabilitación y lo nombró cirujano mayor de la Casa Militar del Rey, formando parte de la primera promoción de miembros de la Real Academia de Medicina en 1820. Seis años después visitó Inglaterra, donde le recibieron con honores y siguió incrementando su nómina de aplausos allá donde iba.

En 1842, siendo miembro del Consejo de Sanidad del Ejército, solicitó hacer una visita de inspección médica en Argelia. En ello estaba, acompañado de su hijo Hyppolite (que sería cirujano jefe militar con Napoleón III), cuando le dieron la noticia de que su esposa estaba gravemente enferma y quiso volver a toda prisa.

Durante el viaje enfermó de neumonía y murió en Lyon al poco de llegar, apenas unas horas después que ella. Tenía setenta y seis años y fue enterrado en el cementerio de Père-Lachaise porque Soult, que no había olvidado su afrenta, le negó un sitio en Los Inválidos, donde él había pedido descansar en paz.

No obstante, en 1992 sí se trasladaron allí sus restos mortales, cerca de donde reposan los de un Napoleón que en su testamento le había legado cien mil francos con una frase que serviría de perfecto epitafio: «Es el hombre más virtuoso que he conocido. Ha dejado en mi espíritu la idea de un verdadero hombre de bien«.


Fuentes

Dominique-Jean Larrey, Memoir of Baron Larrey | John S. Haller Jr, Battlefield medicine. A history of the military ambulance from the Napoleonic Wars through World War I | André Soubiran, Le baron Larrey chirurgien de Napoléon | Henri Drouin, Vie du Baron Larrey, chirurgien-chef de la Grande Armée | Jose M. Ortiz, The revolutionary Flying Ambulance of Napoleon’s surgeon | Charles Mullié, Biographie des célébrités militaires des armées de terre et de mer de 1789 à 1850 | Wikipedia


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