En tiempos del Imperio Romano, lo que hoy son los Países Bajos eran conocidos como Batavia. El nombre hacía referencia a sus habitantes, los bátavos, que vivían en una isla de la desembocadura del Rin, de ahí su etimología (batawjō= buena isla). Se trataba de un pueblo germánico desgajado del cato que durante bastante tiempo fue aliado de los romanos, proporcionándole auxiliares para su ejército- especialmente marineros-, pero que en la segunda mitad del siglo I d.C. se rebeló aprovechando el inestable contexto sucesorio que se ha dado en llamar el «año de los cuatro emperadores». La sublevación tuvo un líder indiscutible que además de príncipe local era un veterano legionario bátavo romanizado: Cayo Julio Civilis, que aspiraba a formar un estado independiente en la Galia, el Imperium Galliarum.

Civilis (también se le nombra a veces como Claudio Civil), cuyo nomen demuestra que, en algún momento, él o algún antepasado inmediato suyo recibió la ciudadanía romana, nació en Batavia en una fecha indeterminada y sirvió en el ejército durante veinticinco años, tomando parte quizá en la invasión de Britania del año 43 d.C. La falta de datos sobre su juventud -la principal fuente sobre los hechos es Tácito- obliga a dar un salto hasta el año 68 d.C., el último del reinado de Nerón, cuando su hermano Paulo, que era prefecto de una cohorte auxiliar pero quizá todavía un peregrinus (hombre libre pero sin ciudadanía), fue ejecutado por el legado de Germania Inferior, Fonteyo Capitón, bajo la acusación -al parecer falsa- de traición.

Civilis, que también era prefecto, sufrió detención asimismo, aunque no tuvo un final tan fulminante seguramente por su condición de ciudadano: le enviaron a Roma, donde al año siguiente pudo apelar ante el nuevo emperador, Galba, y éste no sólo le absolvió sino que ordenó la muerte de Capitón -al fin y al cabo nombrado por su predecesor-por poner en riesgo la tranquilidad en el norte. Salvo por el trágico destino de su hermano, Civilis salió beneficiado del incidente, ya que, como compensación, fue confirmado en el cargo de prefecto de una cohorte.

Como decíamos antes, ésta estaba integrada por auxiliarii bátavos, a los que Tácito consideraba entre los guerreros más bravos y de ahí que su relación con Roma fuera casi de igual a igual, sin vasallaje ni más tributos que los efectivos que aportaba al ejército. Ya vimos que muchos servían en la Classis Germanica (la flota encargada de controlar el Mar del Norte y la desembocadura del Rin, con base en Colonia Agrippinensis, la actual Colonia), pero los de tierra también eran muy apreciados porque la mayoría sabían nadar y eso constituía una ventaja a la hora de cruzar ríos con rapidez, sin necesidad de construir puentes.

Sin embargo, volvió a brotar la desconfianza hacia Civilis cuando terminó el efímero mandato de Galba; le salvaron las turbulentas circunstancias que vivía el Imperio Romano en aquel año 69 d.C., pues tras las muertes de Nerón y Galba, y con el pequeño paréntesis bimestral de Otón, ascendió al trono Vitelio, que habiendo sido gobernador de Germania mantenía el recelo sobre el bátavo pese a que éste había combatido por él ante Otón ¿Qué había cambiado? El hecho de recibir una carta de Marco Antonio Primo, legado de la Legio VII Gemina, acantonada en Panonia, solicitándole su apoyo al último candidato al trono en discordia, Vespasiano. Lo mismo hizo el legado consular de Germania Superior, Marco Hordeonio Flaco, otro vespasianista.

En concreto, le pedían que organizara una rebelión entre los germanos, de manera que las legiones destinadas allí tuvieran una excusa para no trasladarse a Roma, donde Vitelio las quería para engrosar sus fuerzas ante la previsible marcha hacia allí de Vespasiano. Asimismo, debía desobedecer el afrentoso edicto de Vitelio que ordenaba realizar una leva entre los bátavos, reclutando a los jóvenes y obligando a pagar una exención a los mayores, con vistas a reforzar sus tropas. En realidad no hizo falta tal pantomima; los bátavos ya estaban indignados por el edicto y la brutal manera con que se intentó poner en práctica, así como por la supresión de la guardia imperial, en la que formaban muchos de ellos y que fue vista como un insulto.

Por otra parte, las tierras de Batavia eran pantanosas al ocupar el delta occidental del Rin (en la Germania Inferior); inadecuadas, pues, para la agricultura, lo que impedía que el número de bátavos fuera elevado (se calcula en torno a treinta y cinco mil) por la escasez de recursos, abocándolos a la guerra como oficio de referencia. Por eso los romanos no les exigían el tributum (impuesto sobre cosechas y ganado) y, en cambio, los reclutaban en considerable cantidad, hasta el punto de que debía haber unos cinco mil auxiliarii de ese origen, un porcentaje mucho mayor al de cualquier otro pueblo. Irónicamente, eso les llevó a tal rivalidad con los legionarios romanos de la XIV Gemina en Britania que tuvieron al menos un par de serios altercados.

Civilis decidió aprovechar todo esto para sublevarse de verdad, sacudirse de encima la influencia de Roma y, de paso, vengar la afrenta sufrida por él y su difunto hermano. Se daba la curiosa casualidad de que había perdido un ojo, al igual que dos líderes que también se vieron en tesitura similar y a los que admiraba: Aníbal Barca, el cartaginés que puso en jaque a los romanos tres siglos antes, y Quinto Sertorio, el pretor que alzó en armas Hispania contra Sila en el siglo I a.C. Como ellos, rompió sus vínculos con la metrópoli, empezando a tejer una coalición galo-germánica.

Los primeros en sumarse fueron los vecinos cananefates, cuyo jefe, Brinno, obtuvo a su vez la colaboración de los frisones. Fue éste quien dio el primer paso, al atacar los acuartelamientos romanos de invierno -entre ellos el de Traiectum (Utrecht)-, forzando su retirada. Siguiendo el plan previsto, Hordeonio Flaco envió en su socorro a las ocho cohortes auxiliares bátavas, recién retornadas de Britania y acampadas en Mogontiacum (Maguncia)… y Civilis, creyendo llegado el momento, se quitó la careta y se puso al frente de la rebelión, consiguiendo de paso que una cohorte de tungros desertara y se le uniera durante una batalla cerca de la actual Arnhem.

El colofón de la victoriosa jornada se produjo cuando los remeros bátavos de la flota, enviada por el río en auxilio de las legiones, se apoderaron de veinticuatro de los barcos tras un motín. A Marco Antonio Primo y Hordeonio Flaco les había estallado el plan entre las manos, descubriendo con estupor cómo su presunto aliado enviaba mensajeros por toda Germania Inferior y Superior, así como a la Galia, incitando a la revuelta y proponiendo un reino unido independiente. Había que atajar el problema cuanto antes y el designado para la misión fue Mumio Luperco, a cuyo mando se pusieron la Legio XV Primigenia (uno de cuyos soldados, llamado Camurio, había asesinado a Galba) y parte de la Legio V Alaudae.

Los romanos atacaron a los insurrectos en la insula Batavorum, la isla de la desembocadura del Rin donde vivían, pero todo salió mal; el contingente de bátavos que llevaban en sus filas se pasaron al enemigo nada más empezar la batalla y el resto de auxiliares, augurando lo que podía pasar, huyeron. De pronto, Luperco estaba en abrumadora inferioridad numérica y, comprendiendo que así no podría vencer, ordenó la retirada a Castra Vetera (actual Xanten), el campamento base fundado por Augusto para controlar la frontera del imperio con Germania.

El lugar quedó sitiado por un ejército que incrementó sus efectivos con la llegada de varias cohortes bátavas que marchaban hacia Roma para unirse a Vitelio y, al enterarse de la rebelión, dieron media vuelta, derrotaron a las tropas de Herenio Galo en Bonna (hoy Bonn) y se unieron a las de Civilis.

Éste intentaba nadar entre dos aguas, liderando el alzamiento a la vez que era remiso a enfrentarse a sus antiguos aliados; por eso obligó a sus hombres a jurar fidelidad a Vespasiano, instando a Luperco a hacer otro tanto, como si todo se redujera a la guerra civil entre romanos. Pero los de Castra Vetera se mantuvieron leales a Vitelio, confiando en las abundantes provisiones de que disponían.

A los bátavos no les quedaba otra que revelar su posición rebelde y combatir ya de forma abierta, recibiendo refuerzos enviados por los brúcteros y téncteros. Sin embargo fueron incapaces de romper las buenas defensas del campamento (murallas de ladrillo y madera, torres y doble zanja) y se optó por rendir al adversario por hambre, bloqueando todos los caminos e incluso el río, gracias a los barcos apresados. Ahora bien, Luperco sabía que no podría resistir indefinidamente y que no iba a recibir ayuda, ya que Hordeonio Flaco quería reservar sus tropas para un posible choque contra las de Vitelio.

No obstante, el legado de la Legio XXII Primigenia, Cayo Dillio Vócula, consiguió abrirse paso hasta Castra Vetera; no sin apuros pues a la altura de Asciburgium (Asberg) cayó en una emboscada tendida por Julio Máximo y Claudio Víctor (sobrino de Civilis, hijo de su hermana) y sólo se libró gracias a la intervención de unas cohortes de auxiliares vascones. Al llegar arrebató el mando a Luperco y continuó la resistencia. Y así, mientras los germanos fieles a Roma como los tréveros y los ubios eran atacados por otras tribus para que no cundiera el ejemplo, fue pasando el tiempo.

A finales de año Vespasiano se impuso por fin a Vitelio en la batalla de Bedriacum (Cremona); era el final de la contienda civil, pero Civilis mantuvo el cerco al campamento demostrando, a quien todavía dudase, que aquello era un levantamiento contra Roma. Aun así, recibió una propuesta romana para poner fin a aquello y retomar su antigua alianza. El bátavo la rechazó, pero no pudo evitar que Vócula, aprovechando un servicio de escolta a un convoy de abastecimiento, saliera del campamento con parte de sus tropas y tratara de alcanzar Gelduba (Gellep) derrotando por el camino a las escasas fuerzas que Civilis le opuso.

Ninguno de los dos contendientes supo o quiso lanzarse con decisión a por una victoria. Los propios legionarios estuvieron a punto de hacerle un favor a los bátavos amotinándose contra su legado, pero pudo solucionarlo y mientras el bátavo tomaba Gelduba él continuó hasta Novaesium (Neuss), uniéndo sus fuerzas con las de Hordeanio Flaco. Éste, haciendo honor a su nombre, era tremendamente impopular entre sus soldados, que le consideraban viejo, lisiado y débil. Ellos mismos, que querían mantenerse leales a Vitelio -todavía no sabían la noticia de su muerte- le destituyeron (y después asesinaron). Vócula pudo escapar disfrazado de esclavo.

Eso sí, en cuanto se supo que Vespasiano era el nuevo emperador todos le juraron fidelidad y aceptaron como legado a Vócula, que dispuso una movilización para liberar la asediada Mogontiacum (Maguncia), cosa que logró. Pese a todo, Germania y la Galia hervían creyendo que el nuevo emperador tampoco duraría mucho y que los pueblos de Germania Magna (la que estaba al este del Rin) e incluso de otros lugares (dacios, sármatas) se unirían a la insurrección; un incendio casual en la Colina Capitolina parecía todo un augurio en ese sentido y todos recordaban la profecía de Vedela, una völva (sacerdotisa sagrada) de los brúcteros, considerada diosa viviente, según la cual Civilis conseguiría su propósito.

Eso parecía, en efecto, pues todas las tropas auxiliares que seguían fieles a Vócula se pasaron al bando rebelde inducidas por sus comandantes galos, Julio Clásico y Julio Tutor, lo que determinó la caída final de Castra Vetera y el exterminio de sus defensores, emboscados cuando se retiraban pese a que habían aceptado jurar lealtad a Civilis; cabe decir que aquella masacre probablemente se llevó a cabo sin la aprobación de éste.

En cualquier caso, fue destruyendo uno tras otro los fuertes romanos y sólo perdonó Colonia Agripina porque allí estaba preso su hijo sin que se hubieran tomado represalias contra él. Tácito cuenta que entonces, considerando ya cerca el triunfo final, se afeitó el cabello y la barba que había dejado crecer desde el inicio del conflicto.

Ahora bien, no todas las tribus estaban de su lado. Las ancestrales rivalidades entre ellas seguían pesando y el bátavo Claudio Labeón, un viejo enemigo de Civilis que también había servido como auxiliar de Roma luchando en las filas de Luperco primero y Vócula después, reunió a los descontentos betasios, tungros y nervios para realizar una guerra de guerrillas contra los rebeldes. Civilis lo combatió y derrotó, aunque pudo escapar y unirse a los romanos. De todos modos, hubo otros pueblos que siguieron reticentes a incorporarse a la coalición, sospechando que en realidad los bátavos planeaban someterlos, y únicamente los tréveros y lingones aceptaron hacerlo.

Entretanto, Vespasiano no se quedó cruzado de brazos. Teniendo las manos libres al asentar su poder, pudo centrar la atención en Germania y buscar soluciones. La más evidente fue enviar más fuerzas para engrosar el Ejército del Rin, a cuyo mando puso a Quinto Petilio Cerial como consul suffectus (cónsul interino), ayudado por Anio Galo.

El primero no había brillado demasiado en su carrera militar, cosechando derrotas en Britania y contra Vitelio, pero el emperador confiaba en él por su fidelidad, ya que era pariente suyo. Tenía a su disposición las legiones XIII Gemina, VI Victrix y XXI Rapax, más la XIIII Gemina enviada desde Britania; otras tres se ocuparían de Germania Superior.

Tras cruzar los Alpes le salió al paso el tŕevero Julio Tutor, al que derrotó gracias a la deserción de sus hombres, lo que permitió recuperar la Galia Bélgica y dejar claro a todos los legionarios indecisos que Vespasiano no era un emperador débil. Disolvió la Legio I Germanica, incorporando a sus hombres a la VII Gemina, y reconstituyó la XVI Gallica renombándola XVI Flavia Firma. Los que aún dudaban fueron licenciados y a otros se les indultó su pasado viteliano. La campaña siguió hacia Augusta Treverorum (Tréveris), que también cayó; hábilmente, Cerial perdonó a su gente, al igual que a los lingones, comenzando así a deshacer la coalición. Civilis comprendió el peligro y propuso la paz a Domiciano, hijo de Vespasiano y futuro emperador, que participaba en las operaciones pero no se dignó responder.

Los rebeldes dudaban entre atacar ya a los romanos, como pedían Clásico y Tutor, o esperar a que los germanos del otro lado del Rin también se rebelasen, como esperaba Civilis. Se impuso la primera opción y una ola inmensa de guerreros germanos cayó sobre el campamento. Cerial, que estaba en Augusta Treverorum, regresó apresuradamente para reorganizar a las tropas que se retiraban en desorden, presa del pánico. Gracias a su pronta llegada y a que el enemigo perdió tiempo en saquear, los romanos contraatacaron y terminaron por imponerse. Eso les permitió conquistar luego Colonia Agrippina, pasando a cuchillo a la mayoría de los habitantes; la esposa y la hermana de Civilis, así como la hija de Clásico fueron apresadas.

El enfrentamiento definitivo que los dos bandos esperaban se produjo en forma de batalla campal, disputada junto a Castra Vetera, después de que uno y otro recibieran refuerzos que creían suficientes para imponerse. El choque duró dos días y si en el primero se impusieron los germanos, al provocar a los romanos para que rompieran sus formaciones, en el segundo la balanza se inclinó hacia éstos porque esa vez supieron mantener el orden y contaron con información facilitada por un desertor. Todo parecía haber terminado, pues Civilis huyó a su isla con los bátavos supervivientes; pero desde allí organizó diversas salidas contra los campamentos romanos que Cerial rechazó no sin problemas.

Algo similar ocurrió poco más tarde, cuando fue sorprendido por un golpe de mano en su barco fluvial y sólo la casualidad de haber bajado a tierra para una inspección le libró de caer cautivo. Harto de aquel juego del gato y el ratón, el cónsul arrasó la insula Batavorum. Pero resultó inútil porque Civilis siempre conseguía escabullirse, así que finalmente no quedó otro remedio que recurrir a la diplomacia, que el otro aceptó consciente de que, recién terminada la guerra en Judea, los romanos volcarían contra él todos sus esfuerzos.

Celión envió emisarios a su oponente ofreciéndole paz y perdón a cambio de recuperar su antigua alianza; se construyó un puente sobre el río Nabalia (probablemente el Waal), donde se encontraron las dos partes para negociar… y hasta ahí llega el relato de Tácito.

Era el año 70 d.C. Sabemos que los bátavos tuvieron que trasladar su capital de Nimega a otra urbe menos protegida y vigilada por la X Gemina, pero volvieron a gozar de la confianza de Roma y siguieron nutriendo a sus legiones en los siglos siguientes -en el siglo IV d.C., gobernando Constancio II, fueron absorbidos o desplazados a la región de Texandria (sur de Países Bajos y norte de Bélgica) por los francos salianos-, aunque ignoramos qué pasó con su jefe. ¿Obtuvo la inmunidad prometida? ¿Fue crucificado, como le había amenazado Luperco? ¿O le mataron sus propios hombres, como pasó con Arminio?


Fuentes

Tácito, Historias | Sexto Julio Frontino, Estratagemas, el arte de la guerra en Roma | Jona Lendering, Batavian revolt | Serguei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Julio Rodríguez González, Petilio Cerial | Wikipedia


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