Corría el año 1851 cuando el príncipe presidente de Francia mandó demoler la antigua -y ruinosa- iglesia parroquial de Saint-Leu-Saint-Gilles, ubicada en París, construyendo otra en el mismo lugar y a su costa que albergara una cripta familiar. Allí se traladaron, entre otros, los restos mortales de su padre, que había fallecido en Livorno (Gran Ducado de Toscana, hoy parte de Italia) en 1846. Éste, antes y desde hacía décadas, usaba el nombre de conde de Saint-Leu por marcar distancias con el verdadero, Luis Bonaparte. Y es que era hermano de Napoleón, con el que rompió después de que le obligara a abdicar del trono de Holanda.

Irónicamente su hijo, el mencionado príncipe presidente, instauró el Segundo Imperio en 1852 asumiendo el recuerdo de su afamado tío y adoptando su nombre como Napoleón III. Con ello trataba de recuperar -de forma más pomposa que real- la grandeza de antaño, pero sin renunciar a rendir homenaje a su progenitor enterrándolo en la capital, en el mausoleo que hizo el escultor Louis Petitot en 1862 sufragado por los sesenta mil francos que el propio difunto había dejado ad hoc en su testamento. A Luis le hubiera gustado el resultado porque el artista le representó en traje ceremonial como rey de Holanda.

En realidad se llamaba Luigi Buonaparte porque nació en 1778 en Ajaccio, Córcega, isla genovesa conquistada por los franceses a los toscanos nueve años antes y patria chica de una familia que se adaptaría a los nuevos tiempos afrancesando su apellido. Fue el cuarto vástago varón del matrimonio formado por Carlo Buonaparte y Maria Letizia Ramolino, teniendo como hermanos mayores a José, Napoleón, Luciano y Elisa, y siendo menores Paulina, Carolina y Jerónimo (hubo otros tres pero murieron prematuramente).

Si José estudió leyes y Luciano optó por el sacerdocio -efímeramente-, Napoleón y Luis se decantaron por la carrera militar y ambos se formaron como artilleros, el primero en la academia de Brienne-le-Château y el segundo en la de Châlons-en-Champagne. Los dos estaban destinados casi inevitablemente a unir sus destinos, pues en 1796, cuando Napoleón inició la campaña italiana siendo ya general, reclamó a su hermano para que se incorporase a su Estado Mayor como aide de camp (edecán). El jovencísimo Luis -dieciocho años-, teniente de artillería, fue ascendido a capitán y pasó al 5º Regimiento de Dragones.

Como tal, entró en combate varias veces y lo hizo con valor, aunque parece ser que sin entusiasmo porque le disgustaba la parte menos épica de la guerra, que a la vez era la más real: aquella que implicaba muerte, saqueos y destrucción. No obstante, también acompañó a Napoleón en la campaña de Egipto y continuó subiendo en el escalafón hasta que alcanzó el generalato con sólo veinticinco años, algo que a él mismo le parecía prematuro. Pero la poderosa mano de su hermano era decisiva y, de hecho, colaboraron en el golpe de Estado del 18 de brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799), con el que pusieron fin al Directorio en favor del Consulado.

Fue en ese período cuando Napoleón, convertido en primer cónsul, arregló el enlace de Luis con Hortensia de Beauharnais, hija que Josefina había tenido con su primer marido, Alejandro François Marie, vizconde de Beauharnais. Ella siempre se mostró reticente, pero finalmente tuvo que aceptar de mala gana y eso repercutió en la imposibilidad de una vida conyugal feliz. La boda se celebró en 1802 y a lo largo de los siguientes seis años nacieron tres hijos, Napoleón Carlos, Napoleón Luis y Carlos Luis (Napoleón III). No lo hicieron en Francia sino en Holanda.

Las antiguas Provincias Unidas habían sido ocupadas por el ejército francés en 1795 en el contexto de las guerras revolucionarias, pasando a denominarse República Bátava. Nueve años después Napoleón, que se había proclamado emperador en 1804, decidió convertir aquel territorio en el Reino de Holanda, un estado títere que sería gobernado por alguien cercano, insistiendo en la política que aplicó en todas las conquistas que realizó: en Nápoles estuvieron primero José y después, cuando le entregó el trono de España, Murat; en Westfalia, Jerónimo; en Suecia, el mariscal Bernadotte

Así que eligió a Luis, quien gozaba en Francia de una posición envidiable al haber sido nombrado gran condestable y recibido la Legión de Honor. Sin embargo, no recibió la noticia con alegría porque padecía reumatismo, lo que le obligaba a acudir a menudo a balnearios para reponerse y, de hecho, Hortensia le dejaría solo en su trono al no soportar el frío clima nórdico. Por otra parte, a Luis tampoco le seducía reinar limitándose a obedecer las órdenes de su hermano, pero éste terminó por convencerle instándole a seguir la máxima “Haz lo que debas, pase lo que pase”.

La delegación neerlandesa enviada a negociar con el emperador no sólo fue ignorada sino humillada al tener que reconocer oficialmente al nuevo soberano, algo que daba al asunto una pátina de legalidad. Al fin y al cabo, aducía Napoleón, tenían como enemigo común a Inglaterra y a cambio de admitir al nuevo rey recibirían beneficios económicos (que esperaba obtener del bloqueo continental a los británicos) y políticos (uniendo bajo una misma corona a las distintas tendencias que había, a saber, unitarios, federalistas y orangistas). Asimismo, añadió, Luis mantendría las leyes y libertades constitucionales de que gozaban.

Efectivamente, el tratado firmado en mayo de 1806 reconocía los principios fundamentales de la Revolución Bátava (el movimiento ilustrado que produjo la caída del Antiguo Régimen de Guillermo V), permitiendo conservar lengua, religión y moneda propias bajo un sistema federal de tradición republicana. La realidad iba a ser todo lo contrario, pero de momento Luis consiguió ganarse el favor de los neerlandeses gracias a su manifiesta voluntad de aprender el idioma, haciéndose llamar Lodewijk I y provocando un error lingüistico que le hizo caer en gracia (se presentó como Konijn van ‘Olland, o sea, «conejo de ‘Olland», en vez de Koning van Holland, «rey de Holanda»).

En ese tema del idioma, contrató a un profesor particular (el poeta Willem Bilderdijk, que era un fervoroso monárquico) y, tal como se había acordado en el tratado, mantuvo el neerlandés como lengua oficial, probablemente para dificultar la labor de los supervisores franceses. Asimismo, mostró un gran interés por conocer la situación de su nuevo reino en todos los aspectos, desde el arte a la ciencia pasando por la agricultura o el comercio, promoviendo en ese sentido muchos proyectos administrativos, culturales y comerciales.

Consecuentemente, desarrolló una amplia labor legislativa mediante la cual acometió una serie de reformas, la principal de las cuales quizá fuera la uniformización de los múltiples códigos legales del país, adaptándolos al Napoleónico y aboliendo en el ámbito penal tanto la tortura como los trabajos forzados, aunque la negativa de los juristas locales impidió que pudiera hacer otro tanto con la pena de muerte; para compensarlo, recurrió a menudo a perdones e indultos. Las leyes también pusieron fin a la preeminencia que, en la práctica y pese a la libertad religiosa proclamada por la república, seguía teniendo el calvinismo sobre el catolicismo y el judaísmo.

La muerte de su primogénito en 1807 le decidió a mejorar la sanidad e higiene introduciendo normativas ad hoc, vacunas y programas para mejorar las canalizaciones de agua, desecar marismas, ampliar plazas y vías de circulación, instalar fuentes, dotar a las ciudades de parques públicos y sacar del entorno urbano mataderos y cementerios. Para sustentar esto se estandarizó el sistema educativo, procurando separarlo de la influencia religiosa y modernizando todos los niveles de enseñanza. Gracias a ello, la lista de iniciativas en cultura es larga: fundación del Museo Real de Ámsterdam (germen del actual Rijksmuseum) y del Real Instituto de Ciencias, Letras y Bellas Artes; creación de una bibliotea real; fomentó la restauración y/o reconstrucción de palacios e iglesias; y becó a artistas para que pudieran ir a estudiar a Roma…

En economía, se simplificó el modelo fiscal, se elaboró un presupuesto anual y se redujo la deuda del estado, todo ello tendente a favorecer una recuperación que engrosase las arcas para costear las reformas administrativas. Entre éstas figuraban las del ejército y la marina pero también las territoriales, puesto que, a semejanza del francés de prefecturas, hubo una centralización dividiéndose el país en diez departamentos -cada uno al mando de un landdrost (gobernador)- y quedando en manos del rey el nombramiento de los alcaldes.

Para ese ambicioso plan Luis necesitaba gozar del apoyo popular, que ya vimos que consiguió gracias a la demostración de buena voluntad que hizo al llegar y que continuó realizando giras de inspección por todo el país en vez de encerrarse en palacio, como hiciera el estatúder Guillermo V. Por ejemplo, en 1807 afrontó la explosión accidental de un barco cargado de pólvora en Leiden que destruyó parte de la ciudad presentándose personalmente y coordinando la intervención de la Guardia Real en las labores de auxilio, abriendo un palacio para albergar a los heridos, donando treinta mil florines y eximiendo de impuestos a la población durante una década. Una iniciativa similar llevó a cabo dos años después con unas graves inundaciones.

Pero también hacía falta la colaboración de las élites, a las que había que convencer de incorporarse al nuevo régimen constitucional, como pasaba en Inglaterra. Se consiguió a medias, más por la imposición de la realidad que otra cosa, pues entendieron que esa participación podía ayudar a conservar cierta autonomía, manteniendo alejado a Napoleón. En eso fue clave una promesa que también estaba en el tratado: que el Reino de Holanda quedaría exento del servicio militar que se realizaba en los territorios controlados por Francia para engrosar su Grande Armée. Sin embargo, los holandeses sí acabarían reclutados, como veremos.

Y es que no todo fue un camino de rosas para Luis. Como decíamos antes, en 1809 Hortensia regresó a Francia, en parte por el clima y en parte porque su marido pretendía que renunciase a la nacionalidad francesa, como había obligado a hacer a sus ministros -la mayoría galos, impuestos por su hermano-. Además se marchó llevándose a sus hijos y negándose a permitirles visitar Holanda, al temer que su esposo los retuviera; era la ruptura definitiva, hasta el punto de que ella empezó una relación con Charles de Flahaut, hijo ilegítimo de Tayllerand. Aún así, Napoleón se puso de su parte y adoptó al mayor como heredero (todavía no tenía uno propio).

De hecho, el emperador estaba descontento con la labor de Luis y no tardaría en demostrarlo. De él dijo:

Tiene talento, no es un hombre malo; pero con estas cualidades cualquiera puede cometer muchas tonterías y causar bastantes males. El carácter de Luis es naturalmente inclinado a las rarezas y a la extravagancia. Le ha perdido la lectura de Juan Jacobo Rousseau. Corriendo tras una reputación de sensibilidad y beneficencia, incapaz por sí mismo de grandes designios, susceptible a lo mas de detalles locales. Luis no se ha mostrado sino como un rey perfecto…

Desde que se quedó solo, el monarca perdió parte del entusiasmo y cambió sus costumbres por otras menos aplaudidas. Si hasta entonces había tenido una corte itinerante, sin capital fija, a partir de ahí empleó cuantiosas sumas de dinero en lujos palaciegos; y tenía unos cuantos, ya que pasó de Utrecht a Ámsterdam y de ahí a Harlem y otros (sólo descartó La Haya por estar demasiado cerca del mar, lo que iba mal para su reuma). Esos gastos sentaron mal en un pueblo con arraigada mentalidad de ahorro que él mismo había reforzado con su política, pese a lo cual se le seguía llamando Luis el Bueno desde la catástrofe de Leiden. Napoleón se rió de dicho apodo: ″Hermano -le dijo-, cuando dicen de un rey que es bueno, significa que ha fracasado en su gobierno«.

Era toda una declaración de intenciones porque, si bien Luis había seguido a regañadientes los dictados del emperador, había determinados puntos en los que no estaba dispuesto a transigir. Primero, se negaba a aportar los cuarenta mil soldados que le pedía para iniciar la campaña de Rusia, ya que la población holandesa sumaba únicamente dos millones de habitantes. Segundo, no quiso reducir en dos tercios el valor de la deuda pública porque eso podía arruinar a los inversores holandeses que habían recibido préstamos franceses. Y tercero, su colaboración con el bloqueo continental a Inglaterra era sólo de palabra porque hacía la vista gorda ante el comercio de contrabando para evitar que se degradase la economía.

La chispa que provocó la ruptura fraterna fue el desembarco de un contingente británico en la isla de Walcheren, desde donde conquistaron la fortaleza de Bath (en Zelanda) dejando en apurada posición Amberes y Flesinga sin que el ejército holandés fuera capaz de detenerlos. Fue el mariscal Bernadotte, futuro rey de Suecia, quien los echó con una tropa de milicianos dejando patente que el Reino de Holanda no podía defenderse por sí solo. Napoleón no dejó pasar la ocasión e hizo ir a su hermano a París; aquello no hubiera pasado, explicó, si Luis hubiera aceptado incorporar a los holandeses a la Grande Armée.

Ambos discutieron agriamente durante tres meses, al término de los cuales Luis no tuvo más remedio que ceder el sur de su reino a Francia. Luego, ya en 1810, regresó para encontrarse con que el ejército francés ocupaba una ciudad tras otra y no se limitaba a la región meridional sino que saltaba a otras. Entonces comprendió cuál era la verdadera situación y, rechazando la oferta del emperador de entregarle el trono de España -donde todavía reinaba su otro hermano, José, también enfrentado a las injerencias del emperador-, optó por abdicar en su hijo Napoleón Luis, que reinaría apenas trece días. El Reino de Holanda fue invadido por el ejército del mariscal Oudinot, que materializó su anexión a Francia mediante el Decreto de Rambouillet.

Mientras, su ex-rey se estableció en Viena acogido por el emperador austríaco Francisco I, ignorando las peticiones de Napoleón para que viviera en París y rechazando utilizar su nombre en favor del antes referido de conde de Saint-Leu (en referencia a la propiedad que tenía en Saint-Leu-la-Forêt, donde al final sería enterrado). No permaneció en la capital de Austria sino que pasó a Graz, donde conoció a Goethe y se dedicó a escribir ensayo y poesía hasta 1813, tras el desastre napelónico en Rusia, cuando pasó a Lausana y se ofreció -inútilmente- como mediador entre Francia y sus enemigos.

También había solicitado a su hermano la devolución del trono de Holanda, pero Napoleón se negó y además, con el cambiante curso de la guerra, los holandeses alcanzaron su independencia y restauraron en el poder a los Orange en la figura de Guillermo I. La posibilidad de que Luis retornara como monarca no pudo materializarse porque había arraigado un sentimiento antifrancés y además su salud no le permitía aventuras, de ahí que rechazase la ayuda que le ofrecieron José I y Jerónimo para dar un golpe. Y como también en Suiza creció el odio contra los galos, él tuvo que aceptar la invitación del papa Pío VII para residir en Roma, donde ya estaban otros Bonaparte.

Nunca volvió a ver a su hermano ni se puso en contacto con él cuando escapó de Elba para el Imperio de los Cien Días. Tras su fallecimiento se trasladó a Florencia y posteriormente retornó a Livorno. Vio cómo se le denegaba varias veces la solicitud de visitar los Países Bajos, que no consiguió llevar a cabo hasta que le autorizó Guillermo II en 1840; fue bien recibido por la gente, lo que le emocionó. Cuatro años más tarde, al morir José, los bonapartistas le proclamaron pretendiente legítimo, aunque él no se mostró interesado y esa reivindicación quedó en manos de su hijo, el futuro Napoleón III, en esos momentos encarcelado por tomar parte en una conspiración.

Dicho vástago afianzó tal condición el 25 de julio de 1846 (Napoleón Luis había muerto en 1831), cuando un atentado acabó con la vida de su padre. No se sabe que éste tuviera más descendencia, salvo un hijo natural con su amante Jeanne-Félicité Roland (nació en 1826), pese a que desde 1838, ya viudo de Hortensia, entabló una relación sentimental -no está claro si con boda o sin ella- con la marquesa Julia Livia di Strozzi, que entonces tenía dieciséis años.


Fuentes

Napoleón Bonaparte, Juicios de Napoleón sobre sus contemporáneos y sobre él mismo | Thomas Colley Grattan, Holland.The history of the Netherlands | Michael Broers, Napoleon. The spirit of the age | William H. C. Smith, The Bonapartes. The history of a dynasty | Annie Jourdan, Louis Bonaparte, roi de Hollande, 1806-1810 | Fernand Beaucour, Hortense de Beauharnais (en Napoleon.org) | Archives du cabinet de Louis Bonaparte, roi de Hollande. Inventaire des articles AF IV (1806-1810) (en Archives Nationales) | Wikipedia


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