Como es sabido, los vastos territorios mundiales alcanzados por la Corona española durante el reinado de los Austrias, y su mantenimiento con los Borbones, suelen resumirse con la expresión «el imperio en el que nunca se ponía el sol», en alusión a que abarcaban los cinco continentes. Sin embargo, esa frase ni siquiera nació en aquella época sino que se remonta a la Antigüedad, cuando se utilizaba ya con el mismo sentido.

Las tablillas mesopotámicas del tercer milenio antes de Cristo recogen palabras similares para referirse a las conquistas de Sargón de Acad, creador de un Imperio Acadio que se extendía desde Elam (un reino del Golfo Pérsico) hasta el Mediterráneo, incluyendo la región entre los ríos Tigris y Éufrates más partes de las actuales Irán, Siria y Turquía, estando su capital en Agadé (cerca de Bagdad, Irak). De Sargón se decía entonces que gobernaba sobre “todas las tierras desde el amanecer hasta el atardecer”.

También los egipcios dejaron una metáfora parecida en la Historia de Sinuhé, un cuento del Imperio Medio que se conserva en dos de los llamados Papiros de Berlín (el 1499 B y 3022 R, a los que hay que añadir algunos óstracos) y en el que el protagonista, un médico, menciona la campaña de expansión de Sesostris I (c. 1961-1915 a.C.) hacia Libia; como ésta venía tras culminar otra anterior, iniciada por su padre Amenemhat I en Nubia, Sinuhé dice que el faraón alcanzó a mandar «sobre todo lo que el sol engloba».

Asimismo, en Polimnia (el séptimo de sus Nueve libros de la Historia), Heródoto pone una frase de ese tipo en boca de Jerjes I. Concretamente cuando el rey de Persia se dispone a acometer la invasión de Grecia, en lo que iba a ser el comienzo de la Segunda Guerra Médica: «Si los sometemos [a los griegos], junto con sus vecinos, que habitan el país de Pélope el frigio, haremos que el imperio persa limite con el éter de Zeus. Pues no verá el sol tierra alguna que confine con la nuestra, porque yo, junto con vosotros, recorreré toda Europa y haré de todos los países uno solo».

El concepto de la expresión se ajustaba al anhelo de dominio universal de las grandes potencias, por eso también el poeta romano Horacio, que vivió en los vibrantes tiempos del ascenso de Augusto, lo aplicó en sus Odas para ensalzar un neonato imperio que controlaba «desde el sol naciente hasta el poniente». En fin, incluso en la Biblia, en el Antiguo Testamento, se encuentran expresiones de esa guisa; por ejemplo en el Libro de los salmos 72:8, al referirse a Salomón se dice que «dominará de mar a mar, desde el río hasta los límites del mundo».

Vayamos al caso español. Los historiadores británicos Anthony Pagden y J.H. Elliott mencionan como partida de la frase a Ludovico Ariosto, el poeta italiano que ejerció de diplomático de la Liga Santa en la guerra contra Francia en la segunda década del siglo XVI, y que en su obra más conocida, Orlando furioso, abrazó con entusiasmo la idea de un imperio cristiano universal que defendía el círculo de humanistas que rodeaba a Carlos V, haciéndose eco de un párrafo del Evangelio de San Juan sobre la necesidad de que «hubiera un solo pastor y un solo rebaño».

Sin embargo, parece haber cierto consenso en que la expresión «el imperio donde nunca se pone el sol», aplicada en presente al Imperio Español (que, por otra parte, no existía como tal; los españoles siempre se refirieron a él como monarquía), nació de boca de un religioso, fray Francisco de Ugalde, en una conversación con Carlos V contextualizada en la propuesta de un imperio español a raíz de la conquista de México por Hernán Cortés, quien escribía al emperador inspirado por el obispo Ruiz de la Mola:

«Sólo Dios sabe cuánto me ha preocupado, porque he deseado que Vuestra Alteza supiese las cosas desta tierra, que son tantas y tales que, como ya en la otra relación escribí, se puede intitular de nuevo emperador della y con título y no menos mérito que el de Alemaña que por la Gracia de Dios Vuestra Sacra Majestad posee»

Cartas de relación (Hernán Cortés)

Carlos no sólo era rey de Castilla y Aragón desde 1516 por la herencia de sus padres, Felipe el Hermoso y Juana la Loca, sino también de las Indias y los reinos italianos (Nápoles, Sicilia, Cerdeña) más el Milanesado, que recibió por vía materna (Reyes Católicos), así como del Archiducado de Austria y los estados borgoñones (Países Bajos, Franco Condado) asumidos por vía paterna (emperador Maximiliano), a los que sumó los estados (señoríos, ducados, condados…) del Sacro Imperio Romano Germánico en 1520. Se entiende que adoptase como lema Plus ultra («Más allá», en contraposición al Non terrae plus ultra de la Antigüedad Clásica).

Y es que las Indias no eran sólo territorio americano sino que incluían las islas del Pacífico, que fueron incorporando a la Corona los navegantes que, al servicio de ésta, caracterizaron lo que se denominó como la Era de los Descubrimientos. Así, a la conquista de los imperios mexica e inca hay que añadir lo que hallaron en sus viajes Magallanes, Elcano, Legazpi y demás, sin olvidar las plazas de África (Orán, Túnez, Argel). Todas esas posesiones siguieron ampliándose a medida que se afianzaba el imperio, que alcanzó su apogeo cuando el hijo de Carlos, Felipe II, subió al trono.

Fue con este monarca cuando el Pacífico se convirtió en un mare clausum, el «lago español», gobernando sobre parte de Europa y América, además de Asia y Oceanía (las Filipinas -que llevan su nombre-, Molucas, Carolinas, Marianas, Palaos, Borneo…). El Sacro Imperio había pasado a manos de su tío Fernando, pero a cambio se sumaron Inglaterra (temporalmente), Portugal y sus posesiones de ultramar (Brasil, Mozambique, Malindi, Zanzíbar, Calicut, Kerala, Ormuz, Macao, Goa, etc). Se trataba del mayor imperio mundial que Europa había conocido hasta la fecha.

Por tanto, efectivamente, en la práctica no se ponía el sol bajo el cetro de Felipe II, y así lo suscribieron varios autores después de Ugalde. Fue el caso del anticuario y cronista isabelino William Camden, el cual expresó en su obra Annales (una historia del reinado de Isabel I) que el imperio hispano «abarcaba una extensión tal, por encima de todos los emperadores que lo habían precedido, que en verdad podría decir: Sol mihi semper lucet»; la frase en latín se traduce como «Sobre mí siempre brilla el sol».

Otro ejemplo es el de Giovanni Battista Guarini, poeta, dramaturgo y diplomático de Ferrara que en 1590, para celebrar el matrimonio de Catalina Micaela de Austria (segunda hija de Felipe II) con Carlos Manuel I de Saboya, publicó una tragicomedia pastoral titulada Il pastor fido (El pastor fiel) en la que se pueden leer los versos: «Altera figlia / Di qel Monarca, a cui / Nö anco, quando annotta, il Sol tramonta«​ («La orgullosa hija / de ese monarca a quien / cuando oscurece [en otros lugares] el sol nunca se pone»).

Como se puede ver, no se trataba de una fanfarronada española; los extranjeros también tenían la misma visión de esa monarquía global hispana. El canciller inglés Francis Bacon dejó escrito que «tanto el Este como las Indias Occidentales se encuentra en la corona de España, ha llegado a suceder que, como se dice en una especie de expresión valiente, el sol nunca se pone en los dominios españoles, pero nunca brilla sobre una parte u otra de ellos».

Tampoco fue algo vinculado en exclusiva a los Austrias Mayores. En el siglo XVII el escritor escocés Thomas Urquhart de Cromarty, un realista enemigo de Cromwell, se refirió al monarca español como «ese gran Don Felipe, Tetrarca del mundo, sobre cuyos súbditos nunca se pone el sol». Por su parte, el inglés, Owen Feltham, en un libro de 1652 titulado A brief of the Low Countries (Breve carácter de los Países Bajos), decía de él: «…tiene ahora un mando tan amplio que en sus dominios el sol ni se levanta ni se pone».

Aquella centuria vio pasar en el trono español a tres monarcas, Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Pero fue reinando el segundo cuando el rey francés Luis XIV imitó su significativo apodo de Rey Planeta adoptando el de Rey Sol y el lema Nec pluribus impar, de confusa traducción (quizá «No es desigual a muchos» en referencia a otras estrellas del firmamento), dado que en ese período Francia consiguió su etapa de mayor esplendor y pudo discutir con España la hegemonía en Europa. El sentido venía a estar en la misma onda que el de la expresión que estamos tratando.

Una expresión que estaba plenamente asentada, pero que alcanzó especial difusión en 1787, cuando el dramaturgo y filósofo alemán Friedrich Schiller publicó el drama teatral Dom Karlos, Infant von Spanien (Don Carlos, infante de España), centrado en la figura del malhadado primogénito de Felipe II y sus presuntos amoríos con su madrastra, Isabel de Valois. Para ser exactos, la popularidad se debió más a la adaptación operística de Verdi en el siglo XIX; en cualquier caso, en la escena seis del primer acto, el rey dice: «Me llaman / el monarca más rico del mundo cristiano; / el sol en mi dominio nunca se pone».

Los franceses volvieron a gozar de una época de gloria con Napoleón y su Primer Imperio desde 1808. De ámbito también global, el sentido de la frase probablemente se asumió también, como indica el escritor Walter Scott en su libro The Life of Napoleon Buonaparte, Emperor of the French. With a Preliminary View of the French Revolution, publicado en 1827 y donde incluye una cita de las memorias del ministro Joseph Fouché acerca de la invasión de España y sus vastos dominios de ultramar: «Reflexionad que el sol nunca se pone en la inmensa herencia de Carlos V, y que tendré el imperio de ambos mundos».

Y a los franceses les siguieron los británicos en las siguientes décadas decimonónicas. Al color rojo con que coloreaban sus dominios en los mapamundis, alusión obvia al tono de las casacas de sus soldados, sumaron la frase de marras ya como propia. Se cree que fue Christopher North, pseudónimo del escritor, crítico literario y filósofo escocés John Wilson, quien empezó en un artículo publicado en 1829 en el Blackwood’s Edinburgh Magazine hablando de «los dominios de Su Majestad, donde nunca se pone el sol». No obstante, sería más bien su popularizador, ya que hay precedentes.

El más antiguo, de 1773, es el del diplomático George Macartney (primer embajador de Su Graciosa Majestad en China) al referirse al Tratado de París, que plasmó la victoria británica en la Guerra de los Siete Años (una contienda de escala global, buena parte de la cual se libró fuera de Europa), asegurando que ahora controlaban un «vasto imperio en donde el sol nunca se pone, y cuyos límites la naturaleza aun no ha determinado», alusivas a la expansión territorial que experimentó Reino Unido a partir de ahí.

Ya en 1821 el periódico Caledonian Mercury había publicado un artículo en el que decía del Imperio Británico que «en sus dominios el sol nunca se pone; antes de que sus rayos de la tarde salgan de las agujas de Quebec, sus rayos de la mañana han brillado tres horas en Port Jackson, y, mientras se hunde desde las aguas del lago Superior, su ojo se abre sobre la boca del Ganges».

Seis años más tarde, el reverendo R. P. Buddicom declamaba en un discurso: «Se había dicho que el sol nunca se puso en la bandera británica; era ciertamente un viejo dicho sobre la época de Ricardo II y no era tan aplicable entonces como en la actualidad».

Esa dinámica continuaría las décadas siguientes. En 1834, Daniel Webster, a la sazón secretario de Estado de EEUU, definió al Imperio Británico como «un poder que ha salpicado la superficie de todo el globo con sus posesiones y puestos militares, cuyo tambor matutino, siguiendo el sol y haciendo compañía con las horas, rodea la tierra con una tensión continua e ininterrumpida de los aires marciales de Inglaterra».

En 1861, Lord Salisbury se expresaba así sobre la utilidad del dinero invertido en la defensa de sus colonias: «Proporcionar una agradable variedad de estaciones a nuestros soldados y disfrutar del sentimiento de que el sol nunca se pone en nuestro imperio».

Antes, en 1839, el diplomático y administrador colonial Henry George Ward hacía un alarde de petulancia en la Cámara de los Comunes recordando la aplicación de la frase en España: «Miren el imperio colonial británico, el imperio más magnífico que el mundo haya visto jamás. Los viejos españoles se jactan de que el sol nunca se puso en sus dominios; se ha realizado más verdaderamente entre nosotros».

Lo irónico es que al mismo tiempo, en la nueva potencia en ciernes, los Estados Unidos, adoptaban también ese discurso triunfalista vinculándolo a la autoproclamada superioridad de la cultura anglosajona. Así, un predicador fundador del Restoration Movement (un movimiento protestante que abogaba por el retorno al cristianismo primitivo) llamado Alexander Campbell, aseguraba en 1852 que «Dios ha otorgado a Gran Bretaña y América la posesión del Nuevo Mundo porque el sol nunca se pone sobre nuestra religión, nuestro lenguaje y nuestras artes…»

«El sol nunca se pone en el Tío Sam», decía un artículo de William Jordan titulado La nación más grande de la Tierra y publicado en la revista Ladie’s Home Journal en 1897. «Si no podemos jactarnos de que el sol nunca se pone en territorio estadounidense, podemos encontrar satisfacción en el hecho de que el sol nunca se pone en la filantropía estadounidense» insistía el secretario de Estado William Jennings Bryan en The New York Times, ya en una fecha tan cercana como 1906. Por cierto, este último texto, titulado That never-setting sun, recibió duras críticas por considerarlo fuera de época. Como hemos visto, quizá no tanto.


Fuentes

Heródoto, Los nueve libros de la Historia | Horacio, Odas | Cipriano de Valera (ed.), Libro de los Salmos | Hernán Cortés, Cartas de relación | Ludovico Ariosto, Orlando furioso | Baptista Guarini, El Pastor Fido, tragicomedia pastoral | Francis Bacon, Of a Holy War (en The works of Francis Bacon) | John H. Elliot, España y su mundo 1500-1700 | Hugh Thomas, El imperio español. De Colón a Magallanes | Henry Kamen, Imperio. La forja de España como potencia mundial | Geoffrey Parker, Felipe II | Friedrich Schiller, Don Carlos, infante de España | Walter Scott, Life of Napoleon Buonaparte | Christopher North, Noctes Ambrosianae (en Blackwood’s Edinburgh Magazine) | William Jennings Bryan, That never-setting sun (en The New York Times) | Wikipedia


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