El 20 de mayo de 1799, Napoleón Bonaparte ordenaba levantar el sitio de Acre, punto y final de una campaña que suponía el fracaso en su intento de conquistar Siria para, junto con Egipto, cerrar definitivamente el paso de los británicos hacia la India. Asimismo, aquella desgraciada aventura le supuso perder casi la mitad de sus efectivos (a la postre también las fuerzas que dejó en Oriente Próximo al mando de Jean-Baptiste Kléber) y le decidió a regresar a Francia, donde dio el golpe de estado contra el Directorio que le convirtió en cónsul. Fue el primer gran revés de su carrera, mucho más grave que los de Bassano y Caldiero.

Dos años antes, la polaridad que sufría el Directorio entre los partidarios de la mayoría monárquica (liderados por François Barthélemy y Lazare Carnot) y los republicanos convencidos (encabezados por Jean-François Reubel y Louis Marie de La Révellière-Lépeaux), se había solventado por la misma vía golpista a favor de los segundos, con la intervención desequilibrante del hasta entonces neutral Paul Barras, después de que Napoleón afirmara haber descubierto una conspiración de los primeros y enviase al general Augerau a detenerlos. Era el famoso 18 de fructidor del año V (4 de septiembre de 1797).

Por entonces Napoleón era un militar muy prestigioso gracias a la represión que había dirigido contra los enemigos de la revolución en 1795, incrementando ese aura con su exitosa intervención en Italia, que no le dio poder político directo pero sí una notable influencia sobre Barras, de quien era el verdadero sostén al frente del Directorio. Tal dependencia llevó a éste a aceptar sin obstáculo el plan que le presentó Bonaparte para apoderarse de Oriente Pŕoximo y cortar las comunicaciones de Gran Bretaña con la India.

Esa campaña alcanzó fama mundial en Egipto, gracias al equipo de historiadores y artistas que tomaron parte como reflejo propagandístico de la Ilustración francesa; de su labor nació la egiptología como ciencia, se impuso la moda orientalizante -el célebre estilo Imperio-, se publicó la fabulosa Description de l’Égipte y se encontró la piedra de Rosetta que años después permitiría a Champollion traducir la escritura jeroglífica. Pero también supuso la conquista de Malta, como primer paso, ya que ante todo era un operación militar.

Una vez en Egipto, la Grande Armeé se impuso a los mamelucos en la batalla de las Pirámides, lo que en apenas un mes otorgó a Napoleón el gobierno para introducir una serie de reformas modernizadoras que, sin embargo y pese a la promesa de respetar los preceptos islámicos, no fueron bien recibidas por la población. Por contra, la Royal Navy de Nelson destrozó a la escuadra francesa en Abukir, dejando prácticamente aislado al ejército galo; máxime cuando británicos y otomanos firmaron una alianza.

Pese a la imposibilidad de recibir refuerzos ni suministros, Napoleón siguió adelante con su plan, en el que no faltaban deseos de emular a Alejandro alcanzando la India, como él mismo escribió en sus memorias. Así que escogió trece mil hombres y marchó hacia Siria para acabar con Djezzar Pachá, el gobernador local, de quien se sabía que estaba preparando la reconquista de Egipto. No fue tarea fácil; atravesar el desierto del Sinaí debilitó a sus hombres, que tardaron diez días en tomar El-Arich y gracias a un pacto con los defensores por el que se les permitía irse con la promesa de no volver a empuñar las armas contra ellos.

La siguiente ciudad en caer, Jaffa, también presentó una denodada resistencia gracias a que aquellas fuerzas que se habían retirado de El -Alrich, mayoritariamente albanesas, incumplieron su palabra y a que una epidemia de cólera se extendió entre las filas francesas. La venganza de los galos se plasmó en dos días de masacres y violaciones, lo que facilitó que Haifa se rindiera sin combatir y eso llevó a Bonaparte a pensar que pasaría lo mismo en San Juan de Acre, estimando en no más de dos semanas el tiempo que tardaría en apoderarse de ella y alcanzar Damasco. No fue así.

La antigua fortaleza de los cruzados se había convertido en una ciudad musulmana -hoy en Israel- de considerable valor estratégico al estar en una posición dominante en la ruta entre Siria y Egipto, además de disponer de un puerto marítimo y hallarse protegida por naturaleza en una lengua de tierra que se adentra en el mar.

La caída de Acre, calculaba Napoleón, podría servir para incitar a la rebelión contra el dominio otomano; lamentablemente para él se le había adelantado el enemigo y el comodoro William Sidney Smith acababa de fondear allí con dos buques, desembarcando una fuerza de un millar de hombres.

Smith, veterano de la lucha contra los independentistas norteamericanos, de la guerra Ruso-Sueca (en la que sirvió como voluntario en la armada de Suecia al mando de un escuadrón de cañoneras) y de varias batallas contra barcos franceses, había sido enviado por Nelson con un navío de línea de ochenta cañones, el HMS Tigger, y el HMS Theseus, de setenta y cuatro.

Ese poder artillero, que junto con el de tierra sumaba doscientas cincuenta piezas, resultaría decisivo, pues superaba sobradamente al francés, que únicamente contaba con una docena de cañones de campaña, cuatro obuses y unas cañoneras de asedio que, inútiles contra los navíos, terminaron capturadas.

Se entiende por tanto la sorpresa de Napoleón al ver que su primer ataque, realizado el 28 de marzo sólo con la infantería, se estrellaba contra las bien armadas defensas; los otomanos no capitulaban, recordando su fatal destino en Jaffa, y los judíos de la ciudad también colaboraron, ya que Farhi, su líder, ejercía como ayudante del gobernador. El punto fuerte del futuro emperador eran las batallas campales, no los asedios, y sobrevaloró sus posibilidades dada la inferioridad numérica y material que tenía ante el enemigo.

Éste contaba con unos treinta mil hombres a los que luego se sumarían otros doce mil quinientos de refuerzo, recibiendo continuos suministros desde Chipre y Trípoli. Enfrente las fuerzas francesas se veían menguadas por varias causas: un millar de bajas -entre muertos y heridos- sufridas en las batallas de El-Arich, Jaffa y Haifa; otros mil convalecían de disentería y otras enfermedades en los hospitales de esas ciudades más Nazaret, Shafa-Arm y Ramleh; y dos mil más estaban repartidos por las guarniciones de las mismas más Katiéh.

Por lo tanto, Napoleón andaba muy justo de efectivos humanos y materiales. En aquel primer ataque los granaderos se lanzaron hacia una brecha pero se encontraron con una zanja de cinco metros de ancho y una contraescarpa de tres metros de alto que les obligó a retirarse, perdiendo un centenar de hombres.

Para colmo, los defensores recibieron la ayuda del coronel Antoine Le Picard de Phélippeaux, un oficial de artillería que estudió en la escuela militar de Brienne con Bonaparte pero que estaba en el exilio por antirrevolucionario; llegó con nuevas baterías de cañones y organizó una segunda línea perimetral.

Fue Phélippeaux quien, viéndose fuerte, llevó a cabo varias salidas para obstaculizar los trabajos de colocación de minas que hacían los galos y, aunque fue siempre rechazado, pagando con ochocientas bajas, logró su objetivo de retardarlos.

Entretanto, Napoleón envió a medio millar de soldados al mando del general Philippe Junot a impedir el proceso de acopio de efectivos que Djezzar impulsaba en el resto del territorio. No eran suficientes y tuvo que acudir en su auxilio la caballería de Kléber. Fue el inicio de una serie de golpes y contragolpes que terminaron por envolver a a los galos, quienes tuvieron que solicitar ayuda al propio Bonaparte.

Éste, dejando el asedio de Acre en manos de los generales Jean Lannes y Jean-Louis-Ébenezel Reynier, marchó hacia la llanura de Fouli con la división de Louis André Bon justo a tiempo de salvar a los dos mil jinetes de Kléber de ser arrollados por decenas de miles de enemigos. Napoleón los empujó hacia el río Jordán, donde había ordenado a Joaquim Murat -su futuro cuñado- que tomase posiciones para cerrarles el paso. La noticia de esa victoria, junto a la de la inminente llegada del almirante Perrée al mando de tres fragatas con artillería de asedio, alegró a los sitiadores de Acre. Sería una nueva desilusión.

Las salidas de los defensores seguían estorbando la operación; además, cada vez que se superaban las defensas al asalto aparecían otras inesperadas construidas detrás. La munición se iba agotando y fue necesario ofrecer una prima por cada proyectil recuperado.

Al general Louis Caffarelli hubo que amputarle un brazo al resultar herido de un cañonazo, mientras su compañero Rambeaud fallecía en una andanada de disparos hecha desde las casas tras lograr entrar en la ciudad con doscientos granaderos; Lannes también recibió un tiro en el cuello que le provocaría dificultad para hablar y le dejaría la cabeza perennemente ladeada.

Los granaderos de Rambeaud quedaron aislados en una mezquita y sólo se libraron de morir linchados gracias a que Sidney pactó su rendición. Mientras, seguían desembarcando refuerzos otomanos y los cristianos libaneses informaron a Bonaparte de la próxima llegada de más desde Rodas, algo que le impelió a intentar un nuevo asalto a la desesperada. Fracasó. Sus soldados consiguieron barrer a la primera línea de defensores, pero a continuación se invirtieron las tornas y varios oficiales de su estado mayor dejaron allí la vida, entre ellos Bon. Quedaba patente que era inútil insistir, máxime teniendo en cuenta que brotó una epidemia de peste en el campamento francés.

Sesenta y dos días después de su inicio (unos más y Acre habría caído, dijo Bonaparte a sus soldados en un ejercicio de charlatanería, como él mismo reconocería más tarde), el sitio fue levantado. Primero se evacuó a los numerosos heridos y enfermos; luego les siguieron los demás. Lannes mandaba la vanguardia y Kléber la retaguardia, con Junor cubriendo el flanco izquierdo (el derecho estaba a salvo al dar a la costa, al menos relativamente porque las naves de Sidney los cañoneaban de vez en cuando). Aquella triste columna avanzó penosamente, sin agua y hostigada, hasta alcanzar Jaffa, donde se embarcó a los que podían prestar servicio.

La peste ya había comenzado a hacer estragos y Napoleón diría luego al Directorio que renunció a tomar Acre por estar infectada. Lo cierto es que allí apenas hubo incidencia y sólo Phélippeaux fue una de las víctimas mortales. Pero a los que no mató la peste lo hizo Djezzar, que ordenó pasar a cuchillo a todos los cristianos de la ciudad haciendo honor a su apodo, que significa el Carnicero y se había ganado años atrás al tender una emboscada a una tribu beduina a la que masacró en venganza por la muerte de su maestro. En realidad se llamaba Ahmed Pervan y era un ex-esclavo mameluco, originario de Bosnia, que había sido gobernador de El Cairo y Beirut antes de que el sultán Abdulhamid I le nombrase pachá de San Juan de Acre.

Napoleón había perdido cinco mil hombres. Como haría otras veces, dejó atrás a los suyos, llegó a Egipto y se embarcó hacia Francia -donde protagonizaría el golpe del 18 de Brumario que le dio el consulado-, burlando el bloqueo británico y dejando el mando a Kléber con la orden de resistir hasta que le enviase refuerzos. Le autorizaba a rendirse si éstos no llegaban antes de enero de 1800 y, como no lo hicieron, Kléber pactó con los otomanos en El-Arish la repatriación del ejército francés. Los británicos se opusieron, pero ahí intervino Sidney, que tenía tendencia a actuar por su cuenta.

El comodoro gozaba de gran popularidad a esas alturas. Había perdido el Theseus en un accidente -un incendio hizo explotar el polvorín y casi lo manda a pique-, pero logró capturar las tres fragatas francesas y su contribución a la salvación de Acre fue decisiva («Ese hombre me hizo perder mi destino» dijo de él Napoleón), por lo que aprobó lo negociado entre Kléber y el sultán. Irónicamente, a la larga, eso le iba a costar el recelo de los mandos, aunque de momento, y al mando del Tiger, todavía tomó parte en la invasión de Abukir que dirigió Sir Ralph Abercromby. Combatiría más veces en las guerras napoleónicas y terminaría dedicándose a combatir la esclavitud.

De aquella aventura en Siria han quedado pequeñas historias y anécdotas, unas improbables, otras imposibles de saber. Así, se dijo que Napoleón prometió a Farhi, la mano derecha de Djezzar, entregar Palestina a los judíos y restaurar el Templo de Salomón si se pasaba a su bando. Si la propuesta fue real, y a pesar de que Farhi era judío, no la aceptó, como vimos, pero todo parece más bien un rumor apócrifo posterior. Sí sabemos, en cambio, que los franceses legislaron a favor de judíos y cristianos coptos en los territorios que controlaban.

Por otra parte, una divertida leyenda árabe cuenta que la última orden de Napoleón antes de levantar el sitio fue disparar un cañón contra Acre cargado con su sombrero, para que al menos una parte de él pudiera entrar en la ciudad. Quizá fuera un consuelo para él -magro, eso sí- saber que Acre conserva una calle que lleva su nombre y que el lugar donde estaba su campamento se llama hoy Colina de Napoleón. Tampoco está tan mal para lo que fue el primer gran revés de su carrera.


Fuentes

Napoleón Bonaparte, Guerre d’Orient: Campagnes de Égypte et de Syrie, 1798-1799 (memorias dictadas al general Bertrand) | Miguel del Rey, Napoleón en Oriente. Las campañas de Egipto y Siria | Albert Manfred, Napoleón Bonaparte | Andrew Roberts, Napoleón. Una vida | John Knox Laughton, Smith, William Sidney (en Dictionary of National Biography) | Juan Antonio Granados Loureda, Breve historia de Napoleón | Wikipedia


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