Hace tiempo dedicamos una serie de artículos a la ciudad colombiana de Medellín y terminábamos el primero con un sucinto resumen de algunas de las maravillas que se pueden ver allí desde que se acometió una decidida transformación del lugar para convertirlo en un atractivo turístico del país: una plaza con tantas esculturas como paseantes, hoteles hippies de luxe -valga el contraste- donde es posible pagar el alojamiento sin dinero, plantaciones donde el café crece a la sombra de bananos y otros frutales para impregnarse de su esencia, un castillo neogótico, un museo científico interactivo, fiestas de apoteosis florales y muchas cosas más.

Pero eso es sólo una muestra básica. Quien reserve alguno de los vuelos desde Madrid a Medellín que se ofertan esta temporada descubrirá que aquella urbe tiene otras bazas que añadir a la lista: el Parque Natural Arví, la Casa Museo de Pablo Escobar, el cercano Valle de Cocora, un jardín botánico, el Museo de Antioquía, la Catedral Metropolitana… Hoy vamos a contar el encanto del Jardín Botánico, un rincón que parece sacado de un cuento fantástico y ofrece bastante más de lo que suelen este tipo de sitios.

A Medellín la llaman la ciudad de la eterna primavera por su clima privilegiado, que se mantiene estable casi todo el año con poca variación térmica y una temperatura promedio de 21,6°. El apelativo se podría adaptar también para la proverbial relación entre esa estación y sendos representantes del mundo animal y vegetal: un insecto que en el artículo usábamos como metáfora de la transformación de la propia urbe, la mariposa, y una flor que a su belleza natural suma la espectacular estructura arquitectónica que la acoge, auténtica seña de identidad del lugar.

Porque si el lepidóptero pasa de ser un feo gusano a una belleza volante multicolor, igual que Medellín dejó atrás su negra etapa de la droga y la delincuencia para pasar a ser algo nuevo, tranquilo, dinámico y esperanzador, las multiples variantes que presenta la familia Orchidaceae constituyen una muestra de diversidad a la par que una de sus especies, Vanilla planifolia, es la fuente de la que se saca uno de los productos americanos que los españoles difundieron por el mundo en el siglo XVI, la vainilla.

Mariposas y orquídeas son, pues, las protagonistas más representativas del citado jardín botánico, creado a finales del siglo XIX a partir de una finca privada conocida como Casa de Baños del Edén, a donde los medellinenses acomodados acudían para su recreo y solaz. En 1913 se situó allí lo que se denominó, por razones obvias, el Bosque Centenario de la Independencia, de titularidad municipal, que sirvió para aubicar diversos equipamientos: desde un hipódromo hasta un lago con barcas para remar, pasando por un bar-restaurante, canchas de tenis, un zoo, un parque infantil…

Pero los tiempos cambiaban y pronto el Bosque se quedó conceptualmente obsoleto. Era patente la necesidad de una actualización y ésta tuvo su base en la VII Conferencia Mundial del Orquideología que se celebró precisamente en Medellín. Tras planes y contraplanes, el sitio fue sometido a una ampliación y reforma con ese objetivo en 1972, rebautizándose con el nombre del naturalista y educador local Joaquín Antonio Uribe y pasando a ser un jardín botánico destinado a la exploración, preservación y conservación de la flora colombiana, especialmente la regional.

En 2005 se procedió a otra renovación que permitió incorporar nuevos espacios a los ya existentes. Por eso hoy, a los cinco ámbitos que corresponden a las llamadas Colecciones vivas (bosque tropical, Palmétum o jardín de palmas, jardín del desierto y laguna Francisco José de Caldas), que reúnen 1.300 especies vegetales diferentes, se suman otros como el Herbario JAUM (cerca de 86.000 especímenes de plantas vasculares preservados), el patio de las azaleas, un jardín vertical, un huerto medicinal, un laberinto, una zona hostelera y el Orquideorama José Jerónimo Triana.

Este último es el que antes definíamos como «espectacular estructura arquitectónica»: diseñado por los arquitectos antioqueños Alejandro Bernal, Felipe Mesa, J. Paul Restrepo y Camilo Restrepo, consiste en una especie de módulos geométricos flexibles organizados como un panal y que albergan diversas especies de plantas, con especial atención a las orquídeas, como dice su nombre y en lo que sería el sueño del detective literario Nero Wolfe.

Se puede decir que el Orquideorama es el escenario estrella del Jardín Botánico. Eso sí, formando pareja con la Casa de las Mariposas Forjas Bolívar, una cúpula de hierro y malla con un área total de 581 metros cuadrados en los que viven 31 especies de mariposas. El visitante puede aprender e interactuar con ellas, asistiendo a su proceso de metamorfosis. Como el de Medellín, al cabo.


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