Leyendo el título de este artículo más de uno se preguntará qué locura es esta, pero viendo las imágenes que lo acompañan lo comprenderá mejor… si no sale corriendo en busca de un psiquiatra.

Bromas aparte, desde la Edad Moderna se puso de moda entre los pintores hacer cuadros con escenas de la vida cotidiana (jugar a las cartas, acudir al dentista, ir a la escuela, leer un libro…) protagonizados por monos en vez de humanos. La cosa perduró los siglos siguientes y hasta tiene su propio nombre: la palabra francesa singerie que significa algo así como «monería».

El mono no era una novedad iconográfica para los artistas. Aparece representado ya desde la Antigüedad, tanto en el mundo mediterráneo como en el asiático, donde no es infrecuente encontrarlo asociado al budismo e hinduismo.

En aquellas representaciones primigenias aparecía por su asociación al mundo divino, especialmente en el mundo egipcio, donde el dios Baba (o Babi) por ejemplo, que representaba la fuerza viril, adoptaba la forma de un babuino.

Baba tenía otro rasgo distintivo, su carácter mentiroso y ladrón, algo que se mantuvo en el arte grecorromano. También después, cuando el advenimiento del cristianismo tiñó la cultura clásica, continuó ese sentido peyorativo -algo que se acentuaría en la Edad Media- aunque dándole un giro adaptado a la nueva fe: el mono se identificaba con una especie de visión degradada de la Humanidad.

Es decir, ese animal representaba una caricatura del Hombre y encarnaba todos sus vicios: lujuria, gula, estulticia, egoísmo… El pecado, en una palabra.

Por esa razón se utilizó como elemento alegórico para representar al mal y, por ende, a Satanás y sus demonios. Tal es el sentido de verlo representado en algunas tablas y grabados religiosos, como La Virgen y el Niño con un mono de Durero.

Cuando visitó Flandes en 1521 este artista compró por cuatro florines un mono traído de las Indias (probablemente un tití) que plasmó en varias de sus obras. Fue una época en la que empezaron a menudear los animales exóticos americanos traídos por los marineros, incorporándose al arte; es lo que pasó también con loros y papagayos.

En realidad Durero es un puente entre el Medievo y el Renacimiento, nueva era en la que los monos, como vemos, continuaron presentes en el arte pero dejando atrás su simbolismo religioso, al menos parcialmente, para adquirir uno más sensorial y servir para simbolizar los cinco sentidos.

El Museo de Cluny (París) conserva un célebre conjunto de seis tapices que llevan el título común de La dama y el unicornio, uno de los cuales está dedicado al olfato y muestra a un mono robando la flor que huele la protagonista.

En el siglo XVI el mono pictórico experimentó un nuevo cambio: ya no era un diablo ni un sentido, si bien conservaba un significado burlesco, cómico, pasando a servir como elemento exótico de pinturas que reflejaban la vida rica de las clases sociales acomodadas y la corte palaciega.

Arraigó sobre todo en el arte flamenco, igual que pasaría con el retrato caricaturesco tronie, considerándose que fue Pieter van der Borcht, artista e impresor natural de Malinas, su introductor -como tema independiente y propio- mediante una serie de grabados impresos en 1575.

Dichos grabados probablemente estaba inspirados en una pintura trece años anterior de Pieter Brueghel el Viejo. Se titula Dos monos y muestra a sendos animales en el alféizar de una ventana, encadenados junto a las cáscaras de nuez que les hicieron perder la libertad como castigo a su gula incontinente.

El caso es que los grabados de Van der Borcht tuvieron tan amplia difusión que animaron a otros artistas -sobre todo de Amberes, donde esa peculiar iconografía arraigó con fuerza- a sumarse a lo que empezó a convertirse en una moda temática: su hijo Brueghel el Joven, Sebastiaen Vrancx, Jan van Kessel el Viejo, Frans Francken el Joven

Asimismo, los hermanos David y Abraham Teniers fueron autores de los que quizá sean los cuadros de monos más famosos, por la novedad que introdujeron: son aquellos en los que los primates aparecen con ropa y ademanes humanos, protagonizando escenas costumbristas típicas del arte como jugar a las cartas, cocinar, asistir a una fiesta o a la escuela y hasta pintar un cuadro.

Cabe decir que los Teniers también hicieron otro tanto con felinos, a veces mezclando a unos y otros en la misma pintura, como pasa en Barberia de monos y gatos, donde los primeros están afeitando los bigotes a los segundos en una metáfora de la superioridad política y económica de Flandes sobre Francia. Lo mismo hizo Sebastiaen Vrancx, en su caso llevándolos incluso al campo de batalla.

El éxtio de los Teniers expandió el tema más allá de las fronteras flamencas entrando ya en el siglo XVII. A España, por ejemplo, donde, si bien ya El Greco tanía alguna obra (La fábula), el mismísimo Velázquez se sumó a la tendencia con Tres músicos (detrás del joven intérprete de vihuela que sostiene una copa de vino se ve un mono con una pera en la mano, subrayando el tono grotesco).

O a Francia, donde Antoine Watteau firmó El mono escultor (un animal trata de esculpir un busto de piedra, en lo que se considera una crítica al intento de los artistas por imitar a la naturaleza).

Otro que se sumó a la singerie fue Nicolaes van Verendael, que había colaborado con Carstian Luyckx y el citado David Teniers en un bodegón en el que este último pintó la parte arquitectónica, Luyckx las piezas de cazas y él la decoración floral.

Van Verendael solía hacer series temáticas y tenía una dedicada a naturalezas muertas con flores, al igual que firmó algunos cuadros de monos, como El rey El festín de los monos, en el que reproduce un banquete al estilo barroco con esos animales.

Así llegó el siglo XVIII, el de las Luces, en el que la perspectiva conceptual cambió un poco a pesar de que la Ilustración abría la puerta a la ciencia académica organizada, con la primera taxonomía de la vida hecha por Linneo y los intentos primigenios de una explicación evolutiva dados por el conde de Buffon y Félix de Azara.

El mono siguió siendo una versión grotesca del Hombre y, aunque en las pinturas mantuvo cierto moralismo, lo hacía en un tono cómico.

Aparte del reseñado Watteau, que hizo El mono escultor en 1710, la singerie del período dieciochesco tiene como principales representantes a los franceses Jean Bérain el Viejo (que solía encargarse de diseñar las fiestas de la casa real con un recargado diseño de decorados tan personal que llegó a ganarse su propio nombre, Bérainesque, que a menudo incluía monos vestidos de caballero y dama); André-Charles Boullé, ebanista y decorador que incluía monos en la decoración de sus marqueterías; sin olvidar a Jean-Siméon Chardin.

Eso sí, hay que citar a Goya, que en 1799 realizó un grabado con ese tema para su serie de los Los caprichos, el número cuarenta y uno. Se titula Ni más ni menos y de él se conservan dos aguafuertes previos, uno en el Museo del Prado y otro en la Biblioteca Nacional, pero en ambos se ilustra la misma escena: un mono que, paleta y pincel en mano, está pintando un asno sobre un lienzo en lo que se interpreta como una intención moralizante que quizá encubriera algún significado más importante para el autor.

Igual que Durero era un puente entre el arte medieval y el moderno, Goya lo fue -aun cuando en realidad se trate de un pintor inclasificable- entre el arte neoclásico y el romántico ya típico del siglo XIX.

Y en dicha centuria la singerie continuó apareciendo en cuadros; ahí están las obras de los belgas Charles Verlat o Zacharie y Emmanuel Noterman, los franceses Alexandre-Gabriel Decamps y Charles Monginot, los ingleses Edwin Henry Landseer y Edmund Bristow, los alemanes Paul Friedrich Meyerheim y Gabriel von Max…

Y está muy equivocado quien pensara que en el XX, una vez establecido que Hombre y mono compartían ancestro, estaría agotado el tema; el testigo lo recogieron artistas como Frida Kahlo, Francis Bacon, Jeff Koons o Igor Skaletsky, por citar sólo algunos.

Es más, también yerra el que crea que la singerie se limitaba a la pintura, ya que las artes decorativas no fueron ajenas a la moda, como vimos en los casos de Bérain y Boullé. Basta con visitar el Real Sitio de Aranjuez para comprobarlo; de hecho, los palacios son sitios muy adecuados para ello.

El parisino Hôtel de Rohan, hoy sede de los Archivos Nacionales de Francia, tiene un gabinete decorado con monos realizado por Jean-Baptiste Marie Huet, a la sazón decorador también de la Grande Singerie y la Petite Singerie del Castillo de Chantilly, actual Museo Condé.

En Inglaterra se puede destacar la Monkey Room del Monkey Island Hotel, que está en una isla del Támesis, y las porcelanas de Chelsea, que copiaron la Affenkapelle («Orquesta de monos», en alemán) de las de Meissen (Sajonia).


Fuentes

Ptolemy Tompkins, The monkey in Art | Olimpia Gaia Martinelli, Monkeys in art (en Artmajeur Magazine) | Laura Thipphawong, Singeries: The Genre Paintings of Monkeys as Humans (en Arts Help) | Alexander Lee, A history of monkeys (en History Today) | The Singerie: Monkeys acting as Humans in Art (en The Public Domain Review) | Wikipedia


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