En el año 105 a.C., mientras Cayo Mario esperaba que se le concediese un triunfo por aplastar la rebelión del númida Yugurta y se admitiera su discutida candidatura a un nuevo consulado, surgió otra amenaza en la frontera, la septentrional esta vez: una coalición de tribus germanas se disponía a invadir el territorio de la República. Una vez más fue el elegido para conjurar el peligro y lo consiguió con su victoria en la batalla de Vercelas, ganándose el apodo de Tercer Fundador de Roma.

Cayo Mario, el «hombre nuevo», era de ascendencia modesta, según Plutarco; otros, en cambio, le sitúan en el ordo equester, una clase-media alta. Sea como fuere, logró acceder a la alta sociedad por su matrimonio con la patricia Julia y por un trabajado cursus honorum en el que fue ascendiendo desde su servicio de armas a las órdenes de Escipión Emiliano hasta el proconsulado de Numidia, pasando por los cargos preceptivos de tribuno militar, cuestor, tribuno de la plebe y propretor en la Hispania Ulterior. Luego fue legado del ejército del cónsul Quinto Cecilio Metelo y de ahí pasó al consulado.

Según la ley debían pasar diez años antes de optar a un segundo mandato, pero la aparición de los germanos en el norte cambiaba las cosas; en situaciones extremas se requieren soluciones extremas y los romanos consideraron que era preferible saltarse un legalismo si a cambio se conseguía designar a aquel victorioso guerrero para afrontar el peligro. De ese modo, Mario volvió a ser cónsul y además lo sería a continuación una tercera vez, teniendo como compañeros respectivos (era una magistratura diárquica) a Cayo Flavio Fimbria y Lucio Aurelio Orestes. Cabe decir que lograría el consulado dos más, sumando un total de cinco.

Busto de Cayo Mario/Imagen: Mini.fb en Wikimedia Commons

¿Quiénes eran los germanos en cuestión? Se trataba de tres pueblos, el primero de los cuales era el de los cimbrios, gentes que, en palabras de Plutarco, procedían de «los confines de la tierra a orillas del mar Exterior, sobre un territorio umbroso y boscoso en el que no penetran en absoluto los rayos del sol debido a la frondosidad y espesura de de sus bosques, que se extienden hasta el interior de los montes Hercinos». Concretando: eran originarios de la península de Jutlandia, no se sabe si tenían lengua y cultura germana o céltica, y en algún momento del siglo II a.C. iniciaron una emigración hacia el sureste arrastrando en esa marcha a otros vecinos.

Fueron éstos los teutones y los ambrones, sobre los que hay la misma falta de certezas más allá de la influencia cultural de La Téne en el registro arqueológico y de que probablemente se formaron por etnogénesis. Los primeros vivían en la desembocadura del río Elba y las playas bálticas, mientras que los segundos lo hacían entre la desembocadura del Rin y las islas Frisias, pero ambos se unieron a los cimbrios debido al empobrecimiento que sufrieron debido a la inundación de sus tierras -costeras, recordemos- por una subida del nivel del mar, quizá a causa de un cambio climático, quizá por un ciclo de tormentas.

El caso que unos y otros emprendieron la marcha en torno al 120 a.C., saqueando todo a su paso no por pillaje sino por subsistencia, y se les sumaron los boyos (galos cisalpinos expulsados por Roma a lo que hoy es Bohemia setenta y tres años antes). En un efecto dominó, obligaron a otros a moverse también, como los escordicos de la actual Serbia, que trataron de pasar a Macedonia enfrentándose a la guarnición romana local. Luego, aquellos desesperados bárbaros retrocedieron sobre sus pasos y traspasaron las fronteras que delimitaban la terra cognita de Roma.

Migraciones de cimbreos y teutones | foto Pethrus / Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Corría el 113 a.C. cuando entraron por lo que hoy es Eslovenia planeando asaltar la rica ciudad de Noreya. Dos legiones les salieron al paso, pero fueron desbaratadas y aunque cimbrios y teutones vieron así abiertas las puertas del valle del Po, prefirieron evitar nuevos enfrentamientos y dirigirse al montañoso país de los helvecios, donde incorporaron más aliados a sus filas: los tigurinos y los toygenos. Con ellos pasaron al norte de la Galia, vagando por ella y separándose en busca de un lugar adecuado para establecerse.

Los tigurinos se dirigieron a Aquitania, pero los demás cruzaron el Ródano y Roma, temiendo que entrasen en la Narbonense, envió tropas contra ellos. Como había ocurrido en Noreya, los militares romanos rechazaron la propuesta de servicios por asilo y tierras, volviendo a sufrir una derrota aunque al menos lograron que el enemigo se desviase y asentase en el valle del Sena. No obstante, otros pueblos detectaron debilidad en las legiones y les inflingieron una debacle tras otra: alóbroges, volscos, escordos…

Los cimbrios reanudaron entonces su peregrinar y aplastaron al ejército del legado Marco Aurelio Escauro, aprovechando la negativa de los dos cónsules romanos, Servilio Cepión y Cneo Manlio Máximo, a colaborar uniendo sus tropas. De hecho, insistiendo en esa lucha de egos, Cepión volvió a rechazar las ofertas de paz y marchó en solitario contra Boirix y Teutobod, los reyes cimbrio y teutón respectivamente, que juntos -estos sí- aniquilaron a sus hombres en la batalla de Arausio para a continuación hacer otro tanto con las fuerzas de Manlio.

Batalla entre cimbrios y romanos (grabado decimonónico)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso significaba que de nuevo los bárbaros tenían el camino expedito hacia Italia, pese a lo cual tampoco se dirigieron hacia allí -seguramente porque la nieve invernal cerraba los pasos de montaña- sino que se dedicaron a saquear la Galia Narbonense y luego se volvieron a separar, marchando los teutones y ambrones hacia el norte mientras los cimbrios entraban en Hispania. Al encontrar enconada resistencia por parte de los celtíberos regresaron a tierra gala, donde sufrieron escasez y penalidades.

Un nuevo intento de establecerse en la Galia Belgica también fracasó y entonces decidieron no dilatar más lo obvio: faltaba probar en la península italiana hacia donde se pusieron en marcha por el valle del Po junto a los helvecios tugenos y tigurinos como nuevos aliados, a la par que teutones y ambrones también enfilaban esa dirección siguiendo el valle del Ródano. La noticia de las derrotas militares y la amenaza que se avecinaba sembró el pánico en Roma, repitiéndose lo vivido en la Segunda Guerra Púnica: proscripción del luto para que no cayese la moral, sacrificios humanos, prohibición de abandonar la ciudad…

Asimismo se renovó por tercera vez el consulado de Mario, quien inmediatamente empezó a organizar un ejército con todos los jóvenes disponibles, ayudado por su compañero Publio Rutilio Rufo. El tiempo que perdieron los bárbaros en Hispania y la Galia le vino bien para entrenar a sus bisoños soldados y fabricar las armas y pertrechos con que los equipó -toda una revolución militar-, al igual que permitió desviar recursos a reprimir un inesperado frente en el sur: la revuelta de los esclavos sicilianos, en lo que se conoce como Segunda Guerra Servil.

Mario y los embajadores cimbrios, obra de W. Rainey/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los bárbaros estaban ya a las puertas en el 102 a.C. cuando Mario obtuvo su cuarto consulado, cruzó los Alpes con seis legiones y se dispuso a frenar a los teutones y ambrones, mientras su nuevo compañero, Quinto Lutacio Cátulo, acudía a frenar a los cimbrios. La eficacia de las llamadas Reformas Marianas militares quedó demostrada en la batalla de Aquae Sextiae, cerca de Marsella, una rutilante victoria romana que prácticamente supuso el exterminio del enemigo (con decenas de miles de muertos), la captura del rey Teutobod y la obtención del quinto consulado para Mario.

Era el turno de enfrentarse a los cimbrios y tigurinos, que se disponían a entrar en Italia por el centro y este respectivamente. El encargado de detenerlos era Cátulo, nombrado procónsul y probablemente no muy contento del éxito de Mario, con quien no tenía buena relación. Para ello construyó un puente sobre el río Adigio, el punto obligado de paso, fortificando las dos riberas con empalizadas. Sin embargo, los cimbrios desviaron el curso fluvial y atacaron a unos soldados romanos a los que habían vencido psicológicamente presentándose a combatir semidesnudos pese a la nevada que caía.

Cátulo, incapaz de frenar la retirada de sus hombres, prefirió encabezar la misma para que fuera ordenada. Atrás quedó aislada una unidad cuyo comandante, al barajar la posibilidad de rendirse, desató la indignación entre sus oficiales, uno de los cuales, un simple centurión llamado Cneo Petreyo Atinas, le asesinó y tomó el mando, logrando abrirse paso entre las filas enemigas. Aquella derrota podía haber supuesto la caída de Roma, pero el objetivo de los cimbrios no era ése sino conseguir asentarse. Y lo hicieron en la fértil Venetia sin sospechar que Mario iba hacia ellos a marchas forzadas.

La batalla de Vercelas, obra de Tiépolo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Nombrado también procónsul, Mario se reunió con Cátulo y, en vez de reprocharle su comportamiento, se mostró comprensivo, reorganizando a las tropas y adiestrándolas para devolverles la autoestima perdida. En la primavera del 101 a.C. partieron a por los cimbrios, alcanzándolos en el entorno de la ciudad de Vercelas, entre lo que hoy son Turín y Milán. El rey Boirix, que desconocia el fatal destino de los teutones, intentó negociar, solicitando tierras para los cimbrios y su aliados; la contestación romana fue lapidaria, según Plutarco: «Dejad ahora a vuestros hermanos, que ya les hemos dado tierra nosotros y la tendrán para siempre».

Presa de la ira, los embajadores germanos prometieron venganza suya y de los jefes teutones, a lo que Mario respondió sarcásticamente que «están presentes y no sería cortés por vuestra parte partir sin haber saludado a vuestros hermanos», mandando mostrarles a Teutobod y los demás cautivos. Así las cosas, sólo quedaba dirimir la cuestión en el campo de batalla y, en efecto, se acordó combatir en la llanura tres días después. El enfrentamiento parecía desigual, dada la superioridad numérica germana que reseñan las fuentes romanas, aunque eso es algo puesto en duda actualmente.

Es difícil determinar las cifras, pues en la Antigüedad se tendía a inflar la cantidad de enemigos, hablándose de trescientos mil (Plutarco) y cuatrocientos mil (Diodoro de Sicilia). Hoy se calcula que el número total de germanos sería de ciento cincuenta mil o doscientos mil a lo sumo, de los cuales serían guerreros entre cincuenta mil y setenta mil, habida cuenta que algunas tribus (tigurinos, queruscos, marcomanos) se habían desgajado por el camino. Enfrente tenían diez u once legiones que sumarían unos cincuenta o cincuenta y cinco mil efectivos.

Es decir, la cosa estaba más igualada de lo que se dice, con la ventaja para los romanos de contar con una fuerza bajo mando unificado y perfectamente adiestrada, mientras que los germanos disgregaban los mandos por tribus y, dentro de éstas, clanes, aparte de las fiannas o sociedades guerreras, que iban por libre. Como además la promoción social se llevaba a cabo en base al valor demostrado en batalla, había tendencia a romper la formación en busca del lucimiento personal, tal como testimonia Diodoro de Sicilia.

Asimismo, los germanos solían combatir alentados por los gritos de ánimo que proferían sus familias desde la retaguardia, lo que reforzaba la guerra psicológica que desplegaban con sus cantos, gesticulaciones y demás parafernalia (golpes en los escudos, sonido del carnyx, el célebre furor bélico…), así como la fama -discutible- de ser tan enormes como fieros. Todo esto ya había provocado el desplome de las líneas romanas de Cátulo y Mario no estaba dispuesto a que se repitiera, por lo que se aseguró de que los augurios de los sacrificios fuera favorables, enardeciendo a sus tropas.

Asimismo, tomó posiciones a favor del sol y mandó a sus hombres que bruñeran los cascos para que reflejasen la luz del sol e impresionaran al enemigo. Una niebla matutina dificultó ese efecto pero, a cambio, anuló también la siempre sobrecogedora visión de la masa de cimbrios cargando en formación cerrada, formando un colosal cuadro de cinco kilómetros de ancho por cinco de fondo… que se estrelló contra las defensas romanas, a base de fosos y estacas, que servían tanto para frenarlos como para disparar sobre ellos a distancia segura el pilum (que en Vercelas presentó la novedad técnica de que su punta se doblaba al impactar en el blanco, impidiendo que el adversario pudiera aprovecharlo) .

Última defensa de las mujeres cimbrias en Vercelas. Ilustración de 1900/Imagen: Wikimedia Commons

Cátulo se encargaba del centro con legionarios bisoños y tropas auxiliares, mientras el ala derecha era ocupada por su legado, Lucio Cornelio Sila (que había sido ayudante de Mario en Numidia y más adelante sería cónsul y dictador), y Mario dirigía la izquierda con veteranos y caballería. Las fuentes clásicas difieren al interpretar por qué éste eligió tal puesto: unas lo atribuyen a que esperaba que el ataque principal de los cimbrios fuera por allí y otras a que planeaba llevar a cabo la misma táctica que Aníbal en Cannas, envolviendo a los teutones con una doble pinza, como así fue.

Los quince mil jinetes cimbrios, bien equipados por su status social, tomaron la iniciativa y galoparon hacia los romanos con la intención de rodearlos y empujarlos hacia su infantería rompiéndoles las líneas. Pero la niebla les dificultó localizar con precisión las posiciones de los legionarios, que se mantuvieron firmes y, aprovechando tanto la escasa visibilidad como la reducción de velocidad de los germanos, la caballería de Mario salió a su encuentro, poniéndolos en fuga y persiguiéndolos.

A la vez, las alas romanas iniciaron su avance contra la infantería cimbria, que cegada por el sol confundió el brillo de sus cascos y cotas con el de sus propios jinetes. Esa confusión resultó decisiva, ya que las cohortes penetraron en su cuadro como un cuchillo, desbaratándolo y provocando el caos en sus filas cuando, en efecto, la caballería cimbria chocó contra los suyos en su retirada. En medio de aquel pandemónium de sol, polvo, niebla y sangre, los cimbrios quedaron embolsados y se pasó a la lucha cuerpo a cuerpo, con gladius.

Cátulo mantuvo su posición central, de modo que los cimbrios quedaron encajados en tres de sus frentes. El cuarto, la retaguardia, no tardó en verse comprometido también cuando, en su ímpetu, llegaron allí los jinetes romanos amenazando a las familias de los guerreros. Éstas colocaron sus carros en círculo y se dispusieron a vender caras sus vidas, conscientes de que sólo les esperaba la muerte o la esclavitud. Pero no sólo combatían a los romanos; «Las mujeres -cuenta Plutarco-, de pie sobre los carromatos y vestidas de negro, daban muerte a los fugitivos; unas a sus esposos, otras a sus hermanos, otras a sus padres».

Mario, vencedor de los cimbrios; obra de Francesco Saverio Altamura/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De hecho, mataban a sus propios hijos y se quitaban la vida unas a otras, algo en lo que enseguida les imitaron sus hombres: unos se lanzaban a cargas imposibles, otros se ahorcaban o se dejaban aplastar por el ganado, etc. No es de extrañar el elevadísimo número de bajas que sufrieron finalmente, estimadas hoy en torno a ochenta mil muertos frente a apenas un millar de legionarios caídos o menos. Los descendientes de esos infortunados cautivos participarían en la Tercera Guerra Servil.

El rey Boirix falleció espada en mano al igual que otros jefes como Lugio; también los hubo que fueron apresados, caso de Claodico y Césorix, aunque su destino era la ejecución tras ser exhibidos en Roma. Por tanto, el pueblo cimbrio dejó de existir de facto; los pocos que escaparon se unieron a los atuátucos (o aduáticos) de lo que ahora es Bélgica, como antes habían hecho los fugitivos teutones y ambrones. También los tigurinos, que no llegaron a tiempo a la batalla, pudieron dar media vuelta y volver a Helvecia.

Sila atribuyó buena parte de la victoria a que los romanos tuvieron que luchar cegados por el sol y especialmente afectados por un calor al que no estaban acostumbrados, desmereciendo así el papel jugado por Mario. Y es que Cátulo se autoproclamó responsable de la victoria presentando como pruebas la gran cantidad de estandartes enemigos que había capturado y la inscripción con su nombre que había hecho grabar en las astas de los pila de sus soldados, encontrados luego atravesando los cadáveres enemigos.

Para evitar esa rivalidad, Roma les concedió la celebración de un triunfo conjunto; sin embargo, el pueblo aclamó a Mario por ser el general en jefe y por la simpatía que levantaba su origen modesto, siendo entonces cuando le identificaron como Tercer Fundador de Roma, tras Rómulo y Marco Furio Camilo. Obtuvo un sexto consulado, pero su futuro estaba abocado al conflicto; no con Cátulo, que acabó superado por su lugarteniente, sino con éste, Sila, en una guerra civil. Pero ésa es otra historia.


Fuentes

Plutarco, Las vidas paralelas | Veleyo Patérculo, Historia romana | Francisco García Campa, Cayo Mario. El Tercer Fundador de Roma | Sergei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Theodor Mommsem, Historia de Roma | Pierre Grimal, La formación del Imperio Romano. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua | Wikipedia


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