El CSS Junaluska fue un remolcador a vapor que sirvió en la armada confederada durante la Guerra de Secesión estadounidense, participando en alguna acción -pese a estar armado sólo con un par de cañones- pero teniendo una vida activa efímera, de poco más de un año (1861-1862). Lo que nos importa aquí es que llevaba el nombre de un líder nativo, un cherokee que animó a los suyos a apoyar el bando sudista y que unas décadas antes había salvado la vida del futuro presidente Andrew Jackson, algo de lo que se arrepintió más tarde, cuando éste ordenó el traslado forzoso de las tribus del sur del Mississipi en lo que se conoce como Sendero de las Lágrimas.

Junaluska nació hacia 1775 en algún lugar del condado de Tryon, en Carolina del Norte, probablemente no muy lejos de las ciudades de Franklin (Tennessee) y Dillard (Georgia), zona en la que durante la Guerra de la Independencia, los cherokee habían combatido al lado de los británicos. Sus primeros días de vida estuvieron a punto de terminar en tragedia cuando su cuna, que estaba colgada de una rama, se cayó; sin embargo el bebé sobrevivió y, de acuerdo con las costumbres cheroquis, aquel accidente sirvió para darle nombre: Gu-Ka-Las-Ki o Gulkalaski, que significa «alguien que cae desde una posición inclinada».

Cabe señalar que otra costumbre era cambiar de nombre si algún nuevo incidente en la vida resultaba suficientemente significativo. Hay un caso muy conocido, el de Gerónimo, que originalmente se llamaba Goyaalé («el que bosteza») y que trocó su gracia por la otra tras una escaramuza con guardias rurales mexicanos. Pues bien, Gulkalaski pasó a ser Tsunu’lahun’ski («el que lo intenta pero fracasa» en lengua cherokee, que se adapta como Junaluska) después de fallar en una acción bélica; él mismo definió eso con la expresión Detsinulahungu (que significa «lo intenté, pero no pude»).

Como es lógico, hay muy poca información sobre su juventud, atribuyéndosele episodios de historicidad dudosa. El primero de ellos, transmitido por tradición oral, remite a 1811, cuando los cherokees recibieron la visita de Tecumseh, el célebre jefe shawnee que antaño había acaudillado una confederación nativa para oponerse a la expansión de colonos resultante de la independencia de EEUU y ahora, dada la insistente venta de tierras indias, retomaba el sendero de la guerra amenazando con alinearse con Gran Bretaña ante el estallido inminente de una guerra con ésta.

Junaluska, pese a no ser jefe, habría sido el portavoz encargado de informar a Tecumseh de que los cherokee, que, como vimos, habían sido tradicionales aliados de los británicos, no se unirían a esa confederación. Finalmente, la contienda estalló en 1812, causada tanto por las restricciones comerciales impuestas por Londres -en el contexto de su enfrentamiento con Napoleón- como por el reclutamiento por la fuerza de marineros mercantes americanos que llevaba a cabo la Royal Navy, pero también por la injerencia británica en las relaciones entre EEUU y las tribus indias al apoyar a éstas.

Así pues, como solía pasar, los indígenas se mostraron divididos ante el llamamiento de Tecumseh y la mayoría rechazaron unirse a él; no obstante, una facción tradicionalista de los creeks sí aceptó. A sus integrantes, básicamente procedentes de las tierras altas y por tanto con menos contacto con los blancos, se les llamó Red Sticks (Bastones Rojos) a causa del color con que pintaban sus garrotes de combate. Siguiendo a su mesiánico líder, desencadenaron en 1813 la Guerra Creek, que empezó como contienda civil entre los miembros de la tribu pero no tardó en extenderse a acciones contra los colonos.

La más famosa de ellas fue la Masacre de Fort Mims, en la que los Red Sticks asaltaron un mal defendido fortín en el que se habían refugiado soldados, colonos y esclavos, aniquilando a medio millar de ellos. Sin embargo, la que nos interesa aquí es la batalla de Horseshoe Bend, disputada en marzo de 1813, ya que en ella participó Junaluska. Formaba parte de una expedición al mando del general Andrew Jackson, compuesta por dos mil infantes, setecientos jinetes y un contingente auxiliar indio de más de seiscientos efectivos creek, choctaw, yuchi y cherokee.

Estos últimos eran mayoría, aproximadamente quinientos, muchos de ellos reclutados por Junaluska e incorporados a una columna que dirigía William McIntosh, un jefe creek cuyo verdadero nombre era Tustunnuggee Hutke (Guerrero Blanco) y que llegaría a ser brigadier. Jackson decidió asaltar el campamento enemigo y, como estaba fortificado por una empalizada, empezó a bombardearlo con la artillería mientras enviaba a mil trescientos efectivos al mando del general John R. Coffee para que lo rodeasen y atacasen desde el otro lado.

Para ello debían cruzar el río Tallapoosa, algo que fue posible gracias a la heroica hazaña de Junaluska y algunos de los suyos, que lo atravesaron a nado y se apoderaron de las canoas de los Red Sticks, usándolas para transportar a los soldados a la posición indicada por Jackson. Pese a todo, la lucha resultó dura, dramática, y fue necesario cargar a la bayoneta contra el parapeto; en dicha carga, dirigida por el coronel John Williams, tuvo un papel destacado un joven teniente llamado Samuel Houston, futuro artífice de la independencia de Texas, que recibió una herida de la que se resintió toda su vida.

También Jackson estaría a punto de perder la suya. Al parecer -no hay documentación que lo avale-, un prisionero creek logró soltarse, hacerse con un cuchillo y abalanzarse sobre él, salvándose el general gracias a que Junaluska lo vio todo y, pese a estar herido en un hombro, pudo interceptar al agresor. Por lo demás, los Red Sticks se defendieron bravamente y resistieron cinco horas, al término de las cuales habían sido prácticamente exterminados con ochocientos muertos y doscientos seis heridos por sólo cuarenta y siete bajas mortales y ciento cincuenta y nueve heridos de sus rivales. Su jefe, Menawa, logró escapar con doscientos supervivientes y se unió a los semínolas de Florida, a los que Jackson también combatió.

Cinco meses más tarde, los creek rebeldes fueron obligados por el vencedor a firmar la paz. Por el Tratado de Fort Jackson debían entregar al gobierno de EEUU casi cien mil kilómetros cuadrados de sus tierras (la mitad del centro de Alabama y parte del sur de Georgia), siete mil setecientos de los cuales se cedieron a los cherokee como recompensa. Luego, Andrew Jackson, ascendido a general de división, amplió su prestigio con dos nuevas victorias ante los británicos en Pensacola y Nueva Orleans, lo que le sirvió para postularse a la presidencia en 1828.

El 4 de marzo de 1829, relevando a John Quincy Adams, se convirtió en el séptimo presidente de EEUU en representación del Partido Demócrata, que él mismo había fundado junto al que fue su vicepresidente (y sucesor), Martin van Buren. Jackson se había mostrado partidario de ser duro en la represión de los creek y en ese sentido tampoco tuvo tapujos cuando se enfrentó a su primer gran problema de gobierno, la segunda guerra contra los semínolas -difíciles de derrotar porque se atrincheraban en las selvas pantanosas- y el peligro que suponía la densidad de pueblos indios en el sur, especialmente en Georgia.

Para solucionarlo promulgó en 1830 la Indian Removal Act, una ley de traslado forzoso que obligaba a las llamadas Cinco Tribus Civilizadas (choctaw, chickasaw, creek, semínola y cherokee) a dejar sus tierras y viajar al oeste del Mississipi para establecerse en el recién creado Territorio Indio, en lo que ahora es Oklahoma. Aquella marcha, realizada en penosas condiciones hasta el punto de que miles de personas murieron por el camino, fue bautizada como Sendero de las Lágrimas, como ya vimos en otro artículo.

Pese a haber sido aliados, los cherokee no se libraron de esa ley. Pleitearon en el Congreso y la Corte Suprema de EEUU, pero una sentencia judicial firmada por el juez John Marshall en 1831, la Nación Cherokee vs. Georgia, dictaminó que esa tribu no constituía una nación soberana e independiente, por lo que no tenía derecho al caso. Aunque los cherokee siguieron apelando, en 1838 se descubrió oro en la localidad de Dahlonega y eso desató la conocida como Fiebre del Oro de Georgia, acabando con la última esperanza de los indios.

Junaluska solicitó una entrevista con Jackson; al fin y al cabo el presidente le debía la vida. Pero el encuentro resultó una decepción para el nativo, despedido por su antiguo superior con las palabras «Señor, su audiencia ha terminado. No hay nada que pueda hacer por usted». Junaluska, que ya estaba descontento porque le habían usurpado los dos kilómetros y medio de tierras en Sugar Creek con que el gobierno le había premiado sus servicios en 1819, también dejó una amarga frase para la posteridad: «Si hubiera sabido que Jackson nos echaría de nuestras casas, le habría matado ese día en Horseshoe».

No le quedó otro remedio que unirse a los suyos en aquella deportación, que empezó con los dieciesiete mil cherokees y sus dos mil esclavos sacados de sus casas a punta de pistola por siete mil soldados capitaneados por el general Winfield Scott. Los indios fueron concentrados en varios campos, para desde allí emprender la marcha hacia el este de Oklahoma, con casi dos mil kilómetros por delante. Algunos iban a caballo o carreta, y otros pudieron ir ciertos tramos en tren o barco, pero la mayoría viajaron a pie.

Junaluska fue asignado a la sección que dirigía Jessie Bushyhead, un pastor baptista cherokee que tenía a su cargo novecientas cincuenta personas. Partieron de Fort Montgomery (en Robbinsville, Carolina del Norte) y se supone que Junaluska perdió a su mujer y dos hijos por el camino, ya que desaparecen de los relatos históricos de pronto. Aún así, gracias al buen hacer del reverendo, ochocientos noventa y ocho llegaron a su destino con sólo ocho muertes y seis nacimientos. Llegaron a lo que Bushyhead bautizó como Pleasant Hill, a seis kilómetros de la actual ciudad de Westville (otros llamaron al lugar Breadtown, alusivo al reparto de comida que recibieron y posteriormente se conoció como Misión Baptista).

A las siete semanas de haber iniciado el viaje, Junaluska y medio centenar de cherokees escaparon, pero fueron capturados muy pronto y obligados a volver a la columna, de modo que al final no le quedó más remedio que asumir su destino y asentarse en el Territorio Indio. Allí vivió hasta 1847, año en el que decidió regresar a Carolina del Norte por su cuenta, haciendo todo el camino a pie. Durante tres años malvivió, pero los tiempos habían cambiado y el gobierno tenía una actitud más empática hacia aquellas tribus poco revoltosas ya en comparación con las de las praderas, que eran las que ahora se consideraban un obstáculo para la expansión hacia el Oeste.

De hecho, obtuvo el favor del coronel William Holland Thomas, un comerciante, abogado y político de Miunt Prospect (Carolina del Norte) que en su juventud había trabajado de aprendiz en una tienda que surtía a los cherokee, consiguiendo no sólo aprender su lengua sino también ser adoptado por la tribu, ayudándoles después en su pleito con el gobierno y comprándoles tierras para permitirles seguir viviendo en ellas como residentes. Esto permitió a Thomas gestionar la concesión de ciudadanía de muchos cherokees que habían servido a EEUU y entre los beneficiados estuvo Junaluska.

En efecto, como ciudadano se estableció en Robbinsville, recibiendo tierras y esclavos en propiedad. Allí formó una nueva familia con su esposa Ni-suh y tres hijos, los niños Jim-my y Sic-que-yuh, y su hija Na-lih, viéndose envuelto en problemas legales sobre sus propiedades por enajenarlas. No llegó a sufrir la Guerra de Secesión pero sí sus antecedentes, en los cuales se mostró partidario de la Confederación porque ésta defendía la esclavitud y además prometió conceder a los indios un estado si resultaban ganadores; de hecho, hubo un afamado general confederado (el último en rendirse) de origen cherokee, Stand Watie.

Falleció el 20 de noviembre de 1858 desplomándose mientras caminaba por los muelles de Citico (Tennessee) y fue enterrado en el cementerio local, en una tumba de estilo tradicional cherokee (marcada por piedras en vez de lápida, en su caso un gran bloque pétreo), aunque coronado por un monumento escultórico que se colocó posteriormente en su recuerdo, algo que se refuerza en el mismo Robbinsville con un museo sobre su figura.


Fuentes

Thomas E. Mails, The Cherokee people. The story of the Cherokees fron earliest origins to contemporary times | Stan Hoig, The Cherokees and their chiefs. In the wake of empire | Cherokee Chief Junaluska (ca. 1775 – November 20, 1858) | Gordon B. McKinney, Junaluska | Wikipedia


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