Desde hace seis siglos y medio, se celebra cada 13 de julio una peculiar ceremonia en el collado de Ernaz y Peña de San Martín, un puerto de montaña pirenaico que sirve de punto fronterizo entre la Comunidad Foral de Navarra (España) y el departamento de Pyrénées-Atlantiques (Francia).

El evento consiste en la entrega de tres vacas por parte de los vecinos galos a los hispanos como muestra de paz, rememorando un acuerdo alcanzado en plena Edad Media que se considera el tratado más antiguo de Europa todavía en vigor y al que el Gobierno de Navarra declaró Bien de Interés Cultural Inmaterial en 2011. Una hipótesis remonta su origen al paso de los cimbrios por Hispania en la Antigüedad.

El collado se encuentra a 1.766 metros de altitud, siendo sus dos localidades más cercanas la española Isaba y la francesa Arette (que da nombre a la estación de esquí que corona el sitio, Arette-Pierre-Saint-Martin), la primera perteneciente al valle navarro del Roncal y la segunda al bearnés de Barétous, que hoy están comunicados mediante una carretera financiada por ellos mismos pero que en el siglo XIV constituían territorios rivales, en una época en la que sus respectivos países todavía no existían como estados unificados; el Roncal pertenecía al Reino de Navarra y el Bearn al Ducado de Gascuña (aunque sólo nominalmente porque era independiente de facto).

El puerto de la Piedra de San Martín/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por esa razón los asistentes al evento, procedentes de los seis municipios del valle de Barétous (Arette, Ance, Aramits, Féas, Issor y Lanne-en-Barétous) y siete del valle de Roncal (Isaba, Garde, Urzainqui, Uztárroz, Burgui, Vidángoz y Roncal), visten sus atuendos tradicionales y llevan a cabo una pintoresca representación que, sin embargo, tiene plena validez jurídica pese al tiempo transcurrido: la aplicación de la sentencia arbitraria del 16 de octubre de 1375, dictada en la iglesia de San Pedro de la localidad oscense de Ansó por los procuradores de los consejos roncaleses y los hombres buenos de Barétous, reunidos para la ocasión con permiso del rey Carlos de Navarra y el vizconde de Bearn Gastón III de Foix.

En dicho encuentro, al que también asistieron el alcalde de Ansó y cinco vecinos como árbitros arbitradores y amigables componedores -entre otros muchos más asistentes-, se comprometieron a buscar una forma de solucionar de forma pacífica el motivo de una antigua discordia: determinar con exactitud el límite entre ambos valles, cosa que no resultaba baladí porque incluía los derechos a sus pastos y fuentes -en verano el agua escasea en el Barétous, siendo el manantial más próximo el de la parte española del Pico Arlas-, en una época y lugar en los que la ganadería era la base de la economía local.

Así, los asistentes designados determinaron los lindes y las autorizaciones para el acceso a los susodichos pastos y el agua, tanto por parte de los habitantes como de las reses, primero los de Arette y después los del Roncal.

El Pico Arlas visto desde la estación de esquí Arette-Pierre-Saint-Martin/Imagen: Larrousiney en Wikimedia Commons

También se establecieron penas para quienes convocasen injustamente el apellido (o sea, llamada a las armas): multas de trescientos sueldos morlanes (el morlán era una moneda bearnesa de vellón), con carneramiento (embargo) sin no se podía pagar.

Igualmente, se liberaba a los prisioneros mutuos, se establecía una tregua por «ciento et un aynnos» (equivalente a perpetua) y se designaban cuatro encargados por cada parte para realizar los embargos.

Pero lo más curioso es la referencia que se hacía a una antigua tradición: la entrega simbólica, por parte de los bearneses, de tres vacas de dos años de edad, del mismo pelaje, con la misma clase de cuernos y sin mácula ni heridas; dos para Isaba y la otra, en rotación anual, para las villas que la ayudaron:

«Porque trovamos verdaderamente por las dichas deposiciones siquiere relaciones de los dichos testimonios et personas fidedignas, que los dichos baretoneses siempre usaron et acostumbraron dar tres vacas de cada dos annos sines macula el cuatreno día empues de la fiesta de Setem Fratrum (…), pronunciamos et mandamos por sentencia que los dichos baratones den et paguen por cada un anno perpetuamente, de aquí adelante las dichas tres vacas de cada dos annos sines macula… a la dicha piedra de Sant Martín…»

La villa de Isaba/Imagen: Gildelpas en Wikimedia Commons

El texto indica que dar esos animales no fue algo nuevo sino que remitía a una época anterior para concretar la cual no hay quorum entre los historiadores, como veremos más adelante. Se sabe que en 1321 se libró la llamada batalla de Beotivar, un violento altercado que acabó con doce muertos, y que en 1335 hubo otro con treinta y cinco. Esos enfrentamientos llevaron a Carlos IV de Francia (que también había heredado la corona de Navarra) a reflejar en un documento que el conflicto había empezado por el uso de los manantiales y a tratar de buscar una solución amistosa, aunque la persistencia le obligaría a enviar tropas. El monarca consideraba, por cierto, que los pasos de montaña eran navarros, no bearneses.

En cualquier caso, pese a otros intentos de reconciliación que hicieron los obispos de Pamplona, Jaca, Oloron-Saint-Marie y Bayona, siguieron produciéndose continuas disputas que culminaron en 1373 en un episodio en el que es difícil separar lo histórico de lo legendario. En una discusión por el derecho a abrevar sus respectivos rebaños en la fuente de Pescamon, el roncalés de Isaba Pedro Karrika mató al bearnés de Areta Pierre Sansoler y la familia de éste se vengó asesinando a la esposa embarazada de aquél. El viudo, a su vez, reunió a varios vecinos y acabó con la familia Sansoler, desatandose a continuación una auténtica guerra entre sus pueblos.

La fantasía hace aparición con un capitán de etnia agote que tenía cuatro orejas y cuya muerte en combate inclinó la balanza hacia los navarros. Sin embargo, eso no supuso el fin de las hostilidades, pues todavía habría de disputarse la batalla de Aguincea, en la que se contaron más de medio centenar de bajas roncalesas por doscientas del enemigo al implicarse en la lucha varios pueblos. Aquella matanza fue la que determinó el arbitraje que se plasmó en la carta de paz de 1375 en Ansó. Como suele pasar, la paz no estuvo exenta de obstáculos que esporádicamente originaron nuevas disputas, aunque ya no a tanta escala.

Mapa de la zona/Imagen: Google Maps

Eso obligó a escriturar una ampliación complementaria en 1389, nombrando procuradores de ambos bandos para solucionar los conflictos; lamentablemente, los documentos originales se quemaron en un incendio de la iglesia donde habían sido depositados y únicamente quedaron copias. En 1450 hubo una nueva crisis aunque, al menos, en vez de combatir se limitaron a incautarse rebaños mutuamente. Poco después, el matrimonio de Catalina de Foix con Juan III de Albret permitió unificar los dos territorios y en 1512 Navarra fue conquistada por Fernando el Católico, que respetó el tratado.

En 1612 los roncaleses rechazaron dos de las vacas por superar la edad estipulada y presentar defectos. Afortunadamente se impuso la cordura y fueron desestimadas las propuestas de ir a la guerra otra vez que hicieron algunos vecinos en favor de un arbitraje; como Ansó no valía para ello porque también había una disputa con ese pueblo, se propuso remitir una petición a la reina Ana de Austria. La esposa de Luis XIII, rey de Francia pero también de Navarra (Carlos V había abandonado ese reino al considerarlo difícil de defender), era española (hija de Felipe III), por lo que cabría esperar su mediación. No obstante, al final todo se solucionó con una negociación directa entre los implicados.

A partir de 1635 la Guerra de los Treinta Años afectó a los valles, interrumpiendo la entrega de las tres vacas y favoreciendo las incautaciones de ganado, algo de más importancia de lo que parece porque se calcula que, por ejemplo, en el Roncal había unos seis mil bóvidos y cien mil ovejas. Si bien la contienda se prolongó hasta 1648, para los valles todo terminó seis años antes al pactarse el retorno a la carta de paz de 1375, eximiendo a los bearneses de pagar lo que no hacían desde 1630 y el abono de indemnizaciones.

El Tributo de las Tres Vacas en 1960/Imagen: Indalecio Ojanguren en Wikimedia Commons

Esa omisión de entrega de vacas no se reprodujo durante la Guerra de Sucesión, pero en 1755 de nuevo se rechazó una vaca «tachada, pequeña de mal pelaje y otros defectos»; algún avance hubo porque eso no dio lugar a enfrentamiento. Sí se produjo una interrupción en 1793, al estallar la Guerra de la Convención entre España y Francia, aunque relativa porque si bien no se produjo el preceptivo encuentro entre las partes, los bearneses dejaron los animales atados a la Piedra de San Martín para cumplir con su obligación.

Más problemas hubo durante la Guerra de la Independencia pero, sobre todo, en 1895, cuando se empezó a debatir la posibilidad de instituir el pago en dinero en vez de en animales y la noticia llegó a la prensa francesa, que consideró los elementos de la ceremonia (tener que descubrirse ante los roncaleses, avanzar hacia ellos con bandera blanca, ir desarmados) una humillación a su país. Era fruto del desconocimiento, ya que, pese a que el evento se denomina Tributo de las Tres Vacas, lo cierto es que no hay tal tributo porque este concepto implica un vasallaje que no se daba.

En lo sucesivo, sólo una vez no se cumplio la entrega: en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, con Francia ocupada por los alemanes, quienes mantenían cerrada la frontera con España. Eso sí, los bearneses compensaron luego la omisión añadiendo una vaca cada año, aunque el último fue perdonado. Para entonces ya no existía la Piedra de San Martín, sustituida en 1856 por el mojón 262, que pervive actualmente junto a la sima homónima. Desde 2014, por cierto, la fiesta también forma parte del Patrimonio Cultural Inmaterial francés y atrae a multitud de curiosos de ambos países.

Un momento del Tributo en 2010 | foto Gobierno de Aragón en Flickr

Y aquí hay que retomar la cuestión de los inciertos orígenes del Tributo de las Tres Vacas. Hemos visto que a medida que retrocedemos en el tiempo van surgiendo brotes de violencia cada vez más graves. Ahora bien ¿cuál fue el primero? ¿En qué momento se instituyó la costumbre de dar un trío de animales como compromiso de paz? Documentalmente en 1375, pero recordemos que aquel Compromiso de Ansó hablaba de recuperar una costumbre; y, como decíamos antes, los historiadores sólo pueden hacer hipótesis sin alcanzar un consenso.

Algunas ya las reseñamos, pero sin duda la más audaz es la que se remonta a la Antigüedad; al siglo II antes de Cristo, nada más y nada menos. Fue entonces cuando los cimbrios, un pueblo germánico procedente de Juitlandia que había emprendido una emigración al resultar anegadas sus tierras costeras, llegaron a la Galia, derrotaron a los romanos en la batalla de Arausias y a continuación pasaron a Hispania en el año 125 a.C. Se supone que esa entrada la hicieron a través de los puertos de Isaba, en el valle del Baretous, donde los nativos se les unieron.

Sin embargo, aunque avanzaron por la cornisa cantábrica en busca de un buen lugar donde establecerse, los pueblos hispanos les hostigaron continuamente y terminaron por forzar su salida de la Península Ibérica, otra vez hacia la Galia, donde un nuevo intento de asentamiento fallido los disuadió para emprender la invasión de Italia en compañía de los teutones, haciendo saltar las alarmas en Roma.

Migraciones de cimbrios y teutones | foto Pethrus / Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Ésa es ya otra historia que ya contamos en otro artículo, pero hay quien opina que el evento del Roncal no sería sino un tributo de guerra que se obligó a pagar a los habitantes del valle de Barétous por su apoyo a los cimbrios.

El tributo original sería en caballos en vez de vacas (también tres, de patas blancas y mancha en la frente del mismo color), sin que se sepa cuándo y por qué hubo cambio. Tampoco hay forma de demostrar la veracidad de esta historia. Por suerte, hoy todo queda en el ámbito folklórico y cabal: tras la entrega del trío de bóvidos, seleccionados entre un grupo de quince, los alcaldes de ambas partes juntan sus manos sobre el mojón y dicen «Pax avant, pax avant, pax avant (Paz en adelante, paz en adelante, paz en adelante)», antes de dar paso a una fiesta; además, Isaba y Arette están hermanadas.

Y, por cierto, desde la epidemia de las vacas locas de 1990 los animales retornan a su pueblo y se deja su valor en dinero; los virus impusieron su ley.


Fuentes

Jesús María Usunáriz Garayoa, Historia breve de Navarra | José María Domench García, Navarra y sus tradiciones | Francisco García del Junco, Eso no estaba en mi libro de Historia de España | Francisco García Campa, Cayo Mario. El Tercer Fundador de Roma | Isaba. Tributo de las Tres Vacas (en Auñamendi Eusko Entziklopedia) | Artamugarriak | Wikipedia


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