Seguramente muchos lectores fueran aficionados a ver Cazadores de mitos (MythBusters), aquel programa televisivo que, mediante recreación científica, ponía a prueba leyendas urbanas e históricas, a cual más estrambótica. Pues bien, en el episodio 29, emitido en marzo de 2005, «cazaron» uno de esos out-of-place artefacts que suelen esgrimir los conspiranoicos y amantes de lo esotérico para defender la existencia de civilizaciones extraterrestres o humanas anteriores a la actual: lo que se conoce como batería o pila de Bagdad.

Esta pieza suele presentarse como «prueba» de la presunta utilización de electricidad en la Antigüedad, junto con la célebre bombilla del templo egipcio de Dendera y el artefacto de Coso. A la primera ya le dedicamos un artículo explicando que la pareidolia hace ver una lámpara donde no hay más que una flor de loto, con una serpiente dentro, apoyada en un Dyed (pilar que simboliza la columna vertebral de Osiris), mientras que el segundo es una simple bujía envuelta en arcilla endurecida y a la que algunos atribuyen medio millón de años pese a haberse demostrado que se fabricó en los años veinte.

Las baterías de Bagdad -en plural porque se encontraron tres- se alejan un poco de esa concepción tan burda, aunque los arqueólogos rechazan la propuesta que se ha hecho de que se trata de objetos que funcionaban como celdas voltaicas utilizadas en galvanoplastia.

Uno de los relieves en la cripta del templo de Dendera, con la supuesta «bombilla» | foto Olaf Tausch en Wikimedia Commons

Aclaremos que una celda voltaica o galvánica es un dispositivo fabricado para obtener electricidad a partir de reacciones químicas y que, básicamente, consiste en dos metales separados por una membrana porosa pero conectados mediante un puente salino.

En el caso concreto de las baterías de Bagdad, hablamos de unas vasijas de terracota de catorce centímetros de alto con una abertura de casi cuatro en cuyo interior, adherida a esa boca mediante una capa de betún, hay una lámina de cobre enrollada en torno a una varilla de hierro de nueve centímetros de longitud por dos y medio de diámetro. La parte superior de ésta sobresale un centímetro y presenta restos de haber estado aislada del cobre con una envoltura de plomo. La corrosión interna indica que en el frasco pudo haber algún tipo de elemento orgánico ácido no identificado.

El hallazgo tuvo lugar en 1936, por trabajadores del Departamento Estatal Iraquí del Ferrocarril en una colina de Kujut Rabua, una aldea situada al sureste de Bagdad, en una vieja tumba que acababan de descubrir. El lugar se ubica no lejos de la antigua ciudad de Ctesifonte, a orillas del río Tigris, que antaño, aunque quedó abandonada al fundarse Bagdad tan cerca, había sido capital de los imperios parto y sasánida, de ahí que las vasijas se hayan datado en alguno de esos períodos sin concretar fecha exacta.

Esquema de la pila de Bagdad/Imagen: Chatsam en Wikimedia Commons

Fue el austríaco Wilhelm König, en aquel momento director del Laboratorio del Museo Estatal de Bagdad, quien planteó la hipótesis de que esos objetos eran baterías empleadas probablemente con fines terapéuticos, por electroterapia.

König, que en realidad no tenía formación de arqueólogo sino que era pintor, consideró que eran del período parto, cuyas fechas van del 250 a.C. al 224 d.C. (en realidad, estilísticamente se aproximarían más a la época sasánida, del 224 al 651 d.C.). En 1940 regresó a Europa por enfermedad y publicó Im verlorenen Paradies. Neun jahre Irak («En el paraíso perdido. Nueve años en Irak»).

En esa obra contaba cómo había experimentado introduciendo en la vasija un electrolito y conectando el conjunto a una lámpara, que se encendió débilmente. Eso le animó, llevándole a relacionar las piezas recuperadas con las halladas en otras zonas de Mesopotamia con características similares. Tres de ellas aparecieron en 1930, durante la campaña de excavaciones que llevó a cabo el estadounidense Leroy Waterman en Seleukeia. Correspondían al período sasánida (siglos V y VI d.C.) y consistían en vasijas de arcilla que contenían cilindros de bronce envueltos en papiro prensado, dentro de los cuales había varillas de hierro y bronce sujetas al fondo.

Reconstrucción moderna de las baterías de Bagdad | foto Boynton en Flickr

Al año siguiente, una expedición germano-estadounidense dirigida por Ernst Kühnel descubrió en Ctesifonte otros seis recipientes de ese tipo, unos con cilindros de bronce y dos con placas de plomo, todos corroídos a causa de una envoltura orgánica descompuesta. En opinión de König, si se conectaran todas esas vasijas entre sí sería factible obtener un voltaje práctico; de hecho, atribuyó a las baterías de Bagdad un proceso de galvanización que produjo la finísima capa de oro que revestía unos instrumentos de plata conservados en el museo iraquí, dando así otra posible aplicación práctica al invento en su época.

Esa línea de especulación fue continuada tras la Segunda Guerra Mundial por Willard Gray, un ingeniero de la compañía norteamericana General Electric que fabricó el duplicado de una vasija y lo llenó con lo que los expertos decían que le faltaba al original, evaporado por el paso del tiempo: un electrolito que generase corriente por la diferencia de potencial de los electrodos metálicos.

Para ser exactos usó sulfato de cobre, no sin aclarar que en la Antigüedad podían haber empleado zumo de uva, por ejemplo (en Cazadores de Mitos recurrieron al zumo de limón). Así logró generar dos voltios de energía y, en un par de horas, dar una pátina dorada a una estatuilla de plata que había colocado dentro.

Reconstrucción de las varillas y el cilindro de cobre/Imagen: Tympanus en Wikimedia Commons

En 1978, el egiptólogo germano Arne Eggebrecht, exdirector del Roemer-und Pelizaeus-Museum de Hildesheim (Alemania), afirmó que también había reproducido ese proceso galvanoplástico con vinagre como electrolito, consiguiendo dorar otra figura, aunque no lo documentó ni escrita ni fotográficamente.

Por su parte, W. Jansen experimentó con electrolitos diferentes y originales, como el vinagre y la benzoquinona (un compuesto orgánico de benzeno que pueden generar, por ejemplo, algunas especies de escarabajo), asegurando haber obtenido un resultado satisfactorio.

Sin embargo, arqueologos y científicos critican de forma casi unánime todos estos experimentos porque suelen cojear del mismo pie: la insuficiente, inexistente o inadecuada documentación del proceso. El de Gray, por poner un caso, es considerado hoy un fraude porque tal como lo describió no podía haber generado más de diez amperios, muy pocos para dorar una estatuilla en dos horas; como mínimo, hubiera necesitado diez días de trabajo ininterrumpido para conseguir unos gramos de plata.

Otra recreación moderna de las vasijas | foto libby rosof / Daniel Petraitis en Flickr

Las baterías de Bagdad hubieran necesitado contener un electrolito y estar varias conectadas entre sí por un alambre para alcanzar la potencia necesaria, pero esos complementos no han aparecido, como tampoco ha visto nadie, pese a lo que se dijo, ninguna estatuilla antigua galvanizada; los arqueólogos aclaran que las del museo iraquí fueron doradas al fuego con mercurio, una técnica que se usaba en la Antigüedad además de la del baño de oro convencional. En Cazadores de Mitos, cada una de las diez réplicas que hicieron de la vasija generó medio voltio; fue necesario conectarlas todas para superar los cuatro.

La lista de objeciones a la hipótesis galvánica continúa con el caso Eggebrecht, de cuya fiabilidad ya vimos que hay dudas. Aparte de la mencionada inexistencia de documentación, se sospecha que empleó un electrolito moderno, no vinagre, por dos razones: primero, éste no proporcionaría potencia suficiente; segundo, en poco más de un año de uso tan intenso las varillas de hierro terminarían prácticamente desintegradas o muy degradadas (en cambio, como hemos visto en las piezas originales, han llegado enteras hasta nuestros días).

Asimismo, hay otras pegas que inducen a rebatir el uso eléctrico. La varilla sobresale de la boca de la vasija, pero el cilindro no y además estaba cubierto de betún, por lo que sería imposible conectarle un cable para hacer un circuito. Además el betún es termoplástico y, por tanto, inadecuado, ya que una batería de esas características necesitaría que se la recargase del líquido electrolítico con frecuencia si tenía un uso prolongado, como así tendría que ser para resultar útil.

Fachada del Museo Nacional de Irak, ya restaurado tras la guerra/Imagen: Hussein A. Al-mukhtar en Wikimedia Commons

Otras críticas abarcan un campo mayor y cuestionan la contextualización documental de la excavación original, defectuosa y discutible por cuanto no la realizaron arqueólogos sino trabajadores ferroviarios. Pero, en ese sentido, el obstáculo más importante hoy es que ya no tenemos las vasijas, por lo que las recreaciones realizadas se basan en descipciones escritas dudosas, no en los verdaderos modelos. ¿Y por qué no se conservan? Por el saqueo que sufrió el Museo Nacional de Bagdad en 2003, al final de la invasión de Irak por EEUU. Sólo quedan viejas fotos en blanco y negro.

En conclusión, no es imposible que las baterías de Bagdad, suponiendo que tuvieran los elementos que faltan (electrolito, cable), generasen una pequeña corriente eléctrica que seguramente asombraría en su época; eso sí, tan débil que sería difícil encontrarle aplicación práctica, salvo la especulación indemostrable de un uso médico, para tratar dolores artríticos a la manera de la electroacupuntura (al margen de la efectividad terapéutica que tuviera).

Sin embargo, la mayoría de los arqueólogos no lo suscriben y se inclinan por atribuirle una finalidad más prosaica: meros contenedores, acaso de pergaminos o algún producto cosmético, ambos capaces de producir la acidez corrosiva detectada en el interior del recipiente .


Fuentes

Kenneth L. Feder, Frauds, myths, and mysteries. Science and pseudoscience in archaeology | Alberto Granados, ¿Es eso cierto? Fraudes, errores, experimentos inauditos… todas las respuestas sobre el mundo científico | Carlos Javier Taranilla de la Varga, Enigmas y misterios de la Historia | Wikipedia


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