Sin ninguna duda, el príncipe más famoso de Valaquia fue Vlad III, popularmente conocido como Tepes («el Empalador») o Draculea (diminutivo de Dracul, «Dragón», el apodo de su padre, Vlad II), y germen histórico del conde vampiro protagonista de Drácula la novela de Bram Stoker. Pero este personaje -el real- no fue el único de su estirpe que gobernó aquel territorio; también lo hicieron su mencionado progenitor y sus tres hermanos, de los que la historia más curiosa corresponde al menor, Radu cel Frumos (Radu el Hermoso).

El mayor era Mircea II, nacido probablemente en 1428, que fue el primero en ocupar el trono temporalmente a los veinte años en ausencia de su padre, prisionero de los otomanos en Gallípoli. Esa situación interina fue aprovechada inmediatamente por el militar húngaro Janos Hunyadi, gobernador de Transilvania y viejo enemigo de Dracul, para invadir Valaquia (en la actual Rumanía) y recuperar la tradicional influencia de su reino sobre ese pequeño principado, para lo cual depuso a Mircea y nombró en su lugar a un mandatario afín, Basarab II.

Sin embargo, Basarab no pudo mantenerse mucho tiempo porque al sultán Murad le interesaba tener un estado tapón entre su imperio y Hungría, así que liberó astutamente a Vlad Dracul para que recuperase sus dominios a cambio de firmar un acuerdo por el que el valaco le rendiría vasallaje. Dicho pacto incluía pagar un tributo anual de diez mil ducados de oro, entregar medio millar de niños para la Devşirme (reclutamiento para formar jenízaros y funcionarios leales) y dejar como rehenes a sus otros dos vástagos, Vlad y Radu.

El voivodato de Valaquia a mediados del siglo XV/Imagen: NeimWiki en Wikimedia Commons

El primero, el futuro Empalador, nació entre 1429 y 1431, siendo su madre Cneajna Bathory, hija de un boyardo transilvano, más conocida como Eupraxia; esto le diferenciaba de Radu, unos años menor e hijo de la tercera esposa paterna, la moldava Vasilisa Musata (Eupraxia fue la segunda, pues; de la primera no se sabe nada). Cabe añadir que Dracul tuvo asimismo una hija, Alexandra, a la que casó con el boyardo valaco Vintilă Florescu, y varios hijos ilegítimos, uno de los cuales, Vlad el Monje, también gobernaría brevemente en el futuro.

Los dos jóvenes Drăculești, apelativo dinástico adoptado por su progenitor tras haber ingresado en 1431 en la Ordinul Dragonului u Orden del Dragón, se educaron con los otomanos -se dice que de ellos aprendió Vlad la ejecución por empalamiento- en la fortaleza de Egrigoz (actualmente Doğrugöz, en el interior de Anatolia, actual Turquía). Como era costumbre desde la Antigüedad, su condición de rehenes no implicaba que el trato fuera malo; obviamente, dependía de que su padre mantuviera la lealtad acordada, cuyo incumplimiento podía suponerles un grave castigo, como les pasó en 1441 a los hijos del déspota serbio Durad Brankovic, cegados cuando él trató de evadirse.

No obstante, Vlad y Radu se libraron de pasar por esa atroz experiencia. Al contrario, aprendieron las lenguas turca y persa, así como lógica y literatura, perfeccionando la equitación y artes militares que les habían enseñado sus tutores en Europa. También se les instruyó en el conocimiento del Corán, sin que ello implicase la obligación de convertirse; de hecho, Vlad se mantuvo fiel a la fe cristiana, pero Radu, más pequeño e influenciable, sí podría haber abrazado el islam, lo que le abrió las puertas de la corte otomana y, como veremos, se trasladaría al palacio de Topkapi en Constantinopla cuando ésta fue conquistada. Por tanto, no regresó a Valaquia cuando el sultán decidió liberar a su hermano.

Janos Hunyadi retratado en la Chronica Hungarorum/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así, no vivió directamente la tragedia que se abatió sobre la familia: en 1447 Dracul y Mircea fueron asesinados por los boyardos mientras Janos Hunyadi proclamaba voivoda (príncipe) de Valaquia a un primo del primero, Vladislao II. Húngaros y valacos se lanzaron contra el Imperio Otomano al año siguiente, pero terminaron derrotados y, entretanto, Vlad Tepes al frente de un ejército turco se apoderó del trono de su padre. No lo pudo mantener mucho, ya que Vladislao retornó y lo recuperó hasta 1456, año en que Vlad invadió el principado ayudado por los húngaros que ahora le veían como un baluarte frente al expansionismo otomano tras la caída de Constantinopla.

Vladislao no fue el único en fallecer en aquella circunstancia; también lo hicieron numerosos boyardos, en una sangrienta purga que Vlad desató contra ellos para vengar el asesinato de su padre y Mircea, así como para prevenir cualquier tentación de conspirar contra él. Y, entretanto, Radu permanecía en Constantinopla, de donde había decidido no moverse, seducido por su nuevo estilo de vida y, según algunas fuentes, también por el sultán Mehmed II. Así lo cuenta Laónico Calcocondilas, un cronista griego coetáneo que fue embajador -y rehén- ante su padre, Murad II, en su obra Exposiciones históricas:

«Sin embargo, este invierno, el sultán, que lo pasó en sus palacios, envió a buscar a Vlad, el hijo de Drácula, el señor de Dacia; y tenía consigo a su hermano menor, que era su favorito, y vivía y moraba con él. Y sucedió que en el tiempo que llegó al reinado y estaba a punto de partir hacia Caraman, queriendo el sultán tener relaciones con este muchacho, estuvo a punto de morir a sus manos. Por tener cariño al chico, le invitaba a fiestas e, inclinando apasionadamente la copa ante él, le invitaba a su dormitorio. Y el niño, sin sospechar que sufriría tal cosa por parte del sultán, le vio acercarse hacia él por tal cosa y resistió y no cedió a su deseo…»

Vlad Tepes en una pintura anónima del siglo XVII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Claro que al sultán no le resultó fácil seducir a Radu, por muy joven y hermoso que fuera. El propio Calcocondilas, que conoció personalmente a Radu, explica su vehemente reacción inicial ante el acoso de Mehmed II, digna de su dura estirpe:

«. [el sultán] le besó contra su voluntad, y el niño, sacando una daga, le hirió en el muslo e inmediatamente huyó lo más lejos que pudo. Los médicos sanaron la herida del sultán. Y el niño trepando a un árbol en algún lugar por ahí, permanecía escondido. Sin embargo, después de que el sultán hizo el equipaje y se fue, el niño también bajó del árbol y no mucho después llegó a la Puerta y se convirtió en su favorito».

En realidad, hay que puntualizar que el interés de Mehmed II por Radu empezó de joven, antes de ser proclamado sultán, pues se sabe que era impetuoso e indómito, reticente a recibir órdenes porque sus primeros once años los pasó alejado de su padre, Murad II. Éste trató de reconducirlo a través de varios tutores, pero ninguno tuvo éxito hasta que el sultán autorizó a uno de ellos, el mulá Ahmed Gurani, a emplear un látigo. A partir de ahí, Mehmed cambió y pasó a ser un alumno ejemplar, experto en historia, ciencia, filosofía y literatura (tanto islámica como latina y griega).

Mehmed el Conquistador / foto dominio público en Wikimedia Commons

El caso es que Murad abdicó en su vástago en 1444, cuando Mehmed aún no había cumplido los trece años de edad. Esa juventud y su reseñada impetuosidad le llevaron a planificar un ataque a Constantinopla que finalmente no se llevó a cabo porque el gran visir advirtió a Murad, quien dejó su retiro para retomar las riendas dos años después. En 1448, Mehmed recibió su anhelado bautismo de fuego rechazando la expedición de Janos Hunyadi y, finalmente, sucedió a su progenitor cuando murió en 1451. Ya con las manos libres, retomó su plan de apoderarse de Constantinopla y lo consumó, acabando con el Imperio Bizantino y situando allí su nueva capital.

Fue donde se estableció Radu, quien ya adulto seguía contando con el favor de Mehmed y se había convertido en un destacado dignatario de la corte otomana, comandante de los jenízaros, fogueándose contra los turcomanos de Anatolia. Pero su gran momento llegó cuando estalló la guerra contra Valaquia. Su hermano Vlad había roto el compromiso firmado por su padre, dejando de pagar el tributo al estar exhaustas las arcas estatales. Encima ofendió al sultán matando a sus emisarios y negándose a acudir a rendirle pleitesía porque el rey húngaro le prometía a cambio la mano de una de sus parientes.

Tursun Bey, secretario del consejo del sultán y futuro cronista de su sucesor, Bayazid II, dejó escrito que Vlad «ni vino ni pagó el tributo. Por ello tuvo que ser castigado y destruido». En su biografía de Mehmed tilda además al valaco de «jinete malvado«, así como de «tirano sanguinario y cruel». En otras palabras, no había vuelta atrás y, anticipándose a la previsible respuesta, el voivoda encabezó una violenta incursión por territorio enemigo en 1461, aprovechando que Mehmed estaba ausente en una expedición a Trebisonda.

Vlad Tepes y los embajadores turcos, obra de Theodor Aman/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Vlad no midió bien sus fuerzas; creyó que podía contar con el apoyo de la cristiandad, pero nadie se movilizó en su ayuda, ni siquiera el rey húngaro Matías Corvino, hijo de Janos Hunyadi, demasiado ocupado en una guerra interna del Sacro Imperio. Por consiguiente, un poderoso ejército otomano dirigido por Mehmed en persona, invadió Valaquia y avanzó de forma imparable. El número de efectivos es incierto, oscilando entre ochenta mil y trescientos mil segun las fuentes; Calcocondilas lo equipara en tamaño al que tomó Constantinopla y entre sus soldados se contaban cuatro mil jinetes al mando de Radu.

Sin embargo, no se produjo el morboso enfrentamiento fraterno porque Vlad, que apenas disponía de veintidós mil hombres, se retiró a Transilvania, aplicando tras de sí una política de tierra quemada. Los otomanos desembarcaron en Braila, el único puerto valaco en el Danubio, y avanzaron hacia el interior, pero no sólo se encontraron con problemas de abastecimiento sino que al acercarse a la capital, Targoviste, descubrieron con horror un bosque (de «diecisiete estadios de largo y siete estadios de ancho» en palabras de Calcocondilas) formado por decenas de miles de empalados, entre los suyos y valacos considerados traidores, sin distinción de sexo ni edad.

La visión de aquel espeluznante bosque de cadáveres y moribundos impresionó a Mehmed y le indujo a poner fin a la campaña, pero todavía tuvo tiempo de sufrir otro susto cuando Vlad, que había iniciado una guerra de guerrillas, se infiltró una noche en persona tras sus líneas y a continuación llevó a cabo un asalto nocturno al campamento . El sultán salvó la vida por suerte, gracias a que los valacos confundieron la tienda del gran visir con la suya. No obstante, la fuerza invasora seguía siendo formidable y a Radu se le encargó la búsqueda de aliados por las ciudades de mayoría sajona de las llanuras danubianas.

El ataque nocturno en Targoviste en un cuadro del pintor Theodor Aman (1866) | foto dominio público en Wikimedia Commons

Dado que era el candidato pensado por Mehmed para sustituir a su hermano, Radu podía prometer la retirada de los otomanos, ejercer un gobierno menos severo, restituir los privilegios a los boyardos y no tomar ninguna venganza por el pasado, aparte de animar a los leales a Vlad a desertar garantizándoles una amnistía. A la población de origen sajón, reprimida por Vlad, le ofreció protección y ventajas comerciales; esa actitud comprensiva y la natural simpatía de Radu le permitieron ganarse también a las ciudades de Bucarest y Targoviste, hartas del rigor inflexible que padecían a manos del Empalador.

Vlad no se dio por vencido y finalmente tuvo ocasión de combatir contra su hermano en dos batallas, obteniendo la victoria en ambas. Pero los recursos humanos y materiales del enemigo parecían inacabables y la propaganda de Radu cumplía efecto, provocando una defección cada vez mayor en sus filas. El Empalador se vio obligado a refugiarse en los Cárpatos, mientras su hermano iba incrementando las suyas. A éstas se unió también la rica ciudad de Brasov, dando el golpe de gracia al vigente príncipe.

Vlad volvió a pedir ayuda a Corvino, pero a éste no le interesaba un enfrentamiento con el Imperio Otomano en ese momento y, en un alarde de realpolitik, apresó a Vlad en 1462, justificándose ante el Papa y Venecia (que había aportado financiación para una cruzada contra los musulmanes) con unas cartas, posiblemente falsificadas, en las que el valaco ofrecía alianza al sultán para conquistar Hungría juntos. Vlad fue encarcelado y Radu, que por entonces tenía veintiséis años, asumió el poder en Valaquia por primera vez.

Radu en un grabado del siglo XIX | foto Free Art License en Wikimedia Commons

Decimos primera porque su mandato no resultó tan eficiente como se esperaba. Al principio se vio entorpecido por la necesidad de aplastar los últimos rescoldos de resistencia en la fortaleza de Poenari, que demolió, y posteriormente estuvo limitado por las imposiciones de los otomanos, que al fin y al cabo le habían entregado el cargo y esperaban contrapartidas. En efecto, Radu se vio obligado a cumplir con ellos otorgándoles ventajas comerciales y estratégicas en el país. Luego, incumplió su promesa de un reinado pacífico enfrentándose a su primo, Esteban III de Moldavia.

Irónicamente, Esteban, cuyo padre, Bogdan II, había sido antiguo aliado de Vlad, se convertiría en yerno de Radu al contraer matrimonio con su hija, María Voichita, a la que había tenido con su esposa María Despina, una princesa serbia o albanesa. Pero antes de emparentar fueron enemigos y chocaron varias veces, pues el moldavo realizó más de una incursión en territorio valaco. La vez más sonada fue la batalla de Sochi, disputada en 1471 por la posesión del castillo de Chilia, en la actual región ucraniana de Odesa.

Esteban, fervoroso cristiano, no soportaba ni la apostasía de Radu (que no está del todo clara, pues en sus cartas siempre se autodefinía como «amante de Cristo») ni ver Valaquia sometida a los musulmanes. Ahora bien, en 1473 y por razones un tanto oscuras (¿acción de Esteban? ¿acuerdo con Constantinopla?), los boyardos eligieron príncipe a uno de los suyos, Basarab Liota el Viejo.

Carta en pergamino firmada por Radu como voivoda de Valaquia en 1465, primera mención escrita a Bucarest/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Radu fue desposeído, aunque pudo recuperar su trono dos veces, una un año más tarde y otra en 1475, tras volver a perderlo. No tuvo tiempo para más, pues falleció en 1475, presuntamente de sífilis, quedando el trono en poder de Basarab.

A modo de epílogo, añadamos que, aunque Mehmed le reconoció legitimidad, no fue fácil para Basarab mantener su posición, ya que tenía en contra a la minoría sajona y, por otra parte, el sultán opinaba que Esteban ambicionaba quedarse con Valaquia. Eso ponía en entredicho su autoridad, así que envió tropas contra Moldavia, pero en 1475 recibió un varapalo en la batalla de Vaslui, aunque al año siguiente se tomó la revancha en Războieni volviendo ambos bandos a un statu quo.

Entretanto, Basarab tuvo que lidiar con un inesperado problema: el incansable Vlad Tepes. En 1476, liberado por Corvino a cambio de su conversión al catolicismo y emparentado con el rey húngaro por vía matrimonial, como se le había prometido años atrás, regresó con la ayuda de húngaros y moldavos para reclamar el trono y echar a los otomanos. No saldría como esperaba, aunque se convertiría en un mito. Pero ésa es otra historia.


Fuentes

M. J. Trow, Vlad el Empalador. En busca del auténtico Drácula | Radu Florescu y Raymond T. McNally, Dracula. Prince of many faces | Ralf-Peter Märtin, Los Drácula. Vlad Tepes, el Empalador y sus antepasados | Franz Babinger, Mehmed the Conqueror and his time | Vlad Tepes. Drácula (nº 54 de la revista Desperta Ferro) | Wikipedia


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