En la Antigüedad y la Edad Media, una extraña piedra conocida como Piedra de Lince (en latín lyngurium, ligurium o lapis lincis) cautivó la imaginación de eruditos, alquimistas y gente común por igual. Se creía que esta semipreciosa gema mítica se formaba a partir de la orina solidificada de los linces.

Su leyenda se remonta al filósofo griego Teofrasto, discípulo de Platón, quien en el siglo IV a.C. describió por primera vez la enigmática piedra en su tratado De lapidibus (Sobre las piedras). Teofrasto dice que es parecida al ámbar, difícil de trabajar y de encontrar (ya que los linces las esconden), y que su color varía según el sexo, las costumbres y el estado del animal.

El lyngurium, que se talla en sellos y es duro como cualquier piedra, tiene un poder inusual. Pues atrae otros objetos igual que lo hace el ámbar, y hay quien afirma que actúa no sólo sobre pajas y hojas, sino también sobre delgadas hebras de cobre y hierro, como sostenía Diocles. El lyngurium es frío y muy claro. Un lince salvaje produce mejores piedras que un animal domesticado, y un macho mejores que una hembra, existiendo diferencias en la dieta, en el ejercicio realizado o no, y, en general, en la constitución natural del cuerpo, ya que el cuerpo es más seco en el caso de los primeros y más húmedo en el caso de los segundos. La piedra sólo se descubre cuando los buscadores experimentados la desentierran, pues cuando el lince ha orinado, la oculta y raspa tierra sobre ella.

Teofrasto, De lapidibus

Los expertos opinan que Teofrasto introdujo en su tratado esta historia por influencia del médico Diocles, a quien menciona en su relato y al que pudo haber conocido. Introdujo así al lyngurium en el mundo filosófico helenístico, desde donde rápidamente saltó a textos de naturalistas romanos como Plinio el Viejo, quien dedicó un pasaje de su Historia Natural a discutir las supuestas propiedades de este curioso mineral.

Sin embargo, Plinio dudaba de la veracidad de Teofrasto, y estaba convencido de que dicha piedra no existía. Otros autores como Estrabón y Dioscórides aplicaron la palabra lyngurium o sus variantes al ámbar.

De los autores clásicos la creencia en la piedra del lince llegó a los bestiarios medievales y especialmente a los lapidarios, textos que listaban propiedades místicas y poderes curativos de diferentes gemas y piedras preciosas.

Ilustración del siglo XIII procedente de un bestiario medieval, donde se muestra un lince produciendo la piedra lyngurium | foto Bestiary.ca/dominio público en Wikimedia Commons

Según estos lapidarios medievales, el singular lyngurium se creaba cuando un lince orinaba en un hoyo en el suelo, y su orina se evaporaba y solidificaba muy lentamente con los años, convirtiéndose en una gema cristalina de color ámbar o amarillento. Otras fuentes antiguas indican que en realidad la piedra se encontraba enterrada cerca de guaridas y madrigueras de lince, en zonas frecuentadas por estos felinos.

Al lyngurium se le atribuían toda clase de poderes y propiedades mágicas. Entre sus supuestos usos, destacaban proteger contra venenos y toxinas, desvelar mentiras e ilusiones, ahuyentar serpientes, e incluso detectar la cercanía de acónito, una peligrosa planta venenosa. Algunos lapidarios indicaban que colocar un lyngurium en la boca podía volver temporalmente invisible a quien lo portase. También se creía que la piedra perdía su color y se tornaba blanca si se acercaba a un veneno.

Por todo ello el lyngurium se convirtió en una posesión ampliamente codiciada en toda Europa durante la Edad Media. Se la consideraba una piedra mística capaz de salvar vidas y desvelar engaños. Aunque no parece que se haya visto ni tocado ningún ejemplar físico de la piedra en la Antigüedad, la Edad Media o principios de la Edad Moderna, sus propiedades físicas y medicinales se reiteraban y elaboraban continuamente como si «existiera».

Una página del Lapidario de Alfonso X el Sabio (hacia 1250) | foto dominio público en Wikimedia Commons

Los precios especulativos del lyngurium que se citan en antiguos textos lapidarios muestran que se la valoraba incluso por encima de gemas preciosas como el rubí o el zafiro. Pero a pesar de su fama, la mayoría de eruditos modernos coinciden en que el lyngurium no existió nunca como tal, y forma parte de la tradición folclórica y las supersticiones medievales en torno a minerales con supuestas propiedades mágicas.

La leyenda del lyngurium se expandió en bestiarios, enciclopedias y compendios de mineralogía a lo largo de toda la época medieval y el temprano Renacimiento. Pero en ninguno de estos textos se describe la piedra a partir de una observación o evidencia real, sino únicamente repitiendo el mismo folklore y tradiciones populares que se transmitieron acríticamente de generación en generación.

Finalmente, con el desarrollo del escepticismo científico y el empirismo a partir del siglo XVII, la mayoría de eruditos serios descartaron de plano al legendario lyngurium, junto a otras piedras preciosas “mágicas” de dudosa procedencia, como meros elementos folclóricos sin base real; productos imaginarios de viejas creencias supersticiosas sobre propiedades de minerales.

El lyngurium se identifica hoy con la Turmalina | foto Rob Lavinsky, iRocks.com en Wikimedia Commons

Algunos estudios identifican hoy el lyngurium de Teofrasto con variedades de turmalina amarilla y marrón, ya que la descripción que hizo de sus propiedades como atraer la paja, la ceniza o pequeños pedazos de madera cuando era calentada, coinciden con las cualidades piroeléctricas de la turmalina.


Fuentes

Steven A. Walton (2001) Theophrastus on Lyngurium: Medieval and Early Modern Lore from the Classical Lapidary Tradition, Annals of Science, 58:4, 357-379, DOI: 10.1080/000337900110041371 | John Beckmann, A History of Inventions, Discoveries, and Origins | Eichholz, D. E. (1967). Some Mineralogical Problems in Theophrastus’ De Lapidibus. The Classical Quarterly, 17(1), 103–109. jstor.org/stable/637766 | Wikipedia


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